Mostrando entradas con la etiqueta Juan Villoro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Villoro. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Madona de Guadalupe

Por Juan Villoro

Las hermanas Uribe eran tan distintas como sus nombres: Concepción y Magali. Concepción usaba pantuflas de peluche, el fondo se le asomaba bajo la falda y tenía los ojos apagados de quien ha leído veinte veces seguidas el Pentateuco. Magali desayunaba dos aspirinas con café negro. Sus abortos superaban en número a los pretendientes de Concepción. Y lo que son las cosas: Concepción era más bonita que Magali, pero sus rasgos pálidos y su mirada ausente hacían pensar en la santidad o en el suplicio: la belleza sufrida que tanto atrae a santos y vampiros. Concepción moriría virgen o descuartizada.
En contraste con el semblante evaporado de su hermana, Magali tenía una sangre bulliciosa, un cuerpo que era un dechado de redondeces, un pequeño lunar sobre la boca y el labio superior ligeramente alzado, como si estuviera besando una burbuja. Era imposible verla sin pensar en las múltiples y deliciosas aplicaciones de esa boca. La educación católica de las Uribe fue tan severa que las primeras fantasías eróticas de Magali emanaron de la religión. En las paredes de la casa había cuadros de santos que parecían gozar con la tortura: ojos pulidos por el placer del sufrimiento. Éxtasis. Raptos místicos. Agonías. Dicha. Transfiguraciones. Gestos de quienes están a unos latidos de la muerte o el orgasmo. Pero estas imágenes no eran nada en comparación con las historias que les contaba su mamá de cierta santa, bellísima, que se clavaba espinas en los senos y bañaba con su sangre a un cristo de tamaño natural. La mamá hablaba con deleite del martirio de la santa, del hermosos cuerpo cubierto de pústulas. Sus historias eran la función de media noche de la religión.
El papá de Magali era más aburrido. Le gustaba hablar del cordero pascual y su acto más heroico se remontaba a los años sesenta: pegó en una pared de la calle una etiqueta de “Cristianismo sí, comunismo no”. Tenía una espada de Caballero de Colón que jamás había blandido contra jacobino alguno. Concepción parecía haber salido de un cuadro de la casa. Sus manos delgadas le quitaban el polvo al crucifijo con el que Magali pensaba en masturbarse. Pero esta blasfemia no fue necesaria: Magali acababa de cumplir dieciséis años cuando Tacho la invitó al cine Manacar. A ella no le sorprendió mucho que dejaran el cine a un lado y siguieran por Insurgentes hasta un motel en la salida de Cuernavaca. Durante la preparatoria Magali se acostumbró a llevar una existencia doble. Salía a la calle vestida como la esposa de un cuáquero. Lo único extraño era que en vez de bolsa usaba maletín. De su casa iba a la de Susi. Ahí abría el maletín y las ropas salían en muchos colores. También se quitaba su brasier acorazado. La casa de los Uribe era una amurallada ciudad de Dios. Sin embargo, no estaba en el Sinaí sino justo en el centro de Ciudad Satélite, ese purgatorio con discotecas.
A pesar de la renuencia de sus papás para dejarla salir en las noches, Magali se las ingenió para conocer todas las discotecas y los video-bares del norte de la ciudad. Siempre decía que iba a estudiar a casa de Susi. A juzgar por las desveladas, debía ser la mejor alumna del salón. A fin de año se tuvo que acostar con tres maestros para justificar sus buenas calificaciones. Cuando la invitaron a una fiesta de disfraces, decidió unir sus vidas paralelas: se disfrazó de monja apetitosa: cofia y minifalda. Salió de la fiesta con un amigo disfrazado del capitán Nemo. El viento se hizo cargo de las piernas de Magali; al llegar al coche temblaba en tal forma que el capitán empezó ofreciéndole su saco y acabó quitándole el vestido. En eso estaban cuando una camioneta de policía se detuvo junto a ellos. El incidente podía significar poco en otros lados, pero en el Estado de México equivalía a la llegada de una división nazi al gueto de Varsovia. El primer golpe rompió el parabrisas. Los cristales reventaron en esquirlas sobre los cuerpos semidesnudos. Nemo fue noqueado con la cacha de una pistola. Lo arrastraron de un pie; su cabeza golpeó con el estribo del coche; un ruido sordo, laminoso. Lo pusieron de pie. Las barbas postizas se le habían pegado absurdamente en el pecho.
