Por Ryszard Kapuscinski
Los pilotos aún no
han apagado los motores cuando una multitud corre hacia el avión. Colocan la
escalerilla. Al bajar de ella, en el acto nos vemos envueltos por un jadeante
torbellino humano, por las personas que han alcanzado el avión y ahora se abren
paso a codazos y nos tiran de las camisas: un asedio en toda regla. «Passport!
Passport!», gritan unas voces muy insistentes. Y acto seguido y en el mismo
tono amenazador: «Return ticket!» Y unas terceras, no menos autoritarias:
«Vaccination! Vaccination!». Todas estas exigencias, todo este asalto, son tan
violentos y desorientan tanto que, sitiado, asfixiado y manoseado, empiezo a
cometer un error tras otro. Preguntado por el pasaporte, lo saco, obediente, de
la bolsa. Y enseguida alguien me lo arrebata y desaparece con él por alguna
parte. Interpelado por el billete de vuelta, enseño que lo tengo. Pero al cabo
de un instante lo pierdo de vista: también él ha desaparecido. Lo mismo pasa
con el libro de vacunación: alguien me lo ha quitado de la mano y se ha
volatilizado acto seguido. ¡Me he quedado sin documento alguno! ¿Qué hacer?
¿Ante quién presentar una queja? ¿A quién recurrir? La multitud que me ha dado
caza junto a la escalerilla de repente se ha dispersado y ha desaparecido. Me
he quedado solo. Pero al cabo de un instante se me acercan dos hombres jóvenes.
Se presentan: «Zado y John. Te vamos a proteger. No te las arreglarías sin
nosotros.» No les he preguntado nada. Lo único que pensé era: «¡Qué calor más
espantoso hace aquí!» Eran las primeras horas de la tarde; el aire, húmedo y
pesado, era tan denso y estaba tan incandescente que no tenía con qué respirar.
Sólo deseaba salir de allí, llegar a algún lugar donde hubiese ¡una pizca de
fresco! «¿Dónde están mis documentos?», me puse a gritar, furioso y
desesperado. Había perdido el control de mis actos: en medio de un calor como
aquel, la gente se vuelve nerviosa, excitada y furibunda. «Intenta calmarte»,
ha dicho John mientras subíamos en su coche, aparcado delante del barracón del
aeropuerto, «enseguida lo comprenderás todo.»
Nos metemos por las
calles de Monrovia. A ambos lados de las calzadas se ven, negros, los muñones
carbonizados de las casas, quemadas y destrozadas. Aquí suele quedar muy poco
de una casa derruida, pues todo, absolutamente todo, incluidos los ladrillos,
las planchas de hojalata y las vigas que se han salvado de las llamas,
desaparece inmediatamente, desmontado y saqueado. La ciudad alberga a decenas
de miles de personas que han huido de la selva, que no tienen techo y que
permanecen a la espera de que una granada o bomba destruya alguna casa. Se
abalanzan enseguida sobre tamaño trofeo. Con los materiales que consigan
llevarse se construirán una cabaña, o una barraca, o, simplemente, un techo que
las proteja del sol y de la lluvia. La ciudad, que -a juzgar por lo que todavía
se puede ver— inicialmente se componía de casas sencillas y bajas, ahora,
repleta de construcciones provisionales hechas de cualquier manera, de mírame y
no me toques, se ha reducido aún más, ha cobrado el aspecto de algo instantáneo
y recuerda a un campamento de nómadas que se hubiesen detenido sólo un momento,
para ocultarse del sol del mediodía, y que partirán enseguida, sin que se sepa
muy bien hacia dónde.
Pedí a John y a
Zado que me llevasen a un hotel. No sé si había dónde elegir, pero lo cierto es
que sin mediar palabra me llevaron a una calle donde se levantaba un edificio
desconchado de una planta, con un rótulo saliente de El Masón Hotel. Se entraba
en él pasando por el bar. John abrió la puerta pero no consiguió dar un paso
más. En el interior, en una artificial penumbra multicolor y un aire viciado y
asfixiante, estaban, de pie, unas prostitutas. Decir «estaban, de pie, unas
prostitutas» no refleja en absoluto el estado de cosas. En aquel pequeño local
se había congregado un centenar de muchachas, unas pegadas a otras, sudorosas y
cansadas; hacinadas, apretujadas y planchadas de tal manera que no sólo no se
podía entrar, sino ni siquiera resultaba posible meter allí un brazo. El
mecanismo funcionaba del modo siguiente: cuando un parroquiano abría la puerta
desde la calle, la presión que se acumulaba en el interior arrojaba a una
muchacha directamente, como desde una catapulta, a los brazos del sorprendido cliente.
Una segunda muchacha ocupaba inmediatamente el sitio vacío.
John retrocedió, en
busca de otra entrada. En una pequeña garita-oficina se sentaba un libanés
joven, de aspecto sencillo y agradable. Era el dueño. A él pertenecían aquellas
muchachas y aquel edificio medio desmoronado, de paredes viscosas y cubiertas
de moho y chorreones que, ennegrecidos, formaban una procesión muda de
espectros, quimeras y espíritus alargados, flacos y encapuchados.
-No tengo
documentación -confesé al libanés, quien se limitó a esbozar una sonrisa.
-No importa -dijo-.
Aquí no hay muchos que la tengan. ¡Documentación! -Y soltó una carcajada, tras
lo cual lanzó una mirada cómplice hacia John y Zado. A todas luces, yo era para
él un visitante de otro planeta. En el que llevaba el nombre de Monrovia se
pensaba más bien en cómo sobrevivir hasta el día siguiente. ¿A quién le
importaban unos papelotes?-. Cuarenta dólares la noche -dijo-. Pero sin comida.
Se puede comer al doblar la esquina, donde la siria.
Invité allí enseguida
a John y a Zado. La mujer, entrada en años, desconfiada y que no paraba de
mirar hacia la puerta, ofrecía un único plato: pinchos con arroz. No quitaba
ojo de la puerta porque nunca sabía quién iba a entrar: unos clientes, para
comer algo; o unos ladrones, para despojarla de todo lo que tenía.
-¿Qué puedo hacer?
-nos preguntó al entregarnos sendos platos. Había perdido ya todos los nervios,
como todo el dinero-. He perdido mi vida -dijo, ni tan siquiera desesperada,
simplemente como quien no quiere la cosa, para que lo supiésemos. El local
estaba vacío, colgaba del techo un ventilador parado, había moscas volando y en
la puerta, a cada momento, aparecía un mendigo extendiendo la mano.
Tras la ventana,
sucia, también se apiñaban otros mendigos, con los ojos clavados en nuestros
platos. Hombres zarrapastrosos, mujeres con muletas, niños a los que las minas
habían arrancado piernas o brazos. Allí, sentado a la mesa e inclinado sobre
aquel plato, no sabía uno cómo comportarse, dónde meterse.
Guardamos silencio
durante largo rato, hasta que, finalmente, les pregunté por mis documentos.
Zado me contestó que al tener todos los papeles, yo había decepcionado a los
servicios del aeropuerto. Lo mejor habría sido que no hubiese tenido ninguno.
Las líneas aéreas ilegales se dedicaban a traer a Monrovia a pájaros de diverso
pelaje. A fin de cuentas, nos hallábamos en el país del oro, los diamantes y la
droga. Muchos de esos tipos no tenían visado ni libro de vacunación. Eran los
que reportaban beneficios: pagaban con tal de que se les dejara entrar. De
ellos vivían los hombres empleados en el aeropuerto, pues el gobierno, al no
tener dinero, no les pagaba sus sueldos. No, ni siquiera se trataba de gente
corrupta. Simplemente, hambrienta. También yo tendría que pagar un rescate por
mis papeles. Zado y John sabían dónde y a quién. Podían arreglármelo. Llegó el
libanés con una llave para mí. Oscurecía y él se iba para casa. A mí también me
aconsejaba meterme en el hotel. Por la noche, me dijo, no podría andar solo por
la ciudad. Regresé, pues, al hotel y, tras entrar por una puerta lateral, subí
al primer piso, donde estaba mi habitación. Abajo, junto a la entrada, y en la
escalera me habían importunado unos desharrapados que me garantizaban
protección durante la noche. Al decirlo, extendían la mano. Por la manera en
que me miraban a los ojos deduje que si no les daba algo, durante la noche,
cuando estuviese dormido, irían a buscarme y me degollarían.
