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lunes, 29 de abril de 2013

El infierno se enfría


Por Ryszard Kapuscinski

Los pilotos aún no han apagado los motores cuando una multitud corre hacia el avión. Colocan la escalerilla. Al bajar de ella, en el acto nos vemos envueltos por un jadeante torbellino humano, por las personas que han alcanzado el avión y ahora se abren paso a codazos y nos tiran de las camisas: un asedio en toda regla. «Passport! Passport!», gritan unas voces muy insistentes. Y acto seguido y en el mismo tono amenazador: «Return ticket!» Y unas terceras, no menos autoritarias: «Vaccination! Vaccination!». Todas estas exigencias, todo este asalto, son tan violentos y desorientan tanto que, sitiado, asfixiado y manoseado, empiezo a cometer un error tras otro. Preguntado por el pasaporte, lo saco, obediente, de la bolsa. Y enseguida alguien me lo arrebata y desaparece con él por alguna parte. Interpelado por el billete de vuelta, enseño que lo tengo. Pero al cabo de un instante lo pierdo de vista: también él ha desaparecido. Lo mismo pasa con el libro de vacunación: alguien me lo ha quitado de la mano y se ha volatilizado acto seguido. ¡Me he quedado sin documento alguno! ¿Qué hacer? ¿Ante quién presentar una queja? ¿A quién recurrir? La multitud que me ha dado caza junto a la escalerilla de repente se ha dispersado y ha desaparecido. Me he quedado solo. Pero al cabo de un instante se me acercan dos hombres jóvenes. Se presentan: «Zado y John. Te vamos a proteger. No te las arreglarías sin nosotros.» No les he preguntado nada. Lo único que pensé era: «¡Qué calor más espantoso hace aquí!» Eran las primeras horas de la tarde; el aire, húmedo y pesado, era tan denso y estaba tan incandescente que no tenía con qué respirar. Sólo deseaba salir de allí, llegar a algún lugar donde hubiese ¡una pizca de fresco! «¿Dónde están mis documentos?», me puse a gritar, furioso y desesperado. Había perdido el control de mis actos: en medio de un calor como aquel, la gente se vuelve nerviosa, excitada y furibunda. «Intenta calmarte», ha dicho John mientras subíamos en su coche, aparcado delante del barracón del aeropuerto, «enseguida lo comprenderás todo.»

Nos metemos por las calles de Monrovia. A ambos lados de las calzadas se ven, negros, los muñones carbonizados de las casas, quemadas y destrozadas. Aquí suele quedar muy poco de una casa derruida, pues todo, absolutamente todo, incluidos los ladrillos, las planchas de hojalata y las vigas que se han salvado de las llamas, desaparece inmediatamente, desmontado y saqueado. La ciudad alberga a decenas de miles de personas que han huido de la selva, que no tienen techo y que permanecen a la espera de que una granada o bomba destruya alguna casa. Se abalanzan enseguida sobre tamaño trofeo. Con los materiales que consigan llevarse se construirán una cabaña, o una barraca, o, simplemente, un techo que las proteja del sol y de la lluvia. La ciudad, que -a juzgar por lo que todavía se puede ver— inicialmente se componía de casas sencillas y bajas, ahora, repleta de construcciones provisionales hechas de cualquier manera, de mírame y no me toques, se ha reducido aún más, ha cobrado el aspecto de algo instantáneo y recuerda a un campamento de nómadas que se hubiesen detenido sólo un momento, para ocultarse del sol del mediodía, y que partirán enseguida, sin que se sepa muy bien hacia dónde.

Pedí a John y a Zado que me llevasen a un hotel. No sé si había dónde elegir, pero lo cierto es que sin mediar palabra me llevaron a una calle donde se levantaba un edificio desconchado de una planta, con un rótulo saliente de El Masón Hotel. Se entraba en él pasando por el bar. John abrió la puerta pero no consiguió dar un paso más. En el interior, en una artificial penumbra multicolor y un aire viciado y asfixiante, estaban, de pie, unas prostitutas. Decir «estaban, de pie, unas prostitutas» no refleja en absoluto el estado de cosas. En aquel pequeño local se había congregado un centenar de muchachas, unas pegadas a otras, sudorosas y cansadas; hacinadas, apretujadas y planchadas de tal manera que no sólo no se podía entrar, sino ni siquiera resultaba posible meter allí un brazo. El mecanismo funcionaba del modo siguiente: cuando un parroquiano abría la puerta desde la calle, la presión que se acumulaba en el interior arrojaba a una muchacha directamente, como desde una catapulta, a los brazos del sorprendido cliente. Una segunda muchacha ocupaba inmediatamente el sitio vacío.

John retrocedió, en busca de otra entrada. En una pequeña garita-oficina se sentaba un libanés joven, de aspecto sencillo y agradable. Era el dueño. A él pertenecían aquellas muchachas y aquel edificio medio desmoronado, de paredes viscosas y cubiertas de moho y chorreones que, ennegrecidos, formaban una procesión muda de espectros, quimeras y espíritus alargados, flacos y encapuchados.

-No tengo documentación -confesé al libanés, quien se limitó a esbozar una sonrisa.
-No importa -dijo-. Aquí no hay muchos que la tengan. ¡Documentación! -Y soltó una carcajada, tras lo cual lanzó una mirada cómplice hacia John y Zado. A todas luces, yo era para él un visitante de otro planeta. En el que llevaba el nombre de Monrovia se pensaba más bien en cómo sobrevivir hasta el día siguiente. ¿A quién le importaban unos papelotes?-. Cuarenta dólares la noche -dijo-. Pero sin comida. Se puede comer al doblar la esquina, donde la siria.
Invité allí enseguida a John y a Zado. La mujer, entrada en años, desconfiada y que no paraba de mirar hacia la puerta, ofrecía un único plato: pinchos con arroz. No quitaba ojo de la puerta porque nunca sabía quién iba a entrar: unos clientes, para comer algo; o unos ladrones, para despojarla de todo lo que tenía.
-¿Qué puedo hacer? -nos preguntó al entregarnos sendos platos. Había perdido ya todos los nervios, como todo el dinero-. He perdido mi vida -dijo, ni tan siquiera desesperada, simplemente como quien no quiere la cosa, para que lo supiésemos. El local estaba vacío, colgaba del techo un ventilador parado, había moscas volando y en la puerta, a cada momento, aparecía un mendigo extendiendo la mano.

Tras la ventana, sucia, también se apiñaban otros mendigos, con los ojos clavados en nuestros platos. Hombres zarrapastrosos, mujeres con muletas, niños a los que las minas habían arrancado piernas o brazos. Allí, sentado a la mesa e inclinado sobre aquel plato, no sabía uno cómo comportarse, dónde meterse.

Guardamos silencio durante largo rato, hasta que, finalmente, les pregunté por mis documentos. Zado me contestó que al tener todos los papeles, yo había decepcionado a los servicios del aeropuerto. Lo mejor habría sido que no hubiese tenido ninguno. Las líneas aéreas ilegales se dedicaban a traer a Monrovia a pájaros de diverso pelaje. A fin de cuentas, nos hallábamos en el país del oro, los diamantes y la droga. Muchos de esos tipos no tenían visado ni libro de vacunación. Eran los que reportaban beneficios: pagaban con tal de que se les dejara entrar. De ellos vivían los hombres empleados en el aeropuerto, pues el gobierno, al no tener dinero, no les pagaba sus sueldos. No, ni siquiera se trataba de gente corrupta. Simplemente, hambrienta. También yo tendría que pagar un rescate por mis papeles. Zado y John sabían dónde y a quién. Podían arreglármelo. Llegó el libanés con una llave para mí. Oscurecía y él se iba para casa. A mí también me aconsejaba meterme en el hotel. Por la noche, me dijo, no podría andar solo por la ciudad. Regresé, pues, al hotel y, tras entrar por una puerta lateral, subí al primer piso, donde estaba mi habitación. Abajo, junto a la entrada, y en la escalera me habían importunado unos desharrapados que me garantizaban protección durante la noche. Al decirlo, extendían la mano. Por la manera en que me miraban a los ojos deduje que si no les daba algo, durante la noche, cuando estuviese dormido, irían a buscarme y me degollarían.

