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martes, 14 de abril de 2015


Apuntes sobre el manejo de la escena

Por Alberto Salcedo Ramos.

LAS ESCENAS: INTRODUCCIÓN, DEFINICIÓN, GENERALIDADES, IMPORTANCIA

En los últimos años ha habido en América Latina una reactivación de los géneros narrativos del periodismo. Pareciera existir la conciencia de que el público necesita historias bien contadas, redondas, humanas, completas en su información y perdurables por su propuesta estética. Gran parte del éxito de los escritores de reportajes, perfiles y crónicas de hoy, depende de saber captar la esencia de los sucesos y personajes a través de las escenas. Un poeta reconocido no se comporta de la misma manera cuando está en un recital que cuando departe con sus familiares. Reconocer esos matices y acciones que se derivan de la relación con el entorno, resulta de vital importancia para contar mejor los hechos. ¿Qué cara puso la mujer del enfermo terminal mientras este nos contaba su drama? ¿De qué manera el frenazo del carro en la avenida, el sonido de la vajilla en la cocina o la conversación de los adolescentes en el cuarto nos enriquece el relato sobre nuestro personaje? Somos, qué duda cabe, producto del espacio que ocupamos y de la relación con las criaturas que nos rodean, así como ese espacio y esos seres están también condicionados por nuestro carácter. ¿Qué habría sido de la famosa crónica de Gonzalo Arango sobre el ciclista “Cochise” Rodríguez si el autor no nos hubiera descrito los adornos de su apartamento (“el corazón de Jesús más feo del mundo”) y sus modales (“se sacó una tirita de carne que se le había enredado entre los dientes”)? ¿En qué habría quedado el célebre relato de Germán Santamaría con Omayra, la niña atascada en el lodo de Armero, si no nos hubiera descrito bien el espacio en el cual estaba aprisionado su cuerpo y la relación de la víctima con las personas que la acompañaban? El periodista Gay Talese se dio el lujo de escribir un memorable y extenso perfil de Frank Sinatra sin hablar con él ni una sola vez. ¿Cómo lo logró? Conversando con muchas otras fuentes, claro, pero también viendo actuar al personaje, mostrando sus acciones, recreando sus atmósferas. Saber construir escenas no sólo es fundamental para mantener el ritmo y el encanto del relato. El ya citado Talese considera que las escenas “dan credibilidad”. Como lector, me resulta más creíble ver al personaje de la historia organizando las pastillas dentro del botiquín que recibir simplemente la información de que es un tipo hipocondríaco.
La dramaturgia es una forma de la literatura y del cine – aplicable también a los géneros narrativos del periodismo – que enfoca las acciones de los personajes en un tiempo y un espacio determinados.
La dramaturgia se consolida con base en verbos conjugados, es decir, acciones.
La expresión mínima de la dramaturgia es la escena. La escena es una estructura narrativa compuesta por una unidad de tiempo, acción y lugar.
Narrar a través de escenas es una manera de hacer visibles a los personajes. De acercarlos a los lectores.