Magali vio el picahielo. Había algo equívoco, una humillación adicional en esa arma de asesino de barrio. No pudo contar las puñaladas que recibía su amigo. Un policía la golpeó con tal fuerza que la sangre se mezcló con las lágrimas; un velo pastoso le impidió distinguir a los sucesivos violadores. Otro golpe le hizo perder el conocimiento. Despertó de madrugada, envuelta por un olor agrio que la hizo vomitar sobre el asiento. En el pelo se le habían formado coágulos de sangre. De su amigo sólo quedaban las barbas sobre el asfalto. Estuvo una semana en cama. El médico de la familia, que siempre hablaba del asesino húngaro que inventó la píldora anticonceptiva, auscultó a Magali y más que por sus golpes se alarmó de que no fuera virgen al ocurrir el asalto. Los papás cancelaron cualquier tentativa de hacer una denuncia. En cuanto su hija sanó, la mandaron de interna a San Luis Potosí. O trataron de mandarla, pues ella se bajó del camión en Querétaro, y regresó a la capital. Para esas alturas, Susi era amante de un millonario que había recorrido todos los atajos del aliviane (psicoanálisis lacaniano, retiros de meditación en haciendas de cinco estrellas, dietas energéticas y mariguana en dosis moderadas). El arquitecto Vallarta había pasado de los viajes para esquiar en Vail a los viajes de “exploración interior” en Nepal (por alguna extraña razón su interior quedaba a 24 horas de avión). Siempre en busca del bálsamo que le quitara la mala conciencia de su yate en Acapulco, patrocinaba todo tipo de accidentes culturales, desde una obra donde los actores salían de células y leucocitos hasta una exposición de cajas de jabón Don Máximo que alguien le vendió como arte conceptual.
Magali no podía regresar a su casa sin un Concilio del Vaticano de por medio, así es que fue a ver a Susi. Vallarta encontró un nuevo motivo de expiación: no sólo le prestó a Magali una casa en San Pedro de los Pinos, sino que le encontró vocación para el canto (el arquitecto acababa de regresar de un “curso motivacional” en Nebraska que le reveló las insospechadas potencialidades de sus semejantes). La casa de San Pedro de los Pinos había sido habitada por un artista cinético apoyado por Vallarta. En vez de ventanas había remolinos de luz. En esa vacilante atmósfera, Magali escuchó por primera vez a Madonna. Finalizaba el 83 y los locutores de radio no hacían sino hablar del ombligo de Madonna, del estómago redondito que se movía al compás de Burning Up. Magali se entusiasmó con esa rocanrolera voluptuosa que había escogido como símbolo nada menos que ¡el crucifijo!; era el primer caso de cachondería católica en la música de rock. En vez de collar, Madonna usaba un rosario color turquesa. De repente Magali se dio cuenta de lo chic que podían ser todos los escapularios de su infancia. Se compró un collar de perlas de plástico rosa, guantes negros, una blusa semitransparente de encajes y aretes en forma de cruz. No le costó trabajo convencer al amante de Susi de que le patrocinara la grabación de un disco.
Llegó al estudio masticando chicle. Cantó con pasión, con una voz dolida y áspera que tenía más que ver con su infancia solitaria y sus treinta amantes gandallas que con las clases de canto que le pagó Vallarta. Al cabo de 36 horas quedó concluida la grabación de Madona de Guadalupe. Gracias a sus conocimientos de religión, Magali pudo escribir letras de una mocha sensualidad. Se tiñó el pelo de un color incierto, como champaña con granadina, y contrató a los cuatro músicos más parecidos a Juan Diego. Aunque las estaciones de radio se negaron a trasmitir su espasmódica voz guadalupana, Magali pronto tuvo un extenso séquito de admiradores. La gente llegaba a sus conciertos con crucifijos de todos tamaños. Al promediar la función, los cuatro músicos se arrodillaban y acariciaban a la seductora Madona de Guadalupe. Al fondo del escenario había una gigantesca cruz de neón. Magali se despedía arrojando hostias multicolores sobre sus fieles.
El 31 de diciembre, decidió dar un concierto en la explanada de la Basílica de Guadalupe, al mismo tiempo que se celebraba la misa de gallo. Sus senos sin brasier se balancearon frente a tres mil fanáticos. Magali había sido elogiada por todas las publicaciones a la izquierda del Excélsior y por algunos teólogos de la liberación, pero también había recibido amenazas dignas del Santo Oficio. El concierto tenía el atractivo de la incertidumbre, de la catástrofe a punto de ocurrir. Para protegerse de posibles ataques, la cantante había contratado a una nueva versión de los templarios: veinte devotos karatekas.
Magali fue acariciada por sus músicos, pero la policía llegó antes de que repartiera hostias multicolores. Ella no se dejó amedrentar. Con la misma pasión que inyectaba en sus canciones, azuzó a la multitud a lanzarse contra la policía. Los karatekas formaron un cordón en torno al escenario mientras los tres mil feligreses se enfrentaban a un puño limpio contra las macanas y los gases lacrimógenos. Después de dos horas de encarnizada trifulca, la policía quedó reducida a un montón de bultos y gorras azules. El coche de Magali llegó junto al escenario; las cruces fosforescentes en las puertas parecían brillar más que nunca. Antes de subir al auto, vio a un policía tirado cerca del escenario. Caminó despacio hasta el cuerpo desmayado. Su zapato rojo se posó con suavidad sobre la nariz del policía. Luego la trituró de un pisotón. Magali escuchó el agradable crujido del cartílago. Después continuó rumbo al coche. El viento fresco le agitaba el pelo y los escapularios.

