martes, 14 de abril de 2015

Conversaciones

Alberto Salcedo Ramos: "Yo no mido a un cronista por el valor de sus metáforas, sino por el polvo que tiene en sus zapatos"

Por Leonardo Tarifeño* 

Acompañó al niño Wikdi, indígena de la región colombiana del Chocó, en su travesía de cinco horas a pie por el camino de selva y barro que lo lleva a su escuela rural. Asistió a más de un velorio para ver en acción a Chivolito, uno de los últimos animadores de ceremonias mortuorias, quien se gana la vida gracias a los chistes de dudoso gusto que cuenta durante las despedidas finales de las familias a sus seres queridos. Y durante años vivió una larga relación de admiración y desencuentros con el gran boxeador Kid Pambelé, a quien retrató en un libro magistral. Ganador de los Premios Rey de España y José Ortega y Gasset, entre otros, el colombiano Alberto Salcedo Ramos es uno de los grandes periodistas latinoamericanos contemporáneos, un narrador salvaje que prefiere oír a preguntar, tal vez porque sabe que la verdad aflora allí donde nunca se la espera. "La verdad no sucede: se cuenta", dicen que dicen en el Caribe colombiano; fiel a la sabiduría popular de su país, Salcedo Ramos oye y narra, convencido de que el periodismo sólo sobrevivirá si, como la Scheherazade de Las Mil y una Noches, logra entretener a su tirano de ocasión con el poder de las historias.

-Gay Talese, a quien usted admira mucho, ubica su origen como narrador en la sastrería familiar, donde durante su infancia escuchaba todo lo que los clientes le confesaban a sus padres. Del mismo modo, ¿cuándo y dónde cree que las historias comenzaron a fascinarlo?

-Yo tengo un origen similar, sí. De los 4 a los 17 años viví con mis abuelos en un pueblo, Arenal, en el Caribe colombiano. Mi abuelo era un hombre adinerado, que a duras penas podía leer, pero que después de trabajar mucho había pasado de campesino a ganadero. Por eso, él tenía peones que a veces llegaban a la finca a cobrar algo, o a dejar el queso, o a traer la leche. Y yo oía hablar a esos campesinos y me quedaba impresionado. Las voces de esos campesinos fueron mis primeros periódicos. Porque te digo algo: el periódico El Tiempo -el único que se leía- recién llegaba al pueblo a las 4 de la tarde, cuando las noticias habían dejado de ser noticias. Así que en el diario yo leía las noticias como historias, no como novedades.

-¿Las historias que escuchaba eran más reales que las de los diarios?

-Por lo menos más interesantes. Cuando yo escuchaba hablar a los campesinos, sentía que me enteraba de algo. Me informaban. Los primeros libros que leí no fueron escritos: eran esas conversaciones, que para mí tenían mucho de libros orales. Por eso yo diría que desde muy niño aprendí que las cosas que me interesan casi nunca están en los periódicos.

-¿Dónde están?

-En la vida. La vida incluye los periódicos, claro, pero lo que me suele interesar está en los bares, en los parques y en las calles. Soy un reportero que reivindica el valor de la calle. Yo no mido a un cronista por el valor de sus metáforas, sino por la cantidad de polvo que tiene en la suela de sus zapatos. Creo en eso profundamente.

-¿La manera de hablar de aquellos campesinos influyó en su prosa periodística?

-Ojalá. La oralidad del Caribe colombiano es muy rica y colorida, y siempre está salpicada de anécdotas y ocurrencias. Por ejemplo, una vez hubo una sequía muy larga en el pueblo, y dio la casualidad de que por esos días, en un supermercado de Barranquilla, me encontré con un campesino que trabajaba con mi abuelo. Así que aproveché para preguntarle si no había llovido por Arenal. Y me contestó: "Noooo, la sequía que hay es tan grande que ahora los sapos se mueren sin haber aprendido a nadar" ¡Me pareció precioso! Puro lenguaje campesino, lleno de imágenes.

-Dice que reivindica el valor de la calle en el periodismo. Pero si hay que reivindicar algo tan básico, quiere decir que el periodismo está muy mal.