Una vez en mi
habitación (la número 107), vi que su única ventana daba a un estrecho patio
interior, lóbrego y que despedía una peste repugnante. Encendí la luz. Las
paredes, la cama, la pequeña mesa y el suelo estaban negros. Negros de
cucarachas. En mis viajes por el mundo había vivido con todos los bichos
imaginables e incluso había aprendido a mostrarme indiferente y resignado ante
el hecho de que viviésemos entre millones y millones de moscas, mosquitos,
curianas y chinches; entre incontables jabardos, escamochos y enjambres de
avispas, arañas, cárabos y escarabajos; entre nubes de moscardones y zancudos,
y de la voraz langosta, pero en aquella ocasión me chocó no tanto la cantidad
de las cucarachas -aunque más que imponente- como su tamaño, el tamaño de todas
y cada una de las criaturas allí presentes. Eran unas cucarachas gigantes,
grandes como tortugas, oscuras, brillantes, peludas y bigotudas. ¿Qué era lo
que había hecho que creciesen tanto? ¿De qué se cebaban? Su monstruoso tamaño
tuvo en mí un efecto paralizante. Llevaba años descargando golpes mortales, sin
plantearme nada, sobre toda clase de moscas y mosquitos, de pulgas y arañas,
pero ahora me encontraba ante un problema nuevo: ¿cómo arreglármelas con
colosos semejantes? ¿Qué hacer con ellos? ¿Cómo tratarlos? ¿Matarlos? ¿Con qué?
¿Cómo? Sólo al pensarlo me temblaba la mano. Eran demasiado grandes. Sentí que
no sabría, que ni siquiera me atrevería a intentarlo. Más aún: en vista del
tamaño tan extraordinario de aquellas cucarachas, empecé a inclinarme sobre
ellas y a aguzar el oído a la espera de que emitiesen algún sonido, alguna voz.
Al fin y al cabo, muchos seres tan grandes como ellas hablaban de las maneras
más diversas—piando, chillando, croando, gruñendo—, ¿por qué, entonces, una
cucaracha no habría de hacer algo parecido? Una normal es demasiado pequeña para
que la oigamos, pero ¿por qué no aquellos gigantes entre los que me encontraba?
¿Emitirían alguna voz? ¿Algún sonido? Pero la habitación estaba sumida en un
silencio absoluto todo el tiempo: todas callaban; cerradas, mudas y
misteriosas. Me di cuenta, sin embargo, de que cada vez que me inclinaba sobre
ellas, pensando que tal vez acabaría oyéndolas, las cucarachas retrocedían a
toda prisa y se apiñaban en apretados grupos. Yo repetía el gesto y su reacción
invariablemente era la misma. Estaba claro que el hombre les daba asco,
retrocedían ante él con aversión, lo percibían como un ser excepcionalmente
desagradable y repugnante. Podría hacer más llamativa esta escena describiendo
cómo, enfurecidas por mi presencia, se abalanzan sobre mí, me atacan y trepan
sobre mi cuerpo hasta cubrirlo por entero, y cómo yo, presa de la histeria, me
pongo a tiritar y sufro una conmoción, pero eso sería una mentira. La verdad es
que, si yo no me acercaba a ellas, se comportaban con indiferencia, moviéndose
soñolienta y perezosamente. A ratos, ya caminaban de un lugar a otro, ya salían
de una grieta o, por el contrario, se escondían en ella. Y aparte de eso, nada
de nada.
Consciente de que
me esperaba una noche difícil e insomne (es que, además, en la habitación
reinaba un calor sofocante e inhumano), busqué en la bolsa mis notas a
propósito de Liberia. En 1821, en un lugar que debe de encontrarse en las
inmediaciones de mi hotel (Monrovia está situada en la costa atlántica, en una
península que se parece a nuestro Hel, en el Báltico) atracó un barco
procedente de Norteamérica que traía a bordo a un tal Robert Stockton, un
agente de la American Colonisation Society. Stockton, encañonando con su
pistola una sien del rey Peter, el jefe de la tribu, lo obligó a venderle —a cambio
de seis mosquetones y una caja de abalorios— la tierra que la mencionada
compañía americana se disponía a poblar con aquellos esclavos de las
plantaciones de algodón (principalmente de los estados de Virginia, Georgia y
Maryland) que habían conseguido el estatus de hombres libres. La compañía de
Stockton tenía un carácter liberal y caritativo. Sus activistas creían que la
mejor indemnización por las sevicias de la esclavitud consistía en enviar a los
antiguos esclavos a la tierra de donde procedían sus antepasados: a África.
Desde aquel
momento, año tras año, los barcos fueron trayendo de los EEUU a grupos de
esclavos liberados, que fueron instalándose en la zona de la Monrovia de hoy.
No constituían una gran comunidad. Cuando en 1847 proclamaron la creación de la
República de Liberia, ésta no contaba más de seis mil habitantes. Es posible
que su número nunca haya superado una veintena escasa de miles: menos del uno
por ciento de la población del país. Son apasionantes las andanzas y el
comportamiento de aquellos colonos (que se llamaban a sí mismos
Americo-Liberians, américo-liberianos). Apenas la víspera habían sido unos
parias negros, unos esclavos despojados de todo derecho, en las plantaciones de
algodón que cubrían los estados del Sur norteamericano. En su mayoría, no
sabían leer ni escribir, como tampoco tenían oficio alguno. Años atrás, sus
padres habían sido secuestrados en África, llevados a América con grilletes y
cadenas y vendidos en los mercados de esclavos. Y ahora los descendientes de
aquellos infelices, también ellos mismos esclavos negros hasta hacía poco, se
veían trasplantados a África, tierra de sus antepasados, a su mundo, y se
encontraban entre hermanos de raíces comunes y con el mismo color de piel. Por
obra de unos americanos blancos y liberales, habían sido traídos hasta allí y
abandonados a sí mismos, en manos de un destino incierto. ¿Cómo se
comportarían? ¿Qué harían? Pues bien: en contra de las expectativas de sus
bienhechores, los recién llegados no besaban la tierra reconquistada ni se
lanzaban a los brazos de los habitantes africanos.
Por experiencia
propia, aquellos américo-liberianos no conocían sino un único tipo de sociedad:
el de la esclavitud en que habían vivido en los estados del Sur norteamericano.
De manera que tras desembarcar, su primer paso en la nueva tierra consistiría
en copiar la sociedad conocida, sólo que ahora ellos, los esclavos de ayer,
serían los amos y convertirían en esclavos a los miembros de las comunidades
del lugar, sobre los que, una vez conquistados, extenderían su dominio. Liberia
no constituye sino la prolongación del orden establecido por el sistema de la
servidumbre, impuesto por la voluntad de los propios esclavos, que no desean
destruir un sistema injusto, sino que lo quieren conservar, desarrollar y usar
en provecho de sus intereses personales. Salta a la vista que una mente
sometida, envilecida por la experiencia de la esclavitud, una mente -en
palabras de Milosz— «nacida en la no libertad, encadenada desde el
alumbramiento», no sabe pensar, no sabe imaginarse un mundo libre en el que las
personas, todas, también lo fuesen.
Una parte
importante de Liberia está cubierta por la selva. Espesa, tropical, húmeda,
palustre. La habitan unas tribus pequeñas, pobres y mal organizadas (los
pueblos grandes y poderosos, con estructuras militares y de Estado fuertes,
solían instalarse en las vastas y abiertas extensiones de la sabana. Las
difíciles condiciones de salubridad y transporte de la selva africana han hecho
que tales organismos no hayan podido formarse allí). Ahora, en estos
territorios, habitados tradicionalmente por la antigua población autóctona,
empiezan a establecerse visitantes llegados desde más allá del océano. Desde el
principio mismo, ambas comunidades, que se entienden pésimamente, mantienen
unas relaciones hostiles. Antes que nada, los américo-liberianos declaran que
tan sólo ellos son los ciudadanos del país. Al resto -es decir, al noventa y
nueve por ciento de la población- le niegan este estatus, este derecho. De
acuerdo con las leyes que promulgan, dicho resto no se compone más que de los
tribesmen (los hombres de las tribus), gentes sin cultura, salvajes y paganas.