domingo, 2 de septiembre de 2012


Entre la literatura y el periodismo

La crónica, ornitorrinco de la prosa

La imposibilidad de ser objetivo y la necesidad de contar lo que no ocurrió, pero pudo haber sucedido, son algunos aspectos que aparecen en este ensayo, que forma parte del libro Safari accidental, publicado recientemente en México por la editorial Joaquín Mortiz

Por Juan Villoro

La vida está hecha de malentendidos: los solteros y los casados se envidian por razones tristemente imaginarias. Lo mismo ocurre con escritores y periodistas. El fabulador "puro" suele envidiar las energías que el reportero absorbe de la realidad, la forma en que es reconocido por meseros y azafatas, incluso su chaleco de corresponsal de guerra (lleno de bolsas para rollos fotográficos y papeles de emergencia). Por su parte, el curtido periodista suele admirar el lento calvario de los narradores, entre otras cosas porque nunca se sometería a él. Además, está el asunto del prestigio. Dueño del presente, el "líder de opinión" sabe que la posteridad, siempre dramática, preferirá al misántropo que perdió la salud y los nervios al servicio de sus voces interiores.

Aunque el whisky sabe igual en las redacciones que en la casa, quien reparte su escritura entre la verdad y la fantasía suele vivir la experiencia como un conflicto. "Una felicidad es toda la felicidad: dos felicidades no son ninguna felicidad", dice el protagonista de Historia del soldado, la trama de Ramuz que musicalizó Stravinski. El lema se refiere a la imposibilidad de ser leal a dos reinos, pero se aplica a otras tentadoras dualidades, comenzando por las rubias y las morenas y concluyendo por los oficios de reportero y fabulador.

La mayoría de las veces, el escritor de crónicas es un cuentista o un novelista en apuros económicos, alguien que preferiría estar haciendo otra cosa pero necesita un cheque a fin de mes. Son pocos los escritores que, desde un principio, deciden jugar todas sus cartas a la crónica.

En casos impares (Josep Pla, Alvaro Cunqueiro, Ramón Gómez de la Serna, Salvador Novo, Alfonso Reyes, Roberto Arlt), publicar en periódicos y revistas ha significado una escritura continua, la episódica creación de un libro desbordado, imposible de concluir. Para la mayoría, suele ser una opción de Lejano Oeste, la confusa aventura de la fiebre del oro.

Tal vez llegará el día en que los periódicos compren la prosa "en línea", a medida que se produce. Sin embargo, desde ahora es posible detectar la casi instantánea relación entre la escritura y el dinero, economías de signos y valores. Nada más emblemático que el hecho de que el poeta Octavio Paz trabajara en el Banco de México quemando billetes viejos, Franz Kafka perfeccionara su paranoia en una compañía aseguradora y William S. Burroughs escogiera el delirio narrativo en respuesta al invento del que derivaba la fortuna de su familia, la máquina sumadora.

La crónica es la encrucijada de dos economías, la ficción y el reportaje. No es casual que un autor con un pie en la invención y otro en los datos insista en la obligación del novelista contemporáneo de aclarar cuánto cuestan las cosas en su tiempo. Sí, la idea es de Tom Wolfe, el dueño de los costosos trajes blancos.

Estímulo y límite, el periodismo puede ser visto desde la literatura como el boxeo de sombra que permitió a Hemingway subir al ring, pero también como tumba de la ficción (cuando el protagonista de Conversación en La Catedral entra a un periódico, siente que compromete su vocación de escritor en ciernes y ve la máquina de escribir como un pequeño ataúd en el escritorio).