Una vez en mi habitación (la número 107), vi que su única ventana daba a un estrecho patio interior, lóbrego y que despedía una peste repugnante. Encendí la luz. Las paredes, la cama, la pequeña mesa y el suelo estaban negros. Negros de cucarachas. En mis viajes por el mundo había vivido con todos los bichos imaginables e incluso había aprendido a mostrarme indiferente y resignado ante el hecho de que viviésemos entre millones y millones de moscas, mosquitos, curianas y chinches; entre incontables jabardos, escamochos y enjambres de avispas, arañas, cárabos y escarabajos; entre nubes de moscardones y zancudos, y de la voraz langosta, pero en aquella ocasión me chocó no tanto la cantidad de las cucarachas -aunque más que imponente- como su tamaño, el tamaño de todas y cada una de las criaturas allí presentes. Eran unas cucarachas gigantes, grandes como tortugas, oscuras, brillantes, peludas y bigotudas. ¿Qué era lo que había hecho que creciesen tanto? ¿De qué se cebaban? Su monstruoso tamaño tuvo en mí un efecto paralizante. Llevaba años descargando golpes mortales, sin plantearme nada, sobre toda clase de moscas y mosquitos, de pulgas y arañas, pero ahora me encontraba ante un problema nuevo: ¿cómo arreglármelas con colosos semejantes? ¿Qué hacer con ellos? ¿Cómo tratarlos? ¿Matarlos? ¿Con qué? ¿Cómo? Sólo al pensarlo me temblaba la mano. Eran demasiado grandes. Sentí que no sabría, que ni siquiera me atrevería a intentarlo. Más aún: en vista del tamaño tan extraordinario de aquellas cucarachas, empecé a inclinarme sobre ellas y a aguzar el oído a la espera de que emitiesen algún sonido, alguna voz. Al fin y al cabo, muchos seres tan grandes como ellas hablaban de las maneras más diversas—piando, chillando, croando, gruñendo—, ¿por qué, entonces, una cucaracha no habría de hacer algo parecido? Una normal es demasiado pequeña para que la oigamos, pero ¿por qué no aquellos gigantes entre los que me encontraba? ¿Emitirían alguna voz? ¿Algún sonido? Pero la habitación estaba sumida en un silencio absoluto todo el tiempo: todas callaban; cerradas, mudas y misteriosas. Me di cuenta, sin embargo, de que cada vez que me inclinaba sobre ellas, pensando que tal vez acabaría oyéndolas, las cucarachas retrocedían a toda prisa y se apiñaban en apretados grupos. Yo repetía el gesto y su reacción invariablemente era la misma. Estaba claro que el hombre les daba asco, retrocedían ante él con aversión, lo percibían como un ser excepcionalmente desagradable y repugnante. Podría hacer más llamativa esta escena describiendo cómo, enfurecidas por mi presencia, se abalanzan sobre mí, me atacan y trepan sobre mi cuerpo hasta cubrirlo por entero, y cómo yo, presa de la histeria, me pongo a tiritar y sufro una conmoción, pero eso sería una mentira. La verdad es que, si yo no me acercaba a ellas, se comportaban con indiferencia, moviéndose soñolienta y perezosamente. A ratos, ya caminaban de un lugar a otro, ya salían de una grieta o, por el contrario, se escondían en ella. Y aparte de eso, nada de nada.

Consciente de que me esperaba una noche difícil e insomne (es que, además, en la habitación reinaba un calor sofocante e inhumano), busqué en la bolsa mis notas a propósito de Liberia. En 1821, en un lugar que debe de encontrarse en las inmediaciones de mi hotel (Monrovia está situada en la costa atlántica, en una península que se parece a nuestro Hel, en el Báltico) atracó un barco procedente de Norteamérica que traía a bordo a un tal Robert Stockton, un agente de la American Colonisation Society. Stockton, encañonando con su pistola una sien del rey Peter, el jefe de la tribu, lo obligó a venderle —a cambio de seis mosquetones y una caja de abalorios— la tierra que la mencionada compañía americana se disponía a poblar con aquellos esclavos de las plantaciones de algodón (principalmente de los estados de Virginia, Georgia y Maryland) que habían conseguido el estatus de hombres libres. La compañía de Stockton tenía un carácter liberal y caritativo. Sus activistas creían que la mejor indemnización por las sevicias de la esclavitud consistía en enviar a los antiguos esclavos a la tierra de donde procedían sus antepasados: a África.

Desde aquel momento, año tras año, los barcos fueron trayendo de los EEUU a grupos de esclavos liberados, que fueron instalándose en la zona de la Monrovia de hoy. No constituían una gran comunidad. Cuando en 1847 proclamaron la creación de la República de Liberia, ésta no contaba más de seis mil habitantes. Es posible que su número nunca haya superado una veintena escasa de miles: menos del uno por ciento de la población del país. Son apasionantes las andanzas y el comportamiento de aquellos colonos (que se llamaban a sí mismos Americo-Liberians, américo-liberianos). Apenas la víspera habían sido unos parias negros, unos esclavos despojados de todo derecho, en las plantaciones de algodón que cubrían los estados del Sur norteamericano. En su mayoría, no sabían leer ni escribir, como tampoco tenían oficio alguno. Años atrás, sus padres habían sido secuestrados en África, llevados a América con grilletes y cadenas y vendidos en los mercados de esclavos. Y ahora los descendientes de aquellos infelices, también ellos mismos esclavos negros hasta hacía poco, se veían trasplantados a África, tierra de sus antepasados, a su mundo, y se encontraban entre hermanos de raíces comunes y con el mismo color de piel. Por obra de unos americanos blancos y liberales, habían sido traídos hasta allí y abandonados a sí mismos, en manos de un destino incierto. ¿Cómo se comportarían? ¿Qué harían? Pues bien: en contra de las expectativas de sus bienhechores, los recién llegados no besaban la tierra reconquistada ni se lanzaban a los brazos de los habitantes africanos.

Por experiencia propia, aquellos américo-liberianos no conocían sino un único tipo de sociedad: el de la esclavitud en que habían vivido en los estados del Sur norteamericano. De manera que tras desembarcar, su primer paso en la nueva tierra consistiría en copiar la sociedad conocida, sólo que ahora ellos, los esclavos de ayer, serían los amos y convertirían en esclavos a los miembros de las comunidades del lugar, sobre los que, una vez conquistados, extenderían su dominio. Liberia no constituye sino la prolongación del orden establecido por el sistema de la servidumbre, impuesto por la voluntad de los propios esclavos, que no desean destruir un sistema injusto, sino que lo quieren conservar, desarrollar y usar en provecho de sus intereses personales. Salta a la vista que una mente sometida, envilecida por la experiencia de la esclavitud, una mente -en palabras de Milosz— «nacida en la no libertad, encadenada desde el alumbramiento», no sabe pensar, no sabe imaginarse un mundo libre en el que las personas, todas, también lo fuesen.

Una parte importante de Liberia está cubierta por la selva. Espesa, tropical, húmeda, palustre. La habitan unas tribus pequeñas, pobres y mal organizadas (los pueblos grandes y poderosos, con estructuras militares y de Estado fuertes, solían instalarse en las vastas y abiertas extensiones de la sabana. Las difíciles condiciones de salubridad y transporte de la selva africana han hecho que tales organismos no hayan podido formarse allí). Ahora, en estos territorios, habitados tradicionalmente por la antigua población autóctona, empiezan a establecerse visitantes llegados desde más allá del océano. Desde el principio mismo, ambas comunidades, que se entienden pésimamente, mantienen unas relaciones hostiles. Antes que nada, los américo-liberianos declaran que tan sólo ellos son los ciudadanos del país. Al resto -es decir, al noventa y nueve por ciento de la población- le niegan este estatus, este derecho. De acuerdo con las leyes que promulgan, dicho resto no se compone más que de los tribesmen (los hombres de las tribus), gentes sin cultura, salvajes y paganas.