Por lo general, las
dos comunidades viven apartadas la una de la otra, teniendo contactos
espaciados y esporádicos. Los nuevos amos se aferran a la costa y a las
poblaciones que allí han construido (Monrovia es la mayor de ellas). Sólo cien
años después de la creación de Liberia, su presidente (en aquella época lo era
William Tubman) se aventuró a viajar al interior del país. Los llegados de
América, al no poder distinguirse de los nativos por el color de la piel o su
constitución física, intentan demostrar su «otredad», su superioridad, de otra
manera. En el clima de calor abrasador y de humedad terrorífica, propio de
Liberia, los hombres, incluso en días de cada día, visten de frac y con
pantalones tipo Spencer, llevan sombrero hongo y guantes blancos. Las señoras,
por lo común, permanecen en sus casas, pero cuando salen a la calle (hasta la
mitad del siglo XX Monrovia no conoce asfalto ni aceras), lo hacen ataviadas
con rígidas crinolinas, espesas pelucas y sombreros adornados con flores
artificiales. Toda esta alta sociedad, exquisita e impenetrable ella, vive en
unas casas que son copia exacta de las mansiones y de los palacetes que se
construían los dueños de las plantaciones en el Sur de Norteamérica. Los
américo-liberianos se encierran, también, en su propio mundo religioso,
inaccesible para los africanos del lugar. Son baptistas y metodistas celosos.
En la nueva tierra, levantan sus sencillas iglesias. En ellas pasan todo su
tiempo libre, cantando himnos piadosos y oyendo sermones para cada
circunstancia. Con el paso de los años, dichos templos acabarán convirtiéndose,
también, en lugares de reunión social, en una especie de clubs cerrados al
público.
Mucho antes de que
los afrikáners blancos introdujesen el apartheid (es decir, un sistema de
segregación basado en la dominación) en Sudáfrica, este sistema ya lo habían
inventado y llevado a la práctica, a mediados del siglo XX, los descendientes
de esclavos negros: los amos de Liberia. La propia naturaleza y la espesura de
la selva hicieron que entre los aborígenes y los desembarcados existiese una
frontera natural que los separaba y que facilitaba la segregación, un espacio
deshabitado, una tierra de nadie. Pero no era suficiente. En el pequeño y
mojigato mundillo de Monrovia rige la prohibición de unas relaciones estrechas
con la población oriunda y, sobre todo, de los matrimonios mixtos. Se hace todo
lo posible para que «los salvajes conozcan su lugar». Con este fin el gobierno
de Monrovia asigna un territorio a cada una de las tribus (que son dieciséis),
en el que se le permite permanecer: esos homelands típicos, que los blancos
racistas de Pretoria crearían para los africanos tan sólo al cabo de varias
décadas. Todo el que se opone a ello es severamente castigado. Allí donde se
declara una rebelión, envía Monrovia expediciones de castigo compuestas por
militares y policías. Los líderes de los pueblos sublevados son decapitados in
situ; la población insumisa, asesinada o encarcelada; sus poblados, destruidos,
y sus cosechas, incendiadas, son pasto de las llamas. De acuerdo con la
costumbre que de antiguo se ha practicado en el mundo, también aquí todas estas
expediciones, incursiones y guerras locales no tienen sino un solo objetivo:
proveerse de esclavos. Y es que los américo-liberianos necesitan mano de obra.
Y, en efecto, ya en la segunda mitad del siglo XIX empezarán a emplear en sus
haciendas y talleres a sus propios esclavos. Como también a venderlos a otras
colonias, principalmente a Fernando Poo y a las Guayanas. A finales de la
segunda década del siglo XX, la prensa mundial revela este proceder,
oficialmente practicado por el gobierno de Liberia. La intervención de la Liga
de las Naciones no se hace esperar. Bajo su presión, el entonces presidente,
Charles King, se ve obligado a dimitir. Pero el proceder, sólo que a partir
ahora a escondidas, seguirá
practicándose.
Desde los primeros
días de su asentamiento en Liberia, los negros llegados de América no piensan
sino en cómo conservar y fortalecer su posición dominante en el nuevo país. Lo
primero que hacen es no permitir la participación en el gobierno de los
hahitantes autóctonos, privándolos así de sus derechos civiles. Cierto que les
dejan vivir, pero sólo en los territorios tribales que les asignan. Luego, van
más lejos: inventan el sistema de partido único. Un año antes del nacimiento de
Lenin, esto es en 1869, se crea en Monrovia el True Whig Party, que detentará
el monopolio del poder en Liberia a lo largo de ciento once años, es decir,
hasta 1980. Los dirigentes de este partido, que forman su buró político -A
National Executive-, lo deciden todo desde el principio: quién será presidente,
quién se sentará en el gobierno, qué política llevará dicho gobierno, qué
empresa extranjera obtendrá concesiones, quién será nombrado jefe de la
policía, quién, jefe de correos, etc., minuciosamente, hasta los peldaños más
bajos del escalafón. Los sucesivos líderes del partido en cuestión se
convertían en presidentes de la república, o al revés: los dos cargos eran
tratados como indistintos e intercambiables. Sólo siendo miembro del partido se
podía llegar a conseguir algo. Sus adversarios o estaban encarcelados o vivían
en el exilio.
A su líder William
Tubman, que al mismo tiempo era presidente de Liberia en los años sesenta, lo
conocí personalmente. El encuentro se produjo en la primavera de 1963, en
Addis-Abeba, durante la primera Conferencia de Jefes de Estado Africanos.
Tubman tenía entonces casi setenta años. Nunca en su vida había viajado en
avión: por miedo. Un mes antes de la Conferencia, salió de Monrovia a bordo de
un barco que lo trasladó a Djibuti, y de allí siguió viaje en tren, hasta
Addis-Abeba. Era un hombrecillo bajo, menudo y jovial, con un puro entre los
labios. Respondía a las preguntas incómodas con una carcajada larga y sonora
que acababa en un ataque de hipo ruidoso, seguido, a su vez, por uno de ahogo,
silbante y convulsivo. Su cuerpo temblaba y sus húmedos ojos se le salían de
las órbitas. El interlocutor, desconcertado y asustado, se callaba al no
atreverse a seguir preguntando. Entonces Tubman sacudía la ceniza de su ropa y,
ya tranquilo, volvía a esconderse tras la espesa cortina de humo de su cigarro
puro. Fue presidente de Liberia durante veintiocho años. Pertenecía a la
categoría, hoy ya escasa, de caciques que gobiernan a sus países como lo hace
el terrateniente en su finca: conocen a todos y lo deciden todo. (Leónidas
Trujillo, coetáneo de Tubman, fue dictador de Santo Domingo durante treinta
años. Bajo su régimen, la Iglesia organizaba bautizos colectivos: Trujillo
llevaba a la pila los niños que nacían en el país. Con el tiempo, se había
convertido en el padrino de todos sus súbditos. La CIA no lograba encontrar
voluntarios dispuestos a atentar contra la vida del dictador: nadie quería
levantar la mano contra su padrino.) Tubman recibía diariamente a unas sesenta
personas. Él mismo había designado a todos los cargos de Liberia, decidía a quién
se otorgaba una concesión y a qué misioneros se dejaba entrar en el país.
Enviaba a sus
hombres por todas partes y tenía una policía particular que le informaba de
todo lo que pasaba: en esta aldea, en aquélla y en la de más allá. No es que
pasaran muchas cosas. El país no era más que una provincia de África, pequeña y
olvidada. En las polvorientas callejuelas de Monrovia, a la sombra de unas
casas medio derruidas, dormitaban tras sus puestos unas vendedoras gruesas y
por todas partes deambulaban perros atormentados por la malaria. A veces, ante
la verja del palacio sede del gobierno desfilaba un grupo de personas portando
una pancarta gigantesca en la que se podía leer: «Multitudinaria manifestación
de gratitud por el progreso que se ha logrado en el país gracias a la
Inigualable Administración del Presidente de Liberia, Dr. W. V. S. Tubman.»
Delante de la misma verja también se detenían conjuntos musicales, llegados de
las provincias para cantar la grandeza del presidente: «Tubman es el padre de
todos nosotros, / lo es del pueblo entero. / Él nos construye caminos, / nos
trae el agua. / Tubman nos da de comer, / nos da de comer, / ¡ye, ye!»
Aplaudían a los alborozados entusiastas unos guardias metidos en sus garitas
donde se ocultaban del sol.
