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martes, 14 de abril de 2015

Un día con Juan Pablo Meneses

El gran golpe

Estoy convencido que escribir una crónica periodística equivale a dar un gran golpe. Pero no me refiero al simple “golpe periodístico”, tras el cual corren diariamente millones de reporteros del mundo en busca de una exclusiva efímera. Cuando hablo de un gran golpe pienso en asaltantes de bancos, desvalijadores de cajas fuertes, ladrones de piezas de museo. El cronista debe buscar eso mismo: quedarse para sí con un valioso botín.
Si el encargo es hacer el perfil de un personaje público, de nuestro alcalde o de una bailarina famosa, nuestro objetivo será rescatar lo más valioso que pueda tener esa persona. Pero, ¿cómo vamos a saber qué es lo más valioso de nuestro alcalde o de una bailarina famosa? El primer error sería preguntárselo a ella misma: la persona nunca nos lo va a decir. Generalmente ni ella misma lo sabe. Y si lo sabe, lo más seguro es que no lo querrá mostrar. Lo mismo sucede con los bancos. El banco nunca te va a decir: “nuestro tesoro está en el segundo piso, en la puerta 4 a la derecha”. Por eso es que tenemos que dar un gran golpe.
Con las crónicas de viaje sucede igual. A la hora de enfrentarnos a un lugar, bien podríamos quedarnos con el anuncio publicitario. Muchos lo hacen, y terminan hablándonos del buen clima que hay en la Costa del sol, de la bohemia que se vive en París, de lo cosmopolita que resulta Londres, de la pintoresca pobreza de América Latina o de la fuerza económica de 14 China. Cada ciudad, ya sea una megalópolis o una pequeña aldea, se ha inventado su propio eslogan que esconde el verdadero tesoro. Cuanto más escondido, mejor el botín.
Hace unos meses, cuando se cumplían 30 años del fi n de la guerra con Estados Unidos, me encargaron hacer un viaje a Vietnam. Lo más fácil, por cierto, era recorrer medio planeta hasta aterrizar en Ho Chi Minh City y escribir de la generalidad noticiosa del nuevo aniversario. Destacar los paisajes turísticos, salpicar con algunas cifras y cerrar los párrafos con frases resonantes. Regresar a casa con lo que el país del tío Ho me hubiera querido entregar.
Para el cronista, la noticia es la anécdota y la anécdota la noticia. En ese caso, la noticia de los 30 años de que Estados Unidos abandonara su embajada en Saigón, era lo anecdótico del relato. Y la anécdota, la que estaba ahí a la mano y se dejaba pasar, para mi resultaba una importante noticia: por cinco dólares podías disparar un fusil AKA 47 apuntando a un soldado de espuma, tras haber avanzado en punta y codo por los túneles de Cuchi. La guerra convertida en una suerte de DisneyWar, visitada por cientos de turistas, dispuestos a pagar sus dólares para vivir en carne propia esa guerra donde se expulsó al capitalismo de Vietnam ¿No es un buen tesoro?
Por eso, para dar un gran golpe hay que tener la ambición de querer darlo. Y luego, como en todo asalto, hay que idear un buen plan.

¿Qué necesitamos?

 Apenas sabemos cuál será nuestro objetivo, ya sea un país asiático o nuestro alcalde o una bóveda secreta, empezamos a planifi car la misión. Rápidamente nos daremos cuenta: se necesitan los mismos elementos para asaltar un banco que para escribir una pieza de periodismo narrativo.
-Información. Más que otros, el gran vicio del cronista debiera ser la información. La útil y la innecesaria. La inteligente y la boba. La elegante y la basura. Nunca se sabe de qué lado de nuestra información saltará lo que necesitamos, pero si está claro que una mala investigación puede arruinar nuestro golpe antes de comenzarlo.
- Escenario. Sin un escenario real, nunca habrá acción. El cronista no le teme a la realidad ni necesita esconderla en mentiras, como la literatura. Por lo mismo, es clave para nuestro asalto tener un escenario donde sucedan los hechos. Nuestro museo a desvalijar debe ser concreto, cuantificable y, por lo mismo, descriptible. No sólo debemos conocerlo bien, sino que contarlo.
- Riesgo. Se debe estar dispuesto a perder. Por eso, la adrenalina es parte del equipaje de mano de un cronista. Eso no quiere decir que en cada historia se deba arriesgar la vida. Ni intentar quitársela a otro. Pero si debe tomar riesgos. El periodista que 16 no esté dispuesto a tomar riesgos, sólo terminará robando su propio botín. Una y otra vez.
 - Memoria. Muchos periodistas suelen usar la memoria como un archivo de fracasos, acumulando ejemplos donde se ve claramente que el periodismo es efímero y no sirve para mucho y es mejor dejar todo como está. Pero cuando uno quiere dar un gran golpe, debe usar la memoria como una bodega de soluciones, de escapatorias, de sucesos a asociar. A diferencia de esos escritores que quieren convencernos que el mundo partió con ellos, el cronista que quiere dar un gran golpe, sabe que el mundo viene de mucho antes.
-Paciencia. La espera suele ser una actividad asociada a los jubilados y los pescadores. Pero el que quiera escribir periodismo narrativo tiene la obligación de esperar el momento justo para dar el gran golpe. La inmediatez de la entrega diaria es el peor enemigo de alguien que quiere cometer un buen asalto. En la lucha por ganar tiempo de espera nos jugamos buena parte de la historia a contar.
- Detallista. La obsesión por el detalle es una de las pocas obsesiones que el cronista suele reconocer en público. En el periodismo narrativo el detalle revela, aporta y le da peso al relato. Un dato mínimo, pero certero, puede ser la ganzúa ideal para dar el gran golpe.
- Apoyo: Por mucho que algunos consagrados cronistas insistan en hacernos creer que sus éxitos 17 son de ellos, y nada más que de ellos, uno nunca está sólo: ni siquiera cuando se viaja sin compañía. La labor de un buen editor, de un buen ayudante en la investigación, de alguien que aporte en la
verificación de datos, o en propuestas claves para el trabajo, son fundamentales para terminar armando una buena historia. Parece que estuviéramos solos, pero pobre del que realmente se lo crea.
Es posible que algún purista reclame sobre la teoría del Gran Golpe, alegando que a diferencia del ladrón de bancos, la moral del cronista está más cerca de la verdad que del delito, y por lo mismo deben funcionar de manera diferente. Una discusión que hace rato parece zanjada. No por nada se hizo famosa Janet Malcolm con el comienzo de su libro “El periodista y el asesino”: “Todo periodista que no sea demasiado estúpido o demasiado creído para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. Es alguien que se alimenta de la vanidad, la ignorancia o la soledad de la gente, se gana su confianza y los traiciona sin ningún remordimiento”.

¿Por dónde entrar?

