martes, 14 de abril de 2015


Entrevista a Rodolfo Braceli

"Más importante que preguntar es no ser esclavos de las preguntas"
Reconocido entrevistador de personajes como Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez, ha publicado más de 30 de diversos géneros. Luego de una larga carrera, considera el periodismo y la literatura como dos prácticas antagónicas, sino como dos manifestaciones que no tienen límites definidos y que se enriquecen mutuamente.

Por Mónica López Ocón*

Viene al caso decirlo: no hay, no hubo, no habrá periodismo con pulso, sin poesía." La frase figura en la primera página de Ciento un años de soledad y es toda una declaración de principios de su autor, Rodolfo Braceli. Periodista y escritor –para él el orden en que se enuncien ambas profesiones es indistinto−, tiene una larga trayectoria en ambas márgenes del trabajo con la palabra escrita y descree del encasillamiento de los géneros. De hecho, el subtítulo del libro es La entrevista como ficción y ensayo. La fusión de los géneros no se queda sólo en enunciación. En la primera parte de su libro, ofrece dos entrevistas a García Márquez. La primera tuvo lugar efectivamente en Cartagena de Indias en 1996. La segunda, en cambio, se desarrolla en el mismo lugar entre el 5 y 6 de marzo de 2029, cuando García Márquez está por cumplir 101 años y, por supuesto, es una ficción. En la segunda parte del libro, la propuesta es la entrevista-ficción como ensayo. Por allí desfilan Oliverio Girondo, Juan Rulfo, Henry Millar y hasta Vincent Van Gogh y Franz Kafka. En todo el libro conviven armónicamente el reconocido entrevistador con el poeta, el narrador, el dramaturgo y el ensayista porque Braceli se rehúsa a establecer jerarquías en la dedicación a cada uno de esos géneros. Por el contrario, reclama: "Que los géneros hagan su vida y me dejen a mí hacer la mía."

−Ciento un años de soledad pone en evidencia la profunda relación que existe entre el periodismo y la literatura. ¿Cómo es para usted esa relación?

−Creo que en cada caso es diferente. En Rodolfo Walsh esa relación es muy estrecha y de militancia, a tal punto que el periodismo se pone al servicio de la literatura. Juan Gelman suele decir que el hecho de ser poeta no ha perturbado de ninguna manera su condición de periodista. Es como si el periodismo estuviera en una habitación y la literatura en la habitación de al lado. Es decir que tienen una relación cercana, no están en la misma habitación, pero están en la misma casa. Para Antonio Di Benedetto, con quien trabajé seis o siete años, el periodismo y la literatura tenían que estar lo más lejos posible. Él trataba de hacer todo lo posible para que no se mezclaran porque pensaba que el periodismo tiene elementos muy actuales, de coyuntura, que envejecen con mucha rapidez. Para Gabriel García Márquez, en cambio, no sólo están en habitaciones contiguas, sino que entre esas habitaciones hay una puerta que las comunica.

–¿Y para usted cómo es?

–En mi caso, ambos nacieron juntos y felizmente para mí, no puedo decir dónde termina uno y comienza el otro. Lo que sí sé es que muchas cosas que comenzaron para mí en el periodismo luego desembocaron en la literatura. Me refiero a crónicas, entrevistas, reportajes. Por ejemplo, cuando se cumple el primer aniversario de la muerte de Cabezas me encargan una nota. Lo que se espera es que vaya a hablar con los amigos y familiares de Cabezas, la clásica nota "Tantos años sin Fulano". Esta es una expresión que yo detesto, porque si estamos hablando de él no es "sin" sino "con". Entonces íntimamente me dispuse a transgredir el pedido. Sí hable con familiares, amigos y compañeros de trabajo de Cabezas. Eso me fue "sembrando" y con esos elementos fui armando un monólogo, un texto en primera persona donde esos elementos recogidos comienzan a tejerse. Un día Ulises Dumont termina leyendo ese monólogo por televisión y fue bárbaro. Ese monólogo siguió creciendo y se transformó en una obra de teatro en la que distintas voces se van metiendo en el relato. Cuando me preguntan qué soy, si ensayista, dramaturgo, poeta o periodista, yo contesto: "Que los géneros hagan su vida y me dejen hacer la mía." En más de treinta libros míos creo que es imposible decir que uno es sólo cuento, sólo ensayo o sólo teatro. El último padre, por ejemplo, es poesía, pero también es una novela. En Don Borges saque su cuchillo porque he venido a matarlo pasa lo mismo. Están las entrevistas directas que he tenido con Borges pero también están los cuentos de cuchilleros que voy contando sin aviso para que Borges, tentado, lea el libro que dice que no va a leer. En Ciento un años de soledad, hay una parte que es ensayo puro que se refiere a la entrevista y hay otra parte que son ficciones. Aunque este libro es reciente creo que empezó a gestarse en 1967 cuando murió Oliverio Girondo.