Sin embargo, el más
grande de los respetos se lo granjeaba al presidente el hecho de que lo
protegiesen los buenos espíritus, los cuales, también, lo habían dotado de
poderes sobrenaturales. Si alguien hubiese intentado servirle una bebida
envenenada, el vaso que la contenía habría estallado en el aire. Tampoco habría
podido alcanzarle la bala de un terrorista: se habría fundido durante el
trayecto. El presidente tenía unas hierbas que le permitían ganar todas las
elecciones. Y también un aparato a través del cual podía verlo todo, ocurriese
donde ocurriese; una oposición no tenía ningún sentido: habría sido descubierta
antes de fraguarse. Tubman murió en 1971. Lo sustituyó en el cargo William
Tolbert, vicepresidente y buen amigo suyo. Tanto como el poder a Tubman, a
Tolbert lo fascinaba el dinero. Era la corrupción personificada. Traficó con
todo: desde el oro hasta los coches, y en los ratos libres vendía pasaportes.
Siguió su ejemplo toda la élite, los famosos descendientes de los esclavos
negros americanos. Tolbert mandaba disparar sobre la gente que se lanzaba a la
calle para clamar por pan y por agua. Su policía mató a cientos de personas.
En la madrugada del
12 de abril de 1980, un grupo de soldados irrumpió en la residencia
presidencial y descuartizó a Tolbert en la cama. Le sacaron las entrañas y las
arrojaron al patio, para que las devorasen los perros y los buitres. Eran
diecisiete soldados. Al mando estaba Samuel Doe, un sargento de veintiocho
años. Doe era un joven que apenas sabía leer y escribir. Procedía de una tribu
pequeña, la krahn, que vivía en la selva profunda. Hombres como él, expulsados
por la miseria de sus aldeas, llevaban años llegando a Monrovia en busca de
trabajo y dinero. A lo largo de treinta años (entre 1956 y 1986), la población
de la capital de Liberia se había multiplicado por diez: de cuarenta y dos mil
había pasado a cuatrocientos veinticinco mil. Y aquel salto demográfico se
produjo en una ciudad carente de industria y de transportes, en la que pocas
casas tenían luz eléctrica y las menos aún, agua corriente. Una excursión desde
la selva hasta Monrovia exige muchos días de marcha a través de unos
territorios sin caminos y en las difíciles condiciones del trópico. De modo que
sólo podían emprenderla hombres jóvenes y fuertes. Y eran precisamente ellos
los que se plantaban en la ciudad. Pero no los esperaba nada: ni un trabajo ni
un techo. Desde el primer día, se convertían en unos bayaye, ese ejército de
jóvenes parados que deambulaba (y sigue deambulando) sin nada que hacer, por todas
las calles y plazas de las ciudades africanas. La existencia de este ejército
es una de las causas de los disturbios que se producen en el continente: es
entre sus filas donde, por unas monedas, a menudo sólo por una promesa de
darles de comer, los jefecillos locales reclutan a hombres para sus ejércitos
privados con los que luego lucharán por el poder, organizarán golpes de Estado
y desatarán guerras civiles. Doe, igual que Amín en Uganda, era un bayaye de
aquéllos, igual que a Amín, le tocó la lotería: consiguió entrar en el
ejército. Se podría pensar que había alcanzado la cima de su carrera.
Resultó, sin
embargo, que tenía planes más ambiciosos. En el caso de Liberia, el golpe de
Doe no fue un simple cambio de un cacique burócrata y corrupto por un
semianalfabeto con uniforme. Al mismo tiempo, fue una revolución sangrienta,
cruel y caricaturesca de unas masas esclavizadas de la selva africana en contra
de sus denostados soberanos, antiguos esclavos de las plantaciones americanas.
Se produjo una especie de giro de ciento ochenta grados dentro del mundo de la
esclavitud: los nuevos esclavos se habían rebelado contra los antiguos, que les
habían impuesto su voluntad. Todo aquel acontecimiento pareció demostrar la
tesis más pesimista y trágica de que -en cierto sentido, aunque fuera de índole
mental o cultural- no existe una salida de la esclavitud. O, si la hay, resulta
extremadamente difícil y a largo plazo. Siempre. Doe se proclamó presidente de
inmediato. Enseguida mandó matar a trece ministros del gobierno de Tolbert. Las
ejecuciones se prolongaron durante mucho tiempo ante los ojos de un populacho
curioso y ávido de espectáculo que había acudido multitudinariamente a la
plaza.
El flamante
presidente a cada momento hacía público un nuevo atentado contra su persona.
Acabó diciendo que habían sido treinta y cuatro. Y fusilaba a los autores de
aquellos atentados. El hecho de que a pesar de todo estuviese con vida y
siguiese gobernando era prueba fehaciente de que lo protegían los conjuros y
los poderes invencibles obra de los brujos de su aldea. Se le podía disparar
sin miedo: las balas, simplemente, se detenían en el aire y luego caían al
suelo. Poco se puede decir de su gobierno. Lo ejerció durante diez años. El
país, simplemente, se paró. No había luz, las tiendas estaban cerradas y cesó
todo movimiento en los pocos caminos que existen en Liberia. En realidad, Doe
no sabía muy bien qué debía hacer como presidente. Como tenía una cara infantil
y mofletuda, se compró unas gafas de sol con marco de oro, para ofrecer el
aspecto de un hombre serio y acomodado. Como era bastante perezoso, se pasaba
días enteros sentado en su residencia, jugando a las damas con sus
subordinados. También pasaba mucho tiempo en el jardín, donde las mujeres de
los miembros de su guardia presidencial preparaban comidas al fuego o lavaban
la ropa. Charlaba con ellas, se hacía el gracioso, a veces se llevaba a alguna
a la cama. Sin saber qué más se podía hacer ni cómo protegerse de la venganza
después de matar a tantas personas, vio como única salida el rodearse por
hombres de su propia tribu. Por eso, a cada momento, hacía traer a Monrovia una
nueva partida de krahn. El poder de los ricos, mundanos y bien asentados
américo-liberianos (que mientras tanto habían conseguido huir del país) pasó
ahora a manos de una tribu selvática, mísera, analfabeta y asustada ante su
nueva situación, los krahn, que, repentinamente sacados de sus cabañas hechas
de esparto y hojas trenzadas, por primera vez en su vida veían cosas como una
ciudad, un coche o unos zapatos. Comprendían, eso sí, que la única manera de
sobrevivir consistía en aterrorizar o en liquidar a sus enemigos, reales y
potenciales, es decir, a todos los no krahn. De modo que el puñado de los
míseros de ayer, ignorantes y perdidos, al querer mantenerse en el lucrativo
poder que les ha caído en las manos como el maná, desde un principio procura
aterrorizar a la población. Golpea, maltrata y ahorca a la gente sin motivo
alguno. «¿Por qué se han ensañado contigo tanto?», preguntan los vecinos a un
hombre cubierto de moraduras. «Han llegado a la conclusión de que no soy un
krahn», contesta el infeliz.
Se comprende que
ante tal situación el país sólo espera el momento en que podrá librarse de Doe
y su gente. En su ayuda acude un tal Charles Taylor, antiguo hombre de
confianza de Doe, que, según afirmaba el presidente, le había robado un millón
de dólares, se había marchado a los Estados Unidos y allí, tras dejarse pillar
en algún negocio turbio, había dado con sus huesos en la cárcel. Pero había
huido, y ahora se encontraba en Costa de Marfil. Desde allí, con un grupo de
sesenta hombres, en diciembre de 1969 empieza una guerra contra Doe. Doe podría
destruirlo fácilmente, pero envía contra él a un ejército de sus krahn
descalzos, los cuales, en lugar de luchar contra Taylor, se lanzan a una rapiña
y pillaje indiscriminados. La noticia del avance de aquel ejército de
saqueadores se extiende rápidamente por la selva, y la población, aterrada y
con esperanza de salvarse, empieza a engrosar las filas de Taylor. Su ejército
crece a una velocidad vertiginosa, y tan sólo al cabo de seis meses se planta
en las afueras de Monrovia. En ese momento estalla una riña en su seno: quién
debe conquistar la ciudad y quién se hará con el botín. El jefe del Estado Mayor,
Prince Johnson, también antiguo hombre de confianza de Doe, rompe con Taylor y
crea su propio ejército. Ahora, los tres ejércitos —el de Doe, el de Taylor y
el de Johnson— luchan entre sí en y por la ciudad. Monrovia se convierte en una
ruina, arden barrios enteros y las calles se cubren de cadáveres. Finalmente,
intervienen los países del África Occidental. Nigeria envía, en barcos, a
destacamentos de paracaidistas, que en
el verano llegan al puerto de Monrovia. Doe se entera de ello y decide visitar
a los nigerianos. Se rodea por sus guardaespaldas y, en un Mercedes, se dirige
al puerto. Es el 9 de septiembre de 1990. El presidente atraviesa una ciudad
exhausta, devastada, saqueada y desierta. Cuando llega al puerto, ya lo están
esperando los hombres de Johnson. Abren fuego. Caen fulminados todos los
guardaespaldas. Él mismo recibe varios balazos en las piernas: no puede huir.
