lunes, 29 de abril de 2013

El infierno se enfría


Por Ryszard Kapuscinski

Los pilotos aún no han apagado los motores cuando una multitud corre hacia el avión. Colocan la escalerilla. Al bajar de ella, en el acto nos vemos envueltos por un jadeante torbellino humano, por las personas que han alcanzado el avión y ahora se abren paso a codazos y nos tiran de las camisas: un asedio en toda regla. «Passport! Passport!», gritan unas voces muy insistentes. Y acto seguido y en el mismo tono amenazador: «Return ticket!» Y unas terceras, no menos autoritarias: «Vaccination! Vaccination!». Todas estas exigencias, todo este asalto, son tan violentos y desorientan tanto que, sitiado, asfixiado y manoseado, empiezo a cometer un error tras otro. Preguntado por el pasaporte, lo saco, obediente, de la bolsa. Y enseguida alguien me lo arrebata y desaparece con él por alguna parte. Interpelado por el billete de vuelta, enseño que lo tengo. Pero al cabo de un instante lo pierdo de vista: también él ha desaparecido. Lo mismo pasa con el libro de vacunación: alguien me lo ha quitado de la mano y se ha volatilizado acto seguido. ¡Me he quedado sin documento alguno! ¿Qué hacer? ¿Ante quién presentar una queja? ¿A quién recurrir? La multitud que me ha dado caza junto a la escalerilla de repente se ha dispersado y ha desaparecido. Me he quedado solo. Pero al cabo de un instante se me acercan dos hombres jóvenes. Se presentan: «Zado y John. Te vamos a proteger. No te las arreglarías sin nosotros.» No les he preguntado nada. Lo único que pensé era: «¡Qué calor más espantoso hace aquí!» Eran las primeras horas de la tarde; el aire, húmedo y pesado, era tan denso y estaba tan incandescente que no tenía con qué respirar. Sólo deseaba salir de allí, llegar a algún lugar donde hubiese ¡una pizca de fresco! «¿Dónde están mis documentos?», me puse a gritar, furioso y desesperado. Había perdido el control de mis actos: en medio de un calor como aquel, la gente se vuelve nerviosa, excitada y furibunda. «Intenta calmarte», ha dicho John mientras subíamos en su coche, aparcado delante del barracón del aeropuerto, «enseguida lo comprenderás todo.»

Nos metemos por las calles de Monrovia. A ambos lados de las calzadas se ven, negros, los muñones carbonizados de las casas, quemadas y destrozadas. Aquí suele quedar muy poco de una casa derruida, pues todo, absolutamente todo, incluidos los ladrillos, las planchas de hojalata y las vigas que se han salvado de las llamas, desaparece inmediatamente, desmontado y saqueado. La ciudad alberga a decenas de miles de personas que han huido de la selva, que no tienen techo y que permanecen a la espera de que una granada o bomba destruya alguna casa. Se abalanzan enseguida sobre tamaño trofeo. Con los materiales que consigan llevarse se construirán una cabaña, o una barraca, o, simplemente, un techo que las proteja del sol y de la lluvia. La ciudad, que -a juzgar por lo que todavía se puede ver— inicialmente se componía de casas sencillas y bajas, ahora, repleta de construcciones provisionales hechas de cualquier manera, de mírame y no me toques, se ha reducido aún más, ha cobrado el aspecto de algo instantáneo y recuerda a un campamento de nómadas que se hubiesen detenido sólo un momento, para ocultarse del sol del mediodía, y que partirán enseguida, sin que se sepa muy bien hacia dónde.

Pedí a John y a Zado que me llevasen a un hotel. No sé si había dónde elegir, pero lo cierto es que sin mediar palabra me llevaron a una calle donde se levantaba un edificio desconchado de una planta, con un rótulo saliente de El Masón Hotel. Se entraba en él pasando por el bar. John abrió la puerta pero no consiguió dar un paso más. En el interior, en una artificial penumbra multicolor y un aire viciado y asfixiante, estaban, de pie, unas prostitutas. Decir «estaban, de pie, unas prostitutas» no refleja en absoluto el estado de cosas. En aquel pequeño local se había congregado un centenar de muchachas, unas pegadas a otras, sudorosas y cansadas; hacinadas, apretujadas y planchadas de tal manera que no sólo no se podía entrar, sino ni siquiera resultaba posible meter allí un brazo. El mecanismo funcionaba del modo siguiente: cuando un parroquiano abría la puerta desde la calle, la presión que se acumulaba en el interior arrojaba a una muchacha directamente, como desde una catapulta, a los brazos del sorprendido cliente. Una segunda muchacha ocupaba inmediatamente el sitio vacío.

John retrocedió, en busca de otra entrada. En una pequeña garita-oficina se sentaba un libanés joven, de aspecto sencillo y agradable. Era el dueño. A él pertenecían aquellas muchachas y aquel edificio medio desmoronado, de paredes viscosas y cubiertas de moho y chorreones que, ennegrecidos, formaban una procesión muda de espectros, quimeras y espíritus alargados, flacos y encapuchados.

-No tengo documentación -confesé al libanés, quien se limitó a esbozar una sonrisa.
-No importa -dijo-. Aquí no hay muchos que la tengan. ¡Documentación! -Y soltó una carcajada, tras lo cual lanzó una mirada cómplice hacia John y Zado. A todas luces, yo era para él un visitante de otro planeta. En el que llevaba el nombre de Monrovia se pensaba más bien en cómo sobrevivir hasta el día siguiente. ¿A quién le importaban unos papelotes?-. Cuarenta dólares la noche -dijo-. Pero sin comida. Se puede comer al doblar la esquina, donde la siria.
Invité allí enseguida a John y a Zado. La mujer, entrada en años, desconfiada y que no paraba de mirar hacia la puerta, ofrecía un único plato: pinchos con arroz. No quitaba ojo de la puerta porque nunca sabía quién iba a entrar: unos clientes, para comer algo; o unos ladrones, para despojarla de todo lo que tenía.
-¿Qué puedo hacer? -nos preguntó al entregarnos sendos platos. Había perdido ya todos los nervios, como todo el dinero-. He perdido mi vida -dijo, ni tan siquiera desesperada, simplemente como quien no quiere la cosa, para que lo supiésemos. El local estaba vacío, colgaba del techo un ventilador parado, había moscas volando y en la puerta, a cada momento, aparecía un mendigo extendiendo la mano.

Tras la ventana, sucia, también se apiñaban otros mendigos, con los ojos clavados en nuestros platos. Hombres zarrapastrosos, mujeres con muletas, niños a los que las minas habían arrancado piernas o brazos. Allí, sentado a la mesa e inclinado sobre aquel plato, no sabía uno cómo comportarse, dónde meterse.

Guardamos silencio durante largo rato, hasta que, finalmente, les pregunté por mis documentos. Zado me contestó que al tener todos los papeles, yo había decepcionado a los servicios del aeropuerto. Lo mejor habría sido que no hubiese tenido ninguno. Las líneas aéreas ilegales se dedicaban a traer a Monrovia a pájaros de diverso pelaje. A fin de cuentas, nos hallábamos en el país del oro, los diamantes y la droga. Muchos de esos tipos no tenían visado ni libro de vacunación. Eran los que reportaban beneficios: pagaban con tal de que se les dejara entrar. De ellos vivían los hombres empleados en el aeropuerto, pues el gobierno, al no tener dinero, no les pagaba sus sueldos. No, ni siquiera se trataba de gente corrupta. Simplemente, hambrienta. También yo tendría que pagar un rescate por mis papeles. Zado y John sabían dónde y a quién. Podían arreglármelo. Llegó el libanés con una llave para mí. Oscurecía y él se iba para casa. A mí también me aconsejaba meterme en el hotel. Por la noche, me dijo, no podría andar solo por la ciudad. Regresé, pues, al hotel y, tras entrar por una puerta lateral, subí al primer piso, donde estaba mi habitación. Abajo, junto a la entrada, y en la escalera me habían importunado unos desharrapados que me garantizaban protección durante la noche. Al decirlo, extendían la mano. Por la manera en que me miraban a los ojos deduje que si no les daba algo, durante la noche, cuando estuviese dormido, irían a buscarme y me degollarían.

Una vez en mi habitación (la número 107), vi que su única ventana daba a un estrecho patio interior, lóbrego y que despedía una peste repugnante. Encendí la luz. Las paredes, la cama, la pequeña mesa y el suelo estaban negros. Negros de cucarachas. En mis viajes por el mundo había vivido con todos los bichos imaginables e incluso había aprendido a mostrarme indiferente y resignado ante el hecho de que viviésemos entre millones y millones de moscas, mosquitos, curianas y chinches; entre incontables jabardos, escamochos y enjambres de avispas, arañas, cárabos y escarabajos; entre nubes de moscardones y zancudos, y de la voraz langosta, pero en aquella ocasión me chocó no tanto la cantidad de las cucarachas -aunque más que imponente- como su tamaño, el tamaño de todas y cada una de las criaturas allí presentes. Eran unas cucarachas gigantes, grandes como tortugas, oscuras, brillantes, peludas y bigotudas. ¿Qué era lo que había hecho que creciesen tanto? ¿De qué se cebaban? Su monstruoso tamaño tuvo en mí un efecto paralizante. Llevaba años descargando golpes mortales, sin plantearme nada, sobre toda clase de moscas y mosquitos, de pulgas y arañas, pero ahora me encontraba ante un problema nuevo: ¿cómo arreglármelas con colosos semejantes? ¿Qué hacer con ellos? ¿Cómo tratarlos? ¿Matarlos? ¿Con qué? ¿Cómo? Sólo al pensarlo me temblaba la mano. Eran demasiado grandes. Sentí que no sabría, que ni siquiera me atrevería a intentarlo. Más aún: en vista del tamaño tan extraordinario de aquellas cucarachas, empecé a inclinarme sobre ellas y a aguzar el oído a la espera de que emitiesen algún sonido, alguna voz. Al fin y al cabo, muchos seres tan grandes como ellas hablaban de las maneras más diversas—piando, chillando, croando, gruñendo—, ¿por qué, entonces, una cucaracha no habría de hacer algo parecido? Una normal es demasiado pequeña para que la oigamos, pero ¿por qué no aquellos gigantes entre los que me encontraba? ¿Emitirían alguna voz? ¿Algún sonido? Pero la habitación estaba sumida en un silencio absoluto todo el tiempo: todas callaban; cerradas, mudas y misteriosas. Me di cuenta, sin embargo, de que cada vez que me inclinaba sobre ellas, pensando que tal vez acabaría oyéndolas, las cucarachas retrocedían a toda prisa y se apiñaban en apretados grupos. Yo repetía el gesto y su reacción invariablemente era la misma. Estaba claro que el hombre les daba asco, retrocedían ante él con aversión, lo percibían como un ser excepcionalmente desagradable y repugnante. Podría hacer más llamativa esta escena describiendo cómo, enfurecidas por mi presencia, se abalanzan sobre mí, me atacan y trepan sobre mi cuerpo hasta cubrirlo por entero, y cómo yo, presa de la histeria, me pongo a tiritar y sufro una conmoción, pero eso sería una mentira. La verdad es que, si yo no me acercaba a ellas, se comportaban con indiferencia, moviéndose soñolienta y perezosamente. A ratos, ya caminaban de un lugar a otro, ya salían de una grieta o, por el contrario, se escondían en ella. Y aparte de eso, nada de nada.

Consciente de que me esperaba una noche difícil e insomne (es que, además, en la habitación reinaba un calor sofocante e inhumano), busqué en la bolsa mis notas a propósito de Liberia. En 1821, en un lugar que debe de encontrarse en las inmediaciones de mi hotel (Monrovia está situada en la costa atlántica, en una península que se parece a nuestro Hel, en el Báltico) atracó un barco procedente de Norteamérica que traía a bordo a un tal Robert Stockton, un agente de la American Colonisation Society. Stockton, encañonando con su pistola una sien del rey Peter, el jefe de la tribu, lo obligó a venderle —a cambio de seis mosquetones y una caja de abalorios— la tierra que la mencionada compañía americana se disponía a poblar con aquellos esclavos de las plantaciones de algodón (principalmente de los estados de Virginia, Georgia y Maryland) que habían conseguido el estatus de hombres libres. La compañía de Stockton tenía un carácter liberal y caritativo. Sus activistas creían que la mejor indemnización por las sevicias de la esclavitud consistía en enviar a los antiguos esclavos a la tierra de donde procedían sus antepasados: a África.

Desde aquel momento, año tras año, los barcos fueron trayendo de los EEUU a grupos de esclavos liberados, que fueron instalándose en la zona de la Monrovia de hoy. No constituían una gran comunidad. Cuando en 1847 proclamaron la creación de la República de Liberia, ésta no contaba más de seis mil habitantes. Es posible que su número nunca haya superado una veintena escasa de miles: menos del uno por ciento de la población del país. Son apasionantes las andanzas y el comportamiento de aquellos colonos (que se llamaban a sí mismos Americo-Liberians, américo-liberianos). Apenas la víspera habían sido unos parias negros, unos esclavos despojados de todo derecho, en las plantaciones de algodón que cubrían los estados del Sur norteamericano. En su mayoría, no sabían leer ni escribir, como tampoco tenían oficio alguno. Años atrás, sus padres habían sido secuestrados en África, llevados a América con grilletes y cadenas y vendidos en los mercados de esclavos. Y ahora los descendientes de aquellos infelices, también ellos mismos esclavos negros hasta hacía poco, se veían trasplantados a África, tierra de sus antepasados, a su mundo, y se encontraban entre hermanos de raíces comunes y con el mismo color de piel. Por obra de unos americanos blancos y liberales, habían sido traídos hasta allí y abandonados a sí mismos, en manos de un destino incierto. ¿Cómo se comportarían? ¿Qué harían? Pues bien: en contra de las expectativas de sus bienhechores, los recién llegados no besaban la tierra reconquistada ni se lanzaban a los brazos de los habitantes africanos.