-Y, sí: hay que reivindicar ese valor porque la vida de los periodistas cada día transcurre más en los escritorios y menos en la calle. Es curioso, el periodismo se ha convertido en un trabajo de oficina. Antes, cuando se producía un hecho que requería la palabra de un personaje público, los periodistas buscaban a esos personajes; ahora entran a sus cuentas de Facebook o Twitter para ver qué dicen. Yo digo que Twitter es el iTunes del periodismo: así como en iTunes descargas y almacenas canciones, en Twitter almacenas y descargas declaraciones de figuras públicas. Y así el periodismo se vuelve aburrido. A mí me aburre mucho el periodismo cuando no es producto del esfuerzo del periodista por descifrar lo que está más allá de su ventana.

-¿Cómo se evita ese aburrimiento?

-En mi caso, con la curiosidad. Yo creo que me hice periodista porque me niego a que-darme con dudas. Y por eso salgo a la calle a enfrentarme con la realidad, para ver qué dice la realidad sobre las dudas que yo tengo. Por supuesto, no se trata de resolver todo, sino de contar esas historias. A mí me interesan más los periodistas que hacen preguntas que los que dan respuestas.

-Dicen que los fracasos enseñan más que los éxitos. ¿Qué aprendió de su peor error periodístico?

-Hay un error espantoso que yo cometí cuando tenía 24 años, que me enseñó a ser responsable. O a intentar serlo, por lo menos.

-¿Cómo fue?

-Mira, en 1984, el actor italiano Franco Nero fue a filmar una película a Colombia. Por alguna razón, él decidió hospedarse en una casa familiar y no en un hotel. En esa casa se enamoró de la empleada doméstica y la embarazó. El asunto resultó un escándalo, la chica apareció en todos los noticieros y a Nero le hicieron un juicio porque él negaba la paternidad. Con esa actitud, él vulneraba la dignidad de la mujer, que era negra y pobre, y pisoteaba su buen nombre. Poco más tarde, a Nero lo metieron a la cárcel en Cartagena, y cuando se acercaba la Navidad de ese año, un juez venal lo dejó libre y permitió que él se fuera de Colombia para nunca más volver. La mujer se quedó sola, con su bebe sin padre. Al año siguiente, cuando se aproximaba el Día de los Inocentes, un fotógrafo del periódico en el que yo trabajaba me entregó una foto de ella con su bebe en brazos, y entonces hicimos una nota en la que decíamos que Franco Nero se había regresado de Italia para reconocer a su hijo.

-Pero en realidad era una broma del Día de los Inocentes.

-Sí. Al día siguiente, esa mujer se presentó en el periódico. ¡Con una humildad! ¡Con una decencia! Y me preguntó si yo hubiera hecho esa misma broma con mi hija como protagonista. Me sentí muy mal, y lo que hizo que esa bofetada fuera aún más contundente fue su gran decencia. Su sentido de la dignidad. Ahí aprendí, creo que a tiempo, la importancia de ser responsable. La responsabilidad no es un valor agregado, es inherente al periodismo.

-¿Y el caso inverso? ¿Qué trabajo suyo lo considera un acierto?

-Bueno, yo escribí una crónica, Un país de mutilados, sobre las víctimas de las minas antipersonales en el oriente de Antioquia, en el noroeste del país, que es la región del mundo más afectada por las minas. Y ese texto ayudó a hacer visibles a esas personas, no solamente por el drama del día en que sufrieron el percance, sino también por los padecimientos que debían vivir para que el Estado los atendiera. Yo no soy nada mesiánico en mi trabajo, no lo veo como algo con una misión. Pero con mucha frecuencia descubro que ciertas historias que cuento hacen visibles a los invisibles. Y me gusta que el resultado sea que esos invisibles luego reciban un poco más de atención.

-Narrar a las víctimas puede ser doloroso, ¿pero no es todavía más difícil contar la vida de personajes ambiguos, que son héroes y villanos a la vez? Por ejemplo, el polémico boxeador Kid Pambelé, protagonista de su libro El oro y la oscuridad.

-Yo creo que cuando uno procura ser justo al contar una historia, tanto el lector como el personaje se dan cuenta de eso. Se nota si uno narra con naturalidad y buena intención. Yo procuro ser justo, aspiro a eso.

-¿Qué le falta a la crónica latinoamericana?