Lo atrapan, le atan las manos a la espalda y lo arrastran hacia el lugar del
suplicio. Johnson, ávido de publicidad, ordenó filmar detalladamente toda la
escena. En la pantalla vemos a un Johnson sentado y tomándose una cerveza. A su
lado está una mujer, de pie, que lo abanica y le enjuga el sudor de la frente
(hace mucho calor). En el suelo, vemos a Doe, atado y cubierto de sangre. Tiene
el rostro masacrado; apenas si se le ven los ojos. Alrededor se apiña una
multitud de hombres de Johnson, fascinada por la visión del dictador torturado.
Es un destacamento que recorre el país desde hace ya medio año, saqueando y
matando, y, aun así, la vista de la sangre, una y otra vez, vuelve a sumirlo en
un estado de éxtasis, de locura. Jóvenes muchachos se abren paso a codazos:
todos quieren verlo, saciar sus ojos. Doe está sentado en medio de un charco de
sangre, desnudo, empapado en sangre, en sudor y con el agua que echan sobre él
para que no se desmaye; la cabeza hinchada por los golpes. «¡Prince!», balbucea
Doe, dirigiéndose a Johnson (lo llama por su nombre de pila, porque al fin y al
cabo son compañeros: los que luchan unos contra otros y destruyen el país -Doe,
Taylor y Johnson- no son sino compañeros). «Ordena tan sólo que me aflojen las
cuerdas de las manos. Lo diré todo, ¡ordena tan sólo que me las aflojen!» Por
lo visto, le han atado las manos con tanta fuerza que éstas le producen más
dolor que las piernas, cosidas a balazos. Pero Johnson se limita a gritar a
Doe; grita en su dialecto local criollo del que no se puede comprender gran
cosa, excepto una: que Doe revele el número de su cuenta bancaria. En África,
cada vez que atrapan a un dictador, toda la investigación, las palizas y las
torturas giran, invariablemente, en torno a una misma cosa: el número de su
cuenta bancaria particular. En la opinión pública local, político es sinónimo
de jefe de un gang de delincuentes que hace negocios con el tráfico de drogas y
de armas, y pone el dinero a buen recaudo en cuentas abiertas en bancos
extranjeros, porque sabe que su carrera no durará mucho, que él mismo acabará
teniendo que huir y necesitará medios de vida.
—¡Cortadle las
orejas! —grita Johnson, furioso porque Doe no quiere hablar (aunque Doe dice
que ¡sí quiere!). Los soldados tumban al presidente en el suelo, lo inmovilizan
con las botas y uno de ellos, con su bayoneta, le corta una oreja. Se oye un
inhumano alarido de dolor.
-¡La otra oreja!
-grita Johnson. Se organiza un tremendo alboroto, todos están excitados, se
enzarzan en riñas: todos y cada uno quiere cortar la oreja al presidente. Se
vuelve a oír un alarido. Incorporan al presidente. Doe está sentado; su espalda
aguantada por la bota de un soldado; su cabeza, sin orejas y cubierta de
sangre, se balancea. Ahora Johnson, en realidad, no sabe qué más debe hacer.
¿Mandar cortarle la nariz? ¿Un brazo? ¿Una pierna? Salta a la vista que no se
le ocurre nada. Empieza a aburrirse.
-¡Lleváoslo de
aquí! -ordena a sus soldados, que lo someterán a nuevas torturas (también
filmadas).
Doe, apaleado y
masacrado, aún vivió varias horas. Murió desangrado. Cuando estuve en Monrovia,
el cásete que mostraba cómo se había torturado al presidente era el producto
más atractivo en el mercado de medios de comunicación. En la ciudad, sin
embargo, había pocos vídeos y, además, a menudo se repetían los cortes de luz.
Para contemplar la tortura (la película entera dura dos horas), la gente tenía
que hacerse invitar por los vecinos más acomodados o acudir a aquellos bares
donde el cásete estaba puesto siempre. Los que escriben sobre Europa tienen una
vida cómoda. El escritor puede, por ejemplo, detenerse en Florencia (o situar
allí a su protagonista). Y el resto se lo hace por él la historia. Le
proporcionan temas inagotables las obras de los arquitectos antiguos que
levantaron las iglesias florentinas, o las de los escultores que erigieron
estatuas extraordinarias, o las de los burgueses ricos que se pudieron permitir
construirse unas casas renacentistas de piedra, ricamente adornadas. Se puede
describir todo esto sin moverse de sitio o dando un breve paseo por la ciudad.
«Me detuve en la Piazza del Duomo», escribe el autor que se ha encontrado en
Florencia. A continuación, puede seguir una descripción, de muchas páginas, de
la riqueza de objetos, obras, maravillas del arte, productos del genio y buen
gusto humanos que lo rodean por todas partes, que ve allí donde dirija la
mirada, en los que está sumergido de lleno. «Y ahora camino por Il Corso e il
Borgo degli Albizi en dirección al museo de Miguel Ángel, para no perderme, de
ninguna manera, el bajorrelieve de la Madonna della Scala», escribe nuestro
autor. ¡Qué buena vida la suya! Basta con que camine y mire. El mundo que lo
rodea se le coloca él solo bajo la pluma. Puede crear todo un capítulo a
propósito de un breve paseo. Tiene a su disposición una gran riqueza, ¡una
abundancia infinita! Tomemos a Balzac. Tomemos a Proust. Página tras página, se
suceden listas, catálogos y enumeraciones de objetos inventados y fabricados
por miles de ebanistas, tallistas, bataneros y canteros; cosas hechas por
incontables manos hábiles y sensibles que, con sumo mimo, han construido en
Europa ciudades y calles, levantado casas y decorado sus interiores.
Monrovia coloca al
recién llegado en una situación del todo diferente. Sus casuchas, descuidadas,
pobres y de idéntico aspecto, forman filas kilométricas, una calle desemboca en
otra y un barrio se convierte en el siguiente de un modo tan imperceptible que
sólo el cansancio, que notaremos muy pronto en este clima, nos informará de que
hemos pasado de una parte de la ciudad a otra. También el interior de las casas
(con la excepción de los pocos chalets propiedad de los hombres adinerados y de
los dignatarios) resulta igualmente mísero y monótono. Una mesa, un par de
sillas o taburetes, una cama de matrimonio metálica, esteras de rafia o de
plástico para los niños, clavos en la pared para colgar el vestido y unas
estampas de colorines, por lo general recortadas de alguna revista. Una olla
grande, para hervir el arroz, y otra más pequeña, para cocer la salsa, y tazas,
para el agua y el té. Una palangana de plástico, para lavarse, la cual, en el
caso de tener que huir (necesidad que, en vista de las luchas continuas,
últimamente se ha repetido a menudo), se convierte en una especie de maleta que
siempre se tiene a mano y que las mujeres llevan sobre la cabeza. ¿Y eso es
todo? Pues, más o menos, sí. Lo más fácil y barato es construirse una casa de
hojalata de cinc ondulada. Sustituye la puerta una cortina de percal, los
agujeros que hacen las veces de ventanas son pequeños y durante la estación de
las lluvias, que aquí es larga y pesada, se tapan con trozos de cartón o de
contrachapado. Una casa como ésta, durante el día arde como un horno, sus
paredes queman y vomitan fuego, el techo chisporrotea y se funde bajo el sol;
de modo que desde el alba hasta el anochecer, nadie se atreve a entrar en ella.
Apenas empieza a clarear, el primer haz de la aurora expulsa a todos sus
habitantes, aún medio dormidos, al patio y la calle, donde se quedarán hasta la
noche. Empapados en sudor, mientras salen al exterior se rascan las ampollas
producto de las picaduras de los mosquitos y de las arañas y echan un vistazo
al interior de la olla, a ver si ha quedado allí algún resto del arroz del día
anterior. Miran la calle, las casas de los vecinos, sin curiosidad, sin
expectativas. A lo mejor habría que hacer algo. Pero ¿qué? ¿Qué hacer?