Por experiencia propia, aquellos américo-liberianos no conocían sino un único tipo de sociedad: el de la esclavitud en que habían vivido en los estados del Sur norteamericano. De manera que tras desembarcar, su primer paso en la nueva tierra consistiría en copiar la sociedad conocida, sólo que ahora ellos, los esclavos de ayer, serían los amos y convertirían en esclavos a los miembros de las comunidades del lugar, sobre los que, una vez conquistados, extenderían su dominio. Liberia no constituye sino la prolongación del orden establecido por el sistema de la servidumbre, impuesto por la voluntad de los propios esclavos, que no desean destruir un sistema injusto, sino que lo quieren conservar, desarrollar y usar en provecho de sus intereses personales. Salta a la vista que una mente sometida, envilecida por la experiencia de la esclavitud, una mente -en palabras de Milosz— «nacida en la no libertad, encadenada desde el alumbramiento», no sabe pensar, no sabe imaginarse un mundo libre en el que las personas, todas, también lo fuesen.

Una parte importante de Liberia está cubierta por la selva. Espesa, tropical, húmeda, palustre. La habitan unas tribus pequeñas, pobres y mal organizadas (los pueblos grandes y poderosos, con estructuras militares y de Estado fuertes, solían instalarse en las vastas y abiertas extensiones de la sabana. Las difíciles condiciones de salubridad y transporte de la selva africana han hecho que tales organismos no hayan podido formarse allí). Ahora, en estos territorios, habitados tradicionalmente por la antigua población autóctona, empiezan a establecerse visitantes llegados desde más allá del océano. Desde el principio mismo, ambas comunidades, que se entienden pésimamente, mantienen unas relaciones hostiles. Antes que nada, los américo-liberianos declaran que tan sólo ellos son los ciudadanos del país. Al resto -es decir, al noventa y nueve por ciento de la población- le niegan este estatus, este derecho. De acuerdo con las leyes que promulgan, dicho resto no se compone más que de los tribesmen (los hombres de las tribus), gentes sin cultura, salvajes y paganas.

Por lo general, las dos comunidades viven apartadas la una de la otra, teniendo contactos espaciados y esporádicos. Los nuevos amos se aferran a la costa y a las poblaciones que allí han construido (Monrovia es la mayor de ellas). Sólo cien años después de la creación de Liberia, su presidente (en aquella época lo era William Tubman) se aventuró a viajar al interior del país. Los llegados de América, al no poder distinguirse de los nativos por el color de la piel o su constitución física, intentan demostrar su «otredad», su superioridad, de otra manera. En el clima de calor abrasador y de humedad terrorífica, propio de Liberia, los hombres, incluso en días de cada día, visten de frac y con pantalones tipo Spencer, llevan sombrero hongo y guantes blancos. Las señoras, por lo común, permanecen en sus casas, pero cuando salen a la calle (hasta la mitad del siglo XX Monrovia no conoce asfalto ni aceras), lo hacen ataviadas con rígidas crinolinas, espesas pelucas y sombreros adornados con flores artificiales. Toda esta alta sociedad, exquisita e impenetrable ella, vive en unas casas que son copia exacta de las mansiones y de los palacetes que se construían los dueños de las plantaciones en el Sur de Norteamérica. Los américo-liberianos se encierran, también, en su propio mundo religioso, inaccesible para los africanos del lugar. Son baptistas y metodistas celosos. En la nueva tierra, levantan sus sencillas iglesias. En ellas pasan todo su tiempo libre, cantando himnos piadosos y oyendo sermones para cada circunstancia. Con el paso de los años, dichos templos acabarán convirtiéndose, también, en lugares de reunión social, en una especie de clubs cerrados al público.

Mucho antes de que los afrikáners blancos introdujesen el apartheid (es decir, un sistema de segregación basado en la dominación) en Sudáfrica, este sistema ya lo habían inventado y llevado a la práctica, a mediados del siglo XX, los descendientes de esclavos negros: los amos de Liberia. La propia naturaleza y la espesura de la selva hicieron que entre los aborígenes y los desembarcados existiese una frontera natural que los separaba y que facilitaba la segregación, un espacio deshabitado, una tierra de nadie. Pero no era suficiente. En el pequeño y mojigato mundillo de Monrovia rige la prohibición de unas relaciones estrechas con la población oriunda y, sobre todo, de los matrimonios mixtos. Se hace todo lo posible para que «los salvajes conozcan su lugar». Con este fin el gobierno de Monrovia asigna un territorio a cada una de las tribus (que son dieciséis), en el que se le permite permanecer: esos homelands típicos, que los blancos racistas de Pretoria crearían para los africanos tan sólo al cabo de varias décadas. Todo el que se opone a ello es severamente castigado. Allí donde se declara una rebelión, envía Monrovia expediciones de castigo compuestas por militares y policías. Los líderes de los pueblos sublevados son decapitados in situ; la población insumisa, asesinada o encarcelada; sus poblados, destruidos, y sus cosechas, incendiadas, son pasto de las llamas. De acuerdo con la costumbre que de antiguo se ha practicado en el mundo, también aquí todas estas expediciones, incursiones y guerras locales no tienen sino un solo objetivo: proveerse de esclavos. Y es que los américo-liberianos necesitan mano de obra. Y, en efecto, ya en la segunda mitad del siglo XIX empezarán a emplear en sus haciendas y talleres a sus propios esclavos. Como también a venderlos a otras colonias, principalmente a Fernando Poo y a las Guayanas. A finales de la segunda década del siglo XX, la prensa mundial revela este proceder, oficialmente practicado por el gobierno de Liberia. La intervención de la Liga de las Naciones no se hace esperar. Bajo su presión, el entonces presidente, Charles King, se ve obligado a dimitir. Pero el proceder, sólo que a partir ahora a  escondidas, seguirá practicándose.

Desde los primeros días de su asentamiento en Liberia, los negros llegados de América no piensan sino en cómo conservar y fortalecer su posición dominante en el nuevo país. Lo primero que hacen es no permitir la participación en el gobierno de los hahitantes autóctonos, privándolos así de sus derechos civiles. Cierto que les dejan vivir, pero sólo en los territorios tribales que les asignan. Luego, van más lejos: inventan el sistema de partido único. Un año antes del nacimiento de Lenin, esto es en 1869, se crea en Monrovia el True Whig Party, que detentará el monopolio del poder en Liberia a lo largo de ciento once años, es decir, hasta 1980. Los dirigentes de este partido, que forman su buró político -A National Executive-, lo deciden todo desde el principio: quién será presidente, quién se sentará en el gobierno, qué política llevará dicho gobierno, qué empresa extranjera obtendrá concesiones, quién será nombrado jefe de la policía, quién, jefe de correos, etc., minuciosamente, hasta los peldaños más bajos del escalafón. Los sucesivos líderes del partido en cuestión se convertían en presidentes de la república, o al revés: los dos cargos eran tratados como indistintos e intercambiables. Sólo siendo miembro del partido se podía llegar a conseguir algo. Sus adversarios o estaban encarcelados o vivían en el exilio.

A su líder William Tubman, que al mismo tiempo era presidente de Liberia en los años sesenta, lo conocí personalmente. El encuentro se produjo en la primavera de 1963, en Addis-Abeba, durante la primera Conferencia de Jefes de Estado Africanos. Tubman tenía entonces casi setenta años. Nunca en su vida había viajado en avión: por miedo. Un mes antes de la Conferencia, salió de Monrovia a bordo de un barco que lo trasladó a Djibuti, y de allí siguió viaje en tren, hasta Addis-Abeba. Era un hombrecillo bajo, menudo y jovial, con un puro entre los labios. Respondía a las preguntas incómodas con una carcajada larga y sonora que acababa en un ataque de hipo ruidoso, seguido, a su vez, por uno de ahogo, silbante y convulsivo. Su cuerpo temblaba y sus húmedos ojos se le salían de las órbitas. El interlocutor, desconcertado y asustado, se callaba al no atreverse a seguir preguntando. Entonces Tubman sacudía la ceniza de su ropa y, ya tranquilo, volvía a esconderse tras la espesa cortina de humo de su cigarro puro. Fue presidente de Liberia durante veintiocho años. Pertenecía a la categoría, hoy ya escasa, de caciques que gobiernan a sus países como lo hace el terrateniente en su finca: conocen a todos y lo deciden todo. (Leónidas Trujillo, coetáneo de Tubman, fue dictador de Santo Domingo durante treinta años. Bajo su régimen, la Iglesia organizaba bautizos colectivos: Trujillo llevaba a la pila los niños que nacían en el país. Con el tiempo, se había convertido en el padrino de todos sus súbditos. La CIA no lograba encontrar voluntarios dispuestos a atentar contra la vida del dictador: nadie quería levantar la mano contra su padrino.) Tubman recibía diariamente a unas sesenta personas. Él mismo había designado a todos los cargos de Liberia, decidía a quién se otorgaba una concesión y a qué misioneros se dejaba entrar en el país.

Enviaba a sus hombres por todas partes y tenía una policía particular que le informaba de todo lo que pasaba: en esta aldea, en aquélla y en la de más allá. No es que pasaran muchas cosas. El país no era más que una provincia de África, pequeña y olvidada. En las polvorientas callejuelas de Monrovia, a la sombra de unas casas medio derruidas, dormitaban tras sus puestos unas vendedoras gruesas y por todas partes deambulaban perros atormentados por la malaria. A veces, ante la verja del palacio sede del gobierno desfilaba un grupo de personas portando una pancarta gigantesca en la que se podía leer: «Multitudinaria manifestación de gratitud por el progreso que se ha logrado en el país gracias a la Inigualable Administración del Presidente de Liberia, Dr. W. V. S. Tubman.» Delante de la misma verja también se detenían conjuntos musicales, llegados de las provincias para cantar la grandeza del presidente: «Tubman es el padre de todos nosotros, / lo es del pueblo entero. / Él nos construye caminos, / nos trae el agua. / Tubman nos da de comer, / nos da de comer, / ¡ye, ye!» Aplaudían a los alborozados entusiastas unos guardias metidos en sus garitas donde se ocultaban del sol.

Sin embargo, el más grande de los respetos se lo granjeaba al presidente el hecho de que lo protegiesen los buenos espíritus, los cuales, también, lo habían dotado de poderes sobrenaturales. Si alguien hubiese intentado servirle una bebida envenenada, el vaso que la contenía habría estallado en el aire. Tampoco habría podido alcanzarle la bala de un terrorista: se habría fundido durante el trayecto. El presidente tenía unas hierbas que le permitían ganar todas las elecciones. Y también un aparato a través del cual podía verlo todo, ocurriese donde ocurriese; una oposición no tenía ningún sentido: habría sido descubierta antes de fraguarse. Tubman murió en 1971. Lo sustituyó en el cargo William Tolbert, vicepresidente y buen amigo suyo. Tanto como el poder a Tubman, a Tolbert lo fascinaba el dinero. Era la corrupción personificada. Traficó con todo: desde el oro hasta los coches, y en los ratos libres vendía pasaportes. Siguió su ejemplo toda la élite, los famosos descendientes de los esclavos negros americanos. Tolbert mandaba disparar sobre la gente que se lanzaba a la calle para clamar por pan y por agua. Su policía mató a cientos de personas.

En la madrugada del 12 de abril de 1980, un grupo de soldados irrumpió en la residencia presidencial y descuartizó a Tolbert en la cama. Le sacaron las entrañas y las arrojaron al patio, para que las devorasen los perros y los buitres. Eran diecisiete soldados. Al mando estaba Samuel Doe, un sargento de veintiocho años. Doe era un joven que apenas sabía leer y escribir. Procedía de una tribu pequeña, la krahn, que vivía en la selva profunda. Hombres como él, expulsados por la miseria de sus aldeas, llevaban años llegando a Monrovia en busca de trabajo y dinero. A lo largo de treinta años (entre 1956 y 1986), la población de la capital de Liberia se había multiplicado por diez: de cuarenta y dos mil había pasado a cuatrocientos veinticinco mil. Y aquel salto demográfico se produjo en una ciudad carente de industria y de transportes, en la que pocas casas tenían luz eléctrica y las menos aún, agua corriente. Una excursión desde la selva hasta Monrovia exige muchos días de marcha a través de unos territorios sin caminos y en las difíciles condiciones del trópico. De modo que sólo podían emprenderla hombres jóvenes y fuertes. Y eran precisamente ellos los que se plantaban en la ciudad. Pero no los esperaba nada: ni un trabajo ni un techo. Desde el primer día, se convertían en unos bayaye, ese ejército de jóvenes parados que deambulaba (y sigue deambulando) sin nada que hacer, por todas las calles y plazas de las ciudades africanas. La existencia de este ejército es una de las causas de los disturbios que se producen en el continente: es entre sus filas donde, por unas monedas, a menudo sólo por una promesa de darles de comer, los jefecillos locales reclutan a hombres para sus ejércitos privados con los que luego lucharán por el poder, organizarán golpes de Estado y desatarán guerras civiles. Doe, igual que Amín en Uganda, era un bayaye de aquéllos, igual que a Amín, le tocó la lotería: consiguió entrar en el ejército. Se podría pensar que había alcanzado la cima de su carrera.

