Un día con Juan Pablo Meneses
El gran golpe
Estoy convencido que escribir una crónica periodística
equivale a dar un gran golpe. Pero no me
refiero al simple “golpe periodístico”, tras el cual
corren diariamente millones de reporteros del mundo
en busca de una exclusiva efímera. Cuando hablo de
un gran golpe pienso en asaltantes de bancos, desvalijadores
de cajas fuertes, ladrones de piezas de
museo. El cronista debe buscar eso mismo: quedarse
para sí con un valioso botín.
Si el encargo es hacer el perfil de un personaje
público, de nuestro alcalde o de una bailarina famosa,
nuestro objetivo será rescatar lo más valioso que
pueda tener esa persona. Pero, ¿cómo vamos a saber
qué es lo más valioso de nuestro alcalde o de una
bailarina famosa? El primer error sería preguntárselo
a ella misma: la persona nunca nos lo va a decir.
Generalmente ni ella misma lo sabe. Y si lo sabe, lo
más seguro es que no lo querrá mostrar. Lo mismo
sucede con los bancos. El banco nunca te va a decir:
“nuestro tesoro está en el segundo piso, en la puerta
4 a la derecha”. Por eso es que tenemos que dar un
gran golpe.
Con las crónicas de viaje sucede igual. A la hora
de enfrentarnos a un lugar, bien podríamos quedarnos
con el anuncio publicitario. Muchos lo hacen, y
terminan hablándonos del buen clima que hay en la
Costa del sol, de la bohemia que se vive en París, de lo
cosmopolita que resulta Londres, de la pintoresca pobreza
de América Latina o de la fuerza económica de
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China. Cada ciudad, ya sea una megalópolis o una pequeña
aldea, se ha inventado su propio eslogan que
esconde el verdadero tesoro. Cuanto más escondido,
mejor el botín.
Hace unos meses, cuando se cumplían 30 años
del fi n de la guerra con Estados Unidos, me encargaron
hacer un viaje a Vietnam. Lo más fácil, por cierto,
era recorrer medio planeta hasta aterrizar en Ho Chi
Minh City y escribir de la generalidad noticiosa del
nuevo aniversario. Destacar los paisajes turísticos,
salpicar con algunas cifras y cerrar los párrafos con
frases resonantes. Regresar a casa con lo que el país
del tío Ho me hubiera querido entregar.
Para el cronista, la noticia es la anécdota y la anécdota
la noticia. En ese caso, la noticia de los 30 años
de que Estados Unidos abandonara su embajada en
Saigón, era lo anecdótico del relato. Y la anécdota,
la que estaba ahí a la mano y se dejaba pasar, para
mi resultaba una importante noticia: por cinco dólares
podías disparar un fusil AKA 47 apuntando a un
soldado de espuma, tras haber avanzado en punta y
codo por los túneles de Cuchi. La guerra convertida
en una suerte de DisneyWar, visitada por cientos de
turistas, dispuestos a pagar sus dólares para vivir en
carne propia esa guerra donde se expulsó al capitalismo
de Vietnam ¿No es un buen tesoro?
Por eso, para dar un gran golpe hay que tener la
ambición de querer darlo. Y luego, como en todo asalto,
hay que idear un buen plan.
¿Qué necesitamos?
Apenas sabemos cuál será nuestro objetivo,
ya sea un país asiático o nuestro alcalde o
una bóveda secreta, empezamos a planifi car la misión. Rápidamente nos daremos cuenta:
se necesitan los mismos elementos para asaltar un
banco que para escribir una pieza de periodismo narrativo.
-Información. Más que otros, el gran vicio del
cronista debiera ser la información. La útil y la innecesaria.
La inteligente y la boba. La elegante y la basura.
Nunca se sabe de qué lado de nuestra información
saltará lo que necesitamos, pero si está claro
que una mala investigación puede arruinar nuestro
golpe antes de comenzarlo.
- Escenario. Sin un escenario real, nunca habrá
acción. El cronista no le teme a la realidad ni necesita
esconderla en mentiras, como la literatura. Por
lo mismo, es clave para nuestro asalto tener un escenario
donde sucedan los hechos. Nuestro museo
a desvalijar debe ser concreto, cuantificable y, por
lo mismo, descriptible. No sólo debemos conocerlo
bien, sino que contarlo.
- Riesgo. Se debe estar dispuesto a perder. Por
eso, la adrenalina es parte del equipaje de mano de
un cronista. Eso no quiere decir que en cada historia
se deba arriesgar la vida. Ni intentar quitársela
a otro. Pero si debe tomar riesgos. El periodista que
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no esté dispuesto a tomar riesgos, sólo terminará robando
su propio botín. Una y otra vez.
- Memoria. Muchos periodistas suelen usar la
memoria como un archivo de fracasos, acumulando
ejemplos donde se ve claramente que el periodismo
es efímero y no sirve para mucho y es mejor dejar
todo como está. Pero cuando uno quiere dar un gran
golpe, debe usar la memoria como una bodega de
soluciones, de escapatorias, de sucesos a asociar. A
diferencia de esos escritores que quieren convencernos
que el mundo partió con ellos, el cronista que
quiere dar un gran golpe, sabe que el mundo viene
de mucho antes.
-Paciencia. La espera suele ser una actividad
asociada a los jubilados y los pescadores. Pero el que
quiera escribir periodismo narrativo tiene la obligación
de esperar el momento justo para dar el gran
golpe. La inmediatez de la entrega diaria es el peor
enemigo de alguien que quiere cometer un buen
asalto. En la lucha por ganar tiempo de espera nos
jugamos buena parte de la historia a contar.
- Detallista. La obsesión por el detalle es una de
las pocas obsesiones que el cronista suele reconocer
en público. En el periodismo narrativo el detalle revela,
aporta y le da peso al relato. Un dato mínimo,
pero certero, puede ser la ganzúa ideal para dar el
gran golpe.
- Apoyo: Por mucho que algunos consagrados
cronistas insistan en hacernos creer que sus éxitos
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son de ellos, y nada más que de ellos, uno nunca está
sólo: ni siquiera cuando se viaja sin compañía. La labor
de un buen editor, de un buen ayudante en la investigación,
de alguien que aporte en la
verificación
de datos, o en propuestas claves para el trabajo, son
fundamentales para terminar armando una buena
historia. Parece que estuviéramos solos, pero pobre
del que realmente se lo crea.
Es posible que algún purista reclame sobre la
teoría del Gran Golpe, alegando que a diferencia del
ladrón de bancos, la moral del cronista está más cerca
de la verdad que del delito, y por lo mismo deben
funcionar de manera diferente. Una discusión que
hace rato parece zanjada. No por nada se hizo famosa
Janet Malcolm con el comienzo de su libro “El
periodista y el asesino”: “Todo periodista que no sea
demasiado estúpido o demasiado creído para no ver
la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible.
Es alguien que se alimenta de la vanidad, la
ignorancia o la soledad de la gente, se gana su confianza y los traiciona sin ningún remordimiento”.
¿Por dónde entrar?
Empezar no es lo mismo que entrar. Como veremos
más adelante, el comienzo es determinante
para escribir una buena historia, pero antes
de eso debemos entrar a ella. A la hora de elegir la
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forma por donde entraremos al personaje, o a la historia,
se pone a prueba nuestra aventura.
