Las hermanas Uribe eran tan
distintas como sus nombres: Concepción y Magali. Concepción usaba pantuflas de
peluche, el fondo se le asomaba bajo la falda y tenía los ojos apagados de
quien ha leído veinte veces seguidas el Pentateuco. Magali desayunaba dos
aspirinas con café negro. Sus abortos superaban en número a los pretendientes
de Concepción. Y lo que son las cosas: Concepción era más bonita que Magali,
pero sus rasgos pálidos y su mirada ausente hacían pensar en la santidad o en
el suplicio: la belleza sufrida que tanto atrae a santos y vampiros. Concepción
moriría virgen o descuartizada.
En contraste con el semblante evaporado de su hermana, Magali
tenía una sangre bulliciosa, un cuerpo que era un dechado de redondeces, un
pequeño lunar sobre la boca y el labio superior ligeramente alzado, como si
estuviera besando una burbuja. Era imposible verla sin pensar en las múltiples
y deliciosas aplicaciones de esa boca. La educación católica de las Uribe fue
tan severa que las primeras fantasías eróticas de Magali emanaron de la
religión. En las paredes de la casa había cuadros de santos que parecían gozar
con la tortura: ojos pulidos por el placer del sufrimiento. Éxtasis. Raptos
místicos. Agonías. Dicha. Transfiguraciones. Gestos de quienes están a unos
latidos de la muerte o el orgasmo. Pero estas imágenes no eran nada en
comparación con las historias que les contaba su mamá de cierta santa,
bellísima, que se clavaba espinas en los senos y bañaba con su sangre a un
cristo de tamaño natural. La mamá hablaba con deleite del martirio de la santa,
del hermosos cuerpo cubierto de pústulas. Sus historias eran la función de
media noche de la religión.
El
papá de Magali era más aburrido. Le gustaba hablar del cordero pascual y su
acto más heroico se remontaba a los años sesenta: pegó en una pared de la calle
una etiqueta de “Cristianismo sí, comunismo no”. Tenía una espada de Caballero
de Colón que jamás había blandido contra jacobino alguno. Concepción parecía
haber salido de un cuadro de la casa. Sus manos delgadas le quitaban el polvo
al crucifijo con el que Magali pensaba en masturbarse. Pero esta blasfemia no
fue necesaria: Magali acababa de cumplir dieciséis años cuando Tacho la invitó
al cine Manacar. A ella no le sorprendió mucho que dejaran el cine a un lado y
siguieran por Insurgentes hasta un motel en la salida de Cuernavaca. Durante la
preparatoria Magali se acostumbró a llevar una existencia doble. Salía a la
calle vestida como la esposa de un cuáquero. Lo único extraño era que en vez de
bolsa usaba maletín. De su casa iba a la de Susi. Ahí abría el maletín y las
ropas salían en muchos colores. También se quitaba su brasier acorazado. La
casa de los Uribe era una amurallada ciudad de Dios. Sin embargo, no estaba en
el Sinaí sino justo en el centro de Ciudad Satélite, ese purgatorio con
discotecas.
A
pesar de la renuencia de sus papás para dejarla salir en las noches, Magali se
las ingenió para conocer todas las discotecas y los video-bares del norte de la
ciudad. Siempre decía que iba a estudiar a casa de Susi. A juzgar por las
desveladas, debía ser la mejor alumna del salón. A fin de año se tuvo que
acostar con tres maestros para justificar sus buenas calificaciones. Cuando la
invitaron a una fiesta de disfraces, decidió unir sus vidas paralelas: se
disfrazó de monja apetitosa: cofia y minifalda. Salió de la fiesta con un amigo
disfrazado del capitán Nemo. El viento se hizo cargo de las piernas de Magali;
al llegar al coche temblaba en tal forma que el capitán empezó ofreciéndole su
saco y acabó quitándole el vestido. En eso estaban cuando una camioneta de
policía se detuvo junto a ellos. El incidente podía significar poco en otros
lados, pero en el Estado de México equivalía a la llegada de una división nazi
al gueto de Varsovia. El primer golpe rompió el parabrisas. Los cristales
reventaron en esquirlas sobre los cuerpos semidesnudos. Nemo fue noqueado con
la cacha de una pistola. Lo arrastraron de un pie; su cabeza golpeó con el
estribo del coche; un ruido sordo, laminoso. Lo pusieron de pie. Las barbas
postizas se le habían pegado absurdamente en el pecho.