Resultó, sin embargo, que tenía planes más ambiciosos. En el caso de Liberia, el golpe de Doe no fue un simple cambio de un cacique burócrata y corrupto por un semianalfabeto con uniforme. Al mismo tiempo, fue una revolución sangrienta, cruel y caricaturesca de unas masas esclavizadas de la selva africana en contra de sus denostados soberanos, antiguos esclavos de las plantaciones americanas. Se produjo una especie de giro de ciento ochenta grados dentro del mundo de la esclavitud: los nuevos esclavos se habían rebelado contra los antiguos, que les habían impuesto su voluntad. Todo aquel acontecimiento pareció demostrar la tesis más pesimista y trágica de que -en cierto sentido, aunque fuera de índole mental o cultural- no existe una salida de la esclavitud. O, si la hay, resulta extremadamente difícil y a largo plazo. Siempre. Doe se proclamó presidente de inmediato. Enseguida mandó matar a trece ministros del gobierno de Tolbert. Las ejecuciones se prolongaron durante mucho tiempo ante los ojos de un populacho curioso y ávido de espectáculo que había acudido multitudinariamente a la plaza.

El flamante presidente a cada momento hacía público un nuevo atentado contra su persona. Acabó diciendo que habían sido treinta y cuatro. Y fusilaba a los autores de aquellos atentados. El hecho de que a pesar de todo estuviese con vida y siguiese gobernando era prueba fehaciente de que lo protegían los conjuros y los poderes invencibles obra de los brujos de su aldea. Se le podía disparar sin miedo: las balas, simplemente, se detenían en el aire y luego caían al suelo. Poco se puede decir de su gobierno. Lo ejerció durante diez años. El país, simplemente, se paró. No había luz, las tiendas estaban cerradas y cesó todo movimiento en los pocos caminos que existen en Liberia. En realidad, Doe no sabía muy bien qué debía hacer como presidente. Como tenía una cara infantil y mofletuda, se compró unas gafas de sol con marco de oro, para ofrecer el aspecto de un hombre serio y acomodado. Como era bastante perezoso, se pasaba días enteros sentado en su residencia, jugando a las damas con sus subordinados. También pasaba mucho tiempo en el jardín, donde las mujeres de los miembros de su guardia presidencial preparaban comidas al fuego o lavaban la ropa. Charlaba con ellas, se hacía el gracioso, a veces se llevaba a alguna a la cama. Sin saber qué más se podía hacer ni cómo protegerse de la venganza después de matar a tantas personas, vio como única salida el rodearse por hombres de su propia tribu. Por eso, a cada momento, hacía traer a Monrovia una nueva partida de krahn. El poder de los ricos, mundanos y bien asentados américo-liberianos (que mientras tanto habían conseguido huir del país) pasó ahora a manos de una tribu selvática, mísera, analfabeta y asustada ante su nueva situación, los krahn, que, repentinamente sacados de sus cabañas hechas de esparto y hojas trenzadas, por primera vez en su vida veían cosas como una ciudad, un coche o unos zapatos. Comprendían, eso sí, que la única manera de sobrevivir consistía en aterrorizar o en liquidar a sus enemigos, reales y potenciales, es decir, a todos los no krahn. De modo que el puñado de los míseros de ayer, ignorantes y perdidos, al querer mantenerse en el lucrativo poder que les ha caído en las manos como el maná, desde un principio procura aterrorizar a la población. Golpea, maltrata y ahorca a la gente sin motivo alguno. «¿Por qué se han ensañado contigo tanto?», preguntan los vecinos a un hombre cubierto de moraduras. «Han llegado a la conclusión de que no soy un krahn», contesta el infeliz.

Se comprende que ante tal situación el país sólo espera el momento en que podrá librarse de Doe y su gente. En su ayuda acude un tal Charles Taylor, antiguo hombre de confianza de Doe, que, según afirmaba el presidente, le había robado un millón de dólares, se había marchado a los Estados Unidos y allí, tras dejarse pillar en algún negocio turbio, había dado con sus huesos en la cárcel. Pero había huido, y ahora se encontraba en Costa de Marfil. Desde allí, con un grupo de sesenta hombres, en diciembre de 1969 empieza una guerra contra Doe. Doe podría destruirlo fácilmente, pero envía contra él a un ejército de sus krahn descalzos, los cuales, en lugar de luchar contra Taylor, se lanzan a una rapiña y pillaje indiscriminados. La noticia del avance de aquel ejército de saqueadores se extiende rápidamente por la selva, y la población, aterrada y con esperanza de salvarse, empieza a engrosar las filas de Taylor. Su ejército crece a una velocidad vertiginosa, y tan sólo al cabo de seis meses se planta en las afueras de Monrovia. En ese momento estalla una riña en su seno: quién debe conquistar la ciudad y quién se hará con el botín. El jefe del Estado Mayor, Prince Johnson, también antiguo hombre de confianza de Doe, rompe con Taylor y crea su propio ejército. Ahora, los tres ejércitos —el de Doe, el de Taylor y el de Johnson— luchan entre sí en y por la ciudad. Monrovia se convierte en una ruina, arden barrios enteros y las calles se cubren de cadáveres. Finalmente, intervienen los países del África Occidental. Nigeria envía, en barcos, a destacamentos  de paracaidistas, que en el verano llegan al puerto de Monrovia. Doe se entera de ello y decide visitar a los nigerianos. Se rodea por sus guardaespaldas y, en un Mercedes, se dirige al puerto. Es el 9 de septiembre de 1990. El presidente atraviesa una ciudad exhausta, devastada, saqueada y desierta. Cuando llega al puerto, ya lo están esperando los hombres de Johnson. Abren fuego. Caen fulminados todos los guardaespaldas. Él mismo recibe varios balazos en las piernas: no puede huir. Lo atrapan, le atan las manos a la espalda y lo arrastran hacia el lugar del suplicio. Johnson, ávido de publicidad, ordenó filmar detalladamente toda la escena. En la pantalla vemos a un Johnson sentado y tomándose una cerveza. A su lado está una mujer, de pie, que lo abanica y le enjuga el sudor de la frente (hace mucho calor). En el suelo, vemos a Doe, atado y cubierto de sangre. Tiene el rostro masacrado; apenas si se le ven los ojos. Alrededor se apiña una multitud de hombres de Johnson, fascinada por la visión del dictador torturado. Es un destacamento que recorre el país desde hace ya medio año, saqueando y matando, y, aun así, la vista de la sangre, una y otra vez, vuelve a sumirlo en un estado de éxtasis, de locura. Jóvenes muchachos se abren paso a codazos: todos quieren verlo, saciar sus ojos. Doe está sentado en medio de un charco de sangre, desnudo, empapado en sangre, en sudor y con el agua que echan sobre él para que no se desmaye; la cabeza hinchada por los golpes. «¡Prince!», balbucea Doe, dirigiéndose a Johnson (lo llama por su nombre de pila, porque al fin y al cabo son compañeros: los que luchan unos contra otros y destruyen el país -Doe, Taylor y Johnson- no son sino compañeros). «Ordena tan sólo que me aflojen las cuerdas de las manos. Lo diré todo, ¡ordena tan sólo que me las aflojen!» Por lo visto, le han atado las manos con tanta fuerza que éstas le producen más dolor que las piernas, cosidas a balazos. Pero Johnson se limita a gritar a Doe; grita en su dialecto local criollo del que no se puede comprender gran cosa, excepto una: que Doe revele el número de su cuenta bancaria. En África, cada vez que atrapan a un dictador, toda la investigación, las palizas y las torturas giran, invariablemente, en torno a una misma cosa: el número de su cuenta bancaria particular. En la opinión pública local, político es sinónimo de jefe de un gang de delincuentes que hace negocios con el tráfico de drogas y de armas, y pone el dinero a buen recaudo en cuentas abiertas en bancos extranjeros, porque sabe que su carrera no durará mucho, que él mismo acabará teniendo que huir y necesitará medios de vida.

—¡Cortadle las orejas! —grita Johnson, furioso porque Doe no quiere hablar (aunque Doe dice que ¡sí quiere!). Los soldados tumban al presidente en el suelo, lo inmovilizan con las botas y uno de ellos, con su bayoneta, le corta una oreja. Se oye un inhumano alarido de dolor.
-¡La otra oreja! -grita Johnson. Se organiza un tremendo alboroto, todos están excitados, se enzarzan en riñas: todos y cada uno quiere cortar la oreja al presidente. Se vuelve a oír un alarido. Incorporan al presidente. Doe está sentado; su espalda aguantada por la bota de un soldado; su cabeza, sin orejas y cubierta de sangre, se balancea. Ahora Johnson, en realidad, no sabe qué más debe hacer. ¿Mandar cortarle la nariz? ¿Un brazo? ¿Una pierna? Salta a la vista que no se le ocurre nada. Empieza a aburrirse.
-¡Lleváoslo de aquí! -ordena a sus soldados, que lo someterán a nuevas torturas (también filmadas).

Doe, apaleado y masacrado, aún vivió varias horas. Murió desangrado. Cuando estuve en Monrovia, el cásete que mostraba cómo se había torturado al presidente era el producto más atractivo en el mercado de medios de comunicación. En la ciudad, sin embargo, había pocos vídeos y, además, a menudo se repetían los cortes de luz. Para contemplar la tortura (la película entera dura dos horas), la gente tenía que hacerse invitar por los vecinos más acomodados o acudir a aquellos bares donde el cásete estaba puesto siempre. Los que escriben sobre Europa tienen una vida cómoda. El escritor puede, por ejemplo, detenerse en Florencia (o situar allí a su protagonista). Y el resto se lo hace por él la historia. Le proporcionan temas inagotables las obras de los arquitectos antiguos que levantaron las iglesias florentinas, o las de los escultores que erigieron estatuas extraordinarias, o las de los burgueses ricos que se pudieron permitir construirse unas casas renacentistas de piedra, ricamente adornadas. Se puede describir todo esto sin moverse de sitio o dando un breve paseo por la ciudad. «Me detuve en la Piazza del Duomo», escribe el autor que se ha encontrado en Florencia. A continuación, puede seguir una descripción, de muchas páginas, de la riqueza de objetos, obras, maravillas del arte, productos del genio y buen gusto humanos que lo rodean por todas partes, que ve allí donde dirija la mirada, en los que está sumergido de lleno. «Y ahora camino por Il Corso e il Borgo degli Albizi en dirección al museo de Miguel Ángel, para no perderme, de ninguna manera, el bajorrelieve de la Madonna della Scala», escribe nuestro autor. ¡Qué buena vida la suya! Basta con que camine y mire. El mundo que lo rodea se le coloca él solo bajo la pluma. Puede crear todo un capítulo a propósito de un breve paseo. Tiene a su disposición una gran riqueza, ¡una abundancia infinita! Tomemos a Balzac. Tomemos a Proust. Página tras página, se suceden listas, catálogos y enumeraciones de objetos inventados y fabricados por miles de ebanistas, tallistas, bataneros y canteros; cosas hechas por incontables manos hábiles y sensibles que, con sumo mimo, han construido en Europa ciudades y calles, levantado casas y decorado sus interiores.

Monrovia coloca al recién llegado en una situación del todo diferente. Sus casuchas, descuidadas, pobres y de idéntico aspecto, forman filas kilométricas, una calle desemboca en otra y un barrio se convierte en el siguiente de un modo tan imperceptible que sólo el cansancio, que notaremos muy pronto en este clima, nos informará de que hemos pasado de una parte de la ciudad a otra. También el interior de las casas (con la excepción de los pocos chalets propiedad de los hombres adinerados y de los dignatarios) resulta igualmente mísero y monótono. Una mesa, un par de sillas o taburetes, una cama de matrimonio metálica, esteras de rafia o de plástico para los niños, clavos en la pared para colgar el vestido y unas estampas de colorines, por lo general recortadas de alguna revista. Una olla grande, para hervir el arroz, y otra más pequeña, para cocer la salsa, y tazas, para el agua y el té. Una palangana de plástico, para lavarse, la cual, en el caso de tener que huir (necesidad que, en vista de las luchas continuas, últimamente se ha repetido a menudo), se convierte en una especie de maleta que siempre se tiene a mano y que las mujeres llevan sobre la cabeza. ¿Y eso es todo? Pues, más o menos, sí. Lo más fácil y barato es construirse una casa de hojalata de cinc ondulada. Sustituye la puerta una cortina de percal, los agujeros que hacen las veces de ventanas son pequeños y durante la estación de las lluvias, que aquí es larga y pesada, se tapan con trozos de cartón o de contrachapado. Una casa como ésta, durante el día arde como un horno, sus paredes queman y vomitan fuego, el techo chisporrotea y se funde bajo el sol; de modo que desde el alba hasta el anochecer, nadie se atreve a entrar en ella. Apenas empieza a clarear, el primer haz de la aurora expulsa a todos sus habitantes, aún medio dormidos, al patio y la calle, donde se quedarán hasta la noche. Empapados en sudor, mientras salen al exterior se rascan las ampollas producto de las picaduras de los mosquitos y de las arañas y echan un vistazo al interior de la olla, a ver si ha quedado allí algún resto del arroz del día anterior. Miran la calle, las casas de los vecinos, sin curiosidad, sin expectativas. A lo mejor habría que hacer algo. Pero ¿qué? ¿Qué hacer?