Hace unos meses me tocó ir a una carrera de
Fórmula Uno, en Sao Paulo. Lo más seguro, como
terminó sucediendo, era que aquel fin de semana se
coronaría campeón el español Fernando Alonso. Más
allá de la noticia de su victoria, me habían encomendado
mostrar el interior de la Fórmula Uno. Mi botín,
entonces, era rescatar la esencia de uno de los espectáculos
deportivos más importantes del planeta.
Cuando iba en el avión repasaba los elementos
que tenía para dar el gran golpe. Si contaba la carrera
de principio a fin, estaba compitiendo con un
centenar de reporteros que desde hace 20 años van
a todas las carreras y repiten siempre la misma historia.
Reporteros que ya pueden escribir sus artículos
casi durmiendo, como dice Kapuscinski. Entonces,
decidí centrar mi historia en seguir al peor piloto de
la carrera. De esa manera, pensaba, podía llegar a lo
más valioso del circuito. Porque, ¿cuál es la esencia
de la Fórmula Uno? Es el triunfo, la competitividad
al máximo, la glorificación de la rivalidad. El rendimiento
medido en milésimas de segundo. Los auspiciadores
pagando fortunas por poner el logo de su
empresa en pilotos y autos triunfadores, que están
siendo vistos en directo por más de mil millones de
personas.
Para escribir de triunfos, se puede partir por la derrota.
Fabiana, la encargada de prensa del equipo Minardi,
queda muda unos segundos. Cuando sale de la sorpresa
me devuelve la pregunta:
-¿Quieres entrevistar a Robert Doornbos?
Aunque en realidad, por su forma de preguntarlo, la
traducción más exacta sería: ¿De verdad quieres entrevistar
al perdedor de Robert Doornbos?
Hoy es viernes en los suburbios de São Paulo. Dentro
del Autódromo José Carlos Pace, en honor del ex piloto
brasileño y conocido popularmente con su antiguo
nombre de Interlagos, es el día de pruebas para la carrera
del domingo. Por la zona de paddock, donde se
pasean mecánicos y periodistas y modelos y gerentes
de las empresas auspiciantes, hay tensión. Fernando
Alonso pasa corriendo, arrancando de los micrófonos
que lo esperan a la salida del baño. Juan Pablo Montoya
camina infl ando el pecho y negándose a dar entrevistas.
Michael Schumacher, pese a la mala campaña,
recibe una lluvia de fl ashes cada vez que se le ocurre
caminar desde el garage de Ferrari a su camarín. Kimi
Raikkonen habla de la puesta a punto mientras su má-
nager le cuelga la gorra de la McLaren. Niki Lauda despacha
sus comentarios en directo para Alemania. En
ese entorno, triunfalista y competitivo como pocos, hay
corredores que se mueven sin recibir casi ninguna atención.
Y hay un piloto, el holandés Robert Doornbos, el
peor corredor de la temporada, al que le hacen tan pocas
entrevistas que su propia encargada de prensa te
pregunta si es cierto que quieres hablar con él.
Cuando logras entrar a una historia por un lado
sorpresivo, las posibilidades para el relato aumentan
sin medida. Seguramente, siguiendo a Alonso, habría
logrado ver mucho menos de lo que terminé teniendo
enfrente por estar con el peor. Un gran golpe, por
lo general, se logra gracias a dar con una entrada
sorpresiva. Así traspasas esquivando las barreras de
contención que te frenarán el reporteo: Alonso vive
rodeado de un equipo de prensa, de asesores y de
guardaespaldas. El peor de la Fórmula Uno está agradecido
que lo entrevistes. Uno no existe sin el otro.
Las puertas anchas y oficiales de la entrada principal
suelen ser un adorno. Pasa con los castillos, con
las cárceles, con las universidades. Con las historias
también. Cuando llega la hora de enfrentarse a una
historia, es fundamental olvidarse de la entrada con
adornos.
El desafío de buscar esa otra entrada, además,
hace que vayamos renovando el interés en el trabajo.
En la medida que tenemos más información, más
posibilidades habrá de encontrar entradas diferentes.
Muchas veces, en talleres anteriores, me he topado
con periodistas que dicen: pero a mí no se me ocurre
una entrada diferente…
Hay que tener claro que el cronista no es un ser
venido desde Marte, por mucho que Bradbury haya
popularizado sus “Crónicas marcianas”. Desde siempre,
y tal como ya lo dijo Tom Wolfe, el periodismo es
un oficio. Y se aprende ejercitándolo.
Ya se sabe que la base de la creatividad es la
información. Y si el cronista es valorado por su trabajo
creativo, entonces debe estar constantemente
informándose. Esa es otra herramienta que facilitará
las cosas para buscar una buena forma de entrar.
¿Qué sacar?
Cuando ya tenemos lo necesario para hacer el
trabajo, y hemos podido entrar a la historia
por una puerta lateral, es la hora de decidir
qué llevarse. Qué sacar. Los asaltantes de bancos suelen
medir su botín según el dinero que entra en sus
bolsas: cuando están llenas, es hora de huir. ¿Cuándo
un cronista decide que debe partir?
La mexicana Alma Guillermoprieto tiene la teoría
que uno debe reportear y entrevistar hasta el punto
que todos los testimonios se comiencen a repetir. Ahí
estaría la señal de que es hora de partir. Los reporteros
de diarios, en cambio, lo miden en base al reloj:
todo lo que alcance a conseguir antes de la hora del
cierre me viene bien.
Hay veces que hacer una entrevista sirve, básicamente,
para darnos cuenta de que nada de lo que nos
dijo esa persona nos aportará en el relato. Una vez
dentro de la historia, es muy importante ir separando
lo que nos puede servir o no. Es fácil enviciarse.
Una vez, en Ciudad del Este, la ciudad que
está en la Triple Frontera entre Paraguay, Brasil y
Argentina, famosa porque allí ocurre el mayor tráfico de productos ilegales del cono sur, y zona que
alguna vez Estados Unidos pensó bombardear en
busca de Bin Laden (es una zona dominada por comerciantes
musulmanes y la leyenda dice que ahí
descansan muchas células dormidas de Al Qaeda),
fui haciendo una lista de cada cosa que me llamaba
la atención. A los pocos días tenía hojas y hojas llenas
de datos que, si bien me parecían importantes,
luego me di cuenta que no aportaban mucho y resultaban
más bien redundantes. Todo lo anotaba y
lo grababa. Una noche, de vuelta a mi hotel, en un
momento el taxista se detiene y me pregunta qué
ando buscando. Ciudad del Este es chica, y poca
gente se queda más de una semana en un hotel.
No le contesté. Entonces apagó la radio del auto, se
giró, y me dijo: “¿Andas buscando un pasaporte? Yo
te puedo vender un pasaporte falso”.
Inmediatamente la mayoría de las cosas que había
anotado perdieron valor. Ya no eran necesarias.
Las dejé tiradas, y me quedé con el ofrecimiento del
que sería un pasaporte uruguayo y llevaría mi foto,
pero con otro nombre. Finalmente había decidido
rescatar menos cosas, pero más contundentes.
Si llenamos las bolsas con todo lo que encontramos
en el camino, después no las podremos levantar.
¿Cómo salir?
Un trabajo limpio es cuando no se nota que
hubo trabajo. Una máxima que se puede usar
para los actores, pero que es fundamental en
el trabajo de la crónica. Muchos nuevos cronistas se
queman los dedos coleccionando citas célebres para
pegar en sus textos, frases inteligentes que van separando
en cuadernos de apoyo, y preguntas astutas
para lucirse frente a los entrevistados. La inseguridad
cubierta con la estridencia del falso erudito. Todo
ese ruido, termina dejando la obra con terminaciones
gruesas: el trabajo de un cronista será valorado por el
botín que se ha conseguido, y no por el trabajo en sí.