Por lo general, las dos comunidades viven apartadas la una de la otra, teniendo contactos espaciados y esporádicos. Los nuevos amos se aferran a la costa y a las poblaciones que allí han construido (Monrovia es la mayor de ellas). Sólo cien años después de la creación de Liberia, su presidente (en aquella época lo era William Tubman) se aventuró a viajar al interior del país. Los llegados de América, al no poder distinguirse de los nativos por el color de la piel o su constitución física, intentan demostrar su «otredad», su superioridad, de otra manera. En el clima de calor abrasador y de humedad terrorífica, propio de Liberia, los hombres, incluso en días de cada día, visten de frac y con pantalones tipo Spencer, llevan sombrero hongo y guantes blancos. Las señoras, por lo común, permanecen en sus casas, pero cuando salen a la calle (hasta la mitad del siglo XX Monrovia no conoce asfalto ni aceras), lo hacen ataviadas con rígidas crinolinas, espesas pelucas y sombreros adornados con flores artificiales. Toda esta alta sociedad, exquisita e impenetrable ella, vive en unas casas que son copia exacta de las mansiones y de los palacetes que se construían los dueños de las plantaciones en el Sur de Norteamérica. Los américo-liberianos se encierran, también, en su propio mundo religioso, inaccesible para los africanos del lugar. Son baptistas y metodistas celosos. En la nueva tierra, levantan sus sencillas iglesias. En ellas pasan todo su tiempo libre, cantando himnos piadosos y oyendo sermones para cada circunstancia. Con el paso de los años, dichos templos acabarán convirtiéndose, también, en lugares de reunión social, en una especie de clubs cerrados al público.

Mucho antes de que los afrikáners blancos introdujesen el apartheid (es decir, un sistema de segregación basado en la dominación) en Sudáfrica, este sistema ya lo habían inventado y llevado a la práctica, a mediados del siglo XX, los descendientes de esclavos negros: los amos de Liberia. La propia naturaleza y la espesura de la selva hicieron que entre los aborígenes y los desembarcados existiese una frontera natural que los separaba y que facilitaba la segregación, un espacio deshabitado, una tierra de nadie. Pero no era suficiente. En el pequeño y mojigato mundillo de Monrovia rige la prohibición de unas relaciones estrechas con la población oriunda y, sobre todo, de los matrimonios mixtos. Se hace todo lo posible para que «los salvajes conozcan su lugar». Con este fin el gobierno de Monrovia asigna un territorio a cada una de las tribus (que son dieciséis), en el que se le permite permanecer: esos homelands típicos, que los blancos racistas de Pretoria crearían para los africanos tan sólo al cabo de varias décadas. Todo el que se opone a ello es severamente castigado. Allí donde se declara una rebelión, envía Monrovia expediciones de castigo compuestas por militares y policías. Los líderes de los pueblos sublevados son decapitados in situ; la población insumisa, asesinada o encarcelada; sus poblados, destruidos, y sus cosechas, incendiadas, son pasto de las llamas. De acuerdo con la costumbre que de antiguo se ha practicado en el mundo, también aquí todas estas expediciones, incursiones y guerras locales no tienen sino un solo objetivo: proveerse de esclavos. Y es que los américo-liberianos necesitan mano de obra. Y, en efecto, ya en la segunda mitad del siglo XIX empezarán a emplear en sus haciendas y talleres a sus propios esclavos. Como también a venderlos a otras colonias, principalmente a Fernando Poo y a las Guayanas. A finales de la segunda década del siglo XX, la prensa mundial revela este proceder, oficialmente practicado por el gobierno de Liberia. La intervención de la Liga de las Naciones no se hace esperar. Bajo su presión, el entonces presidente, Charles King, se ve obligado a dimitir. Pero el proceder, sólo que a partir ahora a  escondidas, seguirá practicándose.

Desde los primeros días de su asentamiento en Liberia, los negros llegados de América no piensan sino en cómo conservar y fortalecer su posición dominante en el nuevo país. Lo primero que hacen es no permitir la participación en el gobierno de los hahitantes autóctonos, privándolos así de sus derechos civiles. Cierto que les dejan vivir, pero sólo en los territorios tribales que les asignan. Luego, van más lejos: inventan el sistema de partido único. Un año antes del nacimiento de Lenin, esto es en 1869, se crea en Monrovia el True Whig Party, que detentará el monopolio del poder en Liberia a lo largo de ciento once años, es decir, hasta 1980. Los dirigentes de este partido, que forman su buró político -A National Executive-, lo deciden todo desde el principio: quién será presidente, quién se sentará en el gobierno, qué política llevará dicho gobierno, qué empresa extranjera obtendrá concesiones, quién será nombrado jefe de la policía, quién, jefe de correos, etc., minuciosamente, hasta los peldaños más bajos del escalafón. Los sucesivos líderes del partido en cuestión se convertían en presidentes de la república, o al revés: los dos cargos eran tratados como indistintos e intercambiables. Sólo siendo miembro del partido se podía llegar a conseguir algo. Sus adversarios o estaban encarcelados o vivían en el exilio.

A su líder William Tubman, que al mismo tiempo era presidente de Liberia en los años sesenta, lo conocí personalmente. El encuentro se produjo en la primavera de 1963, en Addis-Abeba, durante la primera Conferencia de Jefes de Estado Africanos. Tubman tenía entonces casi setenta años. Nunca en su vida había viajado en avión: por miedo. Un mes antes de la Conferencia, salió de Monrovia a bordo de un barco que lo trasladó a Djibuti, y de allí siguió viaje en tren, hasta Addis-Abeba. Era un hombrecillo bajo, menudo y jovial, con un puro entre los labios. Respondía a las preguntas incómodas con una carcajada larga y sonora que acababa en un ataque de hipo ruidoso, seguido, a su vez, por uno de ahogo, silbante y convulsivo. Su cuerpo temblaba y sus húmedos ojos se le salían de las órbitas. El interlocutor, desconcertado y asustado, se callaba al no atreverse a seguir preguntando. Entonces Tubman sacudía la ceniza de su ropa y, ya tranquilo, volvía a esconderse tras la espesa cortina de humo de su cigarro puro. Fue presidente de Liberia durante veintiocho años. Pertenecía a la categoría, hoy ya escasa, de caciques que gobiernan a sus países como lo hace el terrateniente en su finca: conocen a todos y lo deciden todo. (Leónidas Trujillo, coetáneo de Tubman, fue dictador de Santo Domingo durante treinta años. Bajo su régimen, la Iglesia organizaba bautizos colectivos: Trujillo llevaba a la pila los niños que nacían en el país. Con el tiempo, se había convertido en el padrino de todos sus súbditos. La CIA no lograba encontrar voluntarios dispuestos a atentar contra la vida del dictador: nadie quería levantar la mano contra su padrino.) Tubman recibía diariamente a unas sesenta personas. Él mismo había designado a todos los cargos de Liberia, decidía a quién se otorgaba una concesión y a qué misioneros se dejaba entrar en el país.

Enviaba a sus hombres por todas partes y tenía una policía particular que le informaba de todo lo que pasaba: en esta aldea, en aquélla y en la de más allá. No es que pasaran muchas cosas. El país no era más que una provincia de África, pequeña y olvidada. En las polvorientas callejuelas de Monrovia, a la sombra de unas casas medio derruidas, dormitaban tras sus puestos unas vendedoras gruesas y por todas partes deambulaban perros atormentados por la malaria. A veces, ante la verja del palacio sede del gobierno desfilaba un grupo de personas portando una pancarta gigantesca en la que se podía leer: «Multitudinaria manifestación de gratitud por el progreso que se ha logrado en el país gracias a la Inigualable Administración del Presidente de Liberia, Dr. W. V. S. Tubman.» Delante de la misma verja también se detenían conjuntos musicales, llegados de las provincias para cantar la grandeza del presidente: «Tubman es el padre de todos nosotros, / lo es del pueblo entero. / Él nos construye caminos, / nos trae el agua. / Tubman nos da de comer, / nos da de comer, / ¡ye, ye!» Aplaudían a los alborozados entusiastas unos guardias metidos en sus garitas donde se ocultaban del sol.