Por la mañana me voy a pasear por la Carrey Street, junto a la cual está mi hotel. Es el centro de la ciudad, su barrio comercial. No se puede ir muy lejos. Por todas partes, apoyados contra las paredes, se sientan grupos de bayaye, muchachos hambrientos sin nada que hacer, sin esperanza alguna, sin oportunidades para una vida diferente. Me abordan ya para preguntarme de dónde soy, ya para decirme que serán mis guías, ya para pedirme que les consiga una beca en Norteamérica. Ni siguiera quieren un dólar para un panecillo, no, apuntan mucho más alto: Norteamérica. Después de cien metros ya me veo rodeado por niños pequeños de caras hinchadas y ojos cansados, algunos sin un brazo o sin una pierna. Mendigan. Son los soldados de las Small Boys Units de Charles Taylor, las más terribles de sus unidades. Taylor recluta a niños pequeños y les da armas. También les da drogas, y cuando se hallan bajo sus efectos, empuja a esos niños al ataque. Los chiquillos, atontados, se comportan como kamikazes, se lanzan al fragor de la lucha, van directamente al encuentro de las balas, estallan junto con las minas. Cuando su dependencia crece hasta tal punto que dejan de ser útiles, Taylor los expulsa. Algunos llegan hasta Monrovia y acaban su breve vida en alguna cuneta o basurero, comidos por la malaria o por el cólera o por los chacales.

En realidad, no se sabe por qué Doe fue al puerto (provocando así su muerte). Es posible que se hubiese olvidado de que era presidente. Había llegado a serlo diez años atrás, a decir verdad, por casualidad. Él y un grupo de dieciséis compañeros, suboficiales profesionales como él, fueron a la residencia del presidente Tolbert para preguntar cuándo se les pagaría la soldada atrasada. No se toparon con ningún guardaespaldas, y Tolbert dormía. Aprovecharon la ocasión para coserlo a bayonetazos. Y Doe, el mayor del grupo, ocupó su lugar. Por regla general, en Monrovia nadie respetaba a los suboficiales, y he
aquí que de repente todo el mundo había empezado a saludarlo, a aplaudirlo y a abrirse paso a codazos con tal de estrecharle la mano. Eso le gustó. Aprendió de prisa varias cosas. Que si la multitud aplaude, hay que levantar los brazos en un gesto de saludo y victoria. Que para diversos tipos de salidas nocturnas, en lugar del uniforme de campaña, hay que ponerse un traje cruzado de color oscuro. Que si en alguna parte aparece un adversario, enseguida hay que darle caza y matarlo. Pero no lo aprendió todo. No sabía, por ejemplo, qué hacer si sus antiguos compañeros —Taylor y Johnson— le tomaban todo el país, la capital incluida, y empezaban a sitiar su residencia. Tanto Taylor como Johnson, que tenían sus respectivas hordas compitiendo el uno con el otro, ambicionaban el poder (que seguía en manos de Doe). En semejantes ambiciones, por supuesto, no había lugar para cosas tales como un programa, la democracia o la soberanía. Sólo se trataba de controlar la caja. Doe lo había hecho durante diez años. Los otros estaban en su derecho de considerar que era más que suficiente. Más aún: ¡se lo decían en la cara! «Sólo pretendemos», repitieron en decenas de entrevistas «deponer a Samuel Doe. Al día siguiente habrá paz.»

Doe no supo reaccionar ante algo así: simplemente, se perdió a sí mismo. En lugar de actuar —con armas o por medios pacíficos-, no hizo nada. Encerrado en su residencia, no sabía muy bien lo que ocurría a su alrededor, aunque desde hacía tres meses la ciudad era escenario de encarnizadas batallas. Y un buen día alguien le informa de que unas tropas nigerianas habían llegado al puerto. Como presidente de la república, estaba en su derecho de preguntar oficialmente en razón de qué unas tropas extranjeras entraban en el territorio de su país. Pudo haber exigido que el comandante de dicho ejército compareciese en su residencia con una explicación. Pero Doe no hizo nada de esto. Se despertó en él la naturaleza del suboficial de reconocimiento, del sargento-explorador. ¡Ya vería él mismo de dónde soplaba el viento¡ Así que sube al coche y va al puerto. Pero ¿no sabe acaso que esta parte de la ciudad está ocupada por Johnson, que quiere descuartizarlo? ¿Y que no es costumbre que el presidente de un país vaya a presentarse al comandante de un ejército extranjero? O, a lo mejor, realmente no lo sabía. O tal vez sí, pero la imaginación le jugó una mala pasada; o no se lo había planteado y actuó de forma irreflexiva. La historia a menudo es producto de la irreflexión. Es una hija bastarda de la estupidez humana, el fruto de unas mentes onnubiladas, de la idiotez y de la locura. En casos tales, la escriben personas que no saben lo que hacen, más aún, que no quieren saberlo; rechazan tal posibilidad con furia y repugnancia. Vemos cómo avanzan hacia su propia aniquilación, cómo preparan sus propias trampas, cómo se atan la soga al cuello, con qué celo y diligencia comprueban si esas trampas y sogas son lo bastante fuertes, si resistirán y serán eficaces.

Las últimas horas de Doe nos permiten contemplar la historia en el punto y el instante en que ésta se desmorona en su caída total. La diosa digna y altiva, en un momento así, se convierte en su propia caricatura, sangrienta y penosa. He aquí a unos sicarios de Johnson que hieren al presidente en las
piernas, para que no pueda escapar, lo atrapan y, tras inmovilizárselas dolorosamente, le atan las manos. Aún lo torturarán más, durante casi una veintena de horas. Y todo esto ocurre en una ciudad en la que, al fin y al cabo, funciona todavía un gobierno legal. ¿Dónde están sus ministros? ¿Qué hacen los demás funcionarios? ¿Dónde se ha metido la policía? Se tortura al presidente junto al edificio que acaban de ocupar los soldados nigerianos que han acudido a Monrovia para proteger el poder legal. Y esos soldados, ¿qué? ¿Nada? ¿No les atañe en absoluto la cuestión? ¡Pero aún hay más! A pocos kilómetros del puerto estacionan varios cientos de soldados pertenecientes a la selecta guardia presidencial, cuyo único cometido y sentido de su existencia consiste en proteger al jefe del Estado. Y dicho jefe ha salido por la mañana para hacer una breve visita al puerto, pero pasan las horas y no hay de él ni rastro. ¿Ni siquiera se preguntan, aunque sea por curiosidad, qué le habrá pasado? ¿Dónde se habrá metido? Volvamos, sin embargo, a la escena en que Johnson interroga al presidente. Johnson quiere averiguar dónde tiene Doe su cuenta bancaria. Doe gime, las heridas le ocasionan dolor; hace una hora ha recibido entre diez y quince balazos. Balbucea algo, no se sabe qué. ¿Dice acaso el número de la cuenta? A todo esto, ¿seguro que tiene una? Johnson, furioso, ordena cortarle las orejas inmediatamente. ¿Por qué? ¿Es una decisión juiciosa? ¿No comprende Johnson que desde ese momento la sangre tapará los conductos auditivos del presidente y que la conversación con él será aún más difícil? Está claro que ninguno de estos hombres consigue hacerse con las riendas de los acontecimientos, cómo los supera la situación, cómo, a fuerza de chapuzas, estropean, una tras otra, las cosas. Y cómo luego, ciegos de rabia, intentan arreglarlas. Pero ¿se puede acaso arreglar algo pegando gritos? ¿O ensañándose? ¿O matando a otros? La muerte de Doe no interrumpió la guerra. Taylor luchaba contra Johnson, y ambos, contra lo que quedaba de las fuerzas armadas liberianas, y contra todos ellos, los ejércitos de intervención de varios países africanos, los cuales, bajo el nombre de ECO-MOG, debían imponer el orden en Liberia. Tras prolongados combates el ECOMOG ocupó Monrovia y las afueras de la ciudad, dejando el resto del país en manos de Taylor y de otros jefecillos de su misma calaña. Se podía uno mover por la capital, pero después de recorrer unos veinte o treinta kilómetros, de repente se topaba en el camino con un puesto de soldados  de Ghana, de Guinea o de Sierra Leona, que paraban a todo el mundo: no se podía seguir viaje. Lo que había más allá era un infierno al que ni siquiera aquellos soldados armados hasta los dientes tenían valor de asomarse. Se trataba de un territorio controlado por los jefecillos liberianos, jefecillos (que tanto siguen abundando también en otros países africanos) que recibían en África el nombre de señores de la guerra, warlords.

El warlord no es sino un antiguo oficial, ministro o miembro destacado del partido gobernante, o bien otro personaje fuerte e implacable, ávido de poder y de dinero, falto de escrúpulos y que, aprovechando el desmoronamiento del Estado (a lo que él mismo ha contribuido y sigue haciéndolo), pretende recortar para sí un miniestado propio, no oficial, donde ejercer un poder dictatorial. Por lo general, el warlord usa para este fin la tribu o el clan al que pertenece. Y no son sino los señores de la guerra los que siembran en África el odio racial y tribal. Aunque, eso sí, sin reconocerlo jamás. Siempre se proclamarán líderes de un movimiento o partido de carácter nacional. Lo más común es que se hable de un Movimiento de Liberación de Esto y Aquello, o de un Movimiento en Defensa de la Democracia o de la Independencia. Nada por debajo de tamaños ideales. Una vez elegido el nombre, el warlord procede al reclutamiento de su ejército. Esto no supone ningún problema. En cada uno de los países, en todas las ciudades, hay miles de muchachos hambrientos y sin trabajo que sueñan con formar parte de un grupo así. El líder, al fin y al cabo, les entregará un arma y, también -cosa igualmente importante-, el sentimiento de pertenecer a algo. En la mayoría de los casos, el caudillo no les pagará nada. Les dirá: «Tenéis un arma, alimentaos vosotros mismos.» Con este visto bueno tienen suficiente: ya sabrán qué hacer.

El armamento tampoco es problema. Es barato y lo hay en abundancia por todas partes. Además, los warlords tienen dinero. Bien porque lo han robado a las instituciones estatales (en su antigua calidad de ministros o generales), bien porque sacan unos beneficios, en tanto que ocupantes, de aquellas partes del país que tienen un valor económico, es decir, de territorios donde hay minas, fábricas, bosques por talar, puertos marítimos, aeropuertos, etc. Por ejemplo, Taylor en Liberia y Savimbi en Angola ocupan territorios en que se hallan minas de diamantes. Muchas de las guerras africanas podrían recibir el nombre de la preciosa piedra. Como la de la provincia congoleña de Kasai o la de Sierra Leona, que, siempre por la misma causa, los diamantes, se prolonga desde hace años. Aunque no sólo las minas reportan dinero. Los caminos y los ríos también constituyen una buena fuente de ingresos: se puede apostar en ellos a unos soldados y cobrar peaje a todo el mundo. Otra fuente inagotable de ganancias para los warlords la constituye la ayuda humanitaria que el mundo destina a la población africana mísera y hambrienta. Los señores de la guerra se llevan de cada transporte tantos sacos de grano y tantos litros de aceite como necesitan. Y es que aquí rige una ley que dice: el que tiene un arma es el primero en comer. Los hambrientos sólo pueden llevarse lo que quede. He ahí un problema para las organizaciones internacionales: si no entregan su parte a los facinerosos, éstos no dejarán pasar ningún transporte con ayuda y los hambrientos morirán. De modo que se les entrega a los jefecillos lo que quieren, con la esperanza de que algún resto acabe llegando a las víctimas de las hambrunas.

Los warlords son, al mismo tiempo, causa y efecto de la crisis en que se han sumido muchos países del continente en la época poscolonial. Si oímos que algún país africano empieza a tambalearse, podemos estar seguros de que no tardarán en aparecer los warlords. Angola, Sudán, Somalia, El Chad; están en todas partes y en todas partes ejercen su dominio. ¿Que qué hace un warlord? Teóricamente, lucha contra otros warlords. Aunque no siempre tiene que ser así. Lo más común es que se dedique a saquear a una población indefensa, la de su propio país. Es lo contrario de Robín Hood. Robin Hood quitaba a los ricos para dárselo a los pobres. El warlord quita a los pobres para enriquecerse él mismo y para alimentar a su horda. Nos movemos en un mundo en que la miseria condena a muerte a unos y convierte en monstruos a otros. Los primeros son las víctimas y los segundos, los verdugos. No hay nadie más. El warlord tiene a sus víctimas al alcance de la mano. No necesita ir lejos en su busca: son los habitantes de aldeas y pueblos vecinos. Sus bandas, compuestas de condotieros semidesnudos y calzados con zapatillas de deporte rotas, no paran de merodear por el territorio de su warlord en busca de botín. Para estos desgraciados -hambrientos, embrutecidos y a menudo drogados- todo puede ser objeto de pillaje. Un puñado de arroz, una camisa vieja, un trozo de manta o una olla de barro son cosas sumamente deseadas, son piezas de valor que hacen vibrar y encienden chispas en los ojos. Pero la gente ha adquirido ya cierta experiencia. Basta con la noticia de que se aproximan las hordas de algún warlord para que todo el mundo se ponga a hacer las maletas y emprenda la huida. Es precisamente esa gente formando kilométricas columnas a la que ven en sus televisores los habitantes de Europa y de América. Observémoslas. Por lo general, se trata de mujeres y niños. Y es que las guerras de los warlords van dirigidas contra los más débiles. Contra los que no pueden defenderse. Ni saben hacerlo ni tienen con qué. Fijémonos, también, en lo que llevan ellas: un hatillo sobre la cabeza o una palangana que contiene las cosas más imprescindibles, es decir, un saquito de arroz o de mijo, una cuchara, un cuchillo y un trozo de jabón. Nada más tienen. Ese hatillo, esa palangana, es su único tesoro, la fortuna que han amasado durante toda su vida, la riqueza con la que entrarán en el siglo XXI.