• Toda escena contiene un tiempo (lo que dura)
• Toda escena contiene una acción (lo que pasa)
• Toda escena contiene un espacio (el lugar en el que ocurre)
• Toda escena tiene un ritmo propio, que es lento o rápido.
• Si miramos la escena desde el punto de vista cinematográfico, tenemos que hablar de una “composición”: son los elementos que componen la escena, los que aparecen en el encuadre. Esa composición no sólo debe ser estética sino también funcional: no es el entorno como adorno sino como parte de la vida, de las cosas que ocurren. Si hay un jarrón no es sólo porque se ve bonito sino porque está relacionado con lo que yo hago como personaje.
• Aunque la escena es importante para “visualizar” a los personajes, para humanizarlos y acercárselos al lector, no debe ser un recurso del cual se abuse. No hay que usar escenas por el mero prurito de usarlas: hay que tener en cuenta el sentido general de la historia. Una escena necesita contexto para alcanzar significado. Las escenas deben ser parte de una armazón estructural que también contenga diálogos, imágenes, buen lenguaje. Todo eso, al yuxtaponerse, genera emociones, interés, risas.
• Hay que tener mucho cuidado con el manejo de los detalles que forman parte de la escena. Si en una película ambientada en los años 30 se utiliza un automóvil de los años 70, no faltará el espectador que descubra el error y se desencante. Lo mismo pasa con las historias escritas.
Todas las narraciones aspiran a ser una representación de la vida, nos recuerda Juan José Hoyos. Y para lograr esa representación, nada mejor que la acción. El concepto de “escenificación” procede de la literatura inglesa. Consiste en presentar los hechos ante el lector como si él los estuviera viendo con sus propios ojos. Dicho concepto está apoyado en la escena de las tragedias, donde los personajes, por medio de sus palabras y sus gestos, representan en el escenario una acción. Cuando simplemente se narra, se oye la voz del narrador. Cuando además se escenifica, se oye la voz del personaje y también se los ve actuando en un lugar determinado. La escena da a los hechos descritos un carácter único, representativo, decisivo. La escena está sometida al principio de unidad de tiempo, lugar y acción. El autor necesita describir el marco físico y recrear la acción en el tiempo. Hay un ritmo interior que debe estar a tono con la historia, pero teniendo en cuenta que el éxito de los buenos relatos es que tengan acciones que avancen. El recurso de las escenas es atinado cuando se ha sido testigo de las situaciones, cuando las acciones han ocurrido frente a nuestros ojos. Cuando no hemos sido testigos directos, puede resultar más conveniente apelar a los testimonios de los personajes. García Márquez, en “Noticia de un secuestro”, recurre más a las versiones de los sobrevivientes que al relato de escenas contadas por un narrador omnisciente (que es lo característico de su literatura). La historia “La cenicienta, de Gerardo Reyes, también tiene predominio de los testimonios sobre las escenas. ¿Por qué? Porque el periodista, que es muy bueno, nunca fue testigo directo de los hechos que narra. El camino del flujo narrativo nos garantiza economía de palabras y mayor velocidad. Por eso es tan usado en los diarios. Pero hay que buscar la manera de intercalar escenas, porque dan credibilidad y atraen al lector con mayor fuerza.

EJEMPLOS DE ESCENAS

• Jimmy Breslin las usaba hasta en las columnas de opinión, como nos lo recuerda Tom Wolfe en su libro “El nuevo periodismo”. La cita textual es la siguiente: “recuerdo particularmente un artículo suyo sobre la condena, por el delito de extorsión, de un jefazo del Sindicato de Camioneros llamado Anthony Provenzano. Al principio del artículo, Breslin presenta la imagen del sol que entra a través de las viejas y polvorientas ventanas del tribunal federal y que hace resplandecer el diamante en el anillo del meñique de Provenzano. (...) EL artículo continúa por el estilo con los cortesanos de Jersey rodeando y adulando a Provenzano, mientras el sol hace resplandecer el anillo de su meñique. Dentro de la sala del tribunal, sin embargo, Provenzano empieza a recibir su merecido. (...) Luego el juez le condena a siete años, y Provenzano empieza a retorcerse el anillo en el dedo meñique. Finalmente Breslin remata su trabajo con una escena en la cafetería, donde el joven fiscal que trabajó el caso está comiendo escalopa y ensalada de frutas. Y con el siguiente párrafo textual: “No llevaba nada que brillase en la mano. EL tipo que ha hundido a Tony Provenzano no tiene un anillo de diamantes en el dedo meñique”.
• Los trabajadores de Pablo Escobar tratando de hacer dormir a una bandada de pájaros en los árboles, por órdenes del capo. Esa escena da la medida de su sentido del poder: se cree tan grande que hasta quiere torcer el curso de la naturaleza.
• Samuel Burkart, el mítico personaje de García Márquez, aparece en escenas tanto al comienzo como al final del célebre reportaje Caracas sin agua”. Al principio haciendo la fila para comprar agua mineral y afeitándose con jugo de duraznos. Y al final, dormido y despertándose con el ruido de la lluvia en el techo.