 Empezar no es lo mismo que entrar. Como veremos más adelante, el comienzo es determinante para escribir una buena historia, pero antes de eso debemos entrar a ella. A la hora de elegir la 18 forma por donde entraremos al personaje, o a la historia, se pone a prueba nuestra aventura.
Hace unos meses me tocó ir a una carrera de Fórmula Uno, en Sao Paulo. Lo más seguro, como terminó sucediendo, era que aquel fin de semana se coronaría campeón el español Fernando Alonso. Más allá de la noticia de su victoria, me habían encomendado mostrar el interior de la Fórmula Uno. Mi botín, entonces, era rescatar la esencia de uno de los espectáculos deportivos más importantes del planeta.
Cuando iba en el avión repasaba los elementos que tenía para dar el gran golpe. Si contaba la carrera de principio a fin, estaba compitiendo con un centenar de reporteros que desde hace 20 años van a todas las carreras y repiten siempre la misma historia. Reporteros que ya pueden escribir sus artículos casi durmiendo, como dice Kapuscinski. Entonces, decidí centrar mi historia en seguir al peor piloto de la carrera. De esa manera, pensaba, podía llegar a lo más valioso del circuito. Porque, ¿cuál es la esencia de la Fórmula Uno? Es el triunfo, la competitividad al máximo, la glorificación de la rivalidad. El rendimiento medido en milésimas de segundo. Los auspiciadores pagando fortunas por poner el logo de su empresa en pilotos y autos triunfadores, que están siendo vistos en directo por más de mil millones de personas.
Para escribir de triunfos, se puede partir por la derrota.

Fabiana, la encargada de prensa del equipo Minardi, queda muda unos segundos. Cuando sale de la sorpresa me devuelve la pregunta: -¿Quieres entrevistar a Robert Doornbos? Aunque en realidad, por su forma de preguntarlo, la traducción más exacta sería: ¿De verdad quieres entrevistar al perdedor de Robert Doornbos? Hoy es viernes en los suburbios de São Paulo. Dentro del Autódromo José Carlos Pace, en honor del ex piloto brasileño y conocido popularmente con su antiguo nombre de Interlagos, es el día de pruebas para la carrera del domingo. Por la zona de paddock, donde se pasean mecánicos y periodistas y modelos y gerentes de las empresas auspiciantes, hay tensión. Fernando Alonso pasa corriendo, arrancando de los micrófonos que lo esperan a la salida del baño. Juan Pablo Montoya camina infl ando el pecho y negándose a dar entrevistas. Michael Schumacher, pese a la mala campaña, recibe una lluvia de fl ashes cada vez que se le ocurre caminar desde el garage de Ferrari a su camarín. Kimi Raikkonen habla de la puesta a punto mientras su má- nager le cuelga la gorra de la McLaren. Niki Lauda despacha sus comentarios en directo para Alemania. En ese entorno, triunfalista y competitivo como pocos, hay corredores que se mueven sin recibir casi ninguna atención. Y hay un piloto, el holandés Robert Doornbos, el peor corredor de la temporada, al que le hacen tan pocas entrevistas que su propia encargada de prensa te pregunta si es cierto que quieres hablar con él.

Cuando logras entrar a una historia por un lado sorpresivo, las posibilidades para el relato aumentan sin medida. Seguramente, siguiendo a Alonso, habría logrado ver mucho menos de lo que terminé teniendo enfrente por estar con el peor. Un gran golpe, por lo general, se logra gracias a dar con una entrada sorpresiva. Así traspasas esquivando las barreras de contención que te frenarán el reporteo: Alonso vive rodeado de un equipo de prensa, de asesores y de guardaespaldas. El peor de la Fórmula Uno está agradecido que lo entrevistes. Uno no existe sin el otro.
Las puertas anchas y oficiales de la entrada principal suelen ser un adorno. Pasa con los castillos, con las cárceles, con las universidades. Con las historias también. Cuando llega la hora de enfrentarse a una historia, es fundamental olvidarse de la entrada con adornos.
El desafío de buscar esa otra entrada, además, hace que vayamos renovando el interés en el trabajo. En la medida que tenemos más información, más posibilidades habrá de encontrar entradas diferentes. Muchas veces, en talleres anteriores, me he topado con periodistas que dicen: pero a mí no se me ocurre una entrada diferente…
Hay que tener claro que el cronista no es un ser venido desde Marte, por mucho que Bradbury haya popularizado sus “Crónicas marcianas”. Desde siempre, y tal como ya lo dijo Tom Wolfe, el periodismo es un oficio. Y se aprende ejercitándolo.
Ya se sabe que la base de la creatividad es la información. Y si el cronista es valorado por su trabajo creativo, entonces debe estar constantemente informándose. Esa es otra herramienta que facilitará las cosas para buscar una buena forma de entrar.

 ¿Qué sacar?

 Cuando ya tenemos lo necesario para hacer el trabajo, y hemos podido entrar a la historia por una puerta lateral, es la hora de decidir qué llevarse. Qué sacar. Los asaltantes de bancos suelen medir su botín según el dinero que entra en sus bolsas: cuando están llenas, es hora de huir. ¿Cuándo un cronista decide que debe partir?
La mexicana Alma Guillermoprieto tiene la teoría que uno debe reportear y entrevistar hasta el punto que todos los testimonios se comiencen a repetir. Ahí estaría la señal de que es hora de partir. Los reporteros de diarios, en cambio, lo miden en base al reloj: todo lo que alcance a conseguir antes de la hora del cierre me viene bien.
Hay veces que hacer una entrevista sirve, básicamente, para darnos cuenta de que nada de lo que nos dijo esa persona nos aportará en el relato. Una vez dentro de la historia, es muy importante ir separando lo que nos puede servir o no. Es fácil enviciarse.
Una vez, en Ciudad del Este, la ciudad que está en la Triple Frontera entre Paraguay, Brasil y Argentina, famosa porque allí ocurre el mayor tráfico de productos ilegales del cono sur, y zona que alguna vez Estados Unidos pensó bombardear en busca de Bin Laden (es una zona dominada por comerciantes musulmanes y la leyenda dice que ahí descansan muchas células dormidas de Al Qaeda), fui haciendo una lista de cada cosa que me llamaba la atención. A los pocos días tenía hojas y hojas llenas de datos que, si bien me parecían importantes, luego me di cuenta que no aportaban mucho y resultaban más bien redundantes. Todo lo anotaba y lo grababa. Una noche, de vuelta a mi hotel, en un momento el taxista se detiene y me pregunta qué ando buscando. Ciudad del Este es chica, y poca gente se queda más de una semana en un hotel. No le contesté. Entonces apagó la radio del auto, se giró, y me dijo: “¿Andas buscando un pasaporte? Yo te puedo vender un pasaporte falso”.
Inmediatamente la mayoría de las cosas que había anotado perdieron valor. Ya no eran necesarias. Las dejé tiradas, y me quedé con el ofrecimiento del que sería un pasaporte uruguayo y llevaría mi foto, pero con otro nombre. Finalmente había decidido rescatar menos cosas, pero más contundentes.
Si llenamos las bolsas con todo lo que encontramos en el camino, después no las podremos levantar.

¿Cómo salir?