El número de warlords va en aumento. Es una nueva fuerza, una nueva clase de soberanos. Al apropiarse de los bocados más suculentos, de las partes más ricas de sus países, hacen que el Estado, aunque consiga mantenerse a flote, siempre será débil, pobre e impotente. Por eso muchos de ellos intentan defenderse creando alianzas y asociaciones que les permitan luchar por su supervivencia, que les permitan seguir existiendo. Por eso mismo África es tan infrecuente escenario de guerras interestatales: a los países del continente los une una misma desgracia; inseguros de su destino, comparten un futuro incierto. Por el contrario, abundan las guerras civiles, es decir aquellas en cuyo curso los warlords se reparten el país entre ellos y saquean a sus habitantes y se adueñan de las tierras y de las materias primas. Aunque también sucede a veces que los warlords lleguen a la conclusión de que todo lo que había por robar ya ha sido rapiñado y se ha agotado la fuente de sus ingresos. Entonces empiezan lo que llaman un proceso de paz. Convocan una conferencia de las facciones en lucha (la llamada warring factions conference), firman un acuerdo y fijan una fecha para unas elecciones. En respuesta, el Banco Mundial les concederá todos los préstamos y créditos que soliciten. Entonces los warlords serán todavía más ricos de lo que han sido, pues al Banco Mundial se le puede arrancar mucho más que a unos compatriotas muertos de hambre. John y Zado han venido al hotel. Me llevarán a la ciudad. Pero primero iremos a tomar un trago, pues desde por la mañana el calor no para de atormentarnos. Incluso a esta hora, el bar está lleno: la gente tiene miedo de salir a la calle, aquí se siente más segura. Africanos, europeos, hindúes... Conocí a uno de ellos en una ocasión anterior. Es James P, un funcionario de ferrocarril jubilado. ¿Qué hace aquí? No contesta; sonríe y hace un gesto indefinido con la mano. En torno a las mesas, torcidas y pegajosas, se sientan unas prostitutas sin nada que hacer. Negras, medio dormidas, muy guapas. El dueño libanés se inclina por encima de la barra y me dice al oído:

 -Todos éstos son unos ladrones. Su deseo es hacer dinero y marcharse a América. Todos trafican con diamantes. Los compran por nada a los warlords y se los llevan a Oriente Medio en aviones rusos.

-¿Rusos? -pregunto, sorprendido.

-Sí -contesta-. Ve al aeropuerto. Allí verás estacionados unos aviones rusos. Son los que llevan diamantes a Oriente Medio. Al Líbano, al Yemen y, mayormente, a Dubai. Durante nuestra charla el bar se ha quedado desierto. De repente se ha hecho más amplio y espacioso.

-¿Qué ha pasado? -pregunto al libanés.
-Han visto que tienes una cámara fotográfica y han preferido largarse: no quieren ser captados por un objetivo.

Nosotros también salimos al exterior. Enseguida nos notamos envueltos por un aire húmedo y tórrido. No sabe uno dónde meterse. Dentro del edificio, un calor de justicia; fuera, otro tanto. No se puede caminar, ni tampoco quedarse sentado, ni tumbado, ni viajar en coche. Una temperatura semejante mata todas las energías, sensaciones y curiosidad. ¿En qué se piensa? En cómo llegar hasta el final del día. ¡Vaya!, ya ha pasado la mañana. ¡Vaya!, ya son más de las doce. Por fin empieza a atardecer. Pero el atardecer tampoco trae mejoría alguna, no suprime el aplastante peso del bochorno. La tarde resulta igual de sofocante, viscosa y pegajosa. ¿Y el anochecer? El anochecer despide los vahos de una niebla tórrida y asfixiante. ¿Y la noche? La noche nos envuelve en una sábana caliente y mojada. Por suerte muchos asuntos se pueden resolver en las inmediaciones del hotel. Así, en primer lugar: cambiar dinero. No circula más que un billete: cinco dólares liberianos, que equivalen a unos cinco centavos americanos. Se apilan fajos de esos billetes de cinco dólares sobre unas mesas pequeñas colocadas en la calle: cambio de moneda. Para comprar algo, uno tiene que llevar una bolsa llena de dinero. Pero nuestra transacción resulta fácil: en una mesa lo cambiamos y en la siguiente compramos combustible. La gasolina se vende en botellas de un litro; las gasolineras están cerradas y sólo funciona el mercado negro. Me fijo en las cantidades que compra la gente: un litro o dos. No hay dinero para más. Como John es rico, compra diez.

Ponemos el coche en marcha. Espero a ver qué quieren enseñarme John y Zado. Resulta que primero tengo que ver cosas imponentes. Imponentes quiere decir americanas. En las afueras de Monrovia, después de unos pocos kilómetros de viaje, empieza un gran bosque de metal. Mástiles y más mástiles. Altos y macizos, salen de ellos unas extremidades y ramificaciones que llegan aún más alto, redes enteras de antenas, varas y alambres. Estas construcciones se prolongan durante muchos kilómetros; en un momento dado tenemos la impresión de que nos encontramos en un mundo de ciencia ficción, cerrado, incomprensible, perteneciente a otro planeta. Es la emisora de la Voz de América para Europa, África y Oriente Medio, construida en la época anterior a los satélites, durante la Segunda Guerra Mundial, ahora inactiva, abandonada y comida por la corrosión. Luego vamos al otro extremo de la ciudad, a un lugar desde el cual se abre ante nosotros una llanura inmensa, unas praderas lisas e infinitas que se ven cortadas por una pista de despegue, hecha de cemento. Es el aeropuerto de Robertsfield, el más grande de África y uno de los mayores del mundo. Ahora cerrado, aparece vacío y destruido (funciona sólo el pequeño aeropuerto de la ciudad, donde aterrizó mi avión). La terminal está devastada por un bombardeo y la pista de despegue, llena de cráteres por efecto de bombas y proyectiles. Finalmente, el objetivo más grande, un Estado dentro de otro Estado: la plantación de caucho de la Firestone. Sólo que no resulta nada fácil llegar hasta allí, pues a cada momento nos topamos con un puesto militar. Todos ellos están provistos de una barrera ante la cual es obligatorio detenerse. Detenerse y esperar. Pasado un tiempo, de una garita sale un soldado. De una garita o de detrás de unos sacos de arena, según. Empieza a preguntar: ¿quién?, ¿qué? La lentitud de sus movimientos, sus espaciados monosílabos, su mirada opaca y misteriosa, la reflexión y meditación que se reflejan en su rostro, todo pretende conferir seriedad y autoridad a la persona y cargo de vigilante. «¿Podemos seguir?» Antes de contestarnos, el soldado se enjugará la sudor de la cara, mejorará la colocación de su arma, mirará el coche desde todos los ángulos, antes de, antes de... Finalmente, John decide dar media vuelta: no llegaremos a destino antes de la noche y a partir del crepúsculo todos los caminos están cerrados; no tendremos dónde meternos.

Estamos de vuelta en la ciudad. Me llevan a un pequeño parque en el que, esparcidos por el suelo y ya cubiertos por la maleza, se ven los pedazos del monumento que saltó por los aires, erigido al presidente Tubman. Fue Doe quien había ordenado volarlo, para demostrar que la época del dominio de los antiguos esclavos americanos se había acabado y que el poder había pasado a manos del oprimido pueblo de Liberia. Aquí, si algo se destruye, destroza o hace añicos, así se queda para siempre. Si al borde de un camino encontramos los restos de una carrocería oxidados y empotrados en un tronco, quiere decir que
años ha un coche se había estrellado contra un árbol y sus restos siguen ahí hasta hoy. Si un árbol cae en medio de una carretera, no lo moverán; harán un rodeo por el campo hasta que trillen un camino nuevo. Si una casa no se acaba de construir, así se quedará; la que está hecha una ruina, también lo seguirá estando para siempre. El monumento corre la misma suerte. No piensan reconstruirlo, pero tampoco recogerán los pedazos. Es el propio acto de la destrucción lo que da el carpetazo al asunto: si queda algún vestigio material, éste ya no tiene ninguna importancia, ni peso, de modo que no merece la pena prestarle más atención.

Un poco más allá, más cerca del puerto y del mar, nos detenemos en un lugar desierto, delante de una montaña de basura que apesta horrores. Se ven ratas correteando entre la inmundicia. En lo alto, unos buitres vuelan en círculos. John salta del coche y desaparece entre las cabañas circundantes, hechas una ruina. Al cabo de un rato se presenta en compañía de un anciano. Lo seguimos. Me sacude un estremecimiento de asco, pues las ratas, sin miedo, no paran de pasearse entre nuestros pies. Me tapo la nariz con los dedos, casi hasta la asfixia. Al final el anciano se detiene para señalar hacia una pendiente putrefacta del vertedero. Dice algo.

-Dice -me traduce Zado- que aquí arrojaron el cadáver de Doe. Es por aquí, aquí mismo. Para respirar un aire más puro, hicimos un paseo más: al río de San Pablo. El río marcaba la frontera entre Monrovia y el mundo de los warlords. Había un puente tendido sobre él. Por el lado de Monrovia se extendían, infinitas, las cabañas y guaridas de un campo de refugiados. También había allí un mercado muy grande, reino multicolor de unas vendedoras excitadas y febriles. Los del otro lado del río, los que vivían en el interior del infierno de los warlords, en un mundo donde imperaban el terror, el hambre y la muerte, podían pasar a nuestra orilla para hacer compras, sólo que antes de enfilar el puente debían dejar las armas. Me puse a mirarlos y vi cómo, una vez cruzado el mismo, se detenían, desconfiados e inseguros, sorprendidos de que existiese un mundo normal. Y cómo extendían las manos, como si se tratase de algo material, algo que se pudiera tocar.

También vi allí a un hombre que iba desnudo, pero con un kaláshnikov al hombro. La gente se apartaba a su paso y hacía un rodeo para evitarlo. Seguramente era un loco. Un loco con un kaláshnikov.

Del libro Ébano (Editorial Anagrama-Barcelona)

El rastro de los huesos

Por Leila Guerriero



No es grande. Cuatro por cuatro apenas, y una ventana por la que entra una luz grumosa, celeste. El techo es alto. Las paredes blancas, sin mucho esmero. El cuarto —un departamento antiguo en pleno Once, un barrio popular y comercial de la ciudad de Buenos Aires— es discreto: nadie llega aquí por equivocación. El piso de madera está cubierto por diarios y, sobre los diarios, hay un suéter a rayas —roto—, un zapato retorcido como una lengua negra —rígida—, algunas medias. Todo lo demás son huesos.

Tibias y fémures, vértebras y cráneos, pelvis, mandíbulas, los dientes, costillas en pedazos. Son las cuatro de la tarde de un jueves de noviembre. Patricia Bernardi está parada en el vano de la puerta. Tiene los ojos grandes, el pelo corto. Toma un fémur lacio y lo apoya sobre su muslo.

—Los huesos de mujer son gráciles.

Y es verdad: los huesos de mujer son gráciles.

* * *

Entre 1976 y diciembre de 1983 la dictadura militar en Argentina secuestró y ejecutó a miles de personas que fueron enterradas como NN en cementerios y tumbas clandestinas. En mayo de 1984, ya en democracia, convocados por Abuelas de Plaza de Mayo (una agrupación de mujeres que busca a sus nietos, hijos de sus hijos desaparecidos durante la dictadura), siete miembros de la Asociación Americana por el Avance de la Ciencia llegaron al país. Entre ellos, un antropólogo forense —un especialista en la identificación de restos óseos: alguien que puede leer allí los rastros de la vida y de la muerte— llamado Clyde Snow. Nacido en 1928 en Texas, Snow tenía su prestigio: había identificado los restos de Josef Mengele en Brasil. Por lo demás, bebía como un cosaco, fumaba habanos, usaba sombrero tejano, botas ídem y estaba habituado a vivir en un país donde los criminales eran individuos que mataban a otros: no una máquina estatal que tragaba personas y escupía sus huesos. En ese viaje —el primero de muchos— dio una conferencia sobre ciencias forenses y desaparecidos en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, y la traductora, abrumada por la cantidad de términos técnicos, renunció en la mitad. Entonces un hombre rubio, todo carisma, dijo yo puedo: yo sé inglés. Y así fue como Morris Tidball Binz, 26 años, estudiante de Medicina y dueño de un inglés perfecto, se cruzó en la vida de Clyde Snow.

Durante las semanas que siguieron Clyde Snow participó de algunas exhumaciones a pedido de jueces y familiares de desaparecidos, siempre en compañía de su nuevo traductor. En el mes de junio, cuando tuvo que exhumar siete cuerpos de un cementerio de suburbio, decidió que iba a necesitar ayuda y envió una carta al Colegio de Graduados en Antropología solicitando colaboración. Pero no tuvo respuesta. Y fue entonces cuando Morris Tidball Binz dijo: “Yo tengo unos amigos”.