Sin embargo, el más grande de los respetos se lo granjeaba al presidente el hecho de que lo protegiesen los buenos espíritus, los cuales, también, lo habían dotado de poderes sobrenaturales. Si alguien hubiese intentado servirle una bebida envenenada, el vaso que la contenía habría estallado en el aire. Tampoco habría podido alcanzarle la bala de un terrorista: se habría fundido durante el trayecto. El presidente tenía unas hierbas que le permitían ganar todas las elecciones. Y también un aparato a través del cual podía verlo todo, ocurriese donde ocurriese; una oposición no tenía ningún sentido: habría sido descubierta antes de fraguarse. Tubman murió en 1971. Lo sustituyó en el cargo William Tolbert, vicepresidente y buen amigo suyo. Tanto como el poder a Tubman, a Tolbert lo fascinaba el dinero. Era la corrupción personificada. Traficó con todo: desde el oro hasta los coches, y en los ratos libres vendía pasaportes. Siguió su ejemplo toda la élite, los famosos descendientes de los esclavos negros americanos. Tolbert mandaba disparar sobre la gente que se lanzaba a la calle para clamar por pan y por agua. Su policía mató a cientos de personas.

En la madrugada del 12 de abril de 1980, un grupo de soldados irrumpió en la residencia presidencial y descuartizó a Tolbert en la cama. Le sacaron las entrañas y las arrojaron al patio, para que las devorasen los perros y los buitres. Eran diecisiete soldados. Al mando estaba Samuel Doe, un sargento de veintiocho años. Doe era un joven que apenas sabía leer y escribir. Procedía de una tribu pequeña, la krahn, que vivía en la selva profunda. Hombres como él, expulsados por la miseria de sus aldeas, llevaban años llegando a Monrovia en busca de trabajo y dinero. A lo largo de treinta años (entre 1956 y 1986), la población de la capital de Liberia se había multiplicado por diez: de cuarenta y dos mil había pasado a cuatrocientos veinticinco mil. Y aquel salto demográfico se produjo en una ciudad carente de industria y de transportes, en la que pocas casas tenían luz eléctrica y las menos aún, agua corriente. Una excursión desde la selva hasta Monrovia exige muchos días de marcha a través de unos territorios sin caminos y en las difíciles condiciones del trópico. De modo que sólo podían emprenderla hombres jóvenes y fuertes. Y eran precisamente ellos los que se plantaban en la ciudad. Pero no los esperaba nada: ni un trabajo ni un techo. Desde el primer día, se convertían en unos bayaye, ese ejército de jóvenes parados que deambulaba (y sigue deambulando) sin nada que hacer, por todas las calles y plazas de las ciudades africanas. La existencia de este ejército es una de las causas de los disturbios que se producen en el continente: es entre sus filas donde, por unas monedas, a menudo sólo por una promesa de darles de comer, los jefecillos locales reclutan a hombres para sus ejércitos privados con los que luego lucharán por el poder, organizarán golpes de Estado y desatarán guerras civiles. Doe, igual que Amín en Uganda, era un bayaye de aquéllos, igual que a Amín, le tocó la lotería: consiguió entrar en el ejército. Se podría pensar que había alcanzado la cima de su carrera.

Resultó, sin embargo, que tenía planes más ambiciosos. En el caso de Liberia, el golpe de Doe no fue un simple cambio de un cacique burócrata y corrupto por un semianalfabeto con uniforme. Al mismo tiempo, fue una revolución sangrienta, cruel y caricaturesca de unas masas esclavizadas de la selva africana en contra de sus denostados soberanos, antiguos esclavos de las plantaciones americanas. Se produjo una especie de giro de ciento ochenta grados dentro del mundo de la esclavitud: los nuevos esclavos se habían rebelado contra los antiguos, que les habían impuesto su voluntad. Todo aquel acontecimiento pareció demostrar la tesis más pesimista y trágica de que -en cierto sentido, aunque fuera de índole mental o cultural- no existe una salida de la esclavitud. O, si la hay, resulta extremadamente difícil y a largo plazo. Siempre. Doe se proclamó presidente de inmediato. Enseguida mandó matar a trece ministros del gobierno de Tolbert. Las ejecuciones se prolongaron durante mucho tiempo ante los ojos de un populacho curioso y ávido de espectáculo que había acudido multitudinariamente a la plaza.

El flamante presidente a cada momento hacía público un nuevo atentado contra su persona. Acabó diciendo que habían sido treinta y cuatro. Y fusilaba a los autores de aquellos atentados. El hecho de que a pesar de todo estuviese con vida y siguiese gobernando era prueba fehaciente de que lo protegían los conjuros y los poderes invencibles obra de los brujos de su aldea. Se le podía disparar sin miedo: las balas, simplemente, se detenían en el aire y luego caían al suelo. Poco se puede decir de su gobierno. Lo ejerció durante diez años. El país, simplemente, se paró. No había luz, las tiendas estaban cerradas y cesó todo movimiento en los pocos caminos que existen en Liberia. En realidad, Doe no sabía muy bien qué debía hacer como presidente. Como tenía una cara infantil y mofletuda, se compró unas gafas de sol con marco de oro, para ofrecer el aspecto de un hombre serio y acomodado. Como era bastante perezoso, se pasaba días enteros sentado en su residencia, jugando a las damas con sus subordinados. También pasaba mucho tiempo en el jardín, donde las mujeres de los miembros de su guardia presidencial preparaban comidas al fuego o lavaban la ropa. Charlaba con ellas, se hacía el gracioso, a veces se llevaba a alguna a la cama. Sin saber qué más se podía hacer ni cómo protegerse de la venganza después de matar a tantas personas, vio como única salida el rodearse por hombres de su propia tribu. Por eso, a cada momento, hacía traer a Monrovia una nueva partida de krahn. El poder de los ricos, mundanos y bien asentados américo-liberianos (que mientras tanto habían conseguido huir del país) pasó ahora a manos de una tribu selvática, mísera, analfabeta y asustada ante su nueva situación, los krahn, que, repentinamente sacados de sus cabañas hechas de esparto y hojas trenzadas, por primera vez en su vida veían cosas como una ciudad, un coche o unos zapatos. Comprendían, eso sí, que la única manera de sobrevivir consistía en aterrorizar o en liquidar a sus enemigos, reales y potenciales, es decir, a todos los no krahn. De modo que el puñado de los míseros de ayer, ignorantes y perdidos, al querer mantenerse en el lucrativo poder que les ha caído en las manos como el maná, desde un principio procura aterrorizar a la población. Golpea, maltrata y ahorca a la gente sin motivo alguno. «¿Por qué se han ensañado contigo tanto?», preguntan los vecinos a un hombre cubierto de moraduras. «Han llegado a la conclusión de que no soy un krahn», contesta el infeliz.