A nadie, salvo a los ingenieros, les interesará un
puente construido laboriosamente y con metales nobles,
pero que no conduce a ninguna parte. Con la
crónica es igual. En la medida que siga siendo pensada
como un género para periodistas, que sólo consumen
periodistas, publicado en revistas distribuidas
entre periodistas, seguirá importando más la calidad
del puente antes de que comunique con algo.
Por lo mismo, el mejor premio para un cronista
(más allá de los premios en dólares que regalan las
grandes corporaciones a los trabajos más correctos),
es un premio íntimo. De haber logrado dar con esa
esencia, sin que el resto se diera cuenta. De haber tocado
una fibra nueva, en el cuerpo que muchos pasaron
antes.
Nunca es fácil salir de una historia. Ni en las relaciones
de parejas, ni en el reporteo de una crónica.
Cuando uno se involucra, nunca deja completamente
un tema. Y el cronista, a diferencia del reportero o del
novelista, debe involucrarse: meter los pies en el barro,
las manos en la masa, y la cabeza en la boca del
león. No cómo un superhéroe, traje que suele encandilar
a los cronistas nuevos y que destuyó la obra de
los cronistas viejos, sino como un minero que busca
carbón picando bajo el mar. O como el médico forense,
que besa a sus hijos en la puerta del colegio antes
de ir a su trabajo.
Desde que escribí de los atletas de Kenia, nunca
más dejé de involucrarme con esos deportistas que
corren con nada, sigo sus carreras, y cada vez que uno
gana lo celebro. Desde que estoy escribiendo de mi
vaca argentina, cada vez que veo una ternera en televisión
me recuerdo de esa historia. Es un recuerdo íntimo,
mezcla de satisfacción y nostalgia. Porque hay
algo que el cronista debe saber de antemano: en el
lugar que dará el gran golpe hay un buen botín, pero
ahí también quedará parte de su vida. Para siempre.
Geografía crónica
El comienzo de Kenia
S
e suele decir que una crónica muestra todas sus
cartas en el primer párrafo. Que una buena entrada
no sólo debe tener un gancho llamativo,
sino que debe ser la promesa de una buena historia.
Personalmente, creo que la crónica se juega la vida
desde la primera frase.
No hay fórmulas para que una primera frase dispare
toda una historia. Se sabe que el cronista maneja
más información de la historia que el lector, entonces,
una buena manera puede ser jugar con eso.
Cuando
viajé a Kenia a escribir de los corredores africanos,
estuve varias semanas reporteando. Sin embargo, un
hecho ocurrido los últimos días, me sirvió para comenzar
la crónica. Nuevamente: la noticia como anécdota,
y la anécdota como noticia.
El comienzo de esa historia, que se llama “Las piernas
de Kenia”, y que aparece en mi libro Equipaje de
mano, es el siguiente:
Al final de esta historia alguien muere. Es una
muerte inesperada. Pero eso sucede al final de esta
historia, porque ahora estoy arriba de un Boeing de
SouthAfrican Airways sobrevolando Nairobi. La pista
se ve cerca, ridículamente delgada y gris en medio
de un mar de tierra tan seca como una cucharada de
arena. Mi vecino de asiento es John Hesler, un keniano
blanco que casi vomitó cuando el piloto, en una maniobra
de relaciones públicas, giró dos veces alrededor
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del Kilimanjaro para que los gringos pudieran fotografiar el monte más famoso del este de África.
Hesler subió
al avión en Johannesburgo, adonde había ido a cerrar
un negocio de importación de televisores. Estudió
en Europa, reparte su vida entre Londres y Nairobi,
completa la papeleta de inmigraciones orgulloso de su
Mont Blanc y dice que la mejor empresa de su vida sería
la representación de maratonistas de Kenia. «Es un
gran negocio llevarlos a los circuitos internacionales.
Pero hay demasiadas empresas europeas en el tema
y estos atletas no son muy disciplinados». Por ahora,
prefiere seguir importando televisores.
El viaje, se lo oí a Enrique Vila-Matas, tiene la estructura
narrativa clásica. Es decir, inicio-desarrollo-
final. Hay veces que uno sigue ese mismo sentido: la
historia de viaje parte cuando nos subimos al avión, y
termina cuando regresamos a casa. Pero, obviamente,
eso es seguir el camino más fácil. Desfigurar ese
orden inicial suele darle beneficios al relato, en la medida
que esa nueva estructura genere un gancho y
una tensión necesarias para seguir mejor la historia.
El inicio lo pueden escribir al final, aunque suene
a paradoja. A veces uno se puede quedar en un lugar
esperando sólo el inicio, porque es el gran gancho.
Hay veces que uno logra tener cinco muy buenos inicios
para una historia, en esos casos, estamos frente a
una crónica jugosa que se escribirá casi sola.
Una forma didáctica de entender la fuerza que
debe tener el inicio, es pensarlo como el momento en
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que agarramos a un tipo por la solapa y le decimos:
“mira, te voy a contar una historia que nunca nadie te
ha contado, y de acá tú no te vas porque esta historia
te va a cambiar la vida…”.
Actor porno en Nueva York
Nunca imaginé que sería parte de una película
porno en Nueva York. Pero me sucedió. Así
parte mi historia sobre Ron Jeremy, uno de los
últimos y más grandes mitos del porno mundial, y así
fue exactamente que me sucedió.
Los personajes son la esencia de una crónica.
Teniendo un buen protagonista hemos conseguido
más de la mitad del relato. Para escribir de la archi
conocida Nueva York, la entrada escogida fue el porno
que se graba en la ciudad. Y dentro de la industria,
uno de sus personajes emblemas: Ron Jeremy.
Ron Jeremy había nacido en Long Island, y hasta
que fue descubierto era un inofensivo licenciado en
Educación Especial: un tranquilo profesor de niños
con problemas hasta que su novia envió una foto
suya a Playgirl y su historia cambió para siempre.
Más de mil películas como actor, cientos de fi lmes
XXX dirigidos por él y un buen puñado de series bajo
su producción, lo llevaron a ser elegido por Playboy
como una de las 20 personalidades más importantes
de la contracultura americana. Pero cuando llegué a
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Nueva York no sabía que él terminaría siendo el protagonista
de mi historia. Mucho menos, que yo aparecería
en uno de sus filmes.
El cronista que viaja con todo armado desde casa,
con cada entrevista pautada de antemano y la agenda
copada con una cita tras otra, seguramente volverá
con una historia correcta. Pero el azar no es propiedad
exclusiva de la literatura, por mucho que Paul
Auster quiera convencernos de lo contrario. No dejar
espacio para el azar, en el equipaje de un cronista, es
más grave que no llevar dinero. Todo lo planificado
puede cambiar en una esquina, y el que no tenga cintura
para las eventualidades, debe comenzar a ejercitarse
hoy mismo.
Precisamente fue en una esquina donde me encontré
con Ron Jeremy. No personalmente, claro.
Caminaba por la zona de Times Square, un hervidero
de turistas de medio planeta y de neoyorkinos paranoicos,
cuando alguien me pasó un folleto de un club
nocturno. En el anuncio se decía que esa noche, en el
club Legz Diamond’s, estaría Ron Jeremy. Me habían
pasado un papel publicitario pero, quizás sin saberlo,
el chico de pelo rojo también me habían pasado al
protagonista de mi historia.