Por la mañana me
voy a pasear por la Carrey Street, junto a la cual está mi hotel. Es el centro
de la ciudad, su barrio comercial. No se puede ir muy lejos. Por todas partes,
apoyados contra las paredes, se sientan grupos de bayaye, muchachos hambrientos
sin nada que hacer, sin esperanza alguna, sin oportunidades para una vida
diferente. Me abordan ya para preguntarme de dónde soy, ya para decirme que
serán mis guías, ya para pedirme que les consiga una beca en Norteamérica. Ni
siguiera quieren un dólar para un panecillo, no, apuntan mucho más alto:
Norteamérica. Después de cien metros ya me veo rodeado por niños pequeños de
caras hinchadas y ojos cansados, algunos sin un brazo o sin una pierna.
Mendigan. Son los soldados de las Small Boys Units de Charles Taylor, las más
terribles de sus unidades. Taylor recluta a niños pequeños y les da armas.
También les da drogas, y cuando se hallan bajo sus efectos, empuja a esos niños
al ataque. Los chiquillos, atontados, se comportan como kamikazes, se lanzan al
fragor de la lucha, van directamente al encuentro de las balas, estallan junto
con las minas. Cuando su dependencia crece hasta tal punto que dejan de ser
útiles, Taylor los expulsa. Algunos llegan hasta Monrovia y acaban su breve
vida en alguna cuneta o basurero, comidos por la malaria o por el cólera o por
los chacales.
En realidad, no se
sabe por qué Doe fue al puerto (provocando así su muerte). Es posible que se
hubiese olvidado de que era presidente. Había llegado a serlo diez años atrás,
a decir verdad, por casualidad. Él y un grupo de dieciséis compañeros,
suboficiales profesionales como él, fueron a la residencia del presidente
Tolbert para preguntar cuándo se les pagaría la soldada atrasada. No se toparon
con ningún guardaespaldas, y Tolbert dormía. Aprovecharon la ocasión para
coserlo a bayonetazos. Y Doe, el mayor del grupo, ocupó su lugar. Por regla
general, en Monrovia nadie respetaba a los suboficiales, y he
aquí que de repente
todo el mundo había empezado a saludarlo, a aplaudirlo y a abrirse paso a
codazos con tal de estrecharle la mano. Eso le gustó. Aprendió de prisa varias
cosas. Que si la multitud aplaude, hay que levantar los brazos en un gesto de
saludo y victoria. Que para diversos tipos de salidas nocturnas, en lugar del
uniforme de campaña, hay que ponerse un traje cruzado de color oscuro. Que si
en alguna parte aparece un adversario, enseguida hay que darle caza y matarlo.
Pero no lo aprendió todo. No sabía, por ejemplo, qué hacer si sus antiguos
compañeros —Taylor y Johnson— le tomaban todo el país, la capital incluida, y
empezaban a sitiar su residencia. Tanto Taylor como Johnson, que tenían sus
respectivas hordas compitiendo el uno con el otro, ambicionaban el poder (que
seguía en manos de Doe). En semejantes ambiciones, por supuesto, no había lugar
para cosas tales como un programa, la democracia o la soberanía. Sólo se
trataba de controlar la caja. Doe lo había hecho durante diez años. Los otros
estaban en su derecho de considerar que era más que suficiente. Más aún: ¡se lo
decían en la cara! «Sólo pretendemos», repitieron en decenas de entrevistas
«deponer a Samuel Doe. Al día siguiente habrá paz.»
Doe no supo
reaccionar ante algo así: simplemente, se perdió a sí mismo. En lugar de actuar
—con armas o por medios pacíficos-, no hizo nada. Encerrado en su residencia,
no sabía muy bien lo que ocurría a su alrededor, aunque desde hacía tres meses
la ciudad era escenario de encarnizadas batallas. Y un buen día alguien le
informa de que unas tropas nigerianas habían llegado al puerto. Como presidente
de la república, estaba en su derecho de preguntar oficialmente en razón de qué
unas tropas extranjeras entraban en el territorio de su país. Pudo haber
exigido que el comandante de dicho ejército compareciese en su residencia con
una explicación. Pero Doe no hizo nada de esto. Se despertó en él la naturaleza
del suboficial de reconocimiento, del sargento-explorador. ¡Ya vería él mismo
de dónde soplaba el viento¡ Así que sube al coche y va al puerto. Pero ¿no sabe
acaso que esta parte de la ciudad está ocupada por Johnson, que quiere
descuartizarlo? ¿Y que no es costumbre que el presidente de un país vaya a
presentarse al comandante de un ejército extranjero? O, a lo mejor, realmente
no lo sabía. O tal vez sí, pero la imaginación le jugó una mala pasada; o no se
lo había planteado y actuó de forma irreflexiva. La historia a menudo es
producto de la irreflexión. Es una hija bastarda de la estupidez humana, el
fruto de unas mentes onnubiladas, de la idiotez y de la locura. En casos tales,
la escriben personas que no saben lo que hacen, más aún, que no quieren
saberlo; rechazan tal posibilidad con furia y repugnancia. Vemos cómo avanzan
hacia su propia aniquilación, cómo preparan sus propias trampas, cómo se atan
la soga al cuello, con qué celo y diligencia comprueban si esas trampas y sogas
son lo bastante fuertes, si resistirán y serán eficaces.
Las últimas horas
de Doe nos permiten contemplar la historia en el punto y el instante en que
ésta se desmorona en su caída total. La diosa digna y altiva, en un momento
así, se convierte en su propia caricatura, sangrienta y penosa. He aquí a unos
sicarios de Johnson que hieren al presidente en las
piernas, para que
no pueda escapar, lo atrapan y, tras inmovilizárselas dolorosamente, le atan
las manos. Aún lo torturarán más, durante casi una veintena de horas. Y todo
esto ocurre en una ciudad en la que, al fin y al cabo, funciona todavía un
gobierno legal. ¿Dónde están sus ministros? ¿Qué hacen los demás funcionarios?
¿Dónde se ha metido la policía? Se tortura al presidente junto al edificio que
acaban de ocupar los soldados nigerianos que han acudido a Monrovia para
proteger el poder legal. Y esos soldados, ¿qué? ¿Nada? ¿No les atañe en
absoluto la cuestión? ¡Pero aún hay más! A pocos kilómetros del puerto
estacionan varios cientos de soldados pertenecientes a la selecta guardia
presidencial, cuyo único cometido y sentido de su existencia consiste en
proteger al jefe del Estado. Y dicho jefe ha salido por la mañana para hacer
una breve visita al puerto, pero pasan las horas y no hay de él ni rastro. ¿Ni
siquiera se preguntan, aunque sea por curiosidad, qué le habrá pasado? ¿Dónde
se habrá metido? Volvamos, sin embargo, a la escena en que Johnson interroga al
presidente. Johnson quiere averiguar dónde tiene Doe su cuenta bancaria. Doe
gime, las heridas le ocasionan dolor; hace una hora ha recibido entre diez y
quince balazos. Balbucea algo, no se sabe qué. ¿Dice acaso el número de la
cuenta? A todo esto, ¿seguro que tiene una? Johnson, furioso, ordena cortarle
las orejas inmediatamente. ¿Por qué? ¿Es una decisión juiciosa? ¿No comprende
Johnson que desde ese momento la sangre tapará los conductos auditivos del
presidente y que la conversación con él será aún más difícil? Está claro que
ninguno de estos hombres consigue hacerse con las riendas de los
acontecimientos, cómo los supera la situación, cómo, a fuerza de chapuzas,
estropean, una tras otra, las cosas. Y cómo luego, ciegos de rabia, intentan
arreglarlas. Pero ¿se puede acaso arreglar algo pegando gritos? ¿O ensañándose?
¿O matando a otros? La muerte de Doe no interrumpió la guerra. Taylor luchaba
contra Johnson, y ambos, contra lo que quedaba de las fuerzas armadas
liberianas, y contra todos ellos, los ejércitos de intervención de varios
países africanos, los cuales, bajo el nombre de ECO-MOG, debían imponer el
orden en Liberia. Tras prolongados combates el ECOMOG ocupó Monrovia y las
afueras de la ciudad, dejando el resto del país en manos de Taylor y de otros
jefecillos de su misma calaña. Se podía uno mover por la capital, pero después
de recorrer unos veinte o treinta kilómetros, de repente se topaba en el camino
con un puesto de soldados de Ghana, de
Guinea o de Sierra Leona, que paraban a todo el mundo: no se podía seguir viaje.