 Un trabajo limpio es cuando no se nota que hubo trabajo. Una máxima que se puede usar para los actores, pero que es fundamental en el trabajo de la crónica. Muchos nuevos cronistas se queman los dedos coleccionando citas célebres para pegar en sus textos, frases inteligentes que van separando en cuadernos de apoyo, y preguntas astutas para lucirse frente a los entrevistados. La inseguridad cubierta con la estridencia del falso erudito. Todo ese ruido, termina dejando la obra con terminaciones gruesas: el trabajo de un cronista será valorado por el botín que se ha conseguido, y no por el trabajo en sí.
A nadie, salvo a los ingenieros, les interesará un puente construido laboriosamente y con metales nobles, pero que no conduce a ninguna parte. Con la crónica es igual. En la medida que siga siendo pensada como un género para periodistas, que sólo consumen periodistas, publicado en revistas distribuidas entre periodistas, seguirá importando más la calidad del puente antes de que comunique con algo.
Por lo mismo, el mejor premio para un cronista (más allá de los premios en dólares que regalan las grandes corporaciones a los trabajos más correctos), es un premio íntimo. De haber logrado dar con esa esencia, sin que el resto se diera cuenta. De haber tocado una fibra nueva, en el cuerpo que muchos pasaron antes.
Nunca es fácil salir de una historia. Ni en las relaciones de parejas, ni en el reporteo de una crónica. Cuando uno se involucra, nunca deja completamente un tema. Y el cronista, a diferencia del reportero o del novelista, debe involucrarse: meter los pies en el barro, las manos en la masa, y la cabeza en la boca del león. No cómo un superhéroe, traje que suele encandilar a los cronistas nuevos y que destuyó la obra de los cronistas viejos, sino como un minero que busca carbón picando bajo el mar. O como el médico forense, que besa a sus hijos en la puerta del colegio antes de ir a su trabajo.
Desde que escribí de los atletas de Kenia, nunca más dejé de involucrarme con esos deportistas que corren con nada, sigo sus carreras, y cada vez que uno gana lo celebro. Desde que estoy escribiendo de mi vaca argentina, cada vez que veo una ternera en televisión me recuerdo de esa historia. Es un recuerdo íntimo, mezcla de satisfacción y nostalgia. Porque hay algo que el cronista debe saber de antemano: en el lugar que dará el gran golpe hay un buen botín, pero ahí también quedará parte de su vida. Para siempre.

Geografía crónica

El comienzo de Kenia S e suele decir que una crónica muestra todas sus cartas en el primer párrafo. Que una buena entrada no sólo debe tener un gancho llamativo, sino que debe ser la promesa de una buena historia. Personalmente, creo que la crónica se juega la vida desde la primera frase. No hay fórmulas para que una primera frase dispare toda una historia. Se sabe que el cronista maneja más información de la historia que el lector, entonces, una buena manera puede ser jugar con eso.
Cuando viajé a Kenia a escribir de los corredores africanos, estuve varias semanas reporteando. Sin embargo, un hecho ocurrido los últimos días, me sirvió para comenzar la crónica. Nuevamente: la noticia como anécdota, y la anécdota como noticia.
El comienzo de esa historia, que se llama “Las piernas de Kenia”, y que aparece en mi libro Equipaje de mano, es el siguiente: Al final de esta historia alguien muere. Es una muerte inesperada. Pero eso sucede al final de esta historia, porque ahora estoy arriba de un Boeing de SouthAfrican Airways sobrevolando Nairobi. La pista se ve cerca, ridículamente delgada y gris en medio de un mar de tierra tan seca como una cucharada de arena. Mi vecino de asiento es John Hesler, un keniano blanco que casi vomitó cuando el piloto, en una maniobra de relaciones públicas, giró dos veces alrededor 28 del Kilimanjaro para que los gringos pudieran fotografiar el monte más famoso del este de África.
Hesler subió al avión en Johannesburgo, adonde había ido a cerrar un negocio de importación de televisores. Estudió en Europa, reparte su vida entre Londres y Nairobi, completa la papeleta de inmigraciones orgulloso de su Mont Blanc y dice que la mejor empresa de su vida sería la representación de maratonistas de Kenia. «Es un gran negocio llevarlos a los circuitos internacionales. Pero hay demasiadas empresas europeas en el tema y estos atletas no son muy disciplinados». Por ahora, prefiere seguir importando televisores.
El viaje, se lo oí a Enrique Vila-Matas, tiene la estructura narrativa clásica. Es decir, inicio-desarrollo- final. Hay veces que uno sigue ese mismo sentido: la historia de viaje parte cuando nos subimos al avión, y termina cuando regresamos a casa. Pero, obviamente, eso es seguir el camino más fácil. Desfigurar ese orden inicial suele darle beneficios al relato, en la medida que esa nueva estructura genere un gancho y una tensión necesarias para seguir mejor la historia.
El inicio lo pueden escribir al final, aunque suene a paradoja. A veces uno se puede quedar en un lugar esperando sólo el inicio, porque es el gran gancho. Hay veces que uno logra tener cinco muy buenos inicios para una historia, en esos casos, estamos frente a una crónica jugosa que se escribirá casi sola. Una forma didáctica de entender la fuerza que debe tener el inicio, es pensarlo como el momento en 29 que agarramos a un tipo por la solapa y le decimos: “mira, te voy a contar una historia que nunca nadie te ha contado, y de acá tú no te vas porque esta historia te va a cambiar la vida…”.

Actor porno en Nueva York

Nunca imaginé que sería parte de una película porno en Nueva York. Pero me sucedió. Así parte mi historia sobre Ron Jeremy, uno de los últimos y más grandes mitos del porno mundial, y así fue exactamente que me sucedió.
Los personajes son la esencia de una crónica. Teniendo un buen protagonista hemos conseguido más de la mitad del relato. Para escribir de la archi conocida Nueva York, la entrada escogida fue el porno que se graba en la ciudad. Y dentro de la industria, uno de sus personajes emblemas: Ron Jeremy.
Ron Jeremy había nacido en Long Island, y hasta que fue descubierto era un inofensivo licenciado en Educación Especial: un tranquilo profesor de niños con problemas hasta que su novia envió una foto suya a Playgirl y su historia cambió para siempre.
Más de mil películas como actor, cientos de fi lmes XXX dirigidos por él y un buen puñado de series bajo su producción, lo llevaron a ser elegido por Playboy como una de las 20 personalidades más importantes de la contracultura americana. Pero cuando llegué a 30 Nueva York no sabía que él terminaría siendo el protagonista de mi historia. Mucho menos, que yo aparecería en uno de sus filmes.
El cronista que viaja con todo armado desde casa, con cada entrevista pautada de antemano y la agenda copada con una cita tras otra, seguramente volverá con una historia correcta. Pero el azar no es propiedad exclusiva de la literatura, por mucho que Paul Auster quiera convencernos de lo contrario. No dejar espacio para el azar, en el equipaje de un cronista, es más grave que no llevar dinero. Todo lo planificado puede cambiar en una esquina, y el que no tenga cintura para las eventualidades, debe comenzar a ejercitarse hoy mismo.
Precisamente fue en una esquina donde me encontré con Ron Jeremy. No personalmente, claro. Caminaba por la zona de Times Square, un hervidero de turistas de medio planeta y de neoyorkinos paranoicos, cuando alguien me pasó un folleto de un club nocturno. En el anuncio se decía que esa noche, en el club Legz Diamond’s, estaría Ron Jeremy. Me habían pasado un papel publicitario pero, quizás sin saberlo, el chico de pelo rojo también me habían pasado al protagonista de mi historia.
El fin de la época romántica de la industria porno ha convertido a Ron Jeremy en un sobreviviente, en la estrella que mejor se ha adaptado a estos tiempos de tecnología digital y a todo su negocio de páginas web, sex shops y empresas de pago por visión (pay per 31 view). Sólo en este último, dice la revista Forbes, hay doscientos cincuenta millones de televidentes al año acostados en habitaciones de hoteles del mundo entero. Esa noche en Nueva York yo no estuve en un hotel. Estuve en un club nocturno, con el mismísimo Ron Jeremy, ofreciéndome casi toda su mercadería.
El azar me había llevado al personaje, pero había más. Cuando entré al club nocturno, tras pagar en una boletería con vidrios antibalas y cruzar una puerta blindada, aparecí en un gran salón alfombrado, con sillones de felpa, un bar repleto de espejos y un escenario muy cerca de los sillones. Estaba oscuro, pero se alcanzaban a ver las cámaras de filmación. Ron Jeremy estaba en Nueva York filmando una película.
Cuando finalmente pude hablar con él, sorpresivamente Ron Jeremy abrió su maletín y comenzó a venderme camisetas con su foto, calendarios con su foto, y llaveros con su foto. Además de productor de películas, era un vendedor ambulante de Ron Jeremy. De alguna manera, además de actor y director y productor, parecía que había encontrado el resumen perfecto de todo lo que significa el mundo del porno.
Después de la charla, y de presentarme algunas de sus bailarinas-actrices, comenzaron a rodar. En un momento, la cámara apuntó al público. Cuando el lente filmaba el sector donde estaba sentado, me sentí formando parte de una de las industrias más millonarias de la entretención mundial. Estaba saliendo en una película porno, y eso lo iba a contar.