Comoquiera que sea, el siglo XX volvió específico el oficio del cronista que no es un narrador arrepentido. Aunque ocasionalmente hayan practicado otros géneros, Egon Erwin Kisch, Bruce Chatwin, Alvaro Cunqueiro, Ryszard Kapuscinski, Josep Pla y Carlos Monsiváis son heraldos que, como los grandes del jazz, improvisan la eternidad.

Algo ha cambiado con tantos trajines. El prejuicio que veía al escritor como artista y al periodista como artesano resulta obsoleto. Una crónica lograda es literatura bajo presión.

UN GÉNERO HÍBRIDO

Si Alfonso Reyes juzgó que el ensayo era el centauro de los géneros, la crónica reclama un símbolo más complejo: el ornitorrinco de la prosa. De la novela extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatro grecolatino, la polifonía de testigos, los parlamentos entendidos como debate: la "voz de proscenio", como la llama Wolfe, versión narrativa de la opinión pública cuyo antecedente fue el coro griego; del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona. El catálogo de influencias puede extenderse y precisarse hasta competir con el infinito. Usado en exceso, cualquiera de esos recursos resulta letal. La crónica es un animal cuyo equilibrio biológico depende de no ser como los siete animales distintos que podría ser.

De acuerdo con el dios al que se debe, la crónica trata de sucesos en el tiempo. Al absorber recursos de la narrativa, la crónica no pretende "liberarse" de los hechos sino hacerlos verosímiles a través de un simulacro, recuperarlos como si volvieran a suceder con detallada intensidad.

Por lo demás, la intervención de la subjetividad comienza con la función misma del testigo. Todo testimonio está trabajado por los nervios, los anhelos, las prenociones que acompañan al cronista adondequiera que lleve su cabeza. La novela Rashomón, de Akutagawa, puso en juego las muchas versiones que puede producir un solo suceso. Incluso las cámaras de televisión son proclives a la discrepancia: un futbolista está en fuera de lugar en una toma y en posición correcta en otra. En forma aún más asombrosa, a veces las cámaras no muestran nada: desde 1966 el gol fantasma de la final en Wembley no ha acabado de entrar en la portería.

El intento de darles voz a los demás -estímulo cardinal de la crónica- es un ejercicio de aproximaciones. Imposible suplantar sin pérdida a quien vivió la experiencia. En Lo que queda de Auschwitz, Giorgio Agamben indaga un caso límite del testimonio: ¿quién puede hablar del holocausto? En sentido estricto, los que mejor conocieron el horror fueron los muertos o los musulmanes, como se les decía en los campos de concentración a los sobrevivientes que enmudecían, dejaban de gesticular, perdían el brillo de la mirada, se limitaban a vegetar en una condición prehumana. Sólo los sujetos física o moralmente aniquilados llegaron al fondo del espanto. Ellos tocaron el suelo del que no hay retorno; se convirtieron en cartuchos quemados, únicos "testigos integrales".

La crónica es la restitución de esa palabra perdida. Debe hablar precisamente porque no puede hablar del todo. ¿En qué medida comprende lo que comprueba? La voz del cronista es una voz delegada, producto de una "desubjetivación": alguien perdió el habla o alguien la presta para que él diga en forma vicaria. Si reconoce esta limitación, su trabajo no sólo es posible sino necesario.

El cronista trabaja con préstamos; por más que se sumerja en el entorno, practica un artificio: transmite una verdad ajena. La ética de la indagación se basa en reconocer la dificultad de ejercerla: "Quien asume la carga de testimoniar por ellos sabe que tiene que dar testimonio de la imposibilidad de testimoniar", escribe Agamben.

La empatía con los informantes es un cuchillo de doble filo. ¿Se está por encima o por debajo de ellos? En muchos casos, el sobreviviente o el testigo padecen o incluso detestan hallarse al otro lado de la desgracia: "Esta es precisamente la aporía ética de Auschwitz", comenta Agamben: "el lugar en que no es decente seguir siendo decentes, en el que los que creyeron conservar la dignidad y la autoestima sienten vergüenza respecto a quienes las habían perdido de inmediato".

¿Qué espacio puede tener la palabra llegada desde fuera para narrar el horror que sólo se conoce desde dentro? De acuerdo con Agamben, el testimonio que asume estas contradicciones depende de la noción de "resto". La crónica se arriesga a ocupar una frontera, un interregno: "los testigos no son ni los muertos ni los supervivientes, ni los hundidos ni los salvados, sino lo que queda entre ellos".