Magali
vio el picahielo. Había algo equívoco, una humillación adicional en esa arma de
asesino de barrio. No pudo contar las puñaladas que recibía su amigo. Un
policía la golpeó con tal fuerza que la sangre se mezcló con las lágrimas; un
velo pastoso le impidió distinguir a los sucesivos violadores. Otro golpe le
hizo perder el conocimiento. Despertó de madrugada, envuelta por un olor agrio
que la hizo vomitar sobre el asiento. En el pelo se le habían formado coágulos
de sangre. De su amigo sólo quedaban las barbas sobre el asfalto. Estuvo una
semana en cama. El médico de la familia, que siempre hablaba del asesino
húngaro que inventó la píldora anticonceptiva, auscultó a Magali y más que por
sus golpes se alarmó de que no fuera virgen al ocurrir el asalto. Los papás
cancelaron cualquier tentativa de hacer una denuncia. En cuanto su hija sanó,
la mandaron de interna a San Luis Potosí. O trataron de mandarla, pues ella se
bajó del camión en Querétaro, y regresó a la capital. Para esas alturas, Susi
era amante de un millonario que había recorrido todos los atajos del aliviane
(psicoanálisis lacaniano, retiros de meditación en haciendas de cinco estrellas,
dietas energéticas y mariguana en dosis moderadas). El arquitecto Vallarta
había pasado de los viajes para esquiar en Vail a los viajes de “exploración
interior” en Nepal (por alguna extraña razón su interior quedaba a 24 horas de
avión). Siempre en busca del bálsamo que le quitara la mala conciencia de su
yate en Acapulco, patrocinaba todo tipo de accidentes culturales, desde una
obra donde los actores salían de células y leucocitos hasta una exposición de
cajas de jabón Don Máximo que alguien le vendió como arte conceptual.
Magali
no podía regresar a su casa sin un Concilio del Vaticano de por medio, así es
que fue a ver a Susi. Vallarta encontró un nuevo motivo de expiación: no sólo
le prestó a Magali una casa en San Pedro de los Pinos, sino que le encontró
vocación para el canto (el arquitecto acababa de regresar de un “curso
motivacional” en Nebraska que le reveló las insospechadas potencialidades de
sus semejantes). La casa de San Pedro de los Pinos había sido habitada por un
artista cinético apoyado por Vallarta. En vez de ventanas había remolinos de
luz. En esa vacilante atmósfera, Magali escuchó por primera vez a Madonna.
Finalizaba el 83 y los locutores de radio no hacían sino hablar del ombligo de
Madonna, del estómago redondito que se movía al compás de Burning Up. Magali se
entusiasmó con esa rocanrolera voluptuosa que había escogido como símbolo nada
menos que ¡el crucifijo!; era el primer caso de cachondería católica en la
música de rock. En vez de collar, Madonna usaba un rosario color turquesa. De
repente Magali se dio cuenta de lo chic que podían ser todos los escapularios
de su infancia. Se compró un collar de perlas de plástico rosa, guantes negros,
una blusa semitransparente de encajes y aretes en forma de cruz. No le costó
trabajo convencer al amante de Susi de que le patrocinara la grabación de un
disco.
Llegó
al estudio masticando chicle. Cantó con pasión, con una voz dolida y áspera que
tenía más que ver con su infancia solitaria y sus treinta amantes gandallas que
con las clases de canto que le pagó Vallarta. Al cabo de 36 horas quedó
concluida la grabación de Madona de Guadalupe. Gracias a sus conocimientos de
religión, Magali pudo escribir letras de una mocha sensualidad. Se tiñó el pelo
de un color incierto, como champaña con granadina, y contrató a los cuatro
músicos más parecidos a Juan Diego. Aunque las estaciones de radio se negaron a
trasmitir su espasmódica voz guadalupana, Magali pronto tuvo un extenso séquito
de admiradores. La gente llegaba a sus conciertos con crucifijos de todos
tamaños. Al promediar la función, los cuatro músicos se arrodillaban y
acariciaban a la seductora Madona de Guadalupe. Al fondo del escenario había
una gigantesca cruz de neón. Magali se despedía arrojando hostias multicolores
sobre sus fieles.
El
31 de diciembre, decidió dar un concierto en la explanada de la Basílica de
Guadalupe, al mismo tiempo que se celebraba la misa de gallo. Sus senos sin
brasier se balancearon frente a tres mil fanáticos. Magali había sido elogiada
por todas las publicaciones a la izquierda del Excélsior y por algunos teólogos
de la liberación, pero también había recibido amenazas dignas del Santo Oficio.
El concierto tenía el atractivo de la incertidumbre, de la catástrofe a punto
de ocurrir. Para protegerse de posibles ataques, la cantante había contratado a
una nueva versión de los templarios: veinte devotos karatekas.
Magali
fue acariciada por sus músicos, pero la policía llegó antes de que repartiera
hostias multicolores. Ella no se dejó amedrentar. Con la misma pasión que
inyectaba en sus canciones, azuzó a la multitud a lanzarse contra la policía.
Los karatekas formaron un cordón en torno al escenario mientras los tres mil
feligreses se enfrentaban a un puño limpio contra las macanas y los gases
lacrimógenos. Después de dos horas de encarnizada trifulca, la policía quedó
reducida a un montón de bultos y gorras azules. El coche de Magali llegó junto
al escenario; las cruces fosforescentes en las puertas parecían brillar más que
nunca. Antes de subir al auto, vio a un policía tirado cerca del escenario.
Caminó despacio hasta el cuerpo desmayado. Su zapato rojo se posó con suavidad
sobre la nariz del policía. Luego la trituró de un pisotón. Magali escuchó el
agradable crujido del cartílago. Después continuó rumbo al coche. El viento
fresco le agitaba el pelo y los escapularios.