 -El reto de la crónica es aproximarse al poder para mostrarlo, explicar su dinámica y poner en evidencia cómo incide en nuestras sociedades. En eso estamos en deuda. Las crónicas sobre el desarrapado y la villa mi-seria ya empiezan a agotarse. Por ejemplo, yo creo que el gran tema actual en nuestro continente es la minería, que destruye todo el ecosistema. Los magnates de la minería son los bárbaros modernos. Se infiltran en el poder político, compran conciencias y ponen a los congresistas de cada país a aprobar leyes que les garanticen impunidad.

-Contar ese mundo con la aspiración a ser justo es una deuda grande, ¿no?

-Ah, sí. Nadie es tan bueno como cree su mamá ni tan malo como cree su enemigo. Esa debería ser una máxima de nuestro oficio.

BIO

Profesión: periodista
Edad: 50 años
El colombiano Alberto Salcedo Ramos nació en Barranquilla y se crió en Arenal, un pueblo del Caribe. Una de sus reglas periodísticas se la debe a Woody Allen: "Todos los estilos son buenos, menos el aburrido". Sus libros, de La eterna parranda o El oro y la oscuridad. La vida gloriosa de Kid Pambelé, siguen esa ley al pie de la letra.

*Publicado en La Nación. 14/10/2013



Entrevista a Rodolfo Braceli

"Más importante que preguntar es no ser esclavos de las preguntas"
Reconocido entrevistador de personajes como Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez, ha publicado más de 30 de diversos géneros. Luego de una larga carrera, considera el periodismo y la literatura como dos prácticas antagónicas, sino como dos manifestaciones que no tienen límites definidos y que se enriquecen mutuamente.

Por Mónica López Ocón*

Viene al caso decirlo: no hay, no hubo, no habrá periodismo con pulso, sin poesía." La frase figura en la primera página de Ciento un años de soledad y es toda una declaración de principios de su autor, Rodolfo Braceli. Periodista y escritor –para él el orden en que se enuncien ambas profesiones es indistinto−, tiene una larga trayectoria en ambas márgenes del trabajo con la palabra escrita y descree del encasillamiento de los géneros. De hecho, el subtítulo del libro es La entrevista como ficción y ensayo. La fusión de los géneros no se queda sólo en enunciación. En la primera parte de su libro, ofrece dos entrevistas a García Márquez. La primera tuvo lugar efectivamente en Cartagena de Indias en 1996. La segunda, en cambio, se desarrolla en el mismo lugar entre el 5 y 6 de marzo de 2029, cuando García Márquez está por cumplir 101 años y, por supuesto, es una ficción. En la segunda parte del libro, la propuesta es la entrevista-ficción como ensayo. Por allí desfilan Oliverio Girondo, Juan Rulfo, Henry Millar y hasta Vincent Van Gogh y Franz Kafka. En todo el libro conviven armónicamente el reconocido entrevistador con el poeta, el narrador, el dramaturgo y el ensayista porque Braceli se rehúsa a establecer jerarquías en la dedicación a cada uno de esos géneros. Por el contrario, reclama: "Que los géneros hagan su vida y me dejen a mí hacer la mía."

−Ciento un años de soledad pone en evidencia la profunda relación que existe entre el periodismo y la literatura. ¿Cómo es para usted esa relación?

−Creo que en cada caso es diferente. En Rodolfo Walsh esa relación es muy estrecha y de militancia, a tal punto que el periodismo se pone al servicio de la literatura. Juan Gelman suele decir que el hecho de ser poeta no ha perturbado de ninguna manera su condición de periodista. Es como si el periodismo estuviera en una habitación y la literatura en la habitación de al lado. Es decir que tienen una relación cercana, no están en la misma habitación, pero están en la misma casa. Para Antonio Di Benedetto, con quien trabajé seis o siete años, el periodismo y la literatura tenían que estar lo más lejos posible. Él trataba de hacer todo lo posible para que no se mezclaran porque pensaba que el periodismo tiene elementos muy actuales, de coyuntura, que envejecen con mucha rapidez. Para Gabriel García Márquez, en cambio, no sólo están en habitaciones contiguas, sino que entre esas habitaciones hay una puerta que las comunica.

–¿Y para usted cómo es?