–Usted cuenta que no escribió una necrológica convencional.
–En el verano que había menos actividad, en el diario Los Andes de Mendoza me hacían hacer necrológicas anticipadas. Recuerdo claramente haber hecho la necrológica anticipada de Chaplin, de Picasso. Estas son algunas de las intimidades de los diarios. Pero cuando Di Benedetto me dice que murió Oliverio y que había que hacer la necrológica, pensé que eran dos cosas que no cuajaban Di Benedetto me preguntó qué se me ocurría y de dije que una conversación. Tomé Espantapájaros y comencé a entresacar hebras textuales. Así nació esa conversación ilusoria con él.

–Con esas hebras textuales hizo un tejido que resignifica la poesía de Girondo.
–Sí. Cuando eso sale bien, esas hebras sacadas de contextos funcionan como un autorretrato. Como ensayo, la entrevista ilusoria con Oliverio tiende a mostrar lo absurdo del mundo en el que vivimos. Cuando volví a leerlo durante la dictadura, cuando el surrealismo pasó a ser una canción de cuna, cuando se desfondó la condición humana percibí que esto ya estaba en Oliverio. Esto lo charlé alguna vez con Osvaldo Soriano: creo que el delirio es la única forma que tenemos los escritores argentinos de arrimarnos a la normalidad que siempre nos pasa por arriba y nos supera. Por eso, cada personaje que tomo es a la vez ficción y ensayo. Con Henry Miller quise hablar de religiosidad a través del sexo. En el caso de Juan Rulfo, converso con Pedro Páramo para saber cómo es eso que llamamos muerte. A Vincent Van Gogh lo enfrento con Kafka en una conversación imaginaria que hice en base a hebras textuales de los dos para demostrar que Van Gogh era un gran optimista. La ficción es una suerte de impunidad que permite hacer estas cosas.

–¿Cómo nació, concretamente, Ciento un años de soledad?
–A partir de la presentación de un libro anterior que se llamó Escritores descalzos. Uno de los presentadores dice, como elogio a mis entrevistas, que la entrevista es un género en extinción y que yo soy uno de los últimos exponentes que cultivan ese género. La frase me quedó zumbando y la analicé.

–¿Qué conclusión sacó?
–Que la entrevista podría ser un género en extinción si se continúa practicándola como en los últimos años, como un interrogatorio neutro en el que cualquiera puede preparar una docena de preguntas, comprar pilas frescas para el grabador y hacer una entrevista.