Tren al sur de Chile

De un día para otro, el sur de Chile se quedó sin tren. Un par de cifras económicas en rojo fueron suficiente argumento para que el gobierno chileno, a fi nes de los 90, decidiera terminar con el paso del tren de pasajeros. La historia “El tren del presidente Kennedy” es un recorrido en camioneta por una veintena de pueblos ferroviarios que, una mañana cualquiera, despertaron incomunicados del resto del país. Muchos tramos de esa línea ferroviaria chilena fueron financiados por Estados Unidos.
Comenzaba la década del 60, la revolución había triunfado en Cuba y la izquierda crecía en América Latina. Como una manera de contrarrestar el avance, John Kennedy creó la “Alianza para el progreso”: un programa que repartía toneladas de dólares en busca del progreso de América Latina.
En Chile el dinero se usó para el desarrollo ferroviario hacia el sur. Casi cuarenta años más tarde, todas las estaciones estaban arruinadas y el paso del tren se había suspendido para siempre. Más de un entrevistado en estos pueblos abandonados me dijo, en serio y fastidiado, que las cosas ya no eran como en la época del “presidente Kennedy”. Parte fundamental del trabajo en terreno de un cronista es hablar con la gente del lugar.
No me refiero solamente a la entrevista pautada, ni a la gran puesta en escena de preguntas y respuestas. Hablo de la conversación informal. Ahora bien, si en la charla informal con los habitantes del lugar se repite una y otra y otra vez la misma opinión, evidentemente estamos frente a algo que nos va a servir para la historia. En el caso del viaje al sur de Chile, la frase me la repetían en diferentes ciudades, en pueblos perdidos, en caserones abandonados.
Me la decían hombres mayores y niños, mujeres embarazadas y chicas adolescentes. Todos los habitantes de esos pueblos que se quedaron sin el paso del tren, me lo repetían en alguna parte de la conversación: “Dicen que el tren va a volver”.
En Lastarria hay una pandilla de niños que corre detrás de una pelota de fútbol, usando los rieles como línea demarcatoria de una cancha imaginaria. “Mi mami dice que antes pasaba el tren y se llenaba de gente. Ahora no hay nadie, pero mi mami dice que acá venían muchas personas. Eso es todo lo que le puedo decir”, comenta Alex, uno de los pequeños futbolistas. “Ahora lo único que corre por aquí es una locomotora azul, llena de troncos, y cuando pasa tenemos que parar de jugar. Pero dicen que va a volver...”.
-¿Quién dice?
-Mi mami siempre dice. Siempre...
En Afquintue no se veía nadie. Con el fin del tren, el poblado quedó a merced de la nada. El asfalto más cercano estaba a 12 kilómetros y en invierno los caminos de tierra se inundan por meses. En ese lugar sólo vive una familia, habitando los restos de la antigua estación. Son dos abuelos y un nieto. 
La madre del niño hace varios años que no regresa. Y abuela también me lo dijo: “Con el fin del tren esto cambió mucho. Cerraron la escuela básica y la mayoría de las casas ahora están vacías... Pero dicen que va a volver, eh.”
 -¿Quién dice?
 -Eh... usted sabe, poh. Siempre se andan hablando esas cuestiones, claro que nunca se cumplen.
Cada vez que escuchaba el “dicen que el tren va a volver”, inmediatamente les preguntaba: ¿Quién dice? Y en sus respuestas, por simple que parecieran, se escondía una verdad que no es fácil conseguir en libros de historia, ni en manuales de ferrocarriles, ni en entrevistas a especialistas. Claudio Pereira, dirigente sindical de ferrocarriles, me dio más datos:
“Se dijo que terminaba porque no era rentable, pero el transporte público es un servicio y no un negocio. Eso es lo que todavía no entienden los ejecutivos de Santiago, más preocupados de los números que de las personas. Las empresas públicas, como ésta, deben estar al servicio de la gente. El tren debe volver. Sí o sí. Ojalá algún día se cumpla lo que dicen.”
-¿Quién dice?
 Claudio sonríe.
-O sea... eso se dice. Siempre se está comentando. Para las últimas elecciones los dos candidatos lo dijeron. 

Vietnam está cerca 

El cronista tiene una historia personal que, quiérase o no, se verá reflejada en su trabajo. Escribir un texto borrando tus huellas es como ir a lavarte las manos cada vez que saludas a alguien. Toda esa información que traemos, forma parte de nuestro sello y es la base del estilo propio. Desde que tengo memoria que escucho hablar de Vietnam. Y no sólo en las películas americanas, o en los libros de historia. Es más, cuando aterricé en el aeropuerto de Ho Chi Minh City sabía que había algo más que la famosa “historia universal” de la guerra con Estados Unidos.
En Latinoamericana nos solemos quejar de la manera sesgada, lejana y caricaturesca con que nos describen los cronistas europeos y estadounidenses. Una visión que preferimos emparentar con la asepsia y donde nos reconocemos bastante poco, salvo por el nombre de nuestras ciudades.
La crónica de viajes latinoamericana es un género igual de joven que nuestro continente y, por lo mismo, debe velar por su identidad con más ímpetu que el habitual. El viaje a Vietnam era un ejemplo 36 ¿Qué podía hablar un chileno que vive en Argentina y que escribe en revistas de México y Colombia de la guerra de Vietnam sin caer en el lado pintoresco de ser alguien que no está involucrado? O mejor dicho, ¿Realmente no estaba involucrado?
Leyendo las miles de notas y artículos escritos por cronistas del “primer mundo” sobre el confl icto, podría decirse que no lo estaba. Pero, no era cierto. La guerra de Vietnam sí tenía que ver con mi historia.
Vietnam, además de ser una conflicto emblema de la guerra fría, y de tener el honor de ser la primera guerra televisada, fue el primer combate donde abiertamente los soldados latinoamericanos (la mayoría inmigrantes ilegales mexicanos y dominicanos enrolados a cambio de papeles) jugaron un rol importante en las tropas de Estados Unidos. Tanto así que aquel 30 de abril de 1975, el último soldado en dejar la embajada y pasar a la historia como el último americano en retirarse de Vietnam fue el sargento mayor Juan J. Valdéz. 
Además de los miles de latinoamericanos en la guerra, Vietnam se transformó en un emblema para quienes en los ‘70 combatían las dictaduras en América Latina. Para la generación anterior a la mía, Ho Chi Minh era mucho más que un cuerpo embalsamado en el mausoleo de Hanoi. Muchas de las herramientas caseras con que los vietcong atacaban sorpresivamente a las tropas estadounidenses, como los clavos pincha-neumáticos que en Chile se llamaban “miguelitos”, yo los vi de cerca en las protestas contra Pinochet los años de dictadura. Y así en todo América Latina, que veía en las tropas de este país del sudeste asiático un ejemplo de resistencia. Vietnam estaba cerca. Pese a estar al otro lado del mundo, tener otra dieta y hablar un idioma tan extraño. Y eso era bueno contarlo.