El fin de la época romántica de la industria porno
ha convertido a Ron Jeremy en un sobreviviente, en
la estrella que mejor se ha adaptado a estos tiempos
de tecnología digital y a todo su negocio de páginas
web, sex shops y empresas de pago por visión (pay per
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view). Sólo en este último, dice la revista Forbes, hay
doscientos cincuenta millones de televidentes al año
acostados en habitaciones de hoteles del mundo entero.
Esa noche en Nueva York yo no estuve en un hotel.
Estuve en un club nocturno, con el mismísimo Ron
Jeremy, ofreciéndome casi toda su mercadería.
El azar me había llevado al personaje, pero había
más. Cuando entré al club nocturno, tras pagar en
una boletería con vidrios antibalas y cruzar una puerta
blindada, aparecí en un gran salón alfombrado, con
sillones de felpa, un bar repleto de espejos y un escenario
muy cerca de los sillones. Estaba oscuro, pero
se alcanzaban a ver las cámaras de filmación. Ron
Jeremy estaba en Nueva York filmando una película.
Cuando finalmente pude hablar con él, sorpresivamente
Ron Jeremy abrió su maletín y comenzó a venderme
camisetas con su foto, calendarios con su foto,
y llaveros con su foto. Además de productor de películas,
era un vendedor ambulante de Ron Jeremy. De alguna
manera, además de actor y director y productor,
parecía que había encontrado el resumen perfecto de
todo lo que significa el mundo del porno.
Después de la charla, y de presentarme algunas
de sus bailarinas-actrices, comenzaron a rodar. En
un momento, la cámara apuntó al público. Cuando
el lente filmaba el sector donde estaba sentado, me
sentí formando parte de una de las industrias más millonarias
de la entretención mundial. Estaba saliendo
en una película porno, y eso lo iba a contar.
Tren al sur de Chile
De un día para otro, el sur de Chile se quedó
sin tren. Un par de cifras económicas en rojo
fueron suficiente argumento para que el gobierno
chileno, a fi nes de los 90, decidiera terminar
con el paso del tren de pasajeros. La historia “El tren
del presidente Kennedy” es un recorrido en camioneta
por una veintena de pueblos ferroviarios que,
una mañana cualquiera, despertaron incomunicados
del resto del país.
Muchos tramos de esa línea ferroviaria chilena
fueron financiados por Estados Unidos.
Comenzaba
la década del 60, la revolución había triunfado
en Cuba y la izquierda crecía en América Latina.
Como una manera de contrarrestar el avance, John
Kennedy creó la “Alianza para el progreso”: un programa
que repartía toneladas de dólares en busca
del progreso de América Latina.
En Chile el dinero
se usó para el desarrollo ferroviario hacia el sur. Casi
cuarenta años más tarde, todas las estaciones estaban
arruinadas y el paso del tren se había suspendido
para siempre.
Más de un entrevistado en estos pueblos abandonados
me dijo, en serio y fastidiado, que las cosas
ya no eran como en la época del “presidente
Kennedy”.
Parte fundamental del trabajo en terreno de un
cronista es hablar con la gente del lugar.
No me refiero solamente a la entrevista pautada, ni a la gran
puesta en escena de preguntas y respuestas. Hablo
de la conversación informal. Ahora bien, si en la charla
informal con los habitantes del lugar se repite una y
otra y otra vez la misma opinión, evidentemente estamos
frente a algo que nos va a servir para la historia.
En el caso del viaje al sur de Chile, la frase me la
repetían en diferentes ciudades, en pueblos perdidos,
en caserones abandonados.
Me la decían hombres
mayores y niños, mujeres embarazadas y chicas adolescentes.
Todos los habitantes de esos pueblos que
se quedaron sin el paso del tren, me lo repetían en
alguna parte de la conversación: “Dicen que el tren
va a volver”.
En Lastarria hay una pandilla de niños que corre
detrás de una pelota de fútbol, usando los rieles como
línea demarcatoria de una cancha imaginaria. “Mi
mami dice que antes pasaba el tren y se llenaba de
gente. Ahora no hay nadie, pero mi mami dice que acá
venían muchas personas. Eso es todo lo que le puedo
decir”, comenta Alex, uno de los pequeños futbolistas.
“Ahora lo único que corre por aquí es una locomotora
azul, llena de troncos, y cuando pasa tenemos que parar
de jugar. Pero dicen que va a volver...”.
-¿Quién dice?
-Mi mami siempre dice. Siempre...
En Afquintue no se veía nadie. Con el fin del tren,
el poblado quedó a merced de la nada. El asfalto más
cercano estaba a 12 kilómetros y en invierno los caminos de tierra se inundan por meses. En ese lugar
sólo vive una familia, habitando los restos de la antigua
estación. Son dos abuelos y un nieto.
La madre
del niño hace varios años que no regresa. Y abuela
también me lo dijo:
“Con el fin del tren esto cambió mucho. Cerraron
la escuela básica y la mayoría de las casas ahora están
vacías... Pero dicen que va a volver, eh.”
-¿Quién dice?
-Eh... usted sabe, poh. Siempre se andan hablando
esas cuestiones, claro que nunca se cumplen.
Cada vez que escuchaba el “dicen que el tren va
a volver”, inmediatamente les preguntaba: ¿Quién
dice? Y en sus respuestas, por simple que parecieran,
se escondía una verdad que no es fácil conseguir
en libros de historia, ni en manuales de ferrocarriles,
ni en entrevistas a especialistas. Claudio
Pereira, dirigente sindical de ferrocarriles, me dio
más datos:
“Se dijo que terminaba porque no era rentable,
pero el transporte público es un servicio y no un negocio.
Eso es lo que todavía no entienden los ejecutivos
de Santiago, más preocupados de los números
que de las personas. Las empresas públicas, como
ésta, deben estar al servicio de la gente. El tren debe
volver. Sí o sí. Ojalá algún día se cumpla lo que dicen.”
-¿Quién dice?
Claudio sonríe.
-O sea... eso se dice. Siempre se está comentando.
Para las últimas elecciones los dos candidatos lo dijeron.
Vietnam está cerca
El cronista tiene una historia personal que,
quiérase o no, se verá reflejada en su trabajo.
Escribir un texto borrando tus huellas es
como ir a lavarte las manos cada vez que saludas a
alguien. Toda esa información que traemos, forma
parte de nuestro sello y es la base del estilo propio.
Desde que tengo memoria que escucho hablar
de Vietnam. Y no sólo en las películas americanas,
o en los libros de historia. Es más, cuando aterricé
en el aeropuerto de Ho Chi Minh City sabía que había
algo más que la famosa “historia universal” de la
guerra con Estados Unidos.
En Latinoamericana nos solemos quejar de la
manera sesgada, lejana y caricaturesca con que nos
describen los cronistas europeos y estadounidenses.
Una visión que preferimos emparentar con la asepsia
y donde nos reconocemos bastante poco, salvo
por el nombre de nuestras ciudades.
La crónica de viajes latinoamericana es un género
igual de joven que nuestro continente y, por lo
mismo, debe velar por su identidad con más ímpetu
que el habitual. El viaje a Vietnam era un ejemplo
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¿Qué podía hablar un chileno que vive en Argentina
y que escribe en revistas de México y Colombia de la
guerra de Vietnam sin caer en el lado pintoresco de
ser alguien que no está involucrado? O mejor dicho,
¿Realmente no estaba involucrado?
Leyendo las miles de notas y artículos escritos por
cronistas del “primer mundo” sobre el confl icto, podría
decirse que no lo estaba. Pero, no era cierto. La
guerra de Vietnam sí tenía que ver con mi historia.