Lo que había más allá era un infierno al que ni siquiera aquellos soldados
armados hasta los dientes tenían valor de asomarse. Se trataba de un territorio
controlado por los jefecillos liberianos, jefecillos (que tanto siguen
abundando también en otros países africanos) que recibían en África el nombre
de señores de la guerra, warlords.
El warlord no es
sino un antiguo oficial, ministro o miembro destacado del partido gobernante, o
bien otro personaje fuerte e implacable, ávido de poder y de dinero, falto de
escrúpulos y que, aprovechando el desmoronamiento del Estado (a lo que él mismo
ha contribuido y sigue haciéndolo), pretende recortar para sí un miniestado
propio, no oficial, donde ejercer un poder dictatorial. Por lo general, el
warlord usa para este fin la tribu o el clan al que pertenece. Y no son sino
los señores de la guerra los que siembran en África el odio racial y tribal.
Aunque, eso sí, sin reconocerlo jamás. Siempre se proclamarán líderes de un
movimiento o partido de carácter nacional. Lo más común es que se hable de un
Movimiento de Liberación de Esto y Aquello, o de un Movimiento en Defensa de la
Democracia o de la Independencia. Nada por debajo de tamaños ideales. Una vez
elegido el nombre, el warlord procede al reclutamiento de su ejército. Esto no
supone ningún problema. En cada uno de los países, en todas las ciudades, hay
miles de muchachos hambrientos y sin trabajo que sueñan con formar parte de un
grupo así. El líder, al fin y al cabo, les entregará un arma y, también -cosa
igualmente importante-, el sentimiento de pertenecer a algo. En la mayoría de
los casos, el caudillo no les pagará nada. Les dirá: «Tenéis un arma,
alimentaos vosotros mismos.» Con este visto bueno tienen suficiente: ya sabrán
qué hacer.
El armamento
tampoco es problema. Es barato y lo hay en abundancia por todas partes. Además,
los warlords tienen dinero. Bien porque lo han robado a las instituciones
estatales (en su antigua calidad de ministros o generales), bien porque sacan
unos beneficios, en tanto que ocupantes, de aquellas partes del país que tienen
un valor económico, es decir, de territorios donde hay minas, fábricas, bosques
por talar, puertos marítimos, aeropuertos, etc. Por ejemplo, Taylor en Liberia
y Savimbi en Angola ocupan territorios en que se hallan minas de diamantes.
Muchas de las guerras africanas podrían recibir el nombre de la preciosa
piedra. Como la de la provincia congoleña de Kasai o la de Sierra Leona, que,
siempre por la misma causa, los diamantes, se prolonga desde hace años. Aunque
no sólo las minas reportan dinero. Los caminos y los ríos también constituyen
una buena fuente de ingresos: se puede apostar en ellos a unos soldados y
cobrar peaje a todo el mundo. Otra fuente inagotable de ganancias para los
warlords la constituye la ayuda humanitaria que el mundo destina a la población
africana mísera y hambrienta. Los señores de la guerra se llevan de cada
transporte tantos sacos de grano y tantos litros de aceite como necesitan. Y es
que aquí rige una ley que dice: el que tiene un arma es el primero en comer.
Los hambrientos sólo pueden llevarse lo que quede. He ahí un problema para las
organizaciones internacionales: si no entregan su parte a los facinerosos,
éstos no dejarán pasar ningún transporte con ayuda y los hambrientos morirán.
De modo que se les entrega a los jefecillos lo que quieren, con la esperanza de
que algún resto acabe llegando a las víctimas de las hambrunas.
Los warlords son,
al mismo tiempo, causa y efecto de la crisis en que se han sumido muchos países
del continente en la época poscolonial. Si oímos que algún país africano
empieza a tambalearse, podemos estar seguros de que no tardarán en aparecer los
warlords. Angola, Sudán, Somalia, El Chad; están en todas partes y en todas
partes ejercen su dominio. ¿Que qué hace un warlord? Teóricamente, lucha contra
otros warlords. Aunque no siempre tiene que ser así. Lo más común es que se
dedique a saquear a una población indefensa, la de su propio país. Es lo
contrario de Robín Hood. Robin Hood quitaba a los ricos para dárselo a los
pobres. El warlord quita a los pobres para enriquecerse él mismo y para
alimentar a su horda. Nos movemos en un mundo en que la miseria condena a
muerte a unos y convierte en monstruos a otros. Los primeros son las víctimas y
los segundos, los verdugos. No hay nadie más. El warlord tiene a sus víctimas
al alcance de la mano. No necesita ir lejos en su busca: son los habitantes de
aldeas y pueblos vecinos. Sus bandas, compuestas de condotieros semidesnudos y
calzados con zapatillas de deporte rotas, no paran de merodear por el territorio
de su warlord en busca de botín. Para estos desgraciados -hambrientos,
embrutecidos y a menudo drogados- todo puede ser objeto de pillaje. Un puñado
de arroz, una camisa vieja, un trozo de manta o una olla de barro son cosas
sumamente deseadas, son piezas de valor que hacen vibrar y encienden chispas en
los ojos. Pero la gente ha adquirido ya cierta experiencia. Basta con la
noticia de que se aproximan las hordas de algún warlord para que todo el mundo
se ponga a hacer las maletas y emprenda la huida. Es precisamente esa gente
formando kilométricas columnas a la que ven en sus televisores los habitantes
de Europa y de América. Observémoslas. Por lo general, se trata de mujeres y
niños. Y es que las guerras de los warlords van dirigidas contra los más débiles.
Contra los que no pueden defenderse. Ni saben hacerlo ni tienen con qué.
Fijémonos, también, en lo que llevan ellas: un hatillo sobre la cabeza o una
palangana que contiene las cosas más imprescindibles, es decir, un saquito de
arroz o de mijo, una cuchara, un cuchillo y un trozo de jabón. Nada más tienen.
Ese hatillo, esa palangana, es su único tesoro, la fortuna que han amasado
durante toda su vida, la riqueza con la que entrarán en el siglo XXI.
El número de
warlords va en aumento. Es una nueva fuerza, una nueva clase de soberanos. Al
apropiarse de los bocados más suculentos, de las partes más ricas de sus
países, hacen que el Estado, aunque consiga mantenerse a flote, siempre será
débil, pobre e impotente. Por eso muchos de ellos intentan defenderse creando
alianzas y asociaciones que les permitan luchar por su supervivencia, que les
permitan seguir existiendo. Por eso mismo África es tan infrecuente escenario
de guerras interestatales: a los países del continente los une una misma
desgracia; inseguros de su destino, comparten un futuro incierto. Por el
contrario, abundan las guerras civiles, es decir aquellas en cuyo curso los
warlords se reparten el país entre ellos y saquean a sus habitantes y se
adueñan de las tierras y de las materias primas. Aunque también sucede a veces
que los warlords lleguen a la conclusión de que todo lo que había por robar ya
ha sido rapiñado y se ha agotado la fuente de sus ingresos. Entonces empiezan
lo que llaman un proceso de paz. Convocan una conferencia de las facciones en
lucha (la llamada warring factions conference), firman un acuerdo y fijan una
fecha para unas elecciones. En respuesta, el Banco Mundial les concederá todos
los préstamos y créditos que soliciten. Entonces los warlords serán todavía más
ricos de lo que han sido, pues al Banco Mundial se le puede arrancar mucho más
que a unos compatriotas muertos de hambre. John y Zado han venido al hotel. Me
llevarán a la ciudad. Pero primero iremos a tomar un trago, pues desde por la
mañana el calor no para de atormentarnos. Incluso a esta hora, el bar está
lleno: la gente tiene miedo de salir a la calle, aquí se siente más segura.
Africanos, europeos, hindúes... Conocí a uno de ellos en una ocasión anterior.