La espera en España

Las historias no llegan cuando uno quiere, pero siempre aparecen si uno espera. Supe de Aguaviva viendo los noticieros en Chile. A los pocos meses me compré un notebook, metí todo en la maleta, y me fui de mi país para hacer periodismo portátil. El primer destino fue Aguaviva, en Aragón, en el centro de España.
Llegué a comienzos del verano. El calor apenas se aguantaba. En Aguaviva había un solo hotel, el Altabella, donde me hospedé el tiempo que duró mi viaje ¿Por qué Aguaviva? Simple: la noticia decía que ahí se estaba desarrollando un exitoso plan de inmigración selectiva. El alcalde del pueblo, formado en su mayoría por viejos, había viajado a Argentina para importar familias compuestas por matrimonios jóvenes que tuvieran varios hijos y fueran descendientes directos de españoles. El argumento me parecía interesante, e ideal para tocar un tema mayor: definitivamente la inmigración es un tema de cronistas. Pero había otro asunto que me atraía de la historia: lo exitoso del plan ¿Puede haber un plan selectivo y a la vez exitoso?
La experiencia de Aguaviva se había contado muchas veces en la prensa, pero casi siempre en artículos o notas televisivas realizadas en un día: no parecía un lugar para pasar más tiempo. Pero algo más debía haber, por eso me instalé en el lugar. Las historias siempre aparecen si uno espera.
Los días pasaban y la monotonía del lugar ya era parte del relato. Basta muy poco tiempo en un sitio así, perdido, lejano, de poca gente, para que todos ellos te conozcan y tú repitas su rutina. Mientras esperaba que algo importante sucediera en la letanía del Bajo Aragón, entrevistaba ancianos, a matrimonios argentinos, me sumaba al día a día del lugar.
“Y mientras sigo pegado al televisor del hotel Altabella y las horas pasan y los días pasan por esa ventana con vista a las sábanas, descubro que la ansiedad por encontrar una historia me está consumiendo la garganta, que lleno con un cigarrillo tras otro durante toda la madrugada, en espera de que algo pase”.
La historia fi nalmente se llamó “La patria madrastra”, y en el pequeño pueblo terminé encontrando un tesoro: no sólo no hay un plan selectivo exitoso, sino que no hay plan de inmigración exitoso. Menos en la España de hoy. Para llegar a eso, claro, tuve que 39 enfrentarme con argentinos que estaban realmente desesperados y con camioneros españoles que a cada momento me preguntaban en el bar del hotel si yo era otro de los extranjeros que andaba buscando trabajo. “Porque en España estamos muy bien tio, por eso vienen todos ustedes a currar aquí”.

Síndrome Colombia

Sucedió en Colombia. Había aterrizado en Barranquilla y de ahí en taxi hasta Santa Marta. La idea era escribir un artículo sobre la otra Colombia: la de los buenos hoteles, los paisajes de novela, las mujeres costeñas y las playas. Los días pasaban entre viajes en lancha saltando olas transparentes, bar abierto en un hotel todo incluido, clases de salsa en el club Candela, cuba libres en el bar del cantante Carlos Vives.
Rápidamente me había acostumbrado a los controles militares de la carretera y la narco-leyenda colombiana se reducía a pintorescas mansiones abandonadas donde, decían todos, alguna vez descansaron los capos de temibles carteles de la droga. Fue ahí cuando conocí el parque Tayrona, con palmeras saliendo del mar tibio y mochileros de todo el mundo que un día llegaron y no se fueron más. La canción de moda era de un joven cantante llamado Juanes, que acababa de sacar su primer disco. A pocos kilómetros estaba Aracataca, el pueblo de García Márquez que se hizo conocido por su nombre falso: Macondo.
Bastaba estirar la mano para recibir un jugo de mango, o de guayaba. La piscina del hotel era ideal para nadar al atardecer, pensando en el titulo de la nota o en la foto pendiente para el siguiente día de trabajo. Me había olvidado de los cientos de cuestionarios aduaneros, donde te preguntaban si algún desconocido te había dado un paquete para llevar. Ni siquiera me inmutaban los guardias armados con metralletas, que aparecían tras los matorrales del hotel.
Me importaba más que la temperatura del mar era perfecta, que los precios eran baratos y que el lugar estaba ideal para pasar ahí una semana. Los pescados fritos pasaban por la garganta como miel y las arepas acompañaban el desayuno de buffet libre. No era necesario tumbarse en la playa para quedar con la nariz superbronceada. Colombia se mostraba como un país formidable, con todo lo necesario para un buen vivir. Me lo decían los propios colombianos, amables como pocos, mientras posaban risueños para las fotos. Margarita, la encargada de prensa del hotel, sonreía con las bromas torpes que le lanzábamos con el fotógrafo. Ella nos contaba muchas historias divertidas y un par de anécdotas tristes. Y nos advirtió –acertadamente– que terminaríamos volviendo a Colombia. Justo antes de despedirnos, nos dijo:
-El dueño del hotel quiere despedirse de ustedes. 40 La ofi cina del dueño del hotel tenía galardones, posters de Colombia y fotos aéreas de Santa Marta. El dueño del hotel usaba corbata de seda, tenía anillos dorados y bigote. El protocolo de despedida duró poco, y finalizó cuando desde su boca, desde esa boca escondida bajo el bigote, se escuchó:
- ¿Me pueden llevar un paquete?
Y ahí estaba. Un pequeño paquete sellado con gruesa cinta adhesiva. No tenía escrito nada y pesaba poco más de un kilo. Según el dueño del hotel, eran folletos para agencias de turismo. Ese tipo de paquetes yo los había visto antes, pero en la tele: en las noticias policiales o en los documentales de dinero fácil. Nunca como envoltorio de folletos turísticos.
Seguramente por las miles de advertencias de no recibir paquetes de extraños, es que nos quedamos mudos mientras aceptábamos el encargo. Durante el viaje en taxi desde Santa Marta hasta Barranquilla el fotógrafo me decía que el encargo lo pasara yo por la aduana, y yo le decía que lo pasara él. El paquete nos quemaba las manos, mientras en la carretera los controles militares habían dejado de ser anécdota y hacían sudar.
Cuando llegamos al aeropuerto de Barranquilla nos recibió un control sorpresa de equipaje. Había perros y escopetas y quisimos dejar tirado “los folletos” en el baño. El fotógrafo había cambiado el bronceado por una palidez de autopsia.
Finalmente, sin dejar de sentir miedo un segundo, decidí hacerme cargo del encargo y despacharlo junto a mi mochila. El argumento que me llevó a la decisión fi nal, mirada en el tiempo, me parece insólito y no tiene que ver con algún acto heroico. Fumando un nervioso cigarro me convencí que si pasaba algo malo, que si los perros descubrían que eso no eran folletos y saltaban las alarmas y de atrás la policía y de ahí a un calabozo colombiano, cerca de Aracataca. Pues bien, si pasaba por todo eso terrible, me significaba que tendría una colosal historia para escribir. Y con una sonrisa en la cara entregué el encargo a la chica del counter.
Finalmente, el paquete en cuestión eran, efectivamente, folletos de un estupendo hotel de Santa Marta. De vuelta a casa había aprendido dos cosas. Primero, que en esa época estaba dispuesto a pasar una temporada en una perdida cárcel colombiana con tal de tener una buena historia que contar o, visto de otra manera, la escritura me había salvado –una vez más– de una situación incómoda. Lo segundo, y que desde entonces llamo el Síndrome Colombia, es lo difícil que se nos hace despojarnos de los prejuicios a la hora de viajar. Y como, ante cualquier situación un poco incómoda, no podemos evitar que nos aplasten las miles de malas noticias e imágenes preconcebidas de un determinado lugar.
El cronista, casi por obligación, debe luchar contra los prejuicios que cubren el lugar hacia donde se va a 42 43 hacer un trabajo. Es difícil, por cierto, pero es fundamental pelearle a eso. No hay otra manera para que tu historia no sea un resumen de clichés de determinado lugar.
Después de aquella vez he vuelto varias veces a Colombia. Tengo buenos amigos, escribo para revistas de ahí y creo, absolutamente, que es un destino formidable. Tiempo después, un policía de la aduana de Barajas, en Madrid, revisando mi pasaporte se detuvo en los timbres de Colombia y me preguntó: ¿por qué viajó tanto a Colombia? Respiré aliviado. No era que sospechara de mi. Sólo había aparecido, una vez más, el abominable Síndrome Colombia.