OBJETIVIDAD

La vida depara misterios insondables: el aguacate ya rebanado que entra con todo y hueso al refrigerador dura más. Algo parecido ocurre con la ética del cronista. Cuando pretende ofrecer los hechos con incontrovertible pureza, es decir, sin el hueso incomible que suele acompañarlos (las sospechas, las vacilaciones, los informes contradictorios), es menos convincente que cuando explicita las limitaciones de su punto de vista narrativo.

Una pregunta esencial del lector de crónicas: ¿con qué grado de aproximación y conocimiento se escribe el texto? El almuerzo desnudo, de William S. Burroughs, depende de la intoxicación y la alteración de los sentidos en la misma medida en que Entre los vándalos, de Bill Buford, depende de percibir con distanciada sobriedad la intoxicación ajena.

El tipo de acceso que se tiene a los hechos determina la lectura que debe hacerse de ellos. Definir la distancia que se guarda respecto al objetivo autoriza a contar como insider, outsider, curioso de ocasión. A este pacto entre el cronista y su lector podemos llamarlo "objetividad".

VIDA INTERIOR Y VEROSIMILITUD

Siguiendo usos de la ficción, la crónica también narra lo que no ocurrió, las oportunidades perdidas que afectan a los protagonistas, las conjeturas, los sueños, las ilusiones que permiten definirlos.

Hace unos meses leí la historia de un explorador inglés que logró caminar sobre los hielos árticos hasta llegar al Polo Norte. ¿Qué lleva a alguien a asumir tamaños riesgos y fatigas? La crónica evidente de los hechos, en clave National Geographic, permite conocer los detalles externos de la epopeya: ¿qué comía el explorador, cuáles eran sus desafíos físicos, qué rutas alternas tenía en mente, cómo fue su trato con los vientos? Sin embargo, la crónica que aspira a perdurar como literatura depende de otros resortes: ¿qué se le perdió a ese hombre para buscar a pie el Artico?, ¿qué extravío de infancia lo hizo seguir la brújula al modo del Capitán Hatteras, que incluso en el manicomio avanzaba al norte? Tal vez se trate de una pregunta inútil. La rica vida exterior de un hombre de acción rara vez pasa por las cavernas emocionales que le atribuimos los sedentarios: los exploradores suelen ser inexplorables. Con todo, el cronista no puede dejar de ensayar ese vínculo de sentido, buscar el talismán que una la precariedad íntima con la manera épica de compensarla.

La realidad, que ocurre sin pedir permiso, no tiene por qué parecer auténtica. Uno de los mayores retos del cronista consiste en narrar lo real como un relato cerrado (lo que ocurre está "completo") sin que eso parezca artificial. ¿Cómo otorgar coherencia a los copiosos absurdos de la vida? Con frecuencia, las crónicas pierden fuerza al exhibir las desmesuras de la realidad. Como las cantantes de ópera que mueren de tuberculosis a pesar de su sobrepeso (y lo hacen cantando), ciertas verdades piden ser desdramatizadas para ser creídas.

A propósito del uso de la emoción en la poesía, Paz recordaba que la madera seca arde mejor. Ante la inflamable materia de los hechos, conviene que el cronista use un solo fósforo.

La primera crónica que escribí fue un recuento del incendio del edificio Aristos, en avenida Insurgentes. Esto ocurrió a principios de los años setenta del siglo pasado; yo tenía unos 13 o 14 años y tomaba clases de guitarra en el edificio. Por entonces, me había lanzado a un proyecto editorial en la secundaria, en compañía de los hermanos Alfonso y Francisco Gallardo: "La Tropa Loca", periódico impreso en mimeógrafo sobre la inagotable vida íntima de nuestro salón. Ahí yo escribía la "sección de chismes". Mi especialidad de gossip writer se vio interrumpida con las llamas que devoraron varios pisos del Aristos. Me encandiló ver las lenguas amarillas que salían de las ventanas, pero sobre todo el eficiente caos con que reaccionó la multitud.

Cronistas de la más diversa índole han descubierto su vocación ante el fuego: Angel Fernández, máximo narrador del fútbol mexicano, recibió su rito de paso en el incendio del Parque Asturias, y Elias Canetti el suyo durante la quema del Palacio de Justicia de Viena.

Sí, el cronista debe ser ahorrativo con los efectos que arden; entre otras cosas, porque a la realidad siempre le sobran los fósforos. .

Fuente: La Nación