–En mi caso, ambos nacieron juntos y felizmente para mí, no puedo decir dónde termina uno y comienza el otro. Lo que sí sé es que muchas cosas que comenzaron para mí en el periodismo luego desembocaron en la literatura. Me refiero a crónicas, entrevistas, reportajes. Por ejemplo, cuando se cumple el primer aniversario de la muerte de Cabezas me encargan una nota. Lo que se espera es que vaya a hablar con los amigos y familiares de Cabezas, la clásica nota "Tantos años sin Fulano". Esta es una expresión que yo detesto, porque si estamos hablando de él no es "sin" sino "con". Entonces íntimamente me dispuse a transgredir el pedido. Sí hable con familiares, amigos y compañeros de trabajo de Cabezas. Eso me fue "sembrando" y con esos elementos fui armando un monólogo, un texto en primera persona donde esos elementos recogidos comienzan a tejerse. Un día Ulises Dumont termina leyendo ese monólogo por televisión y fue bárbaro. Ese monólogo siguió creciendo y se transformó en una obra de teatro en la que distintas voces se van metiendo en el relato. Cuando me preguntan qué soy, si ensayista, dramaturgo, poeta o periodista, yo contesto: "Que los géneros hagan su vida y me dejen hacer la mía." En más de treinta libros míos creo que es imposible decir que uno es sólo cuento, sólo ensayo o sólo teatro. El último padre, por ejemplo, es poesía, pero también es una novela. En Don Borges saque su cuchillo porque he venido a matarlo pasa lo mismo. Están las entrevistas directas que he tenido con Borges pero también están los cuentos de cuchilleros que voy contando sin aviso para que Borges, tentado, lea el libro que dice que no va a leer. En Ciento un años de soledad, hay una parte que es ensayo puro que se refiere a la entrevista y hay otra parte que son ficciones. Aunque este libro es reciente creo que empezó a gestarse en 1967 cuando murió Oliverio Girondo.

–Usted cuenta que no escribió una necrológica convencional.
–En el verano que había menos actividad, en el diario Los Andes de Mendoza me hacían hacer necrológicas anticipadas. Recuerdo claramente haber hecho la necrológica anticipada de Chaplin, de Picasso. Estas son algunas de las intimidades de los diarios. Pero cuando Di Benedetto me dice que murió Oliverio y que había que hacer la necrológica, pensé que eran dos cosas que no cuajaban Di Benedetto me preguntó qué se me ocurría y de dije que una conversación. Tomé Espantapájaros y comencé a entresacar hebras textuales. Así nació esa conversación ilusoria con él.

–Con esas hebras textuales hizo un tejido que resignifica la poesía de Girondo.
–Sí. Cuando eso sale bien, esas hebras sacadas de contextos funcionan como un autorretrato. Como ensayo, la entrevista ilusoria con Oliverio tiende a mostrar lo absurdo del mundo en el que vivimos. Cuando volví a leerlo durante la dictadura, cuando el surrealismo pasó a ser una canción de cuna, cuando se desfondó la condición humana percibí que esto ya estaba en Oliverio. Esto lo charlé alguna vez con Osvaldo Soriano: creo que el delirio es la única forma que tenemos los escritores argentinos de arrimarnos a la normalidad que siempre nos pasa por arriba y nos supera. Por eso, cada personaje que tomo es a la vez ficción y ensayo. Con Henry Miller quise hablar de religiosidad a través del sexo. En el caso de Juan Rulfo, converso con Pedro Páramo para saber cómo es eso que llamamos muerte. A Vincent Van Gogh lo enfrento con Kafka en una conversación imaginaria que hice en base a hebras textuales de los dos para demostrar que Van Gogh era un gran optimista. La ficción es una suerte de impunidad que permite hacer estas cosas.

–¿Cómo nació, concretamente, Ciento un años de soledad?
–A partir de la presentación de un libro anterior que se llamó Escritores descalzos. Uno de los presentadores dice, como elogio a mis entrevistas, que la entrevista es un género en extinción y que yo soy uno de los últimos exponentes que cultivan ese género. La frase me quedó zumbando y la analicé.