–Usted dice que el grabador produce a veces que el periodista tenga los sentidos dormidos y que es necesario darle un lugar al azar.
–Sí, si nos quedamos en el interrogatorio, matamos el género porque un interrogatorio se hace en cualquier comisaría. La cuestión es que el interrogatorio se convierta en conversación y que la conversación produzca un determinado clima. Cuando esto sucede el entrevistador y el entrevistado dejan de manejar los hilos, se entregan y permiten que intervenga el azar que es profundamente sabio. De este modo se pasa del clima a la confesión. Es lo mismo que pasa en las relaciones humanas. Cuando alguien elogia las preguntas, tengo que defraudarlo porque las preguntas no son lo importante, son sólo una excusa, sirven para ir atizando el fuego. Más importante que hacer buenas preguntas es no ser esclavo de ellas. El entrevistador va armado de una batería de preguntas y lo único que espera es que el entrevistado haga una pausa para meter la próxima. señal de que no lo está escuchando. La entrevista debe recuperar los cinco sentidos. Es importante lo que se ve, lo que se toca, lo que se huele. Creo que la entrevista es un gran género si los periodistas no le delegamos toda la responsabilidad al grabador. Hay que arriesgar nuevos caminos. En el libro, por ejemplo, hay una entrevista que le hice a García Márquez en 1996 en su casa de Cartagena y luego hay una entrevista ficcional que le hago en el año 2029, justo un día antes de que el cumpla 101 años. Él está en terapia intensiva. Como yo estoy en Colombia lo secuestro y lo llevo al lugar en que no lo van a buscar, su propia casa. El va contestando sobre su niñez, sus abuelos, su iniciación, el sexo, la muerte y me pide de una manera casi borgeana que atrase el momento de amanecer porque tiene que terminar algo y lo que tiene que terminar –yo lo sé– es un libro de un género que no practicó, la poesía. Yo creo que García Márquez es un desesperado poeta oculto.

–En la entrevista real a García Márquez usted cuenta todo lo que tuvo que hacer para conseguirla.
–Sí, fueron cuatro años tratando de llegar a él. Es lo que en periodismo se llama una entrevista imposible. Pero las cosas son imposibles hasta que uno encuentra la llavecita. Hay que tener mucha paciencia y confiar en los milagros de la imaginación. La pasión es esencial en el periodismo, en el fútbol, en la política, en todos los terrenos. Si la pasión se apagara no harían falta bombas ni misiles para terminar con el mundo, se destruiría por neutralidad, quedaría todo neutro, con perdón de la palabra.

–¿Por qué deseaba tanto entrevistar a García Márquez?
–Porque es un caso clavado de periodista y escritor, porque escribe el castellano en castellano y leerlo es una fiesta, porque algunas de sus crónicas son prodigiosas, porque soy curioso y una de las claves de García Márquez es la curiosidad y, además, porque era imposible. En 40 años dio dos entrevistas, una de ellas me la dio a mí. Su curiosidad queda expuesta en la entrevista cuando se la pasa observando el bolso que llevo. Quería saber qué había dentro. Lo miraba de reojo como si dentro hubiera un gasto escondido o una ametralladora Itaka.

–¿Salió conforme de esa entrevista?
–De las dos horas que me dio no perdí ni un segundo. Él tomó uno de los marcadores que yo llevaba y se puso a jugar con él. Vio que yo lo miraba y lo dejó. Al rato, sin embargo, se puso a jugar de nuevo con el marcador. Ahí me di cuenta de que había creado un clima. Hubo un momento clave en que me preguntó: "¿Qué me va a preguntar usted? Ya me lo han preguntado todo." Le contesté "Yo no creo en las preguntas, creo en la conversación." "Qué interesante –me responde– parece que voy a terminar yo haciéndole la entrevista a usted." "Bueno, vamos a ver", le digo. Me había pasado pensando cuál sería mi primera pregunta y la que se me había ocurrido era si su madre le hacía de comer y qué le gustaba comer de chico. Era una pregunta pavota que parece indigna de un Premio Nobel que no da entrevistas. Pero fue un hallazgo. Me contestó: "¿Sabe usted, ahora me doy cuenta de que a mi madre no le gustaba cocinar?" Luego ya comienza a contarme cosas de la intimidad con su madre y entramos en un plano de magia, de poesía.