Una cámara en Kuala Lumpur

Hace diez años y para incentivar la inversión extranjera, al gobierno de Malasia se le ocurrió construir el Multimedia Super Corridor (MSC), un clon de Silicon Valley en las afueras de Kuala Lumpur. En los meses siguientes se invirtieron millones y millones de dólares en construcción, se removió tierra días enteros y se atrajeron aviones de medio planeta. Las retroexcavadoras comenzaron a importarse con la urgencia que se pide una droga escasa. Las ensambladoras-robot empezaron a escupir sin cesar nuevas máquinas de fotos, computadoras, filmadoras. El dinero se transformaba en fibra óptica 44 y la economía se movía más rápido que una mala noticia. La cosa era avanzar. De la Asia milenaria a la Asia futurista, sin escalas.
 Para un periodista de la sección económica o de tecnología, escribir de un lugar como Kuala Lumpur puede resultar una tarea sencilla. Mal que mal, las estadísticas económicas están al alcance de cualquier mano y son cifras jugosas para un reportaje. Vale explicar que si tienes una empresa tecnológica debieras ir a invertir al Multimedia Super Corridor de Kuala Lumpur. Para motivarte el gobierno ofrece todo tipo de incentivos: infraestructura física y tecnológica de primer nivel, cero impuesto a las ganancias hasta por 10 años, exención del pago de aranceles de importación de equipos, bajas tarifas en telecomunicaciones, y una gigantesca legislación para cautelar la propiedad intelectual.
Para el cronista, sin embargo, esas noticias no son más que una anécdota. Y lo que se busca son otras cosas. Entre ellas, hacer que el relato lo lean no sólo los entendidos en la materia. Una manera de acercar el ultramoderno tema de Kuala Lumpur a un público más amplio, haciéndolo parte del relato, fue contar mi experiencia de comprarme una cámara digital en ese lugar. Antes de viajar todos me decían que debía hacerlo. Ahí entendí dos cosas fundamentales. Primero, que ahora todo el mundo tiene una cámara digital. Segundo, que en las cámaras digitales está nuestro mayor acercamiento cotidiano a lo tecnológico.
En Malasia se construyen más de 3 millones de cámaras digitales a la semana, entre oficiales y falsificadas. Un mar de aparatos fotográficos donde había uno que me estaba esperando.
-¿Qué cámara anda buscando?- me pregunta un malayo con corbata de la Sony y una sonrisa que parece controlada por microchips.
-No sé.. qué me puedes ofrecer... 
Decirle eso a un vendedor de electrónica en una ciudad como está es como pedirle radios de auto a un reducidor latinoamericano. Sin darme tregua, el tipo comienza a desplegar una batería de frases y nombres y códigos, donde apenas se distinguen, 4 megapíxeles, 5 megapíxeles, 7 megapíxeles, 10 megapíxeles.
Hace mucho rato que la tecnología se transformó en un formidable tema del cual escribir. Con el avance tecnológico, llegó la enceguecida carrera por tener la última novedad en un planeta que se acelera sin pausa. Los propios cronistas, cada vez contamos con más elementos digitales para nuestro trabajo. Grabadoras de audio, filmadoras, cámaras de fotos. Todos elementos que podemos subir a nuestros blogs, mandar por emails, o archivar en nuestras laptops. Escribir de la revolución tecnológica es seguir los pasos de quienes el siglo pasado escribieron de las revoluciones latinoamericanas o las revoluciones estudiantiles europeas. En diez años la tecnología es capaz de cambiar varias veces nuestra vida. Visto de esa manera, la cámara de 5 megapixeles que me terminé comprando en Kuala Lumpur quedó obsoleta cuando me tomé el avión de regreso. Ante semejante carrera tecnológica, sólo queda sacar fotos y contarlo.