LAS HISTORIAS, LAS ACCIONES

Los géneros narrativos – bien sean del cine, de la literatura, del teatro o del periodismo – deben contar una historia. El escritor E.M. Forster dice que “una historia es la narración de hechos”. Robert Louis Stevenson, por su parte, dice que “contar historias es escribir sobre gente en acción”. Y añade: “es lo que le ha ocurrido a alguien en un momento concreto, con un antes y un después. Las historias son acciones humanas en el espacio y en el tiempo”.
Ojo: en una historia debe haber una trama. De nada sirve amontonar una secuencia de frases bellas si no hay acciones que hagan avanzar el argumento. Pulitzer les decía a los reporteros: “a mí denme los verbos, que yo veré si les pongo adjetivos”.
Lo que hace que ocurran los hechos son los verbos, es decir, las acciones. Por tanto, el sentido de la escena debe estar relacionado con ese criterio: no es la escena como decorado, como adorno, sino como elemento vivo que determina el curso de los acontecimientos.
“Las historias son lo que le pasa (argumento) a alguien (personaje/s) en un momento y en un espacio concretos (tiempo y espacio)”.
Scout Fitzgerald decía: “la acción es el personaje”.
Hay que saber describir bien las acciones. Se puede distinguir quién viene, si es alguien que nos resulta familiar, por las pisadas. El modo de andar de una persona revela prisa, inseguridad, cansancio, desgano o ilusión.
Hay que dotar de personalidad a las acciones: todo el mundo come, habla, camina, pero no del mismo modo.
Aunque un personaje piense y el pensamiento sea una acción, en términos dramatúrgicos se considera que “no hay historia sin acción exterior”.
Siempre es necesario que el autor seleccione los hechos que va a contar. No es necesario contar paso por paso todo lo que ocurre. El escritor debe saber manejar las elipsis(los saltos en el tiempo y en la acción). Ojo al ejemplo de la maleta de Nicholson y Hunt. Hay que saber elegir lo que se cuenta y lo que se deja por fuera, de acuerdo con la dinámica del tema. Ojo a la frase de Hitchcock: “El cine es la vida misma sin los momentos aburridos”. Siempre, al final, es conveniente preguntarse qué se le puede quitar a la historia. Y cuando algo se pueda quitar sin que se afecten ni el conjunto ni el sentido general de la historia, sencillamente es porque se trata de algo que sobra. Eso hay que tenerlo claro.
Lo importante de las acciones es que ayuden a revelar al personaje y hagan avanzar las historias.

LA INMERSIÓN

Este concepto, del cual se empezó a hablar durante el llamado “Nuevo Periodismo Norteamericano”, se refiere a la necesidad de sumergirse en las historias, de hundirse en el trabajo de campo tanto tiempo como sea necesario para aprehender la realidad en forma cabal. Para contar con escenas es clave la inmersión, pues es lo que permite estar frente al objeto de nuestra investigación el tiempo indispensable para que las acciones ocurran frente a nuestros ojos. O, por lo menos, aunque no seamos testigos de todo, es necesario sumergirse en la realidad para descubrir ciertas escenas reveladoras. Tom Wolfe sostiene que la recolección del material para contar las historias con escenas, es “mucho más ambiciosa”. Se trata de un trabajo de investigación más intenso, más detallado y que, ciertamente, consume más tiempo. Por eso los llamados “nuevos periodistas” fomentaron la costumbre de pasarse días enteros con los personajes sobre los cuales estaban escribiendo. “Es primordial”, anota Wolfe, “estar allí cuando ocurren escenas dramáticas, para captar el diálogo, los gestos, las expresiones faciales, los detalles del ambiente. La idea consiste en ofrecer una descripción objetiva completa, más algo que antes los lectores tenían que buscar sólo en las novelas o los relatos breves: esto es, la vida subjetiva o emocional de los personajes”. “Sólo a través del trabajo de preparación más minucioso es posible utilizar escenas completas, diálogo prolongado...” Wolfe dice que “como reportero hay que procurar permanecer con la persona sobre la que se va a escribir el tiempo suficiente para que las escenas tengan lugar frente a nuestros propios ojos”.

LAS IMÁGENES

La de hoy es la cultura de la imagen. Por eso es más importante aun el buen uso de las escenas.
Teresa Imízcoz, destacada teórica literaria, señala que los buenos narradores son aquellos que con sus relatos “hacen que el lector VEA las historias”. Ella ha acuñado un concepto: “la visualidad de la literatura”.
Conversaciones

Alberto Salcedo Ramos: "Yo no mido a un cronista por el valor de sus metáforas, sino por el polvo que tiene en sus zapatos"

Por Leonardo Tarifeño* 

Acompañó al niño Wikdi, indígena de la región colombiana del Chocó, en su travesía de cinco horas a pie por el camino de selva y barro que lo lleva a su escuela rural. Asistió a más de un velorio para ver en acción a Chivolito, uno de los últimos animadores de ceremonias mortuorias, quien se gana la vida gracias a los chistes de dudoso gusto que cuenta durante las despedidas finales de las familias a sus seres queridos. Y durante años vivió una larga relación de admiración y desencuentros con el gran boxeador Kid Pambelé, a quien retrató en un libro magistral. Ganador de los Premios Rey de España y José Ortega y Gasset, entre otros, el colombiano Alberto Salcedo Ramos es uno de los grandes periodistas latinoamericanos contemporáneos, un narrador salvaje que prefiere oír a preguntar, tal vez porque sabe que la verdad aflora allí donde nunca se la espera. "La verdad no sucede: se cuenta", dicen que dicen en el Caribe colombiano; fiel a la sabiduría popular de su país, Salcedo Ramos oye y narra, convencido de que el periodismo sólo sobrevivirá si, como la Scheherazade de Las Mil y una Noches, logra entretener a su tirano de ocasión con el poder de las historias.