–Entonces me atrevo a preguntarle por qué tiene un banco de carpintero y tantas herramientas.
–Mi padre es español, de Alicante, cerca de Orihuela. Llegó solo a los 14 años. Mi abuela se quedó con sus otros hijos por un problema de pasaportes. Su padre, mi abuelo, ya estaba en la Argentina, en Mendoza. Al día siguiente mi viejo ya tuvo que ir a trabajar. No fue ni un solo día a la escuela. Si mi abuelo llegaba a pescarlo con un libro le daba sin metáforas porque era bestial. Tuvo que estudiar a las escondidas y a los 18 o 19 años se pagaba un maestro particular. (La recomendación de Braceli parece funcionar porque en un clima de intimidad me muestra los cuadernos de su padre). Mi madre hizo apenas segundo grado. A diferencia de mi viejo nunca leyó nada, ni una contratapa ni nada. "Recibí del señor Andrés Braceli –lee en un recibo del maestro de su padre– la suma de 8 pesos moneda nacional por lecciones recibidas en el mes de diciembre de 1931." Además, mi padre tuvo polio y mi abuelo casi lo mata porque creía que eran mañas para no trabajar. Le quedó una pierna flaquita, pero se ponía los pantalones y caminaba como cualquiera. Las primeras vacaciones mis viejos se las tomaron a los 67 años pero siempre tuvieron una gran alegría que les transmitieron a sus hijos. Uno salió economista, el otro abogado y el tercero, escritor. En un momento mi viejo tuvo un negocio en el que vendía todo lo que se necesitaba en una casa, excepto las puertas y ventanas. En el fondo había una fábrica de mosaicos donde los tres hermanos trabajamos de chiquitos, porque trabajar era algo natural. Mi primer oficio fue el de mosaísta, hacía las mesadas de cocina de punta a punta. Estas herramientas quedaron de aquella época.El banco es del cura Castellani, un olvidado que escribió cuentos policiales, teología. Era una de las cabezas más brillantes de la Argentina, un dogmático tremendo pero perseguido por la propia Iglesia. Él vivía con la profesora Caminos que se encargaba de cuidarlo y darle de comer. Cuando murió, me dio ese banquito de carpintero que Castellani tenía a los pies de su cama.

–¿Cuál es su clave para hacer una buena entrevista?
–El miedo. Siempre estoy al borde del pánico y me pregunto: "¿Qué estoy haciendo yo acá?" Es como cuando se cierra la puerta del avión y siente ganas de bajarse pero, como se dice en Sin aliento, "ya es tarde para retroceder". « 


El enigma de Antonio Di Benedetto

–Antonio Di Benedetto aparece como una figura un tanto enigmática. ¿Cómo lo recuerda usted que trabajó con él?
–En su vida cotidiana era una persona que trabajaba con lo enigmático. Estuve cuatro años sin hablarle.

–¿Estaban peleados?
-–Sí, no por el lado de él, sino por el mío. A mí me rajaron de Los Andes cuando estaba en la sección Deportes –a donde fui a parar porque ya estaba jodiendo mucho en Espectáculos porque opinaba demasiado. Di Benedetto era mi jefe. Luego fue nombrado subdirector porque el cargo de director no se lo daban a nadie, pero él manejaba el diario. Yo me enojé mucho por el despido pero él no se dio por aludido y siguió llamándome. Yo vine a parar a la revista Gente. Había que elegir el cuento del año y yo propuse El juicio de Dios, de Di Benedetto. Resultó elegido el cuento del año. Nosotros seguíamos sin hablarnos. Entonces me llama sin decirle a la persona que lo atendió quién era. "Adivino el largo brazo de su generosidad en esta distinción…", comenzó a decirme, porque era una persona muy ceremoniosa, muy solemne. Yo largué la carcajada y allí se reanudó la relación.

–¿Él era un gran seductor?

–Sí, le gustaban las morochas, las rubias, las pelirrojas, las flaquitas, las gorditas, pero, sobre todo, la mujer del prójimo (risas). A los tres días de aquella conversación telefónica yo estaba haciéndole una entrevista. Estuve tres días con él y la entrevista resultó un testamento por las cosas muy personales que me contó de su niñez, de sus fobias. Cuando había viento Zonda se transformaba. Cerraba las puertas, los postigos, las cortinas. Se ponía muy mal. Me cuenta un episodio de su niñez que explica todo. Cuando era muy chiquito, su madre se va y él queda con una empleada de la casa. Él estaba jugando con un cajoncito en el patio y comienza a soplar el Zonda, que es un viento caliente y a veces muy fuerte que puede hacer subir la temperatura de 5º a 35º. Él quedó como olvidado en el patio. A partir de ese día hasta la palabra viento lo encogía.

*Publicado en el diario Tiempo Argentino. 26/08/2012

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