Vietnam, además de ser una conflicto emblema
de la guerra fría, y de tener el honor de ser la primera
guerra televisada, fue el primer combate donde
abiertamente los soldados latinoamericanos (la mayoría
inmigrantes ilegales mexicanos y dominicanos
enrolados a cambio de papeles) jugaron un rol importante
en las tropas de Estados Unidos. Tanto así
que aquel 30 de abril de 1975, el último soldado en
dejar la embajada y pasar a la historia como el último
americano en retirarse de Vietnam fue el sargento
mayor Juan J. Valdéz.
Además de los miles de latinoamericanos en
la guerra, Vietnam se transformó en un emblema
para quienes en los ‘70 combatían las dictaduras
en América Latina. Para la generación anterior a
la mía, Ho Chi Minh era mucho más que un cuerpo
embalsamado en el mausoleo de Hanoi. Muchas de
las herramientas caseras con que los vietcong atacaban
sorpresivamente a las tropas estadounidenses,
como los clavos pincha-neumáticos que en Chile se llamaban “miguelitos”, yo los vi de cerca en las protestas
contra Pinochet los años de dictadura. Y así
en todo América Latina, que veía en las tropas de
este país del sudeste asiático un ejemplo de resistencia.
Vietnam estaba cerca. Pese a estar al otro lado
del mundo, tener otra dieta y hablar un idioma tan
extraño. Y eso era bueno contarlo.
La espera en España
Las historias no llegan cuando uno quiere,
pero siempre aparecen si uno espera. Supe de
Aguaviva viendo los noticieros en Chile. A los
pocos meses me compré un notebook, metí todo en
la maleta, y me fui de mi país para hacer periodismo
portátil. El primer destino fue Aguaviva, en Aragón,
en el centro de España.
Llegué a comienzos del verano. El calor apenas
se aguantaba. En Aguaviva había un solo hotel, el
Altabella, donde me hospedé el tiempo que duró mi
viaje ¿Por qué Aguaviva? Simple: la noticia decía que
ahí se estaba desarrollando un exitoso plan de inmigración
selectiva. El alcalde del pueblo, formado en
su mayoría por viejos, había viajado a Argentina para
importar familias compuestas por matrimonios jóvenes
que tuvieran varios hijos y fueran descendientes
directos de españoles. El argumento me parecía interesante,
e ideal para tocar un tema mayor: definitivamente la inmigración es un tema de cronistas. Pero
había otro asunto que me atraía de la historia: lo exitoso
del plan ¿Puede haber un plan selectivo y a la
vez exitoso?
La experiencia de Aguaviva se había contado muchas
veces en la prensa, pero casi siempre en artículos
o notas televisivas realizadas en un día: no parecía un
lugar para pasar más tiempo. Pero algo más debía haber,
por eso me instalé en el lugar. Las historias siempre
aparecen si uno espera.
Los días pasaban y la monotonía del lugar ya era
parte del relato. Basta muy poco tiempo en un sitio
así, perdido, lejano, de poca gente, para que todos
ellos te conozcan y tú repitas su rutina. Mientras esperaba
que algo importante sucediera en la letanía
del Bajo Aragón, entrevistaba ancianos, a matrimonios
argentinos, me sumaba al día a día del lugar.
“Y mientras sigo pegado al televisor del hotel
Altabella y las horas pasan y los días pasan por esa
ventana con vista a las sábanas, descubro que la ansiedad
por encontrar una historia me está consumiendo
la garganta, que lleno con un cigarrillo tras otro
durante toda la madrugada, en espera de que algo
pase”.
La historia fi nalmente se llamó “La patria madrastra”,
y en el pequeño pueblo terminé encontrando un
tesoro: no sólo no hay un plan selectivo exitoso, sino
que no hay plan de inmigración exitoso. Menos en
la España de hoy. Para llegar a eso, claro, tuve que
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enfrentarme con argentinos que estaban realmente
desesperados y con camioneros españoles que a cada
momento me preguntaban en el bar del hotel si yo
era otro de los extranjeros que andaba buscando trabajo.
“Porque en España estamos muy bien tio, por eso
vienen todos ustedes a currar aquí”.
Síndrome Colombia
Sucedió en Colombia. Había aterrizado en
Barranquilla y de ahí en taxi hasta Santa Marta.
La idea era escribir un artículo sobre la otra
Colombia: la de los buenos hoteles, los paisajes de
novela, las mujeres costeñas y las playas. Los días pasaban
entre viajes en lancha saltando olas transparentes,
bar abierto en un hotel todo incluido, clases
de salsa en el club Candela, cuba libres en el bar del
cantante Carlos Vives.
Rápidamente me había acostumbrado a los controles
militares de la carretera y la narco-leyenda colombiana
se reducía a pintorescas mansiones abandonadas
donde, decían todos, alguna vez descansaron
los capos de temibles carteles de la droga. Fue
ahí cuando conocí el parque Tayrona, con palmeras
saliendo del mar tibio y mochileros de todo el mundo
que un día llegaron y no se fueron más. La canción de
moda era de un joven cantante llamado Juanes, que
acababa de sacar su primer disco. A pocos kilómetros
estaba Aracataca, el pueblo de García Márquez que
se hizo conocido por su nombre falso: Macondo.
Bastaba estirar la mano para recibir un jugo de
mango, o de guayaba. La piscina del hotel era ideal
para nadar al atardecer, pensando en el titulo de la
nota o en la foto pendiente para el siguiente día de
trabajo. Me había olvidado de los cientos de cuestionarios
aduaneros, donde te preguntaban si algún
desconocido te había dado un paquete para llevar. Ni
siquiera me inmutaban los guardias armados con metralletas,
que aparecían tras los matorrales del hotel.
Me importaba más que la temperatura del mar
era perfecta, que los precios eran baratos y que el
lugar estaba ideal para pasar ahí una semana. Los
pescados fritos pasaban por la garganta como miel y
las arepas acompañaban el desayuno de buffet libre.
No era necesario tumbarse en la playa para quedar
con la nariz superbronceada. Colombia se mostraba
como un país formidable, con todo lo necesario para
un buen vivir. Me lo decían los propios colombianos,
amables como pocos, mientras posaban risueños
para las fotos. Margarita, la encargada de prensa
del hotel, sonreía con las bromas torpes que le lanzábamos
con el fotógrafo. Ella nos contaba muchas
historias divertidas y un par de anécdotas tristes. Y
nos advirtió –acertadamente– que terminaríamos
volviendo a Colombia. Justo antes de despedirnos,
nos dijo:
-El dueño del hotel quiere despedirse de ustedes.
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La ofi cina del dueño del hotel tenía galardones,
posters de Colombia y fotos aéreas de Santa Marta.
El dueño del hotel usaba corbata de seda, tenía anillos
dorados y bigote. El protocolo de despedida duró
poco, y finalizó cuando desde su boca, desde esa
boca escondida bajo el bigote, se escuchó:
- ¿Me pueden llevar un paquete?
Y ahí estaba. Un pequeño paquete sellado con
gruesa cinta adhesiva. No tenía escrito nada y pesaba
poco más de un kilo. Según el dueño del hotel,
eran folletos para agencias de turismo. Ese tipo de
paquetes yo los había visto antes, pero en la tele:
en las noticias policiales o en los documentales de
dinero fácil. Nunca como envoltorio de folletos turísticos.