–¿Qué conclusión sacó?
–Que la entrevista podría ser un género en extinción si se continúa practicándola como en los últimos años, como un interrogatorio neutro en el que cualquiera puede preparar una docena de preguntas, comprar pilas frescas para el grabador y hacer una entrevista.

–Usted dice que el grabador produce a veces que el periodista tenga los sentidos dormidos y que es necesario darle un lugar al azar.
–Sí, si nos quedamos en el interrogatorio, matamos el género porque un interrogatorio se hace en cualquier comisaría. La cuestión es que el interrogatorio se convierta en conversación y que la conversación produzca un determinado clima. Cuando esto sucede el entrevistador y el entrevistado dejan de manejar los hilos, se entregan y permiten que intervenga el azar que es profundamente sabio. De este modo se pasa del clima a la confesión. Es lo mismo que pasa en las relaciones humanas. Cuando alguien elogia las preguntas, tengo que defraudarlo porque las preguntas no son lo importante, son sólo una excusa, sirven para ir atizando el fuego. Más importante que hacer buenas preguntas es no ser esclavo de ellas. El entrevistador va armado de una batería de preguntas y lo único que espera es que el entrevistado haga una pausa para meter la próxima. señal de que no lo está escuchando. La entrevista debe recuperar los cinco sentidos. Es importante lo que se ve, lo que se toca, lo que se huele. Creo que la entrevista es un gran género si los periodistas no le delegamos toda la responsabilidad al grabador. Hay que arriesgar nuevos caminos. En el libro, por ejemplo, hay una entrevista que le hice a García Márquez en 1996 en su casa de Cartagena y luego hay una entrevista ficcional que le hago en el año 2029, justo un día antes de que el cumpla 101 años. Él está en terapia intensiva. Como yo estoy en Colombia lo secuestro y lo llevo al lugar en que no lo van a buscar, su propia casa. El va contestando sobre su niñez, sus abuelos, su iniciación, el sexo, la muerte y me pide de una manera casi borgeana que atrase el momento de amanecer porque tiene que terminar algo y lo que tiene que terminar –yo lo sé– es un libro de un género que no practicó, la poesía. Yo creo que García Márquez es un desesperado poeta oculto.

–En la entrevista real a García Márquez usted cuenta todo lo que tuvo que hacer para conseguirla.
–Sí, fueron cuatro años tratando de llegar a él. Es lo que en periodismo se llama una entrevista imposible. Pero las cosas son imposibles hasta que uno encuentra la llavecita. Hay que tener mucha paciencia y confiar en los milagros de la imaginación. La pasión es esencial en el periodismo, en el fútbol, en la política, en todos los terrenos. Si la pasión se apagara no harían falta bombas ni misiles para terminar con el mundo, se destruiría por neutralidad, quedaría todo neutro, con perdón de la palabra.

–¿Por qué deseaba tanto entrevistar a García Márquez?
–Porque es un caso clavado de periodista y escritor, porque escribe el castellano en castellano y leerlo es una fiesta, porque algunas de sus crónicas son prodigiosas, porque soy curioso y una de las claves de García Márquez es la curiosidad y, además, porque era imposible. En 40 años dio dos entrevistas, una de ellas me la dio a mí. Su curiosidad queda expuesta en la entrevista cuando se la pasa observando el bolso que llevo. Quería saber qué había dentro. Lo miraba de reojo como si dentro hubiera un gasto escondido o una ametralladora Itaka.

–¿Salió conforme de esa entrevista?
–De las dos horas que me dio no perdí ni un segundo. Él tomó uno de los marcadores que yo llevaba y se puso a jugar con él. Vio que yo lo miraba y lo dejó. Al rato, sin embargo, se puso a jugar de nuevo con el marcador. Ahí me di cuenta de que había creado un clima. Hubo un momento clave en que me preguntó: "¿Qué me va a preguntar usted? Ya me lo han preguntado todo." Le contesté "Yo no creo en las preguntas, creo en la conversación." "Qué interesante –me responde– parece que voy a terminar yo haciéndole la entrevista a usted." "Bueno, vamos a ver", le digo. Me había pasado pensando cuál sería mi primera pregunta y la que se me había ocurrido era si su madre le hacía de comer y qué le gustaba comer de chico. Era una pregunta pavota que parece indigna de un Premio Nobel que no da entrevistas. Pero fue un hallazgo. Me contestó: "¿Sabe usted, ahora me doy cuenta de que a mi madre no le gustaba cocinar?" Luego ya comienza a contarme cosas de la intimidad con su madre y entramos en un plano de magia, de poesía.