Los amigos de Morris eran uno: se llamaba Douglas Cairns, estudiaba antropología en la Universidad de Buenos Aires y esparció el mensaje —“Hay un gringo que busca gente para exhumar restos de desaparecidos”— entre sus compañeros de estudio.

—Yo estoy habituada a desenterrar guanacos, no personas —dijo Patricia Bernardi, 27 años, estudiante de antropología, huérfana de padres, empleada en la empresa de transporte de su tío.

—A mí los cementerios no me gustan —puede haber dicho Luis Fondebrider, estudiante de primer año de antropología, empleado de una empresa de fumigación de edificios.

—Yo nunca hice una exhumación —dijo Mercedes Doretti, estudiante avanzada de antropología, fotógrafa y empleada de una biblioteca circulante.

Pero después pensaron que no perdían nada si iban a escuchar, y así fue como a las siete de la tarde del 14 de junio de 1984, Patricia Bernardi, Mercedes Doretti, Luis Fondebrider —y Douglas Cairns— se encontraron con Clyde Snow —y Morris Tidball Binz— en un hotel del centro de Buenos Aires llamado Hotel Continental.

—Clyde nos pareció un tipo raro, pensábamos: “Cómo toma este viejo, cómo fuma” —dice Patricia Bernardi—. Nos invitó un trago, y cuando nos explicó lo que quería hacer creí que se nos iba a ir el apetito. Pero después nos llevó a comer, y nosotros éramos estudiantes, nunca habíamos ido a un restaurante elegante. Comimos como bestias. Pero teníamos miedo. El país estaba muy inestable, y pensábamos: “Si acá vuelve a pasar algo, este gringo se va a su país, pero nosotros nos tenemos que quedar”.

Esa noche se despidieron de Clyde Snow con la promesa de pensar y darle una respuesta.

“Me sentí conmovido, pero no tenían experiencia —contaba Clyde Snow años después al diario Página/12—. Les dije que el trabajo iba a ser sucio, deprimente y peligroso. Y que además no había plata. Me dijeron que lo iban a discutir y que al día siguiente me iban a dar una respuesta. Pensé que era una manera amable de decirme 'chau, gringo'. Pero al día siguiente estaban ahí”.

Al día siguiente estaban ahí.

—Decidimos que íbamos a probar con esa exhumación, y que después veíamos si seguíamos con otras —dice Patricia Bernardi—. Nos encontramos temprano, en la puerta del hotel, y nos llevaron al cementerio en los autos de la policía. Fue raro subirnos a esa cosa. Y después nos íbamos a subir a esos autos tantas veces. Yo nunca había estado en un enterratorio, pero con Clyde lo difícil pareció ser un poco más fácil. Él se tiraba con nosotros en la fosa, se ensuciaba con nosotros, fumaba, comía dentro de la fosa. Fue un buen maestro en momentos difíciles, porque una cosa es levantar huesos de guanaco o de lobos marinos y otra un cráneo. Cuando empezaron a aparecer los restos, la ropa se me enganchaba en el pincel, y yo preguntaba: “¿Qué hago con la ropa?”. Y Clyde me miraba y me decía: “Seguí, seguí”. Ese día levantamos los restos, nos fuimos a la morgue, y resultó que no eran los que buscábamos. Clyde se puso a discutir algo sobre la trayectoria de un proyectil con el personal de la morgue. Nosotros no entendíamos nada. Estaban los familiares ahí, y yo le dije al juez: “Digalé que no son los restos, esta gente ya pasó por mucho”. Cuando les dijo, el llanto de los familiares fue algo que... Salimos de ahí a las tres de la mañana. Fue la exhumación más larga de mi vida.

Pero siguieron tantas. Entre 1984 y 1989 Clyde Snow pasó más de veinte meses en Argentina y en cada uno de sus viajes los estudiantes lo acompañaron a hacer exhumaciones, internándose de a poco en las aguas de esa profesión que no tenía —en el país— antecedentes ni prestigio.

—Nadie entendía lo que hacíamos. ¿Sepultureros especializados, médicos forenses? —dirá Mercedes Doretti desde Nueva York—. La academia nos miraba de reojo porque decían que no era un trabajo científico.

Con poco más de veinte años, empleados mal pagos de empleos absurdos, estudiantes de una carrera que no los preparaba para un destino que de todos modos no podían sospechar, pasaban los fines de semana en cementerios de suburbio, cavando en la boca todavía fresca de las tumbas jóvenes bajo la mirada de los familiares.

—La relación con los familiares de los desaparecidos la tuvimos desde el principio —dirá Luis Fondebrider—. Teníamos la edad que tenían sus hijos al momento de desaparecer y nos tenían un cariño muy especial. Y estaba el hecho de que nosotros tocábamos a sus muertos. Tocar a los muertos crea una relación especial con la gente.

Como tenían miedo, iban siempre juntos. Y, como iban siempre juntos, empezaron a llamarlos “el cardumen”. No hablaban con nadie acerca de lo que hacían y, para hablar de lo que hacían, se reunían en casa de Patricia, de Mercedes.

—Todos soñábamos con huesos, esqueletos —dirá Luis Fondebrider— Nada demasiado elaborado. Pero nos contábamos esas cosas entre nosotros.

—Todos teníamos pesadillas —dirá Mercedes Doretti—. Un día me desperté a los gritos, soñando con una bala que salía de una pistola y me desperté cuando la bala estaba por impactarme en la cabeza. La sensación que tuve fue que me estaba muriendo y pensaba: “¿Cómo no me di cuenta que esto venía, cómo no me di cuenta que me estoy muriendo inútilmente, cómo no me di cuenta que no tenía que meterme acá?”.

En 1985 viajaron a la ciudad de Mar del Plata, a exhumar los restos de una desaparecida, seguros como estaban de estar del lado de los buenos. Las Madres de Plaza de Mayo —la agrupación de mujeres que busca a sus hijos desaparecidos— los estaban esperando.

—Querían frenar la exhumación —dirá Mercedes Doretti—. Decían que Snow era un agente de la CIA y que el gobierno estaba tratando de tapar las cosas entregando bolsas con huesos. Hubo insultos, fue duro. Ver que ellas, que eran nuestras heroínas, estaban en contra fue muy fuerte. Finalmente, exhumamos, y después nos fuimos a la playa. Nos sentamos ahí, mirando el mar, compungidos.

Ese mismo año, Clyde Snow declaró en el Juicio a las Juntas, donde se juzgaba a los militares que habían estado en el poder durante la dictadura y proyectó una diapositiva de esa exhumación en Mar del Plata: una mujer joven llamada Liliana Pereyra, el cráneo pleno de balas.

“Lo que estamos haciendo —decía Snow en Página/12— va a impedir a futuros revisionistas negar lo que realmente pasó. Cada vez que recuperamos un esqueleto de una persona joven con un orificio de bala en la nuca, se hace más difícil venir con argumentos”.

El tiempo pasó, consiguieron financiación, alguna beca, y cuando quedó claro que quizá podrían vivir de eso, algunos abandonaron sus empleos. En 1987 se inscribieron como asociación civil sin fines de lucro bajo el nombre de Equipo Argentino de Antropología Forense con el objetivo de practicar “la antropología forense aplicada a los casos de violencia de Estado, violación de derechos humanos, delitos de lesa humanidad”. Después se unieron al grupo Darío Olmo, estudiante de arqueología, empleado municipal; Alejandro Incháurregui, estudiante de antropología y vendedor de boletos en el hipódromo; Carlos Somigliana (Maco), estudiante de antropología y derecho, ayudante de los fiscales Moreno Ocampo y Strassera durante el Juicio a las Juntas; Silvana Turner, estudiante de antropología social, y Anahí Ginarte, estudiante de antropología.

En 1988, cuando fueron convocados como peritos para excavar en el sector 134 del cementerio de Avellaneda, un suburbio de Buenos Aires donde los militares habían enterrado a cientos, pocos de ellos tenían más de 22.

La fosa de Avellaneda permaneció abierta dos años y sacaron de allí 336 cuerpos, casi todos con heridas de bala en el cráneo, muchos todavía sin identificar.

* * *

El Equipo Argentino de Antropología Forense tiene sus oficinas en dos departamentos idénticos, primer y segundo piso de un edificio antiguo de estilo francés en el barrio de Once. Alrededor, vendedores ambulantes, autos, buses, los peatones: la banda de sonido de una ciudad en uno de sus puntos álgidos. El segundo piso no tiene nombre. El primer piso sí, y se llama Laboratorio. Por lo demás, ambos tienen la misma cantidad de cuartos, los mismos baños, cocina al fondo, y casi ninguna evidencia de vida privada. Los muebles son nuevos y viejos, chicos y grandes, de maderas nobles y de formica. Hay un cuadro, un póster del Metropolitan Museum, pero son cosas que llevan demasiado tiempo allí: cosas que ya nadie ve. Hay pizarras, paneles de corcho con tarjetas de delivery y postales de esqueletos bailando: las fiestas latinoamericanas de la muerte. En un alféizar hay dos cactus pequeños y, en todas las paredes, una profusión de planos y de mapas. Algunos, no todos, tienen marcas. Algunas de esas marcas, no todas, señalan los centros clandestinos de detención: sitios de los que proviene el objeto que aquí se estudia.

La oficina donde trabaja Luis Fondebrider está en el segundo piso. Él, Mercedes Doretti y Patricia Bernardi son los únicos que quedan del grupo original: Douglas Cairns sólo ayudó, al principio, en un par de exhumaciones; Morris Tidball Binz marchó en 1990 a trabajar a la Cruz Roja y vive en Ginebra desde entonces. A fines de los noventa se unieron otras personas —Miguel Nievas, Sofía Egaña, Mercedes Salado— y, durante mucho tiempo, no fueron más de doce. Pero a principios del nuevo siglo la posibilidad de aplicar la técnica de ADN a los huesos obligó a muchas incorporaciones y ahora son 37. En todos estos años, el equipo intervino en más de treinta países, contratado por el Tribunal Criminal Internacional para la ex Yugoslavia; la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas; las comisiones de la verdad de Filipinas, Perú, El Salvador y Sudáfrica; fiscalías de Etiopía, México, Colombia, Sudáfrica y Rumania; el Comité Internacional de la Cruz Roja; la comisión presidencial para la búsqueda de los restos del Che Guevara, y la Comisión Bicomunal para los Desaparecidos de Chipre.

—Todos los salarios que recibimos por esas misiones internacionales van a un fondo común —dice Luis Fondebrider—. No les cobramos a los familiares por lo que hacemos. Nos sostenemos con la financiación de unos 20 donantes privados europeos y norteamericanos y de algunos gobiernos europeos. No tenemos apoyo de donantes privados ni asociaciones civiles argentinas. Las asociaciones civiles apoyan eventos de Julio Bocca, pero no proyectos como éste.

Ocultos, discretos, cada tanto la identificación de alguien —en 1989 la de Marcelo Gelman, el hijo de Juan Gelman, el poeta argentino radicado en México; en 1997 la del Che Guevara, en Bolivia; en 2005 la de Azucena Villaflor, la fundadora de Madres de Plaza de Mayo, desaparecida en 1977— los empuja a la primera plana de los diarios.

—Pero para nosotros —dice Luis Fondebrider— todos son personas. El Che o Juan Pérez. Cuando fue lo del hijo de Gelman, fuimos Morris, Alejandro y yo a Nueva York, a recibir un premio de una fundación, y lo fuimos a ver a Gelman que vivía allá para contarle que habíamos identificado a su hijo. A mí me resultó una figura muy intimidante, serio, parco. Nos quedamos a dormir en su casa. Él se quedó toda la noche despierto, leyendo el expediente, y al otro día nos hizo millones de preguntas. Fue raro. Yo nunca me había quedado a dormir en la casa de una persona a la que hubiera ido a darle una noticia así.

—¿Podrías imaginarte sin hacer este trabajo?

—Sí. No sé qué haría. Pero sí.

Todos dicen —dirán— lo mismo. Como si marcharan orgullosos hacia el único futuro posible: la extinción.

* * *

En el piso inferior hay varios cuartos con mesas largas y angostas cubiertas por papel verde. En la oficina donde suele trabajar Sofía Egaña cuando está en Buenos Aires —36 años, llegada al equipo en 1999 cuando le propusieron una misión en Timor Oriental y ella dijo sí y se marchó dos años a una isla sin luz ni agua donde el ejército indonesio, en 1991, había matado a 200 mil— hay un escritorio, una computadora.

Click y una foto se abre: un cráneo. Otro click: el cráneo y su orificio.

—Entró directo: una ejecución así, tuc, de atrás. ¿Tenemos dientes? ¿Cómo lucen los dientes?

En dos días más, Sofía Egaña estará en Ciudad Juárez, donde el equipo trabaja en la identificación de cuerpos de mujeres no identificadas o de identificación dudosa y, hasta entonces, debe resolver algunas cuestiones urgentes: tratar de vender la casa donde vive, quizá pedir un préstamo bancario, quizá mudarse. En un panel de corcho, a sus espaldas, hay una mariposa dibujada y una frase que dice Sofi te quiero con caligrafía de sobrina infantil. Hay, también, una foto tomada durante su estadía en Timor.

—Ésos son mis caseros. Ellos me alquilaban la casa donde vivíamos. Cada tanto me llaman, para saber cómo estoy. Como yo no tengo teléfono estable, tienen que llamar a casa de mis padres. Hace más de once años que estoy viajando. No tengo placard. Tengo dos maletas. Pero cuando se junta el hueso con la historia, todo cobra sentido. Delante de los familiares soy la médica, el doctor. A llorar, me voy atrás de los árboles. No te podés poner a llorar.