Seguramente por las miles de advertencias de no
recibir paquetes de extraños, es que nos quedamos
mudos mientras aceptábamos el encargo. Durante el
viaje en taxi desde Santa Marta hasta Barranquilla el
fotógrafo me decía que el encargo lo pasara yo por
la aduana, y yo le decía que lo pasara él. El paquete
nos quemaba las manos, mientras en la carretera los
controles militares habían dejado de ser anécdota y
hacían sudar.
Cuando llegamos al aeropuerto de Barranquilla
nos recibió un control sorpresa de equipaje. Había
perros y escopetas y quisimos dejar tirado “los folletos”
en el baño. El fotógrafo había cambiado el bronceado
por una palidez de autopsia.
Finalmente, sin dejar de sentir miedo un segundo,
decidí hacerme cargo del encargo y despacharlo junto
a mi mochila. El argumento que me llevó a la decisión
fi nal, mirada en el tiempo, me parece insólito
y no tiene que ver con algún acto heroico. Fumando
un nervioso cigarro me convencí que si pasaba algo
malo, que si los perros descubrían que eso no eran folletos
y saltaban las alarmas y de atrás la policía y de
ahí a un calabozo colombiano, cerca de Aracataca.
Pues bien, si pasaba por todo eso terrible, me significaba que tendría una colosal historia para escribir.
Y con una sonrisa en la cara entregué el encargo a la
chica del counter.
Finalmente, el paquete en cuestión eran, efectivamente,
folletos de un estupendo hotel de Santa
Marta. De vuelta a casa había aprendido dos cosas.
Primero, que en esa época estaba dispuesto a pasar
una temporada en una perdida cárcel colombiana
con tal de tener una buena historia que contar o, visto
de otra manera, la escritura me había salvado –una
vez más– de una situación incómoda. Lo segundo, y
que desde entonces llamo el Síndrome Colombia, es lo
difícil que se nos hace despojarnos de los prejuicios a
la hora de viajar. Y como, ante cualquier situación un
poco incómoda, no podemos evitar que nos aplasten
las miles de malas noticias e imágenes preconcebidas
de un determinado lugar.
El cronista, casi por obligación, debe luchar contra
los prejuicios que cubren el lugar hacia donde se va a
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43
hacer un trabajo. Es difícil, por cierto, pero es fundamental
pelearle a eso. No hay otra manera para que
tu historia no sea un resumen de clichés de determinado
lugar.
Después de aquella vez he vuelto varias veces a
Colombia. Tengo buenos amigos, escribo para revistas
de ahí y creo, absolutamente, que es un destino
formidable. Tiempo después, un policía de la aduana
de Barajas, en Madrid, revisando mi pasaporte se detuvo
en los timbres de Colombia y me preguntó: ¿por
qué viajó tanto a Colombia? Respiré aliviado. No era
que sospechara de mi. Sólo había aparecido, una vez
más, el abominable Síndrome Colombia.
Una cámara en Kuala Lumpur
Hace diez años y para incentivar la inversión
extranjera, al gobierno de Malasia se le ocurrió
construir el Multimedia Super Corridor
(MSC), un clon de Silicon Valley en las afueras de
Kuala Lumpur. En los meses siguientes se invirtieron
millones y millones de dólares en construcción, se removió
tierra días enteros y se atrajeron aviones de
medio planeta. Las retroexcavadoras comenzaron a
importarse con la urgencia que se pide una droga escasa.
Las ensambladoras-robot empezaron a escupir
sin cesar nuevas máquinas de fotos, computadoras,
filmadoras. El dinero se transformaba en fibra óptica
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y la economía se movía más rápido que una mala noticia.
La cosa era avanzar. De la Asia milenaria a la
Asia futurista, sin escalas.
Para un periodista de la sección económica o de
tecnología, escribir de un lugar como Kuala Lumpur
puede resultar una tarea sencilla. Mal que mal, las estadísticas
económicas están al alcance de cualquier
mano y son cifras jugosas para un reportaje. Vale explicar
que si tienes una empresa tecnológica debieras
ir a invertir al Multimedia Super Corridor de Kuala
Lumpur. Para motivarte el gobierno ofrece todo tipo
de incentivos: infraestructura física y tecnológica de
primer nivel, cero impuesto a las ganancias hasta por
10 años, exención del pago de aranceles de importación
de equipos, bajas tarifas en telecomunicaciones,
y una gigantesca legislación para cautelar la propiedad
intelectual.
Para el cronista, sin embargo, esas noticias no son
más que una anécdota. Y lo que se busca son otras
cosas. Entre ellas, hacer que el relato lo lean no sólo
los entendidos en la materia. Una manera de acercar
el ultramoderno tema de Kuala Lumpur a un público
más amplio, haciéndolo parte del relato, fue contar mi
experiencia de comprarme una cámara digital en ese
lugar. Antes de viajar todos me decían que debía hacerlo.
Ahí entendí dos cosas fundamentales. Primero,
que ahora todo el mundo tiene una cámara digital.
Segundo, que en las cámaras digitales está nuestro
mayor acercamiento cotidiano a lo tecnológico.
En Malasia se construyen más de 3 millones de
cámaras digitales a la semana, entre oficiales y falsificadas. Un mar de aparatos fotográficos donde había
uno que me estaba esperando.
-¿Qué cámara anda buscando?- me pregunta un
malayo con corbata de la Sony y una sonrisa que parece
controlada por microchips.
-No sé.. qué me puedes ofrecer...
Decirle eso a un vendedor de electrónica en una
ciudad como está es como pedirle radios de auto a
un reducidor latinoamericano. Sin darme tregua, el
tipo comienza a desplegar una batería de frases y
nombres y códigos, donde apenas se distinguen, 4
megapíxeles, 5 megapíxeles, 7 megapíxeles, 10 megapíxeles.
Hace mucho rato que la tecnología se transformó
en un formidable tema del cual escribir. Con el avance
tecnológico, llegó la enceguecida carrera por tener la
última novedad en un planeta que se acelera sin pausa.
Los propios cronistas, cada vez contamos con más
elementos digitales para nuestro trabajo. Grabadoras
de audio, filmadoras, cámaras de fotos. Todos elementos
que podemos subir a nuestros blogs, mandar
por emails, o archivar en nuestras laptops. Escribir de
la revolución tecnológica es seguir los pasos de quienes
el siglo pasado escribieron de las revoluciones latinoamericanas
o las revoluciones estudiantiles europeas.
En diez años la tecnología es capaz de cambiar
varias veces nuestra vida. Visto de esa manera, la cámara de 5 megapixeles que me terminé comprando
en Kuala Lumpur quedó obsoleta cuando me tomé el
avión de regreso. Ante semejante carrera tecnológica,
sólo queda sacar fotos y contarlo.
Todos crecimos en Nairobi
La intimidad con el lector es otro de los ingredientes
literarios que se acomodan perfecto (si
no mejor) a la crónica. Pero no sólo se puede lograr
esa identificación con una cámara de fotos. Que
un lector se sienta involucrado con un conflicto, por
muy lejano que sea, es algo que el cronista debe buscar.
Son los llamados, tantas veces llamados, temas
universales.
La historia de “Las piernas de Kenia” es un relato
que podría ser absolutamente lejano. Sin embargo,
en la historia cuento que la mayoría de los atletas
se dividen en dos. Los que se dejan vender para
clubes europeos y se van a correr a las grandes capitales
del primer mundo. El más famoso es Kipketer,
que pasó de vivir en Nairobi a manejar un convertible
en Dinamarca, con una novia danesa, con un departamento
de cuatro ambientes, a estudiar ingeniería
electrónica (le inscribieron en la Universidad para poder
correr), con un sueldo millonario y un agente que
le conseguía distintas carreras. Y en contrapartida
está Kipchoge Keino, que es otro atleta y que prefirió quedarse en Nairobi, renunciar a venderse a estos
clubes, correr sólo por el país y dedicarse a ayudar a
los niños de Nairobi.