-Gay Talese, a quien usted admira mucho, ubica su origen como narrador en la sastrería familiar, donde durante su infancia escuchaba todo lo que los clientes le confesaban a sus padres. Del mismo modo, ¿cuándo y dónde cree que las historias comenzaron a fascinarlo?

-Yo tengo un origen similar, sí. De los 4 a los 17 años viví con mis abuelos en un pueblo, Arenal, en el Caribe colombiano. Mi abuelo era un hombre adinerado, que a duras penas podía leer, pero que después de trabajar mucho había pasado de campesino a ganadero. Por eso, él tenía peones que a veces llegaban a la finca a cobrar algo, o a dejar el queso, o a traer la leche. Y yo oía hablar a esos campesinos y me quedaba impresionado. Las voces de esos campesinos fueron mis primeros periódicos. Porque te digo algo: el periódico El Tiempo -el único que se leía- recién llegaba al pueblo a las 4 de la tarde, cuando las noticias habían dejado de ser noticias. Así que en el diario yo leía las noticias como historias, no como novedades.

-¿Las historias que escuchaba eran más reales que las de los diarios?

-Por lo menos más interesantes. Cuando yo escuchaba hablar a los campesinos, sentía que me enteraba de algo. Me informaban. Los primeros libros que leí no fueron escritos: eran esas conversaciones, que para mí tenían mucho de libros orales. Por eso yo diría que desde muy niño aprendí que las cosas que me interesan casi nunca están en los periódicos.

-¿Dónde están?

-En la vida. La vida incluye los periódicos, claro, pero lo que me suele interesar está en los bares, en los parques y en las calles. Soy un reportero que reivindica el valor de la calle. Yo no mido a un cronista por el valor de sus metáforas, sino por la cantidad de polvo que tiene en la suela de sus zapatos. Creo en eso profundamente.

-¿La manera de hablar de aquellos campesinos influyó en su prosa periodística?

-Ojalá. La oralidad del Caribe colombiano es muy rica y colorida, y siempre está salpicada de anécdotas y ocurrencias. Por ejemplo, una vez hubo una sequía muy larga en el pueblo, y dio la casualidad de que por esos días, en un supermercado de Barranquilla, me encontré con un campesino que trabajaba con mi abuelo. Así que aproveché para preguntarle si no había llovido por Arenal. Y me contestó: "Noooo, la sequía que hay es tan grande que ahora los sapos se mueren sin haber aprendido a nadar" ¡Me pareció precioso! Puro lenguaje campesino, lleno de imágenes.

-Dice que reivindica el valor de la calle en el periodismo. Pero si hay que reivindicar algo tan básico, quiere decir que el periodismo está muy mal.

-Y, sí: hay que reivindicar ese valor porque la vida de los periodistas cada día transcurre más en los escritorios y menos en la calle. Es curioso, el periodismo se ha convertido en un trabajo de oficina. Antes, cuando se producía un hecho que requería la palabra de un personaje público, los periodistas buscaban a esos personajes; ahora entran a sus cuentas de Facebook o Twitter para ver qué dicen. Yo digo que Twitter es el iTunes del periodismo: así como en iTunes descargas y almacenas canciones, en Twitter almacenas y descargas declaraciones de figuras públicas. Y así el periodismo se vuelve aburrido. A mí me aburre mucho el periodismo cuando no es producto del esfuerzo del periodista por descifrar lo que está más allá de su ventana.

-¿Cómo se evita ese aburrimiento?

-En mi caso, con la curiosidad. Yo creo que me hice periodista porque me niego a que-darme con dudas. Y por eso salgo a la calle a enfrentarme con la realidad, para ver qué dice la realidad sobre las dudas que yo tengo. Por supuesto, no se trata de resolver todo, sino de contar esas historias. A mí me interesan más los periodistas que hacen preguntas que los que dan respuestas.