–Entonces me atrevo a preguntarle por qué tiene un banco de carpintero y tantas herramientas.
–Mi padre es español, de Alicante, cerca de Orihuela. Llegó solo a los 14 años. Mi abuela se quedó con sus otros hijos por un problema de pasaportes. Su padre, mi abuelo, ya estaba en la Argentina, en Mendoza. Al día siguiente mi viejo ya tuvo que ir a trabajar. No fue ni un solo día a la escuela. Si mi abuelo llegaba a pescarlo con un libro le daba sin metáforas porque era bestial. Tuvo que estudiar a las escondidas y a los 18 o 19 años se pagaba un maestro particular. (La recomendación de Braceli parece funcionar porque en un clima de intimidad me muestra los cuadernos de su padre). Mi madre hizo apenas segundo grado. A diferencia de mi viejo nunca leyó nada, ni una contratapa ni nada. "Recibí del señor Andrés Braceli –lee en un recibo del maestro de su padre– la suma de 8 pesos moneda nacional por lecciones recibidas en el mes de diciembre de 1931." Además, mi padre tuvo polio y mi abuelo casi lo mata porque creía que eran mañas para no trabajar. Le quedó una pierna flaquita, pero se ponía los pantalones y caminaba como cualquiera. Las primeras vacaciones mis viejos se las tomaron a los 67 años pero siempre tuvieron una gran alegría que les transmitieron a sus hijos. Uno salió economista, el otro abogado y el tercero, escritor. En un momento mi viejo tuvo un negocio en el que vendía todo lo que se necesitaba en una casa, excepto las puertas y ventanas. En el fondo había una fábrica de mosaicos donde los tres hermanos trabajamos de chiquitos, porque trabajar era algo natural. Mi primer oficio fue el de mosaísta, hacía las mesadas de cocina de punta a punta. Estas herramientas quedaron de aquella época.El banco es del cura Castellani, un olvidado que escribió cuentos policiales, teología. Era una de las cabezas más brillantes de la Argentina, un dogmático tremendo pero perseguido por la propia Iglesia. Él vivía con la profesora Caminos que se encargaba de cuidarlo y darle de comer. Cuando murió, me dio ese banquito de carpintero que Castellani tenía a los pies de su cama.

–¿Cuál es su clave para hacer una buena entrevista?
–El miedo. Siempre estoy al borde del pánico y me pregunto: "¿Qué estoy haciendo yo acá?" Es como cuando se cierra la puerta del avión y siente ganas de bajarse pero, como se dice en Sin aliento, "ya es tarde para retroceder". « 


El enigma de Antonio Di Benedetto

–Antonio Di Benedetto aparece como una figura un tanto enigmática. ¿Cómo lo recuerda usted que trabajó con él?
–En su vida cotidiana era una persona que trabajaba con lo enigmático. Estuve cuatro años sin hablarle.

–¿Estaban peleados?
-–Sí, no por el lado de él, sino por el mío. A mí me rajaron de Los Andes cuando estaba en la sección Deportes –a donde fui a parar porque ya estaba jodiendo mucho en Espectáculos porque opinaba demasiado. Di Benedetto era mi jefe. Luego fue nombrado subdirector porque el cargo de director no se lo daban a nadie, pero él manejaba el diario. Yo me enojé mucho por el despido pero él no se dio por aludido y siguió llamándome. Yo vine a parar a la revista Gente. Había que elegir el cuento del año y yo propuse El juicio de Dios, de Di Benedetto. Resultó elegido el cuento del año. Nosotros seguíamos sin hablarnos. Entonces me llama sin decirle a la persona que lo atendió quién era. "Adivino el largo brazo de su generosidad en esta distinción…", comenzó a decirme, porque era una persona muy ceremoniosa, muy solemne. Yo largué la carcajada y allí se reanudó la relación.

–¿Él era un gran seductor?