 Todos crecimos en Nairobi

La intimidad con el lector es otro de los ingredientes literarios que se acomodan perfecto (si no mejor) a la crónica. Pero no sólo se puede lograr esa identificación con una cámara de fotos. Que un lector se sienta involucrado con un conflicto, por muy lejano que sea, es algo que el cronista debe buscar. Son los llamados, tantas veces llamados, temas universales.
La historia de “Las piernas de Kenia” es un relato que podría ser absolutamente lejano. Sin embargo, en la historia cuento que la mayoría de los atletas se dividen en dos. Los que se dejan vender para clubes europeos y se van a correr a las grandes capitales del primer mundo. El más famoso es Kipketer, que pasó de vivir en Nairobi a manejar un convertible en Dinamarca, con una novia danesa, con un departamento de cuatro ambientes, a estudiar ingeniería electrónica (le inscribieron en la Universidad para poder correr), con un sueldo millonario y un agente que le conseguía distintas carreras. Y en contrapartida está Kipchoge Keino, que es otro atleta y que prefirió quedarse en Nairobi, renunciar a venderse a estos clubes, correr sólo por el país y dedicarse a ayudar a los niños de Nairobi.
A todos los atletas que voy conociendo durante el reporteo les pregunto: ¿cuál de los atletas te gustaría ser? ¿El atleta de Kenia que se va a Europa a triunfar, a ganar medallas para los clubes de Dinamarca? ¿o quiere ser de los que se quedan acá en Nairobi luchando por su país?, con una situación económica más precaria. Aunque se lo pregunto a ellos, la idea es que el lector, ustedes como lectores pero también ustedes cuando escriban, se vayan haciendo esa misma pregunta. ¿Qué harían ustedes en ese caso? Ahí terminamos llevando la historia de los atletas de Kenia, que podría ser una historia muy lejana, a preguntarse: y yo, ¿qué camino estoy tomando? ¿qué estoy haciendo?
Uno de estos chicos se llamaba Edwin. Edwin era uno de los que no sabía cuál de los dos caminos elegir. No sabía si seguir el camino de Kipketer o Kipchoge Keino.
Le hablo a Edwin de una carrera internacional y de contratos millonarios, como sueñan muchos, y me devuelve una sonrisa de duda, incómoda y después levanta sus hombros huesudos, como si le costara más que al resto decidirse entre seguir los pasos de Kipketer o Kipchoge Keino. No está seguro de lo que quiere, aunque en el atletismo los plazos son cortos y sabe que en poco tiempo deberá tomar uno de los dos 48 caminos. Así pasa con todos, hasta para los que no corremos. Y así pasa con todos, hasta para los que no corremos.
A mí me gustaría que pusieran en práctica que la historia aunque sea lo más lejana traten de poner siempre un ingrediente que sea universal y que haga al lector hacerse preguntas. Porque el lector se lo va a agradecer siempre y le va a parecer interesante. A eso algunos le llaman emoción. Yo puedo contar la historia más exótica e increíble del planeta, pero si el lector no se hace preguntas, va a ser una anécdota que el tipo la olvidará a la semana.

El destape de Santiago

Los contrastes son fundamentales en una crónica. Alimentan por si solos el relato. Santiago había estado sacudido por una serie de escándalos sexuales cuando viajé a Chile para escribir el libro “Sexo y Poder”. Casi cinco meses estuve reporteando en la capital de un país con fama de ser uno de los más conservadores del mundo. Para cualquier extranjero, Chile es una nación que mezcla dos virtudes poco frecuentes en Latinoamérica: economía ejemplar y tranquilidad política. Sin embargo, los últimos doce meses habían sido sexualmente agitados. Una gran red de abuso de menores fue el detonante para que se destaparan una serie de escándalos que sal- 49 picaron a personeros de la iglesia, del poder judicial y de la política. Durante el acercamiento al país del que me había ido unos cinco años antes, investigué la industria de porno chileno, conocí los diferentes clubes nocturnos, hablé con proxenetas menores de edad, estuve en una misa con el Obispo de Santiago, me crucé con el Presidente de Chile, estuve en galas oficiales y en hoteles para llevar menores.
Uno de los capítulos del libro, que fue publicado en España por la revista Lateral, mostraba el contraste entre uno de los cabaret más pobres de la ciudad y el más lujoso club nocturno de Sudamérica. “Mundos subterráneos” mostraba, a partir de ese contraste, la diferencia abismante que pueden suceder en un país orgulloso de su economía ejemplar.
Son las tres de la tarde de un lunes y todo sucede en un subterráneo del centro de Santiago. Exactamente, en la galería Capri, un conjunto de pequeños almacenes atendidos por señoras desganadas y donde se puede encontrar menaje, lencerías, prótesis, manteles y peluquerías. Todo esto a tres cuadras de la Catedral y a dos cuadras de las oficinas de Joaquín Lavín, alcalde de Santiago y candidato presidencial de la derecha chilena, militante de la UDI y miembro del Opus Dei, quien en este mismo momento está recibiendo en su despacho, de techos altos y escritorio de madera fi na, a una delegación de microempresarios a quien felicita por su iniciativa y pone como ejemplo de un Chile líder en materia económica (...)Desde la calle parece un simple cabaret. La entrada cuesta mil quinientos pesos, y te da derecho a un pequeño vaso de plástico que puede venir con Fanta, Sprite o Coca-Cola. El pasillo de entrada está iluminado por unos tubos fluorescentes que le dan al lugar un aire a carnicería de barrio. Tras bajar la escalera apareces en un cabaret mal iluminado, donde una mujer bastante gruesa se mueve de manera amateur sobre un escenario de espejos trizados.
Como un actor de reparto, idealmente el cronista tiene que saber sumarse a historias que suceden en distintos ámbitos. Entre más campos se abordan, mayor es el espectro de trabajos que podremos realizar, y más interesante la perspectiva que logrará nuestro trabajo.
La noche promete el sexo más lujoso de la ciudad en el mejor club nocturno de Latinoamérica. El Club Platinum también está en un subterráneo pero, comparado con los suelos del Orianis, este subsuelo debe valer cien veces más caro. El Platinum queda en plena comuna de Vitacura, una de las zonas con mejores ingresos del país. A diferencia del Orianis, donde en la puerta te atiende un gordito sentado en un banquito de madera, en la puerta del club Platinum hay una lustrosa limusina negra. Una Lincon 97, para ser más exactos, pero que tiene un detalle especial: en las puertas lleva pintada la palabra Platinum, con una caligrafía inglesa color plateado. El club se vende a sí mismo como el mejor de nuestro continente, y entre sus ofertas está precisamente ésa, la de la limusina negra de la puerta. 