—¿Y con el tiempo uno no se acostumbra?

—No. Con el tiempo es peor.

Al final de un pasillo hay un cuarto oscuro, fresco, las paredes cubiertas por estantes que trepan hasta el techo y, en los estantes, cajas de cartón de tamaño discreto con la leyenda: Frutas y Hortalizas.

—Usamos éstas porque tienen el tamaño justo, son fuertes, resistentes. Cada caja es una persona. Ahí guardamos los huesos. Todas están etiquetadas con el nombre del cementerio, el número de lote.

Al frente, en dos o tres habitaciones luminosas, cinco mujeres jóvenes se inclinan sobre las mesas cubiertas con papel. Sobre las mesas hay —claro— esqueletos.

* * *

El escritorio de Silvana Turner, en el piso superior, está rodeado de cajas que dicen Kosovo, Togo, Sudáfrica, Timor, Paraguay: la ruta de las mejores masacres del siglo que pasó. Silvana Turner lleva el pelo corto, el rostro limpio. Llegó al equipo en 1989.

—Si el familiar no tiene deseos de recuperar los restos, no intervenimos. Nunca hacemos algo que un familiar no quiera. Pero aun cuando es doloroso recibir la noticia de una identificación, también es reparador. En otros ámbitos, esto suele hacerse como un trabajo más técnico. Es impensable que la persona que estudia los restos haya hecho la entrevista con el familiar, haya ido a campo a recuperar los restos, y se encargue de hacer la devolución. Nosotros hemos hecho eso siempre.

En todos estos años lograron 300 identificaciones con restitución de restos en Argentina y —cruzando datos, rastreando documentación— pudieron conocer y notificar el destino de 300 personas más cuyos restos nunca fueron encontrados.

—Si yo tuviera que definir un sentimiento con respecto al trabajo es frustración. Uno quisiera dar respuestas más rápido.

A metros de aquí hay otro cuarto donde las cajas llevan el nombre de cementerios argentinos: La Plata, San Martín, Ezpeleta, Lomas de Zamora, Ezeiza.

La tarea fue amplia. La obra puede ser interminable.

* * *

Llueve, pero adentro es seco, tibio. Es martes, pero es igual.

En una de las oficinas del Laboratorio habrá, durante días, un ataúd pequeño. Lo llaman urna. En urnas como ésas devuelven los huesos a sus dueños.

—¿Ves? —dice una mujer con rostro de camafeo, una belleza oval—. Esto, la parte interna, se llama hueso esponjoso. Y hueso cortical es la externa.

Bajo sus dedos, el esqueleto parece una extraña criatura de mar, al aire sus zonas esponjosas.

—Esto es un pedacito de cráneo. En el cráneo, el hueso esponjoso se llama diploe.

Cuando termine de reconstruir —de numerar sus partes, sus lesiones, de extender lo que queda de él sobre la mesa— el esqueleto volverá a su caja y esa pequeña paciencia de mujer oval terminará, años después —si hay suerte— con un nombre, un ataúd del tamaño de un fémur y una familia llorando por segunda vez: quizá por última.

En el vidrio de una de las ventanas que da a la calle hay un papel pegado: la cuadrícula de una fosa y el dibujo de 16 esqueletos. Al pie de cada uno hay anotaciones: 5 postas más tapón de Itaka, desdentado en maxilar superior, 5 proyectiles. Ninguno tiene nombre, pero sí edad —30 en promedio— y sexo: casi todos hombres. Desde la calle, cualquiera que mire hacia arriba puede ver ese papel pegado a la ventana. Pero lo que se vería desde allí es una hoja en blanco. Y, de todos modos, nadie mira.

* * *

Una puerta se abre como un suspiro, se cierra como una pluma. Mercedes Salado deja una caja liviana —Frutas y Hortalizas— sobre un escritorio. Después dice buen día y enciende el primero de la hora. Es española, bióloga, trabajó en Guatemala desde 1995, forma parte del equipo desde 1997, y durante mucho tiempo sus padres, dos jubilados que viven en Madrid, pensaban que el oficio de la hija no era un oficio honesto.

—Un día me llaman y me preguntan: “Oye, Mercedes, lo que tú haces... ¿es legal?”. Claro, cuando yo empecé con esto no se sabía muy bien qué cosa era Latinoamérica, y meterse en las montañas a sacar restos de guatemaltecos... Mis padres tendrían miedo de que los llamaran diciendo: “Su hija está presa porque se ha robado a uno”. Ahora en Madrid los vecinos me saludan, como “uau, es legal”. Lo que me sorprende del equipo es la coherencia. Se mantiene con proyectos, pero también hay un fondo común. Cada uno que sale de misión internacional, pone ese salario en el fondo común. Y es un sistema comunista que funciona. Se hace porque se cree en lo que se hace. Nadie hubiera estado veinte años cobrando lo que se cobra si esto no le gusta. Pero este trabajo tiene una cosa que parece como muy romántica, como muy manida. Y es que esto no es un trabajo, sino una forma de vida. Está por encima de tu familia, de tu pareja, por encima de tu perspectiva de tener hijos. Nos hemos olvidado de cumpleaños, de aniversarios de boda, pero no nos hemos olvidado de una cita con un familiar. Y en el fondo es tan pequeño. ¿Qué haces? Encuentras la identidad de una persona. Es la respuesta que la familia necesitaba desde hace tanto tiempo...y ya. Y eso es todo. Pero cuando le ves el rostro a la gente, vale la pena. Es una dignificación del muerto, pero también del vivo.

Después, con una sonrisa suave, dirá que tiene un trauma: que no puede meter cráneos dentro de bolsas de plástico, y cerrarlas.

—Me da angustia. Es estúpido, pero siento que se ahogan.

* * *

Es viernes. Pero es igual.

Mujeres jóvenes, vestidas con diversas formas de la informalidad urbana —piercings, pantalones enormes, camisetas superpuestas— se afanan sobre las mesas del Laboratorio. Semana a semana, como si una marea caprichosa interminable los llevara hasta ahí —más y menos enteros, más y menos lustrosos— los esqueletos cambian

—Están mezclados. Ya tengo cinco mandíbulas, cinco individuos por lo menos —dice Gabriela, mientras pega dos fragmentos de hueso entre sí.

Son horas de eso: mirar y pegar, y después todavía rastrear lesiones compatibles con golpes o balas, y después aplicar la burocracia: tomar nota de todo en fichas infinitas.

Mariana Selva —los ojos claros, las uñas cortas, rojas— prepara unos restos para llevar a rayos: un cráneo, la mandíbula.

—A veces ves los huesos de un chico de veinte años con nueve balazos en la cabeza y decís ay, dios, pobre chico, qué saña. Pero no podés estar llorando, ni pensando en cómo fueron todas esas muertes, porque no podrías trabajar.

Analía González Simonett lleva un aro en la nariz, casi siempre vincha. Es, con Mariana, una de las últimas en llegar al equipo.

—A mí lo que me sigue pareciendo tremendo es la ropa. Abrir una fosa y ver que está con vestimenta. Y las restituciones de los restos a los familiares. Acá una vez hubo una restitución a una madre. Ella tenía dos hijos desaparecidos, y los dos fueron identificados por el equipo. La llevamos donde estaban los restos. Antes de ponerlos en una urna los extendemos, en una mesa como ésas. “Josecito”, decía, y tocaba los huesos. “Ay, Josecito, a él le gusta...”. La forma de tocar el hueso era tan empática. Y de repente dice: “¿Le puedo dar un beso en la frente?”.

El 6 de enero de 1990 los restos de Marcelo Gelman fueron velados en público. Pero antes su madre, Berta Schubaroff, quiso despedirse a solas. A puertas cerradas, en las oficinas del equipo, trece años después de haberlo visto por última vez, al fruto de su vientre lo besó en los huesos.

* * *

En el escritorio de Miguel Nievas hay un cráneo de plástico que es cenicero, un dactilograma, un esquema de ADN nuclear, una biblioteca, libros, mapas. Es un cuarto interno, con una sola ventana y poca luz. Miguel Nievas tiene apenas más de treinta. Vivía en Rosario, una ciudad del interior, y entró al equipo a fines de los años noventa.

—Yo trabajaba en la morgue de Rosario, estaba estudiando unos restos óseos y necesitaba ayuda. Llamé por teléfono. Me atendió Patricia, me preguntó si podía viajar con los huesos a Buenos Aires. Y vine. Seguí colaborando en algunas cosas desde allá y después, en el 2000, me preguntaron si podía ir a Kosovo. Yo dije que sí, pero la verdad es que no sabía dónde iba. Cuando el avión aterrizó en Macedonia, y vi tanques, soldados, pensé: “Dónde carajo me metí”. No hablaba una palabra de inglés y en la morgue hacíamos 30 o 40 autopsias todos los días. Nos habían dado un curso obligatorio de explosivos, pero yo no hablaba inglés y lo único que entendí fue don’t touch. Cuando volví me quedé trabajando acá. Me enganché con el trabajo en Argentina. Cuando empezás a investigar un caso terminás conociendo a la persona como si fuera un amigo tuyo. Necesitás poner distancia, porque todo el día relacionado con esto, te termina brotando. Cada uno tiene su forma de brotarse.

—¿Y la tuya es...?

—La soriasis. Y hace años que no recuerdo un sueño.

* * *

Patricia Bernardi dice que tiene deformaciones profesionales. La más: le mira los dientes a las personas.

—No me doy cuenta. Hablo y les miro la dentadura. Porque nosotros siempre andamos buscando cosas en los dientes. Y el otro día vino el contador con una radiografía, y le dije: “Che, por qué no dejás alguna acá, por las dudas”.

Se ríe. Pero siempre se ríe.

—Yo nunca pude aguantar a los muertos. Les tengo pánico. A mí me hacés cortar un cadáver fresco y me muero. Pero con los huesos no me pasa nada. Los huesos están secos. Son hermosos. Me siento cómoda tocándolos. Me siento afín a los huesos.

Pasa las páginas de un álbum de fotos.

—Éste es el sector 134, en Avellaneda.

Un terreno repleto de maleza. Después, la tierra cruda. Después abierta. Después los huesos. Y un edificio viscoso con paredes cubiertas de azulejos.

—Ésa es la morgue donde trabajaban ellos.

Ellos.

—Habían hecho un portón que daba a la calle, para poder entrar los cuerpos directamente desde ahí. En la puerta de la morgue había un cartel que decía: “No cague adentro”. Cuando empezamos a trabajar no lo hicimos público. Nos daba miedo. Teníamos un policía de seguridad de la misma comisaría que antes tenía la llave para meter cuerpos en esa fosa.

En un rato tocarán el timbre y Patricia bajará las escaleras con una urna pequeña. Allí, en esa urna, llevará los restos de María Teresa Cerviño que en mayo de 1976 apareció colgada de un puente con un cartel, una inscripción —Yo fui montonera—, la cabeza cubierta por una bolsa, los ojos y la boca tapados por cinta adhesiva. Todas las pistas indicaban que había terminado en la fosa común de Avellaneda. Su madre nombró al equipo como perito en la causa judicial que inició en 1988 buscando los restos de su hija. Durante todos estos años, Patricia supo que María Teresa Cerviño estaba ahí, era alguno de todos esos huesos.

—Yo decía: “Sé que está, pero dónde, cuál será”. Y el año pasado, diecinueve años después, apareció.

Hay sitios así. Sitios donde todas las cosechas son tardías.

* * *

Cuando Darío Olmo llegó al equipo, invitado por Patricia Bernardi en 1985, era un estudiante de antropología de 28 años, agonizando en manos de un empleo que lo frustraba: recibir expedientes en la mesa de entrada de una dependencia de gobierno.

—Me cayó muy bien el viejo, Snow. Yo no entendía una palabra de inglés, pero nos entendíamos en el idioma universal de los vasos. Este trabajo me salvó. Yo tomaba bastante, trabajaba caratulando expedientes, no era un buen alumno en la facultad. Esto era lo opuesto a la rutina. Un trabajo entre amigos, y enseguida creamos una relación rara, inusual. Cuando la compañera de uno de nosotros estuvo enferma, Patricia tenía el dinero de un departamento que había vendido y le llevó toda la plata. “Hacé lo que necesites”, le dijo. Esta gente es la que yo más conozco y la que más me conoce. Para bien y para mal. A mí el trabajo este no me daña. Al contrario. Esto es lo más interesante que me pasó en la vida. ¿Qué posibilidades tiene un estudiante de arqueología como yo de conocer el Congo más que con un trabajo demencial como éste? La gente se horroriza. Vos le decís que viajás a ver fosas comunes y morgues y cementerios, y a la gente la parece horroroso. Pero a mí me resultaría difícil sentarme en un kiosco de dos metros cuadrados y esperar que me vengan a comprar caramelos. La verdad es que la única parte mala del laburo son los periodistas. Un periodista es una persona que llega al tema y tiene que hacer una especie de curso intensivo, hacer su nota, y es difícil que capte esta complejidad. Me gustaría que, simplemente, no les interese.

* * *

Son las siete de la tarde de un viernes y en un aula de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, Sofía Egaña y Mariana Selva dan una clase sobre huesos en general, lesiones en particular, a un grupo pequeño de estudiantes.