–Sí, le gustaban las morochas, las rubias, las pelirrojas, las flaquitas, las gorditas, pero, sobre todo, la mujer del prójimo (risas). A los tres días de aquella conversación telefónica yo estaba haciéndole una entrevista. Estuve tres días con él y la entrevista resultó un testamento por las cosas muy personales que me contó de su niñez, de sus fobias. Cuando había viento Zonda se transformaba. Cerraba las puertas, los postigos, las cortinas. Se ponía muy mal. Me cuenta un episodio de su niñez que explica todo. Cuando era muy chiquito, su madre se va y él queda con una empleada de la casa. Él estaba jugando con un cajoncito en el patio y comienza a soplar el Zonda, que es un viento caliente y a veces muy fuerte que puede hacer subir la temperatura de 5º a 35º. Él quedó como olvidado en el patio. A partir de ese día hasta la palabra viento lo encogía.

*Publicado en el diario Tiempo Argentino. 26/08/2012
Un día con Juan Pablo Meneses

El gran golpe

Estoy convencido que escribir una crónica periodística equivale a dar un gran golpe. Pero no me refiero al simple “golpe periodístico”, tras el cual corren diariamente millones de reporteros del mundo en busca de una exclusiva efímera. Cuando hablo de un gran golpe pienso en asaltantes de bancos, desvalijadores de cajas fuertes, ladrones de piezas de museo. El cronista debe buscar eso mismo: quedarse para sí con un valioso botín.
Si el encargo es hacer el perfil de un personaje público, de nuestro alcalde o de una bailarina famosa, nuestro objetivo será rescatar lo más valioso que pueda tener esa persona. Pero, ¿cómo vamos a saber qué es lo más valioso de nuestro alcalde o de una bailarina famosa? El primer error sería preguntárselo a ella misma: la persona nunca nos lo va a decir. Generalmente ni ella misma lo sabe. Y si lo sabe, lo más seguro es que no lo querrá mostrar. Lo mismo sucede con los bancos. El banco nunca te va a decir: “nuestro tesoro está en el segundo piso, en la puerta 4 a la derecha”. Por eso es que tenemos que dar un gran golpe.
Con las crónicas de viaje sucede igual. A la hora de enfrentarnos a un lugar, bien podríamos quedarnos con el anuncio publicitario. Muchos lo hacen, y terminan hablándonos del buen clima que hay en la Costa del sol, de la bohemia que se vive en París, de lo cosmopolita que resulta Londres, de la pintoresca pobreza de América Latina o de la fuerza económica de 14 China. Cada ciudad, ya sea una megalópolis o una pequeña aldea, se ha inventado su propio eslogan que esconde el verdadero tesoro. Cuanto más escondido, mejor el botín.
Hace unos meses, cuando se cumplían 30 años del fi n de la guerra con Estados Unidos, me encargaron hacer un viaje a Vietnam. Lo más fácil, por cierto, era recorrer medio planeta hasta aterrizar en Ho Chi Minh City y escribir de la generalidad noticiosa del nuevo aniversario. Destacar los paisajes turísticos, salpicar con algunas cifras y cerrar los párrafos con frases resonantes. Regresar a casa con lo que el país del tío Ho me hubiera querido entregar.
Para el cronista, la noticia es la anécdota y la anécdota la noticia. En ese caso, la noticia de los 30 años de que Estados Unidos abandonara su embajada en Saigón, era lo anecdótico del relato. Y la anécdota, la que estaba ahí a la mano y se dejaba pasar, para mi resultaba una importante noticia: por cinco dólares podías disparar un fusil AKA 47 apuntando a un soldado de espuma, tras haber avanzado en punta y codo por los túneles de Cuchi. La guerra convertida en una suerte de DisneyWar, visitada por cientos de turistas, dispuestos a pagar sus dólares para vivir en carne propia esa guerra donde se expulsó al capitalismo de Vietnam ¿No es un buen tesoro?
Por eso, para dar un gran golpe hay que tener la ambición de querer darlo. Y luego, como en todo asalto, hay que idear un buen plan.

¿Qué necesitamos?