Es James P, un funcionario de ferrocarril jubilado. ¿Qué hace aquí? No
contesta; sonríe y hace un gesto indefinido con la mano. En torno a las mesas,
torcidas y pegajosas, se sientan unas prostitutas sin nada que hacer. Negras,
medio dormidas, muy guapas. El dueño libanés se inclina por encima de la barra
y me dice al oído:
-Todos éstos son unos ladrones. Su deseo es
hacer dinero y marcharse a América. Todos trafican con diamantes. Los compran
por nada a los warlords y se los llevan a Oriente Medio en aviones rusos.
-¿Rusos? -pregunto,
sorprendido.
-Sí -contesta-. Ve
al aeropuerto. Allí verás estacionados unos aviones rusos. Son los que llevan
diamantes a Oriente Medio. Al Líbano, al Yemen y, mayormente, a Dubai. Durante
nuestra charla el bar se ha quedado desierto. De repente se ha hecho más amplio
y espacioso.
-¿Qué ha pasado?
-pregunto al libanés.
-Han visto que
tienes una cámara fotográfica y han preferido largarse: no quieren ser captados
por un objetivo.
Nosotros también
salimos al exterior. Enseguida nos notamos envueltos por un aire húmedo y
tórrido. No sabe uno dónde meterse. Dentro del edificio, un calor de justicia;
fuera, otro tanto. No se puede caminar, ni tampoco quedarse sentado, ni
tumbado, ni viajar en coche. Una temperatura semejante mata todas las energías,
sensaciones y curiosidad. ¿En qué se piensa? En cómo llegar hasta el final del
día. ¡Vaya!, ya ha pasado la mañana. ¡Vaya!, ya son más de las doce. Por fin
empieza a atardecer. Pero el atardecer tampoco trae mejoría alguna, no suprime
el aplastante peso del bochorno. La tarde resulta igual de sofocante, viscosa y
pegajosa. ¿Y el anochecer? El anochecer despide los vahos de una niebla tórrida
y asfixiante. ¿Y la noche? La noche nos envuelve en una sábana caliente y
mojada. Por suerte muchos asuntos se pueden resolver en las inmediaciones del
hotel. Así, en primer lugar: cambiar dinero. No circula más que un billete:
cinco dólares liberianos, que equivalen a unos cinco centavos americanos. Se
apilan fajos de esos billetes de cinco dólares sobre unas mesas pequeñas
colocadas en la calle: cambio de moneda. Para comprar algo, uno tiene que
llevar una bolsa llena de dinero. Pero nuestra transacción resulta fácil: en
una mesa lo cambiamos y en la siguiente compramos combustible. La gasolina se
vende en botellas de un litro; las gasolineras están cerradas y sólo funciona
el mercado negro. Me fijo en las cantidades que compra la gente: un litro o
dos. No hay dinero para más. Como John es rico, compra diez.
Ponemos el coche en
marcha. Espero a ver qué quieren enseñarme John y Zado. Resulta que primero
tengo que ver cosas imponentes. Imponentes quiere decir americanas. En las
afueras de Monrovia, después de unos pocos kilómetros de viaje, empieza un gran
bosque de metal. Mástiles y más mástiles. Altos y macizos, salen de ellos unas
extremidades y ramificaciones que llegan aún más alto, redes enteras de
antenas, varas y alambres. Estas construcciones se prolongan durante muchos
kilómetros; en un momento dado tenemos la impresión de que nos encontramos en
un mundo de ciencia ficción, cerrado, incomprensible, perteneciente a otro
planeta. Es la emisora de la Voz de América para Europa, África y Oriente
Medio, construida en la época anterior a los satélites, durante la Segunda
Guerra Mundial, ahora inactiva, abandonada y comida por la corrosión. Luego vamos
al otro extremo de la ciudad, a un lugar desde el cual se abre ante nosotros
una llanura inmensa, unas praderas lisas e infinitas que se ven cortadas por
una pista de despegue, hecha de cemento. Es el aeropuerto de Robertsfield, el
más grande de África y uno de los mayores del mundo. Ahora cerrado, aparece
vacío y destruido (funciona sólo el pequeño aeropuerto de la ciudad, donde
aterrizó mi avión). La terminal está devastada por un bombardeo y la pista de
despegue, llena de cráteres por efecto de bombas y proyectiles. Finalmente, el
objetivo más grande, un Estado dentro de otro Estado: la plantación de caucho
de la Firestone. Sólo que no resulta nada fácil llegar hasta allí, pues a cada
momento nos topamos con un puesto militar. Todos ellos están provistos de una
barrera ante la cual es obligatorio detenerse. Detenerse y esperar. Pasado un
tiempo, de una garita sale un soldado. De una garita o de detrás de unos sacos
de arena, según. Empieza a preguntar: ¿quién?, ¿qué? La lentitud de sus
movimientos, sus espaciados monosílabos, su mirada opaca y misteriosa, la
reflexión y meditación que se reflejan en su rostro, todo pretende conferir
seriedad y autoridad a la persona y cargo de vigilante. «¿Podemos seguir?»
Antes de contestarnos, el soldado se enjugará la sudor de la cara, mejorará la
colocación de su arma, mirará el coche desde todos los ángulos, antes de, antes
de... Finalmente, John decide dar media vuelta: no llegaremos a destino antes
de la noche y a partir del crepúsculo todos los caminos están cerrados; no
tendremos dónde meternos.
Estamos de vuelta
en la ciudad. Me llevan a un pequeño parque en el que, esparcidos por el suelo
y ya cubiertos por la maleza, se ven los pedazos del monumento que saltó por
los aires, erigido al presidente Tubman. Fue Doe quien había ordenado volarlo,
para demostrar que la época del dominio de los antiguos esclavos americanos se
había acabado y que el poder había pasado a manos del oprimido pueblo de
Liberia. Aquí, si algo se destruye, destroza o hace añicos, así se queda para
siempre. Si al borde de un camino encontramos los restos de una carrocería
oxidados y empotrados en un tronco, quiere decir que
años ha un coche se
había estrellado contra un árbol y sus restos siguen ahí hasta hoy. Si un árbol
cae en medio de una carretera, no lo moverán; harán un rodeo por el campo hasta
que trillen un camino nuevo. Si una casa no se acaba de construir, así se
quedará; la que está hecha una ruina, también lo seguirá estando para siempre.
El monumento corre la misma suerte. No piensan reconstruirlo, pero tampoco
recogerán los pedazos. Es el propio acto de la destrucción lo que da el
carpetazo al asunto: si queda algún vestigio material, éste ya no tiene ninguna
importancia, ni peso, de modo que no merece la pena prestarle más atención.
Un poco más allá,
más cerca del puerto y del mar, nos detenemos en un lugar desierto, delante de
una montaña de basura que apesta horrores. Se ven ratas correteando entre la
inmundicia. En lo alto, unos buitres vuelan en círculos. John salta del coche y
desaparece entre las cabañas circundantes, hechas una ruina. Al cabo de un rato
se presenta en compañía de un anciano. Lo seguimos. Me sacude un
estremecimiento de asco, pues las ratas, sin miedo, no paran de pasearse entre
nuestros pies. Me tapo la nariz con los dedos, casi hasta la asfixia. Al final
el anciano se detiene para señalar hacia una pendiente putrefacta del
vertedero. Dice algo.
-Dice -me traduce
Zado- que aquí arrojaron el cadáver de Doe. Es por aquí, aquí mismo. Para
respirar un aire más puro, hicimos un paseo más: al río de San Pablo. El río
marcaba la frontera entre Monrovia y el mundo de los warlords. Había un puente
tendido sobre él. Por el lado de Monrovia se extendían, infinitas, las cabañas
y guaridas de un campo de refugiados. También había allí un mercado muy grande,
reino multicolor de unas vendedoras excitadas y febriles. Los del otro lado del
río, los que vivían en el interior del infierno de los warlords, en un mundo
donde imperaban el terror, el hambre y la muerte, podían pasar a nuestra orilla
para hacer compras, sólo que antes de enfilar el puente debían dejar las armas.
Me puse a mirarlos y vi cómo, una vez cruzado el mismo, se detenían,
desconfiados e inseguros, sorprendidos de que existiese un mundo normal. Y cómo
extendían las manos, como si se tratase de algo material, algo que se pudiera
tocar.
También vi allí a
un hombre que iba desnudo, pero con un kaláshnikov al hombro. La gente se
apartaba a su paso y hacía un rodeo para evitarlo. Seguramente era un loco. Un
loco con un kaláshnikov.
Del libro Ébano (Editorial Anagrama-Barcelona)
Del libro Ébano (Editorial Anagrama-Barcelona)