—El hueso fresco tiene contenido de humedad y reacciona distinto a la fractura que el hueso seco. El hueso se mantiene fresco aún después de la muerte. Entonces el diagnóstico se hace según la forma de la fractura, la coloración —dice Mariana Selva mientras proyecta imágenes de huesos rotos y secos, rotos y húmedos, rotos y blancos.

—Los rastros de la vida se ven en los huesos —dirá después, sobre un esqueleto extendido, Sofía Egaña—. ¿Ven los picos de artrosis? ¿Cómo verían a esta mandíbula? Tóquenla, agárrenla. ¿Qué les puede decir esta dentición?

Cuando el equipo se formó, la antropología forense no existía como disciplina en el país. Ellos aprendieron en los cementerios, desenterrando personas de su edad —vomitando al descubrir que tenían sus mismas zapatillas—, leyendo el rastro verde de la pólvora en la cara interna de los cráneos. Y después, todavía, se enseñaron entre ellos. Ahora son generosos: aquí comparten el conocimiento. Esparcen lo que les sembraron.

* * *

El día es gris. Patricia Bernardi toma el teléfono, marca un número, alguien atiende.

—Si, buenas tardes, estoy buscando a la señora X.

—...

—Ah, buenas tardes, señora, habla Patricia Bernardi, del Equipo Argentino de Antropología Forense. No sé si sabe a qué se dedica esta institución.

—...

—Bueno, muchas gracias, adiós.

El tono de Patricia es dulce y no hay fastidio cuando cuelga: cuando no la quieren atender. En 2007, cuando se cumplieron años de la muerte del Che, los medios sacaron sus máquinas de hacer efemérides y todas apuntaron a los miembros del equipo que, convocados por el gobierno cubano, habían estado allí.

—A veces me siento obligada a decir fue un orgullo haber participado en esa exhumación, pero era todo muy tenso. Nosotros estuvimos cinco meses, nos retiramos, y volvimos cuando los cubanos encontraron la fosa del Che, en julio de 1997. Me llamaron a mí, era un sábado. No me acuerdo si llamó el cónsul o el embajador de Cuba, y me dijo: “Encontraron unos huesos”. Cuando llegamos ya había dos o tres peleándose por ver quién sacaba la foto. A mí lo que sí me marcó un antes y un después fue El Petén, en Guatemala. Ahí en 1982 un pelotón del ejército ejecutó a cientos de pobladores. Nosotros sacamos 162 cuerpos. En su mayoría chicos menores de 12 años. Y no tenían heridas de bala porque para ahorrar proyectiles les daban la cabeza contra el borde del pozo y los arrojaban. Llega un momento que te acostumbrás a los huesitos chiquitos, porque son muy lindos, hermosos, perfectos. Pero lo que te traía a la realidad era lo asociado.

Lo asociado.

—Los juguetes.

En el edificio contiguo hay un instituto de peluquería y depilación. Desde las ventanas se pueden ver, todos los días, señoras cubiertas por mantelitos de plástico y pelos envueltos en cáscaras de nylon como merengues flojos. Pero da igual: aquí nadie las mira.

* * *

En la oficina de Carlos Somigliana —Maco— hay profusión de papeles, dibujos de niños, pilas de cosas que buscan su lugar como en un camarote chico. Desde que entró al equipo, en 1987, se dedicó a atar cabos y a enseñar a los demás a hacer lo mismo: entrevistar familiares, buscar testimonios, cruzar información.

—Mientras el Estado llevaba adelante una campaña de represión clandestina, seguía registrando cosas con su aparato burocrático. Es como una rueda grande y una rueda pequeña. Vos podés conocer lo que pasa en la primera por lo que pasa en la segunda. Ahora hay una urgencia con respecto al trabajo que no aparecía tan fuerte cuando éramos más jóvenes, y que tiene que ver con la sobrevida de la gente a la que le vamos a contar la noticia de la identificación. Llegás a una familia para contar que identificaste al familiar y te dicen: “Ah, mi padre se murió hace un año”. Y cuando te empieza a pasar seguido decís: “me tengo que apurar”.

—¿Podrías dejar de hacer este trabajo?

—Sí. Yo quiero terminar este trabajo. Para mí es importante creer que puedo prescindir. Este trabajo ha sido muy injusto en términos de otras vidas posibles para muchos de nosotros.

—¿Y afectó tu vida privada?

—Sí.

—¿De qué forma?

—Ninguna que se pueda publicar.

—Entonces tiene partes malas.

—Por supuesto que tiene partes malas. Cuando vos sos el familiar de un desaparecido, tuviste que aceptar la desaparición, la aceptaste, estuviste treinta años con eso. Te acostumbraste. De golpe viene alguien y te dice no, mire, eso no fue como usted pensaba, y además encontramos los restos de su hijo, su hija. Es una buena noticia. Pero te hace mierda. Es como una operación, es para algo bueno. Pero te lastima. Cuando vos te das cuenta que la lastimadura es muy fuerte, hasta qué punto no estás haciendo cagada al remover esas cosas. Pero no hay nada bueno sin malo. Lo cual te lleva a la otra posibilidad mucho más perturbadora: no hay nada malo sin bueno.

En alguna parte una mujer dice: “mi hermano desapareció el cinco del diez del setenta y ocho” y entonces alguien, discretamente, cierra una puerta.

* * *

—Mi nombre es Margarita Pinto y soy hermana de María Angélica y de Reinaldo Miguel Pinto Rubio, los dos son chilenos, militantes de Montoneros. Desaparecieron en 1977. Mi hermana tenía 21 años. Mi hermano, 23.

Margarita Pinto dice eso en el espacio para fumadores de la confitería La Perla, del Once, a cuatro cuadras de las oficinas del equipo. Después dice que los restos de su hermana fueron identificados por los antropólogos en 2006.

—El dolor de tener un familiar desaparecido es como una espinita que te toca el corazón, pero te acostumbrás. Y cuando me dijeron que habían encontrado los restos, yo estuve con una depresión grande. No quise ir a verlos. Fui nada más al homenaje que le hicimos en el cementerio. Esto es como una segunda pérdida, pero después es un alivio. Los antropólogos hablan de mi hermana como si la hubiesen conocido. Y yo la busqué tanto. Cuando desapareció yo era chica y empecé a visitar a los padres de algunos compañeros de ella. Una vez fui a ver a un matrimonio grande. En un momento, la señora se levantó y se fue y el hombre me dijo que disculpara, que la señora estaba muy mal. Que todos los días se levantaba muy temprano para desarmar la cama de su hijo. Y yo ahí, preguntando por mi hermana. Uno a veces hace daño sin darse cuenta.

El cielo gris. Brilla en sus ojos.

* * *

El 26 de septiembre de 2007, Mercedes Doretti recibió una beca de la fundación MacArthur dotada de 500 mil dólares y, como hacen e hicieron siempre con las becas, los premios y los sueldos de las misiones internacionales, donó el dinero al fondo común con que el equipo se financia.

—La beca es personal —dice Mercedes Doretti— pero yo no trabajo sola.

Ella fue la primera mujer miembro del equipo en ser madre, un año atrás. La segunda fue Anahí Ginarte, que vive en la ciudad de Córdoba desde 2003, cuando viajó allí para trabajar en la fosa común del cementerio de San Vicente, un círculo de infierno con cientos de cadáveres, y conoció al hombre que les alquilaba la pala mecánica para remover la tierra, se enamoró, tuvo una hija.

—Es mucha adrenalina, muy romántico, pero también es ver la vida de los otros y no tener una vida propia —dice Anahí Ginarte—. Yo estuve un año sin pasar un mes entero en Buenos Aires. Tenía un departamento donde no había nada, ni una planta, cerraba con llave y me iba. Pero decidí parar.

Salvo ellas dos —Mercedes, Anahí— ninguna de las mujeres que llevan años en el equipo tiene hijos.

* * *

A mediados de 2007, el equipo, la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y el Ministerio de Salud firmaron un convenio para crear un banco de datos genéticos de familiares de desaparecidos a través de una campaña que solicita una muestra de sangre para cotejar el ADN con el de 600 restos que todavía no han podido ser identificados. El proyecto se llama Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas, y hace días que aquí no se habla de otra cosa: de la iniciativa que se iniciará.

Esta mañana, Mercedes Salado y Sofía Egaña revolotean alrededor de un hombre encargado de instalar la impresora de códigos de barras de la que saldrán miles de etiquetas que identificarán la sangre de los familiares.

—A ver, vamos a probar —dice el hombre.

Aprieta un comando y la pequeña impresora se estremece, tiembla como un hámster y escupe uno, dos, diez, veinte códigos de barras.

—Es muy emocionante —dice Mercedes—. Llevamos años esperando esto.

En las semanas que siguen todos se dedican a una tarea cándida: ensobran formularios para enviar a los cuatro rincones del país. Un día, ya de noche, Mercedes Salado, descalza, sentada en el piso junto a una caja repleta de sobres que dicen Tu sangre puede ayudar a identificarlo, fuma y conversa con Patricia Bernardi.

—Si logran identificar a todos, se van a quedar sin trabajo.

—Ojalá.

Una radio vieja esparce la canción “I will survive”.

* * *

Miércoles. Nueve y media de la mañana. Desde una de las oficinas del primer piso llegan ráfagas de conversación:

—El hermano de ella está desaparecido.

—No puede haber un estudiante de medicina de 60 años. ¿Por qué no volvemos a mirar la información?

—Ese Citroën rojo...alguien dijo algo de ese Citröen rojo.

Inés Sánchez, Maia Prync y Pablo Gallo trabajan haciendo investigación preliminar: a través de fuentes escritas, orales, diarios, generan hipótesis de identidad para los huesos. Inés Sánchez, apenas más de veinte, es hija de desaparecidos.

—Yo llegué al equipo hace dos años, más o menos. Nuestra tarea es hacer hipótesis de identidad sobre un conjunto de personas en base a exhumaciones que ya se hicieron. Para eso vemos qué centro clandestino utilizaba un determinado cementerio, en qué fechas hubo traslados.

Selva Varela tiene porte de bailarina, pelo largo, ojos claros, gafas. Está inclinada sobre una de las mesas. En el hueco de la mano, apretado contra el pecho, abraza un cráneo como quien acuna. Tiene treinta años y está en el equipo desde 2003. Sus padres fueron secuestrados por los militares y ella adoptada por compañeros de militancia que, a su vez, fueron secuestrados en 1980. Se crió con vecinos, abuela, una tía y en 1997 llegó al equipo buscando a sus padres.

—Después estudié medicina, antropología, y cuando me dijeron que acá faltaba gente, vine y quedé. Pero no estoy acá buscando a mis viejos. Pienso en los familiares de las víctimas, pienso que está bueno que la sociedad sepa lo que pasó.

En un rato habrá clima de euforia y desconcierto: un cráneo al que creían un error no resultó lo que pensaban: un intruso. La buena noticia —la mala noticia— es que es el cráneo de un desaparecido. Lo levantan, lo miran como a una fruta mágica, magnífica.

—¿Y si es el padre de...?

Es una buena tarde. Por tanto. Por tan poco.

* * *

Diez de la mañana: el cielo sin una nube.

El cementerio de La Plata se prodiga en bóvedas, después en lápidas, después en cruces. Y allí, entre esas cruces, hay dos tumbas abiertas y el rayo negro del pelo de Inés Sánchez. El sol chorrea sobre su espalda que se dobla. Alrededor, pilas de tierra, baldes, palas: cosas con las que juegan los niños.

—Vamos bien. Encontramos los restos de las tres mujeres que veníamos a buscar —dice Inés.

Limpia con un pincel el fondo, los pies abiertos para no pisar los huesos: un cráneo, las costillas.

Al otro lado de un muro de bóvedas, en una zona de sombras frescas, Patricia Bernardi, tres sepultureros, un hombre y dos mujeres rodean a Maco que —bermudas, sandalias— saca tierra a paladas de una fosa. Los sepultureros se mofan: dicen que no debe cavarse con sandalias, que va a perder un dedo. El sonríe, suda. Cuando bajo la pala aparece un trapo gris —la ropa—, Maco se retira y Patricia se sumerge. Cerca, entre los árboles, una mujer de rasgos afilados camina, fuma. Está aquí por los restos de Stella Maris, 23 años, estudiante de medicina, desaparecida en los años setenta: su hermana. Patricia saca tierra con un balde y los huesos aparecen, enredados en las raíces de los árboles.

—Está boca arriba y tiene una media.

Las medias son valiosas: bolsas perfectas para los carpos desarmados.

—El cráneo está muy estallado. Acá hay un proyectil. En el hemitórax izquierdo, parte inferior. Tiene las manos así, sobre la pelvis.

Después, levantan el esqueleto de su tumba: hueso por hueso, en bolsas rotuladas que dicen pie, que dicen dientes, que dicen manos. La mujer de rasgos afilados se asoma.

—No sé si es mi hermana —dice—. Tiene los huesos muy largos.

—No te guíes por eso —le dice Maco.

En otra de las fosas alguien encuentra un suéter a rayas, un cráneo con tres balazos, redondos como tres bocas de pez: los huesos de mujer son gráciles.

Mañana, en un cuarto discreto del barrio de Once, sobre los diarios con noticias de ayer y bajo la luz grumosa de la tarde, se secarán los huesos, el suéter roto, el zapato como una lengua rígida.

Pero ahora, en el cementerio, la tarde es un velo celeste apenas roto por la brisa fina.




Fuente: Revista Gatopardo Nº 88 - Abril 2008