Rarezas americanas 

Suele pensarse que lo raro, lo fuera de lo normal, es un elemento que el cronista debe buscar para darle interés a sus relatos. Personalmente, desde que partí escribiendo, he tenido cierta debilidad por encontrar la normalidad en escenarios raros. Creo que la naturalidad en situaciones fuera de lo común puede cumplir un efecto mayor que la simple anécdota bizarra de un relato sensacionalista.
Recuerdo dos crónicas, en dos viajes diferentes a Estados Unidos, que pueden ejemplificar lo que digo. Una de ellas sucedió en Gibsonton, un pequeño pueblo cerca de Tampa, en Florida. A Gibsonton van a jubilar los freaks de los circos de Estados Unidos. Un lugar donde conocí a la mujer barbuda, donde vivieron siameses, donde se paseaba un enano en silla de ruedas. Comenzó a ser refugio de gente del circo gracias a Al Tomaini, un gigantón de más de dos metros casado con una mujer que no llegaba a los 90 centímetros. Por mucho tiempo nadie conocía este refugio de gente rara, hasta que a fines de los años 80, apareció muerto en su trailer el hombre manos de langosta. Lo había mandado a matar su hijastro, el niño cabeza de bloque.
En el relato, que sucede en un Estados Unidos muy diferente a las películas, la idea es mostrar la normalidad que puede llevar un grupo de personas que durante 10 meses al año recorre el país para que 52 los espectadores se rían de sus defectos. Judy Rock, la hija del fallecido Al Tomaini, fue la encargada de mostrar algunos de los secretos del lugar:
Judy Rock es pelirroja, simpática y devastadoramente obesa como casi todos en Gibsonton. Tiene cerca de cincuenta años, carga anteojos para miopes, pulseras de oro y un collar cuyos falsos brillantes forman la palabra Queen.
 «Quizá yo sea la reina, puede ser», reconoce, con falsa modestia. «Lo que pasa es que mis padres fueron muy importantes acá», me dice Judy Rock. Su papá llegó a Gibsonton a fi nes de los años treinta del siglo XX, y era un gigante de más de dos metros.
La otra historia transcurre en el estado de Kentucky, famoso mundialmente por su derby de caballos. Pleno centro de Estados Unidos, donde los inmigrantes ilegales apenas se ven, y es frecuente que los autos lleven más de una bandera americana a la vista. Todo ocurre en la ciudad de Lexignton, donde los remates de caballos mueven al mes más millones de dólares que la deuda externa de media América Latina. Un lugar que trata de mantener la burbuja del sueño americano y donde los caballos, que tan buena fama le han dado al estado, gozan de los privilegios propios de una estrella de hollywood.
Los studs más famosos y visitados por los turistas son los de la zona del Bluegrass. Aquí el lujo derrochado en los caballos haría llorar de emoción a un miembro de la sociedad protectora de animales: sauna, ma- 53 sajes diarios, jacuzzi, sábanas limpias con sus iniciales bordadas en seda, visitas al oculista, procreación controlada, cementerios con flores siempre frescas. Los tratamientos de belleza de los caballos pueden durar hasta doce horas, y una vez por semana se les aceita todo el cuerpo para mantenerlos brillantes. Cada dos semanas les hacen masajes al pelo del cuello y de la cola, y mientras duermen los examinan con electrocardiogramas para evitar riesgos vasculares. 
En la medida que le damos normalidad a lo excéntrico, vamos limpiando la historia de amarillismos y despejamos el polvo de las emociones. De alguna manera, en todas las historias el lector puede sentirse involucrado: hasta en la de una ciudad que cuida a los caballos como esas reliquias que en otros países lo hacen con las estatuas de sus caudillos.

Selva peruana Da lo mismo todo lo que uno publicó, leyó, escuchó o vio antes: cuando uno llega a un lugar desconocido, parte de cero. Estar frente a un nuevo destino de viaje es, en gran medida, volver a comenzar. El cronista que se ufana de ser un conocedor del mundo, antes de salir de casa, es mejor que se quede ahí.
 Cuando llegué por primera vez al Amazonas sabía, de antemano, muchas historias y leyendas. Había leído libros, visto películas y escuchado anécdotas de gente que viajó antes. Me habían pedido que escribiera algo del Amazonas, pero no la historia típica sobre un “río salvaje”.
Estaba navegando en un viejo barco que hace cruceros por el rio, cuando uno de los tripulantes me comentó en una charla nocturna que varias “gringas” le habían pedido matrimonio. Su confesión informal me volvió a la cabeza cuando, al día siguiente, un viejo guía del barco me contó muy orgulloso que sus dos hijos peruanos se habían casado con americanas y vivían en Estados Unidos, “en el primer mundo”. A los dos días, entre los peruanos del barco, había acumulado media docena de esas historias. Como la de Ricky, un peruano que estaba buscando a la turista que le ofreciera mejores oportunidades en algún país desarrollado.
Ricky se define como un Amazon boy. Él es un veinteañero criado en la selva de Perú y lleva algunos años en la industria del turismo. Su nombre es Ricardo Hurraga Guerra, pero todos le dicen Ricky. Ahora se queja de que su español está cada día peor porque todo el tiempo habla en inglés con los turistas. Ricky es la estrella de la nueva camada de guías. Usa perfume, cinturón de cuero, linterna, repelente alemán en sus brazos oscuros y está aprendiendo a pasarse bloqueador solar por los labios.
La historia terminó llamándose Amazon Boy y en ella hablan peruanos en busca de novias, y turistas gringas en busca de noviazgos selváticos. Y aunque no es una historia de amor, sí tiene mucho que ver con matrimonios.

Mi vaca es argentina

No hay un elemento determinado a partir del cual contar una historia. Desde hace un tiempo, casi dos años, estoy tratando de contar la historia de un país, de Argentina, donde vivo hace cuatro años. Y lo estoy haciendo a partir de una vaca. Muy probablemente, ese sea mi próximo libro.
En Argentina el tema de la vacas y los frigoríficos y las carnicería está en los titulares de los diarios, en los debates televisivos, en las encuestas radiales. El gobierno hace decretos para mantener fijo el precio de los cortes vacunos, y el valor de la carne hace rato que parece el principal valor nacional. La carne como el gran conflicto de la Argentina. Sin ir más lejos, hace unos días, un vegetariano holandés que fue de vacaciones a Buenos Aires me decía: “Vuelvo a Ámsterdam intoxicado de tanto bife”, y eso que en las dos semanas de viaje, el flaco de anteojos no probó ni una gota de vaca.
Mi llegada al tema de la carne viene de mayo de 2004, cuando me compré una ternera recién nacida. Mi propia vaca: La Negra.
La idea es simple. Compré una vaca argentina, para engordarla y mandarla al matadero. Contar el desarrollo de una ternera recién nacida hasta verla fileteada en los supermercados. Una trama nada de original, si se piensa que es el mismo proceso productivo que le espera a los 50 millones de vacunos que pastan en la Argentina. No hay cifras exactas (el mercado negro nunca ingresa a los censos ofi ciales), pero de ser ciertos los 50 millones, mi participación es del 0,000002 del mercado local de la carne.
A medida que La Negra ha ido creciendo, su historia fue publicándose en medios de países como México, Colombia y España. He mostrado videos de ella en mi blog en Clarín.com y he tenido que hablar de ella en radios de Chile y Perú. Con sus primeras apariciones públicas, hasta hoy, me llegan mensajes y correos para que no mate a la vaca. Me conmueven esas personas que mientras se comen un bife de 900 gramos me dicen lo malo que soy por criar una ternera para matarla. Pese a ellos, y hasta ahora, sigo creyendo que lo mejor para contar esta historia es que mi vaca termine donde llegan casi todas: al plato.
La vaca crece en el campo San Lorenzo, un predio de 400 hectáreas que está camino a Magdalena, unos 40 kilómetros al sur de La Plata. Me la vendió Juan Jorajuría y el pacto lo sellamos con un apretón de manos: “En el campo todavía se hacen negocios pensando en la buena fe de la gente”, me dijo con orgullo la mañana del trato. Casi dos hora en autobús, 57 desde Buenos Aires, demora el recorrido para ver a la vaca. Apenas dos horas bastan para llegar donde las vacas hacen su propio trabajo de ofi cinistas: rumiar tardes enteras, transformando el pasto en futuros bifes.
Ajena a la estridencia mediática, La Negra sigue engordando. Diariamente. Pastando en su ofi cina en espera de la muerte. Como si ella lo tuviera más claro que todos: es sólo una vaca más en el país de la carne. Veremos en qué termina su historia. En este caso, lo importante es lo que se pueda escribir a partir de ella.