Se comprende que ante tal situación el país sólo espera el momento en que podrá librarse de Doe y su gente. En su ayuda acude un tal Charles Taylor, antiguo hombre de confianza de Doe, que, según afirmaba el presidente, le había robado un millón de dólares, se había marchado a los Estados Unidos y allí, tras dejarse pillar en algún negocio turbio, había dado con sus huesos en la cárcel. Pero había huido, y ahora se encontraba en Costa de Marfil. Desde allí, con un grupo de sesenta hombres, en diciembre de 1969 empieza una guerra contra Doe. Doe podría destruirlo fácilmente, pero envía contra él a un ejército de sus krahn descalzos, los cuales, en lugar de luchar contra Taylor, se lanzan a una rapiña y pillaje indiscriminados. La noticia del avance de aquel ejército de saqueadores se extiende rápidamente por la selva, y la población, aterrada y con esperanza de salvarse, empieza a engrosar las filas de Taylor. Su ejército crece a una velocidad vertiginosa, y tan sólo al cabo de seis meses se planta en las afueras de Monrovia. En ese momento estalla una riña en su seno: quién debe conquistar la ciudad y quién se hará con el botín. El jefe del Estado Mayor, Prince Johnson, también antiguo hombre de confianza de Doe, rompe con Taylor y crea su propio ejército. Ahora, los tres ejércitos —el de Doe, el de Taylor y el de Johnson— luchan entre sí en y por la ciudad. Monrovia se convierte en una ruina, arden barrios enteros y las calles se cubren de cadáveres. Finalmente, intervienen los países del África Occidental. Nigeria envía, en barcos, a destacamentos  de paracaidistas, que en el verano llegan al puerto de Monrovia. Doe se entera de ello y decide visitar a los nigerianos. Se rodea por sus guardaespaldas y, en un Mercedes, se dirige al puerto. Es el 9 de septiembre de 1990. El presidente atraviesa una ciudad exhausta, devastada, saqueada y desierta. Cuando llega al puerto, ya lo están esperando los hombres de Johnson. Abren fuego. Caen fulminados todos los guardaespaldas. Él mismo recibe varios balazos en las piernas: no puede huir. Lo atrapan, le atan las manos a la espalda y lo arrastran hacia el lugar del suplicio. Johnson, ávido de publicidad, ordenó filmar detalladamente toda la escena. En la pantalla vemos a un Johnson sentado y tomándose una cerveza. A su lado está una mujer, de pie, que lo abanica y le enjuga el sudor de la frente (hace mucho calor). En el suelo, vemos a Doe, atado y cubierto de sangre. Tiene el rostro masacrado; apenas si se le ven los ojos. Alrededor se apiña una multitud de hombres de Johnson, fascinada por la visión del dictador torturado. Es un destacamento que recorre el país desde hace ya medio año, saqueando y matando, y, aun así, la vista de la sangre, una y otra vez, vuelve a sumirlo en un estado de éxtasis, de locura. Jóvenes muchachos se abren paso a codazos: todos quieren verlo, saciar sus ojos. Doe está sentado en medio de un charco de sangre, desnudo, empapado en sangre, en sudor y con el agua que echan sobre él para que no se desmaye; la cabeza hinchada por los golpes. «¡Prince!», balbucea Doe, dirigiéndose a Johnson (lo llama por su nombre de pila, porque al fin y al cabo son compañeros: los que luchan unos contra otros y destruyen el país -Doe, Taylor y Johnson- no son sino compañeros). «Ordena tan sólo que me aflojen las cuerdas de las manos. Lo diré todo, ¡ordena tan sólo que me las aflojen!» Por lo visto, le han atado las manos con tanta fuerza que éstas le producen más dolor que las piernas, cosidas a balazos. Pero Johnson se limita a gritar a Doe; grita en su dialecto local criollo del que no se puede comprender gran cosa, excepto una: que Doe revele el número de su cuenta bancaria. En África, cada vez que atrapan a un dictador, toda la investigación, las palizas y las torturas giran, invariablemente, en torno a una misma cosa: el número de su cuenta bancaria particular. En la opinión pública local, político es sinónimo de jefe de un gang de delincuentes que hace negocios con el tráfico de drogas y de armas, y pone el dinero a buen recaudo en cuentas abiertas en bancos extranjeros, porque sabe que su carrera no durará mucho, que él mismo acabará teniendo que huir y necesitará medios de vida.

—¡Cortadle las orejas! —grita Johnson, furioso porque Doe no quiere hablar (aunque Doe dice que ¡sí quiere!). Los soldados tumban al presidente en el suelo, lo inmovilizan con las botas y uno de ellos, con su bayoneta, le corta una oreja. Se oye un inhumano alarido de dolor.
-¡La otra oreja! -grita Johnson. Se organiza un tremendo alboroto, todos están excitados, se enzarzan en riñas: todos y cada uno quiere cortar la oreja al presidente. Se vuelve a oír un alarido. Incorporan al presidente. Doe está sentado; su espalda aguantada por la bota de un soldado; su cabeza, sin orejas y cubierta de sangre, se balancea. Ahora Johnson, en realidad, no sabe qué más debe hacer. ¿Mandar cortarle la nariz? ¿Un brazo? ¿Una pierna? Salta a la vista que no se le ocurre nada. Empieza a aburrirse.
-¡Lleváoslo de aquí! -ordena a sus soldados, que lo someterán a nuevas torturas (también filmadas).

Doe, apaleado y masacrado, aún vivió varias horas. Murió desangrado. Cuando estuve en Monrovia, el cásete que mostraba cómo se había torturado al presidente era el producto más atractivo en el mercado de medios de comunicación. En la ciudad, sin embargo, había pocos vídeos y, además, a menudo se repetían los cortes de luz. Para contemplar la tortura (la película entera dura dos horas), la gente tenía que hacerse invitar por los vecinos más acomodados o acudir a aquellos bares donde el cásete estaba puesto siempre. Los que escriben sobre Europa tienen una vida cómoda. El escritor puede, por ejemplo, detenerse en Florencia (o situar allí a su protagonista). Y el resto se lo hace por él la historia. Le proporcionan temas inagotables las obras de los arquitectos antiguos que levantaron las iglesias florentinas, o las de los escultores que erigieron estatuas extraordinarias, o las de los burgueses ricos que se pudieron permitir construirse unas casas renacentistas de piedra, ricamente adornadas. Se puede describir todo esto sin moverse de sitio o dando un breve paseo por la ciudad. «Me detuve en la Piazza del Duomo», escribe el autor que se ha encontrado en Florencia. A continuación, puede seguir una descripción, de muchas páginas, de la riqueza de objetos, obras, maravillas del arte, productos del genio y buen gusto humanos que lo rodean por todas partes, que ve allí donde dirija la mirada, en los que está sumergido de lleno. «Y ahora camino por Il Corso e il Borgo degli Albizi en dirección al museo de Miguel Ángel, para no perderme, de ninguna manera, el bajorrelieve de la Madonna della Scala», escribe nuestro autor. ¡Qué buena vida la suya! Basta con que camine y mire. El mundo que lo rodea se le coloca él solo bajo la pluma. Puede crear todo un capítulo a propósito de un breve paseo. Tiene a su disposición una gran riqueza, ¡una abundancia infinita! Tomemos a Balzac. Tomemos a Proust. Página tras página, se suceden listas, catálogos y enumeraciones de objetos inventados y fabricados por miles de ebanistas, tallistas, bataneros y canteros; cosas hechas por incontables manos hábiles y sensibles que, con sumo mimo, han construido en Europa ciudades y calles, levantado casas y decorado sus interiores.

Monrovia coloca al recién llegado en una situación del todo diferente. Sus casuchas, descuidadas, pobres y de idéntico aspecto, forman filas kilométricas, una calle desemboca en otra y un barrio se convierte en el siguiente de un modo tan imperceptible que sólo el cansancio, que notaremos muy pronto en este clima, nos informará de que hemos pasado de una parte de la ciudad a otra. También el interior de las casas (con la excepción de los pocos chalets propiedad de los hombres adinerados y de los dignatarios) resulta igualmente mísero y monótono. Una mesa, un par de sillas o taburetes, una cama de matrimonio metálica, esteras de rafia o de plástico para los niños, clavos en la pared para colgar el vestido y unas estampas de colorines, por lo general recortadas de alguna revista. Una olla grande, para hervir el arroz, y otra más pequeña, para cocer la salsa, y tazas, para el agua y el té. Una palangana de plástico, para lavarse, la cual, en el caso de tener que huir (necesidad que, en vista de las luchas continuas, últimamente se ha repetido a menudo), se convierte en una especie de maleta que siempre se tiene a mano y que las mujeres llevan sobre la cabeza. ¿Y eso es todo? Pues, más o menos, sí. Lo más fácil y barato es construirse una casa de hojalata de cinc ondulada. Sustituye la puerta una cortina de percal, los agujeros que hacen las veces de ventanas son pequeños y durante la estación de las lluvias, que aquí es larga y pesada, se tapan con trozos de cartón o de contrachapado. Una casa como ésta, durante el día arde como un horno, sus paredes queman y vomitan fuego, el techo chisporrotea y se funde bajo el sol; de modo que desde el alba hasta el anochecer, nadie se atreve a entrar en ella. Apenas empieza a clarear, el primer haz de la aurora expulsa a todos sus habitantes, aún medio dormidos, al patio y la calle, donde se quedarán hasta la noche. Empapados en sudor, mientras salen al exterior se rascan las ampollas producto de las picaduras de los mosquitos y de las arañas y echan un vistazo al interior de la olla, a ver si ha quedado allí algún resto del arroz del día anterior. Miran la calle, las casas de los vecinos, sin curiosidad, sin expectativas. A lo mejor habría que hacer algo. Pero ¿qué? ¿Qué hacer?