A todos los atletas que voy conociendo durante el
reporteo les pregunto: ¿cuál de los atletas te gustaría
ser? ¿El atleta de Kenia que se va a Europa a triunfar,
a ganar medallas para los clubes de Dinamarca?
¿o quiere ser de los que se quedan acá en Nairobi luchando
por su país?, con una situación económica
más precaria. Aunque se lo pregunto a ellos, la idea
es que el lector, ustedes como lectores pero también
ustedes cuando escriban, se vayan haciendo esa
misma pregunta. ¿Qué harían ustedes en ese caso?
Ahí terminamos llevando la historia de los atletas de
Kenia, que podría ser una historia muy lejana, a preguntarse:
y yo, ¿qué camino estoy tomando? ¿qué estoy
haciendo?
Uno de estos chicos se llamaba Edwin. Edwin era
uno de los que no sabía cuál de los dos caminos elegir.
No sabía si seguir el camino de Kipketer o Kipchoge
Keino.
Le hablo a Edwin de una carrera internacional y
de contratos millonarios, como sueñan muchos, y me
devuelve una sonrisa de duda, incómoda y después
levanta sus hombros huesudos, como si le costara
más que al resto decidirse entre seguir los pasos de
Kipketer o Kipchoge Keino. No está seguro de lo que
quiere, aunque en el atletismo los plazos son cortos y
sabe que en poco tiempo deberá tomar uno de los dos
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caminos. Así pasa con todos, hasta para los que no
corremos.
Y así pasa con todos, hasta para los que no corremos.
A mí me gustaría que pusieran en práctica que
la historia aunque sea lo más lejana traten de poner
siempre un ingrediente que sea universal y que haga
al lector hacerse preguntas. Porque el lector se lo va
a agradecer siempre y le va a parecer interesante. A
eso algunos le llaman emoción. Yo puedo contar la
historia más exótica e increíble del planeta, pero si el
lector no se hace preguntas, va a ser una anécdota
que el tipo la olvidará a la semana.
El destape de Santiago
Los contrastes son fundamentales en una crónica.
Alimentan por si solos el relato. Santiago había
estado sacudido por una serie de escándalos
sexuales cuando viajé a Chile para escribir el libro
“Sexo y Poder”. Casi cinco meses estuve reporteando
en la capital de un país con fama de ser uno de los
más conservadores del mundo. Para cualquier extranjero,
Chile es una nación que mezcla dos virtudes
poco frecuentes en Latinoamérica: economía ejemplar
y tranquilidad política. Sin embargo, los últimos
doce meses habían sido sexualmente agitados. Una
gran red de abuso de menores fue el detonante para
que se destaparan una serie de escándalos que sal-
49
picaron a personeros de la iglesia, del poder judicial
y de la política. Durante el acercamiento al país del
que me había ido unos cinco años antes, investigué
la industria de porno chileno, conocí los diferentes
clubes nocturnos, hablé con proxenetas menores de
edad, estuve en una misa con el Obispo de Santiago,
me crucé con el Presidente de Chile, estuve en galas
oficiales y en hoteles para llevar menores.
Uno de los capítulos del libro, que fue publicado
en España por la revista Lateral, mostraba el contraste
entre uno de los cabaret más pobres de la ciudad y
el más lujoso club nocturno de Sudamérica. “Mundos
subterráneos” mostraba, a partir de ese contraste, la
diferencia abismante que pueden suceder en un país
orgulloso de su economía ejemplar.
Son las tres de la tarde de un lunes y todo sucede en
un subterráneo del centro de Santiago. Exactamente,
en la galería Capri, un conjunto de pequeños almacenes
atendidos por señoras desganadas y donde se
puede encontrar menaje, lencerías, prótesis, manteles
y peluquerías. Todo esto a tres cuadras de la Catedral
y a dos cuadras de las oficinas de Joaquín Lavín, alcalde
de Santiago y candidato presidencial de la derecha
chilena, militante de la UDI y miembro del Opus Dei,
quien en este mismo momento está recibiendo en su
despacho, de techos altos y escritorio de madera fi na,
a una delegación de microempresarios a quien felicita
por su iniciativa y pone como ejemplo de un Chile líder
en materia económica (...)Desde la calle parece un simple cabaret. La entrada cuesta mil quinientos pesos, y
te da derecho a un pequeño vaso de plástico que puede
venir con Fanta, Sprite o Coca-Cola. El pasillo de
entrada está iluminado por unos tubos fluorescentes
que le dan al lugar un aire a carnicería de barrio. Tras
bajar la escalera apareces en un cabaret mal iluminado,
donde una mujer bastante gruesa se mueve de manera
amateur sobre un escenario de espejos trizados.
Como un actor de reparto, idealmente el cronista
tiene que saber sumarse a historias que suceden en
distintos ámbitos. Entre más campos se abordan, mayor
es el espectro de trabajos que podremos realizar,
y más interesante la perspectiva que logrará nuestro
trabajo.
La noche promete el sexo más lujoso de la ciudad
en el mejor club nocturno de Latinoamérica. El Club
Platinum también está en un subterráneo pero, comparado
con los suelos del Orianis, este subsuelo debe valer
cien veces más caro. El Platinum queda en plena comuna
de Vitacura, una de las zonas con mejores ingresos
del país. A diferencia del Orianis, donde en la puerta te
atiende un gordito sentado en un banquito de madera,
en la puerta del club Platinum hay una lustrosa limusina
negra. Una Lincon 97, para ser más exactos, pero
que tiene un detalle especial: en las puertas lleva pintada
la palabra Platinum, con una caligrafía inglesa color
plateado. El club se vende a sí mismo como el mejor
de nuestro continente, y entre sus ofertas está precisamente
ésa, la de la limusina negra de la puerta.
Rarezas americanas
Suele pensarse que lo raro, lo fuera de lo normal,
es un elemento que el cronista debe buscar para
darle interés a sus relatos. Personalmente, desde
que partí escribiendo, he tenido cierta debilidad
por encontrar la normalidad en escenarios raros. Creo
que la naturalidad en situaciones fuera de lo común
puede cumplir un efecto mayor que la simple anécdota
bizarra de un relato sensacionalista.
Recuerdo dos crónicas, en dos viajes diferentes a
Estados Unidos, que pueden ejemplificar lo que digo.
Una de ellas sucedió en Gibsonton, un pequeño pueblo
cerca de Tampa, en Florida. A Gibsonton van a
jubilar los freaks de los circos de Estados Unidos. Un
lugar donde conocí a la mujer barbuda, donde vivieron
siameses, donde se paseaba un enano en silla
de ruedas. Comenzó a ser refugio de gente del circo
gracias a Al Tomaini, un gigantón de más de dos metros
casado con una mujer que no llegaba a los 90
centímetros. Por mucho tiempo nadie conocía este
refugio de gente rara, hasta que a fines de los años
80, apareció muerto en su trailer el hombre manos
de langosta. Lo había mandado a matar su hijastro,
el niño cabeza de bloque.
En el relato, que sucede en un Estados Unidos
muy diferente a las películas, la idea es mostrar la
normalidad que puede llevar un grupo de personas
que durante 10 meses al año recorre el país para que
52
los espectadores se rían de sus defectos. Judy Rock,
la hija del fallecido Al Tomaini, fue la encargada de
mostrar algunos de los secretos del lugar:
Judy Rock es pelirroja, simpática y devastadoramente
obesa como casi todos en Gibsonton.