-Dicen que los fracasos enseñan más que los éxitos. ¿Qué aprendió de su peor error periodístico?

-Hay un error espantoso que yo cometí cuando tenía 24 años, que me enseñó a ser responsable. O a intentar serlo, por lo menos.

-¿Cómo fue?

-Mira, en 1984, el actor italiano Franco Nero fue a filmar una película a Colombia. Por alguna razón, él decidió hospedarse en una casa familiar y no en un hotel. En esa casa se enamoró de la empleada doméstica y la embarazó. El asunto resultó un escándalo, la chica apareció en todos los noticieros y a Nero le hicieron un juicio porque él negaba la paternidad. Con esa actitud, él vulneraba la dignidad de la mujer, que era negra y pobre, y pisoteaba su buen nombre. Poco más tarde, a Nero lo metieron a la cárcel en Cartagena, y cuando se acercaba la Navidad de ese año, un juez venal lo dejó libre y permitió que él se fuera de Colombia para nunca más volver. La mujer se quedó sola, con su bebe sin padre. Al año siguiente, cuando se aproximaba el Día de los Inocentes, un fotógrafo del periódico en el que yo trabajaba me entregó una foto de ella con su bebe en brazos, y entonces hicimos una nota en la que decíamos que Franco Nero se había regresado de Italia para reconocer a su hijo.

-Pero en realidad era una broma del Día de los Inocentes.

-Sí. Al día siguiente, esa mujer se presentó en el periódico. ¡Con una humildad! ¡Con una decencia! Y me preguntó si yo hubiera hecho esa misma broma con mi hija como protagonista. Me sentí muy mal, y lo que hizo que esa bofetada fuera aún más contundente fue su gran decencia. Su sentido de la dignidad. Ahí aprendí, creo que a tiempo, la importancia de ser responsable. La responsabilidad no es un valor agregado, es inherente al periodismo.

-¿Y el caso inverso? ¿Qué trabajo suyo lo considera un acierto?

-Bueno, yo escribí una crónica, Un país de mutilados, sobre las víctimas de las minas antipersonales en el oriente de Antioquia, en el noroeste del país, que es la región del mundo más afectada por las minas. Y ese texto ayudó a hacer visibles a esas personas, no solamente por el drama del día en que sufrieron el percance, sino también por los padecimientos que debían vivir para que el Estado los atendiera. Yo no soy nada mesiánico en mi trabajo, no lo veo como algo con una misión. Pero con mucha frecuencia descubro que ciertas historias que cuento hacen visibles a los invisibles. Y me gusta que el resultado sea que esos invisibles luego reciban un poco más de atención.

-Narrar a las víctimas puede ser doloroso, ¿pero no es todavía más difícil contar la vida de personajes ambiguos, que son héroes y villanos a la vez? Por ejemplo, el polémico boxeador Kid Pambelé, protagonista de su libro El oro y la oscuridad.

-Yo creo que cuando uno procura ser justo al contar una historia, tanto el lector como el personaje se dan cuenta de eso. Se nota si uno narra con naturalidad y buena intención. Yo procuro ser justo, aspiro a eso.

-¿Qué le falta a la crónica latinoamericana?

 -El reto de la crónica es aproximarse al poder para mostrarlo, explicar su dinámica y poner en evidencia cómo incide en nuestras sociedades. En eso estamos en deuda. Las crónicas sobre el desarrapado y la villa mi-seria ya empiezan a agotarse. Por ejemplo, yo creo que el gran tema actual en nuestro continente es la minería, que destruye todo el ecosistema. Los magnates de la minería son los bárbaros modernos. Se infiltran en el poder político, compran conciencias y ponen a los congresistas de cada país a aprobar leyes que les garanticen impunidad.

-Contar ese mundo con la aspiración a ser justo es una deuda grande, ¿no?

-Ah, sí. Nadie es tan bueno como cree su mamá ni tan malo como cree su enemigo. Esa debería ser una máxima de nuestro oficio.

BIO

Profesión: periodista
Edad: 50 años
El colombiano Alberto Salcedo Ramos nació en Barranquilla y se crió en Arenal, un pueblo del Caribe. Una de sus reglas periodísticas se la debe a Woody Allen: "Todos los estilos son buenos, menos el aburrido". Sus libros, de La eterna parranda o El oro y la oscuridad. La vida gloriosa de Kid Pambelé, siguen esa ley al pie de la letra.

*Publicado en La Nación. 14/10/2013