Por la mañana me voy a pasear por la Carrey Street, junto a la cual está mi hotel. Es el centro de la ciudad, su barrio comercial. No se puede ir muy lejos. Por todas partes, apoyados contra las paredes, se sientan grupos de bayaye, muchachos hambrientos sin nada que hacer, sin esperanza alguna, sin oportunidades para una vida diferente. Me abordan ya para preguntarme de dónde soy, ya para decirme que serán mis guías, ya para pedirme que les consiga una beca en Norteamérica. Ni siguiera quieren un dólar para un panecillo, no, apuntan mucho más alto: Norteamérica. Después de cien metros ya me veo rodeado por niños pequeños de caras hinchadas y ojos cansados, algunos sin un brazo o sin una pierna. Mendigan. Son los soldados de las Small Boys Units de Charles Taylor, las más terribles de sus unidades. Taylor recluta a niños pequeños y les da armas. También les da drogas, y cuando se hallan bajo sus efectos, empuja a esos niños al ataque. Los chiquillos, atontados, se comportan como kamikazes, se lanzan al fragor de la lucha, van directamente al encuentro de las balas, estallan junto con las minas. Cuando su dependencia crece hasta tal punto que dejan de ser útiles, Taylor los expulsa. Algunos llegan hasta Monrovia y acaban su breve vida en alguna cuneta o basurero, comidos por la malaria o por el cólera o por los chacales.

En realidad, no se sabe por qué Doe fue al puerto (provocando así su muerte). Es posible que se hubiese olvidado de que era presidente. Había llegado a serlo diez años atrás, a decir verdad, por casualidad. Él y un grupo de dieciséis compañeros, suboficiales profesionales como él, fueron a la residencia del presidente Tolbert para preguntar cuándo se les pagaría la soldada atrasada. No se toparon con ningún guardaespaldas, y Tolbert dormía. Aprovecharon la ocasión para coserlo a bayonetazos. Y Doe, el mayor del grupo, ocupó su lugar. Por regla general, en Monrovia nadie respetaba a los suboficiales, y he
aquí que de repente todo el mundo había empezado a saludarlo, a aplaudirlo y a abrirse paso a codazos con tal de estrecharle la mano. Eso le gustó. Aprendió de prisa varias cosas. Que si la multitud aplaude, hay que levantar los brazos en un gesto de saludo y victoria. Que para diversos tipos de salidas nocturnas, en lugar del uniforme de campaña, hay que ponerse un traje cruzado de color oscuro. Que si en alguna parte aparece un adversario, enseguida hay que darle caza y matarlo. Pero no lo aprendió todo. No sabía, por ejemplo, qué hacer si sus antiguos compañeros —Taylor y Johnson— le tomaban todo el país, la capital incluida, y empezaban a sitiar su residencia. Tanto Taylor como Johnson, que tenían sus respectivas hordas compitiendo el uno con el otro, ambicionaban el poder (que seguía en manos de Doe). En semejantes ambiciones, por supuesto, no había lugar para cosas tales como un programa, la democracia o la soberanía. Sólo se trataba de controlar la caja. Doe lo había hecho durante diez años. Los otros estaban en su derecho de considerar que era más que suficiente. Más aún: ¡se lo decían en la cara! «Sólo pretendemos», repitieron en decenas de entrevistas «deponer a Samuel Doe. Al día siguiente habrá paz.»

Doe no supo reaccionar ante algo así: simplemente, se perdió a sí mismo. En lugar de actuar —con armas o por medios pacíficos-, no hizo nada. Encerrado en su residencia, no sabía muy bien lo que ocurría a su alrededor, aunque desde hacía tres meses la ciudad era escenario de encarnizadas batallas. Y un buen día alguien le informa de que unas tropas nigerianas habían llegado al puerto. Como presidente de la república, estaba en su derecho de preguntar oficialmente en razón de qué unas tropas extranjeras entraban en el territorio de su país. Pudo haber exigido que el comandante de dicho ejército compareciese en su residencia con una explicación. Pero Doe no hizo nada de esto. Se despertó en él la naturaleza del suboficial de reconocimiento, del sargento-explorador. ¡Ya vería él mismo de dónde soplaba el viento¡ Así que sube al coche y va al puerto. Pero ¿no sabe acaso que esta parte de la ciudad está ocupada por Johnson, que quiere descuartizarlo? ¿Y que no es costumbre que el presidente de un país vaya a presentarse al comandante de un ejército extranjero? O, a lo mejor, realmente no lo sabía. O tal vez sí, pero la imaginación le jugó una mala pasada; o no se lo había planteado y actuó de forma irreflexiva. La historia a menudo es producto de la irreflexión. Es una hija bastarda de la estupidez humana, el fruto de unas mentes onnubiladas, de la idiotez y de la locura. En casos tales, la escriben personas que no saben lo que hacen, más aún, que no quieren saberlo; rechazan tal posibilidad con furia y repugnancia. Vemos cómo avanzan hacia su propia aniquilación, cómo preparan sus propias trampas, cómo se atan la soga al cuello, con qué celo y diligencia comprueban si esas trampas y sogas son lo bastante fuertes, si resistirán y serán eficaces.

Las últimas horas de Doe nos permiten contemplar la historia en el punto y el instante en que ésta se desmorona en su caída total. La diosa digna y altiva, en un momento así, se convierte en su propia caricatura, sangrienta y penosa. He aquí a unos sicarios de Johnson que hieren al presidente en las
piernas, para que no pueda escapar, lo atrapan y, tras inmovilizárselas dolorosamente, le atan las manos. Aún lo torturarán más, durante casi una veintena de horas. Y todo esto ocurre en una ciudad en la que, al fin y al cabo, funciona todavía un gobierno legal. ¿Dónde están sus ministros? ¿Qué hacen los demás funcionarios? ¿Dónde se ha metido la policía? Se tortura al presidente junto al edificio que acaban de ocupar los soldados nigerianos que han acudido a Monrovia para proteger el poder legal. Y esos soldados, ¿qué? ¿Nada? ¿No les atañe en absoluto la cuestión? ¡Pero aún hay más! A pocos kilómetros del puerto estacionan varios cientos de soldados pertenecientes a la selecta guardia presidencial, cuyo único cometido y sentido de su existencia consiste en proteger al jefe del Estado. Y dicho jefe ha salido por la mañana para hacer una breve visita al puerto, pero pasan las horas y no hay de él ni rastro. ¿Ni siquiera se preguntan, aunque sea por curiosidad, qué le habrá pasado? ¿Dónde se habrá metido? Volvamos, sin embargo, a la escena en que Johnson interroga al presidente. Johnson quiere averiguar dónde tiene Doe su cuenta bancaria. Doe gime, las heridas le ocasionan dolor; hace una hora ha recibido entre diez y quince balazos. Balbucea algo, no se sabe qué. ¿Dice acaso el número de la cuenta? A todo esto, ¿seguro que tiene una? Johnson, furioso, ordena cortarle las orejas inmediatamente. ¿Por qué? ¿Es una decisión juiciosa? ¿No comprende Johnson que desde ese momento la sangre tapará los conductos auditivos del presidente y que la conversación con él será aún más difícil? Está claro que ninguno de estos hombres consigue hacerse con las riendas de los acontecimientos, cómo los supera la situación, cómo, a fuerza de chapuzas, estropean, una tras otra, las cosas. Y cómo luego, ciegos de rabia, intentan arreglarlas. Pero ¿se puede acaso arreglar algo pegando gritos? ¿O ensañándose? ¿O matando a otros? La muerte de Doe no interrumpió la guerra. Taylor luchaba contra Johnson, y ambos, contra lo que quedaba de las fuerzas armadas liberianas, y contra todos ellos, los ejércitos de intervención de varios países africanos, los cuales, bajo el nombre de ECO-MOG, debían imponer el orden en Liberia. Tras prolongados combates el ECOMOG ocupó Monrovia y las afueras de la ciudad, dejando el resto del país en manos de Taylor y de otros jefecillos de su misma calaña. Se podía uno mover por la capital, pero después de recorrer unos veinte o treinta kilómetros, de repente se topaba en el camino con un puesto de soldados  de Ghana, de Guinea o de Sierra Leona, que paraban a todo el mundo: no se podía seguir viaje. Lo que había más allá era un infierno al que ni siquiera aquellos soldados armados hasta los dientes tenían valor de asomarse. Se trataba de un territorio controlado por los jefecillos liberianos, jefecillos (que tanto siguen abundando también en otros países africanos) que recibían en África el nombre de señores de la guerra, warlords.