Tiene cerca de cincuenta años, carga anteojos para
miopes, pulseras de oro y un collar cuyos falsos brillantes
forman la palabra Queen.
«Quizá yo sea la reina,
puede ser», reconoce, con falsa modestia. «Lo que pasa
es que mis padres fueron muy importantes acá», me
dice Judy Rock. Su papá llegó a Gibsonton a fi nes de
los años treinta del siglo XX, y era un gigante de más
de dos metros.
La otra historia transcurre en el estado de
Kentucky, famoso mundialmente por su derby de caballos.
Pleno centro de Estados Unidos, donde los inmigrantes
ilegales apenas se ven, y es frecuente que
los autos lleven más de una bandera americana a la
vista. Todo ocurre en la ciudad de Lexignton, donde
los remates de caballos mueven al mes más millones
de dólares que la deuda externa de media América
Latina. Un lugar que trata de mantener la burbuja del
sueño americano y donde los caballos, que tan buena
fama le han dado al estado, gozan de los privilegios
propios de una estrella de hollywood.
Los studs más famosos y visitados por los turistas
son los de la zona del Bluegrass. Aquí el lujo derrochado
en los caballos haría llorar de emoción a un miembro
de la sociedad protectora de animales: sauna, ma-
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sajes diarios, jacuzzi, sábanas limpias con sus iniciales
bordadas en seda, visitas al oculista, procreación
controlada, cementerios con flores siempre frescas. Los
tratamientos de belleza de los caballos pueden durar
hasta doce horas, y una vez por semana se les aceita
todo el cuerpo para mantenerlos brillantes. Cada dos
semanas les hacen masajes al pelo del cuello y de la
cola, y mientras duermen los examinan con electrocardiogramas
para evitar riesgos vasculares.
En la medida que le damos normalidad a lo excéntrico,
vamos limpiando la historia de amarillismos
y despejamos el polvo de las emociones. De alguna
manera, en todas las historias el lector puede sentirse
involucrado: hasta en la de una ciudad que cuida a
los caballos como esas reliquias que en otros países lo
hacen con las estatuas de sus caudillos.
Selva peruana
Da lo mismo todo lo que uno publicó, leyó, escuchó
o vio antes: cuando uno llega a un lugar
desconocido, parte de cero. Estar frente a
un nuevo destino de viaje es, en gran medida, volver
a comenzar. El cronista que se ufana de ser un conocedor
del mundo, antes de salir de casa, es mejor que
se quede ahí.
Cuando llegué por primera vez al Amazonas sabía,
de antemano, muchas historias y leyendas. Había leído libros, visto películas y escuchado anécdotas de
gente que viajó antes. Me habían pedido que escribiera
algo del Amazonas, pero no la historia típica
sobre un “río salvaje”.
Estaba navegando en un viejo barco que hace
cruceros por el rio, cuando uno de los tripulantes
me comentó en una charla nocturna que varias
“gringas” le habían pedido matrimonio. Su confesión
informal me volvió a la cabeza cuando, al día
siguiente, un viejo guía del barco me contó muy orgulloso
que sus dos hijos peruanos se habían casado
con americanas y vivían en Estados Unidos, “en
el primer mundo”. A los dos días, entre los peruanos
del barco, había acumulado media docena de esas
historias. Como la de Ricky, un peruano que estaba
buscando a la turista que le ofreciera mejores oportunidades
en algún país desarrollado.
Ricky se define como un Amazon boy. Él es un
veinteañero criado en la selva de Perú y lleva algunos
años en la industria del turismo. Su nombre es
Ricardo Hurraga Guerra, pero todos le dicen Ricky.
Ahora se queja de que su español está cada día peor
porque todo el tiempo habla en inglés con los turistas.
Ricky es la estrella de la nueva camada de guías.
Usa perfume, cinturón de cuero, linterna, repelente
alemán en sus brazos oscuros y está aprendiendo a
pasarse bloqueador solar por los labios.
La historia terminó llamándose Amazon Boy y
en ella hablan peruanos en busca de novias, y turistas gringas en busca de noviazgos selváticos. Y
aunque no es una historia de amor, sí tiene mucho
que ver con matrimonios.
Mi vaca es argentina
No hay un elemento determinado a partir del
cual contar una historia. Desde hace un tiempo,
casi dos años, estoy tratando de contar la historia
de un país, de Argentina, donde vivo hace cuatro
años. Y lo estoy haciendo a partir de una vaca.
Muy probablemente, ese sea mi próximo libro.
En Argentina el tema de la vacas y los frigoríficos
y las carnicería está en los titulares de los
diarios, en los debates televisivos, en las encuestas
radiales. El gobierno hace decretos para mantener
fijo el precio de los cortes vacunos, y el valor
de la carne hace rato que parece el principal
valor nacional. La carne como el gran conflicto
de la Argentina. Sin ir más lejos, hace unos días,
un vegetariano holandés que fue de vacaciones a
Buenos Aires me decía: “Vuelvo a Ámsterdam intoxicado
de tanto bife”, y eso que en las dos semanas
de viaje, el flaco de anteojos no probó ni una
gota de vaca.
Mi llegada al tema de la carne viene de mayo de
2004, cuando me compré una ternera recién nacida.
Mi propia vaca: La Negra.
La idea es simple. Compré una vaca argentina,
para engordarla y mandarla al matadero. Contar el
desarrollo de una ternera recién nacida hasta verla
fileteada en los supermercados. Una trama nada de
original, si se piensa que es el mismo proceso productivo
que le espera a los 50 millones de vacunos que
pastan en la Argentina. No hay cifras exactas (el mercado
negro nunca ingresa a los censos ofi ciales), pero
de ser ciertos los 50 millones, mi participación es del
0,000002 del mercado local de la carne.
A medida que La Negra ha ido creciendo, su historia
fue publicándose en medios de países como
México, Colombia y España. He mostrado videos de
ella en mi blog en Clarín.com y he tenido que hablar
de ella en radios de Chile y Perú. Con sus primeras
apariciones públicas, hasta hoy, me llegan mensajes
y correos para que no mate a la vaca. Me conmueven
esas personas que mientras se comen un bife de 900
gramos me dicen lo malo que soy por criar una ternera
para matarla. Pese a ellos, y hasta ahora, sigo creyendo
que lo mejor para contar esta historia es que
mi vaca termine donde llegan casi todas: al plato.
La vaca crece en el campo San Lorenzo, un predio
de 400 hectáreas que está camino a Magdalena,
unos 40 kilómetros al sur de La Plata. Me la vendió
Juan Jorajuría y el pacto lo sellamos con un apretón
de manos: “En el campo todavía se hacen negocios
pensando en la buena fe de la gente”, me dijo con orgullo
la mañana del trato. Casi dos hora en autobús,
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desde Buenos Aires, demora el recorrido para ver a
la vaca. Apenas dos horas bastan para llegar donde
las vacas hacen su propio trabajo de ofi cinistas:
rumiar tardes enteras, transformando el pasto en futuros
bifes.
Ajena a la estridencia mediática, La Negra sigue
engordando. Diariamente. Pastando en su ofi cina en
espera de la muerte. Como si ella lo tuviera más claro
que todos: es sólo una vaca más en el país de la
carne. Veremos en qué termina su historia. En este
caso, lo importante es lo que se pueda escribir a partir
de ella.