El warlord no es sino un antiguo oficial, ministro o miembro destacado del partido gobernante, o bien otro personaje fuerte e implacable, ávido de poder y de dinero, falto de escrúpulos y que, aprovechando el desmoronamiento del Estado (a lo que él mismo ha contribuido y sigue haciéndolo), pretende recortar para sí un miniestado propio, no oficial, donde ejercer un poder dictatorial. Por lo general, el warlord usa para este fin la tribu o el clan al que pertenece. Y no son sino los señores de la guerra los que siembran en África el odio racial y tribal. Aunque, eso sí, sin reconocerlo jamás. Siempre se proclamarán líderes de un movimiento o partido de carácter nacional. Lo más común es que se hable de un Movimiento de Liberación de Esto y Aquello, o de un Movimiento en Defensa de la Democracia o de la Independencia. Nada por debajo de tamaños ideales. Una vez elegido el nombre, el warlord procede al reclutamiento de su ejército. Esto no supone ningún problema. En cada uno de los países, en todas las ciudades, hay miles de muchachos hambrientos y sin trabajo que sueñan con formar parte de un grupo así. El líder, al fin y al cabo, les entregará un arma y, también -cosa igualmente importante-, el sentimiento de pertenecer a algo. En la mayoría de los casos, el caudillo no les pagará nada. Les dirá: «Tenéis un arma, alimentaos vosotros mismos.» Con este visto bueno tienen suficiente: ya sabrán qué hacer.

El armamento tampoco es problema. Es barato y lo hay en abundancia por todas partes. Además, los warlords tienen dinero. Bien porque lo han robado a las instituciones estatales (en su antigua calidad de ministros o generales), bien porque sacan unos beneficios, en tanto que ocupantes, de aquellas partes del país que tienen un valor económico, es decir, de territorios donde hay minas, fábricas, bosques por talar, puertos marítimos, aeropuertos, etc. Por ejemplo, Taylor en Liberia y Savimbi en Angola ocupan territorios en que se hallan minas de diamantes. Muchas de las guerras africanas podrían recibir el nombre de la preciosa piedra. Como la de la provincia congoleña de Kasai o la de Sierra Leona, que, siempre por la misma causa, los diamantes, se prolonga desde hace años. Aunque no sólo las minas reportan dinero. Los caminos y los ríos también constituyen una buena fuente de ingresos: se puede apostar en ellos a unos soldados y cobrar peaje a todo el mundo. Otra fuente inagotable de ganancias para los warlords la constituye la ayuda humanitaria que el mundo destina a la población africana mísera y hambrienta. Los señores de la guerra se llevan de cada transporte tantos sacos de grano y tantos litros de aceite como necesitan. Y es que aquí rige una ley que dice: el que tiene un arma es el primero en comer. Los hambrientos sólo pueden llevarse lo que quede. He ahí un problema para las organizaciones internacionales: si no entregan su parte a los facinerosos, éstos no dejarán pasar ningún transporte con ayuda y los hambrientos morirán. De modo que se les entrega a los jefecillos lo que quieren, con la esperanza de que algún resto acabe llegando a las víctimas de las hambrunas.

Los warlords son, al mismo tiempo, causa y efecto de la crisis en que se han sumido muchos países del continente en la época poscolonial. Si oímos que algún país africano empieza a tambalearse, podemos estar seguros de que no tardarán en aparecer los warlords. Angola, Sudán, Somalia, El Chad; están en todas partes y en todas partes ejercen su dominio. ¿Que qué hace un warlord? Teóricamente, lucha contra otros warlords. Aunque no siempre tiene que ser así. Lo más común es que se dedique a saquear a una población indefensa, la de su propio país. Es lo contrario de Robín Hood. Robin Hood quitaba a los ricos para dárselo a los pobres. El warlord quita a los pobres para enriquecerse él mismo y para alimentar a su horda. Nos movemos en un mundo en que la miseria condena a muerte a unos y convierte en monstruos a otros. Los primeros son las víctimas y los segundos, los verdugos. No hay nadie más. El warlord tiene a sus víctimas al alcance de la mano. No necesita ir lejos en su busca: son los habitantes de aldeas y pueblos vecinos. Sus bandas, compuestas de condotieros semidesnudos y calzados con zapatillas de deporte rotas, no paran de merodear por el territorio de su warlord en busca de botín. Para estos desgraciados -hambrientos, embrutecidos y a menudo drogados- todo puede ser objeto de pillaje. Un puñado de arroz, una camisa vieja, un trozo de manta o una olla de barro son cosas sumamente deseadas, son piezas de valor que hacen vibrar y encienden chispas en los ojos. Pero la gente ha adquirido ya cierta experiencia. Basta con la noticia de que se aproximan las hordas de algún warlord para que todo el mundo se ponga a hacer las maletas y emprenda la huida. Es precisamente esa gente formando kilométricas columnas a la que ven en sus televisores los habitantes de Europa y de América. Observémoslas. Por lo general, se trata de mujeres y niños. Y es que las guerras de los warlords van dirigidas contra los más débiles. Contra los que no pueden defenderse. Ni saben hacerlo ni tienen con qué. Fijémonos, también, en lo que llevan ellas: un hatillo sobre la cabeza o una palangana que contiene las cosas más imprescindibles, es decir, un saquito de arroz o de mijo, una cuchara, un cuchillo y un trozo de jabón. Nada más tienen. Ese hatillo, esa palangana, es su único tesoro, la fortuna que han amasado durante toda su vida, la riqueza con la que entrarán en el siglo XXI.

El número de warlords va en aumento. Es una nueva fuerza, una nueva clase de soberanos. Al apropiarse de los bocados más suculentos, de las partes más ricas de sus países, hacen que el Estado, aunque consiga mantenerse a flote, siempre será débil, pobre e impotente. Por eso muchos de ellos intentan defenderse creando alianzas y asociaciones que les permitan luchar por su supervivencia, que les permitan seguir existiendo. Por eso mismo África es tan infrecuente escenario de guerras interestatales: a los países del continente los une una misma desgracia; inseguros de su destino, comparten un futuro incierto. Por el contrario, abundan las guerras civiles, es decir aquellas en cuyo curso los warlords se reparten el país entre ellos y saquean a sus habitantes y se adueñan de las tierras y de las materias primas. Aunque también sucede a veces que los warlords lleguen a la conclusión de que todo lo que había por robar ya ha sido rapiñado y se ha agotado la fuente de sus ingresos. Entonces empiezan lo que llaman un proceso de paz. Convocan una conferencia de las facciones en lucha (la llamada warring factions conference), firman un acuerdo y fijan una fecha para unas elecciones. En respuesta, el Banco Mundial les concederá todos los préstamos y créditos que soliciten. Entonces los warlords serán todavía más ricos de lo que han sido, pues al Banco Mundial se le puede arrancar mucho más que a unos compatriotas muertos de hambre. John y Zado han venido al hotel. Me llevarán a la ciudad. Pero primero iremos a tomar un trago, pues desde por la mañana el calor no para de atormentarnos. Incluso a esta hora, el bar está lleno: la gente tiene miedo de salir a la calle, aquí se siente más segura. Africanos, europeos, hindúes... Conocí a uno de ellos en una ocasión anterior. Es James P, un funcionario de ferrocarril jubilado. ¿Qué hace aquí? No contesta; sonríe y hace un gesto indefinido con la mano. En torno a las mesas, torcidas y pegajosas, se sientan unas prostitutas sin nada que hacer. Negras, medio dormidas, muy guapas. El dueño libanés se inclina por encima de la barra y me dice al oído:

 -Todos éstos son unos ladrones. Su deseo es hacer dinero y marcharse a América. Todos trafican con diamantes. Los compran por nada a los warlords y se los llevan a Oriente Medio en aviones rusos.

-¿Rusos? -pregunto, sorprendido.

-Sí -contesta-. Ve al aeropuerto. Allí verás estacionados unos aviones rusos. Son los que llevan diamantes a Oriente Medio. Al Líbano, al Yemen y, mayormente, a Dubai. Durante nuestra charla el bar se ha quedado desierto. De repente se ha hecho más amplio y espacioso.

-¿Qué ha pasado? -pregunto al libanés.
-Han visto que tienes una cámara fotográfica y han preferido largarse: no quieren ser captados por un objetivo.

Nosotros también salimos al exterior. Enseguida nos notamos envueltos por un aire húmedo y tórrido. No sabe uno dónde meterse. Dentro del edificio, un calor de justicia; fuera, otro tanto. No se puede caminar, ni tampoco quedarse sentado, ni tumbado, ni viajar en coche. Una temperatura semejante mata todas las energías, sensaciones y curiosidad. ¿En qué se piensa? En cómo llegar hasta el final del día. ¡Vaya!, ya ha pasado la mañana. ¡Vaya!, ya son más de las doce. Por fin empieza a atardecer. Pero el atardecer tampoco trae mejoría alguna, no suprime el aplastante peso del bochorno. La tarde resulta igual de sofocante, viscosa y pegajosa. ¿Y el anochecer? El anochecer despide los vahos de una niebla tórrida y asfixiante. ¿Y la noche? La noche nos envuelve en una sábana caliente y mojada. Por suerte muchos asuntos se pueden resolver en las inmediaciones del hotel. Así, en primer lugar: cambiar dinero. No circula más que un billete: cinco dólares liberianos, que equivalen a unos cinco centavos americanos. Se apilan fajos de esos billetes de cinco dólares sobre unas mesas pequeñas colocadas en la calle: cambio de moneda. Para comprar algo, uno tiene que llevar una bolsa llena de dinero. Pero nuestra transacción resulta fácil: en una mesa lo cambiamos y en la siguiente compramos combustible. La gasolina se vende en botellas de un litro; las gasolineras están cerradas y sólo funciona el mercado negro. Me fijo en las cantidades que compra la gente: un litro o dos. No hay dinero para más. Como John es rico, compra diez.

Ponemos el coche en marcha. Espero a ver qué quieren enseñarme John y Zado. Resulta que primero tengo que ver cosas imponentes. Imponentes quiere decir americanas. En las afueras de Monrovia, después de unos pocos kilómetros de viaje, empieza un gran bosque de metal. Mástiles y más mástiles. Altos y macizos, salen de ellos unas extremidades y ramificaciones que llegan aún más alto, redes enteras de antenas, varas y alambres. Estas construcciones se prolongan durante muchos kilómetros; en un momento dado tenemos la impresión de que nos encontramos en un mundo de ciencia ficción, cerrado, incomprensible, perteneciente a otro planeta. Es la emisora de la Voz de América para Europa, África y Oriente Medio, construida en la época anterior a los satélites, durante la Segunda Guerra Mundial, ahora inactiva, abandonada y comida por la corrosión. Luego vamos al otro extremo de la ciudad, a un lugar desde el cual se abre ante nosotros una llanura inmensa, unas praderas lisas e infinitas que se ven cortadas por una pista de despegue, hecha de cemento. Es el aeropuerto de Robertsfield, el más grande de África y uno de los mayores del mundo. Ahora cerrado, aparece vacío y destruido (funciona sólo el pequeño aeropuerto de la ciudad, donde aterrizó mi avión). La terminal está devastada por un bombardeo y la pista de despegue, llena de cráteres por efecto de bombas y proyectiles. Finalmente, el objetivo más grande, un Estado dentro de otro Estado: la plantación de caucho de la Firestone. Sólo que no resulta nada fácil llegar hasta allí, pues a cada momento nos topamos con un puesto militar. Todos ellos están provistos de una barrera ante la cual es obligatorio detenerse. Detenerse y esperar. Pasado un tiempo, de una garita sale un soldado. De una garita o de detrás de unos sacos de arena, según. Empieza a preguntar: ¿quién?, ¿qué? La lentitud de sus movimientos, sus espaciados monosílabos, su mirada opaca y misteriosa, la reflexión y meditación que se reflejan en su rostro, todo pretende conferir seriedad y autoridad a la persona y cargo de vigilante. «¿Podemos seguir?» Antes de contestarnos, el soldado se enjugará la sudor de la cara, mejorará la colocación de su arma, mirará el coche desde todos los ángulos, antes de, antes de... Finalmente, John decide dar media vuelta: no llegaremos a destino antes de la noche y a partir del crepúsculo todos los caminos están cerrados; no tendremos dónde meternos.

Estamos de vuelta en la ciudad. Me llevan a un pequeño parque en el que, esparcidos por el suelo y ya cubiertos por la maleza, se ven los pedazos del monumento que saltó por los aires, erigido al presidente Tubman. Fue Doe quien había ordenado volarlo, para demostrar que la época del dominio de los antiguos esclavos americanos se había acabado y que el poder había pasado a manos del oprimido pueblo de Liberia. Aquí, si algo se destruye, destroza o hace añicos, así se queda para siempre. Si al borde de un camino encontramos los restos de una carrocería oxidados y empotrados en un tronco, quiere decir que
años ha un coche se había estrellado contra un árbol y sus restos siguen ahí hasta hoy. Si un árbol cae en medio de una carretera, no lo moverán; harán un rodeo por el campo hasta que trillen un camino nuevo. Si una casa no se acaba de construir, así se quedará; la que está hecha una ruina, también lo seguirá estando para siempre. El monumento corre la misma suerte. No piensan reconstruirlo, pero tampoco recogerán los pedazos. Es el propio acto de la destrucción lo que da el carpetazo al asunto: si queda algún vestigio material, éste ya no tiene ninguna importancia, ni peso, de modo que no merece la pena prestarle más atención.

Un poco más allá, más cerca del puerto y del mar, nos detenemos en un lugar desierto, delante de una montaña de basura que apesta horrores. Se ven ratas correteando entre la inmundicia. En lo alto, unos buitres vuelan en círculos. John salta del coche y desaparece entre las cabañas circundantes, hechas una ruina. Al cabo de un rato se presenta en compañía de un anciano. Lo seguimos. Me sacude un estremecimiento de asco, pues las ratas, sin miedo, no paran de pasearse entre nuestros pies. Me tapo la nariz con los dedos, casi hasta la asfixia. Al final el anciano se detiene para señalar hacia una pendiente putrefacta del vertedero. Dice algo.

-Dice -me traduce Zado- que aquí arrojaron el cadáver de Doe. Es por aquí, aquí mismo. Para respirar un aire más puro, hicimos un paseo más: al río de San Pablo. El río marcaba la frontera entre Monrovia y el mundo de los warlords. Había un puente tendido sobre él. Por el lado de Monrovia se extendían, infinitas, las cabañas y guaridas de un campo de refugiados. También había allí un mercado muy grande, reino multicolor de unas vendedoras excitadas y febriles. Los del otro lado del río, los que vivían en el interior del infierno de los warlords, en un mundo donde imperaban el terror, el hambre y la muerte, podían pasar a nuestra orilla para hacer compras, sólo que antes de enfilar el puente debían dejar las armas. Me puse a mirarlos y vi cómo, una vez cruzado el mismo, se detenían, desconfiados e inseguros, sorprendidos de que existiese un mundo normal. Y cómo extendían las manos, como si se tratase de algo material, algo que se pudiera tocar.

También vi allí a un hombre que iba desnudo, pero con un kaláshnikov al hombro. La gente se apartaba a su paso y hacía un rodeo para evitarlo. Seguramente era un loco. Un loco con un kaláshnikov.

Del libro Ébano (Editorial Anagrama-Barcelona)