 Apenas sabemos cuál será nuestro objetivo, ya sea un país asiático o nuestro alcalde o una bóveda secreta, empezamos a planifi car la misión. Rápidamente nos daremos cuenta: se necesitan los mismos elementos para asaltar un banco que para escribir una pieza de periodismo narrativo.
-Información. Más que otros, el gran vicio del cronista debiera ser la información. La útil y la innecesaria. La inteligente y la boba. La elegante y la basura. Nunca se sabe de qué lado de nuestra información saltará lo que necesitamos, pero si está claro que una mala investigación puede arruinar nuestro golpe antes de comenzarlo.
- Escenario. Sin un escenario real, nunca habrá acción. El cronista no le teme a la realidad ni necesita esconderla en mentiras, como la literatura. Por lo mismo, es clave para nuestro asalto tener un escenario donde sucedan los hechos. Nuestro museo a desvalijar debe ser concreto, cuantificable y, por lo mismo, descriptible. No sólo debemos conocerlo bien, sino que contarlo.
- Riesgo. Se debe estar dispuesto a perder. Por eso, la adrenalina es parte del equipaje de mano de un cronista. Eso no quiere decir que en cada historia se deba arriesgar la vida. Ni intentar quitársela a otro. Pero si debe tomar riesgos. El periodista que 16 no esté dispuesto a tomar riesgos, sólo terminará robando su propio botín. Una y otra vez.
 - Memoria. Muchos periodistas suelen usar la memoria como un archivo de fracasos, acumulando ejemplos donde se ve claramente que el periodismo es efímero y no sirve para mucho y es mejor dejar todo como está. Pero cuando uno quiere dar un gran golpe, debe usar la memoria como una bodega de soluciones, de escapatorias, de sucesos a asociar. A diferencia de esos escritores que quieren convencernos que el mundo partió con ellos, el cronista que quiere dar un gran golpe, sabe que el mundo viene de mucho antes.
-Paciencia. La espera suele ser una actividad asociada a los jubilados y los pescadores. Pero el que quiera escribir periodismo narrativo tiene la obligación de esperar el momento justo para dar el gran golpe. La inmediatez de la entrega diaria es el peor enemigo de alguien que quiere cometer un buen asalto. En la lucha por ganar tiempo de espera nos jugamos buena parte de la historia a contar.
- Detallista. La obsesión por el detalle es una de las pocas obsesiones que el cronista suele reconocer en público. En el periodismo narrativo el detalle revela, aporta y le da peso al relato. Un dato mínimo, pero certero, puede ser la ganzúa ideal para dar el gran golpe.
- Apoyo: Por mucho que algunos consagrados cronistas insistan en hacernos creer que sus éxitos 17 son de ellos, y nada más que de ellos, uno nunca está sólo: ni siquiera cuando se viaja sin compañía. La labor de un buen editor, de un buen ayudante en la investigación, de alguien que aporte en la
verificación de datos, o en propuestas claves para el trabajo, son fundamentales para terminar armando una buena historia. Parece que estuviéramos solos, pero pobre del que realmente se lo crea.
Es posible que algún purista reclame sobre la teoría del Gran Golpe, alegando que a diferencia del ladrón de bancos, la moral del cronista está más cerca de la verdad que del delito, y por lo mismo deben funcionar de manera diferente. Una discusión que hace rato parece zanjada. No por nada se hizo famosa Janet Malcolm con el comienzo de su libro “El periodista y el asesino”: “Todo periodista que no sea demasiado estúpido o demasiado creído para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. Es alguien que se alimenta de la vanidad, la ignorancia o la soledad de la gente, se gana su confianza y los traiciona sin ningún remordimiento”.

¿Por dónde entrar?

 Empezar no es lo mismo que entrar. Como veremos más adelante, el comienzo es determinante para escribir una buena historia, pero antes de eso debemos entrar a ella. A la hora de elegir la 18 forma por donde entraremos al personaje, o a la historia, se pone a prueba nuestra aventura.
Hace unos meses me tocó ir a una carrera de Fórmula Uno, en Sao Paulo. Lo más seguro, como terminó sucediendo, era que aquel fin de semana se coronaría campeón el español Fernando Alonso. Más allá de la noticia de su victoria, me habían encomendado mostrar el interior de la Fórmula Uno. Mi botín, entonces, era rescatar la esencia de uno de los espectáculos deportivos más importantes del planeta.
Cuando iba en el avión repasaba los elementos que tenía para dar el gran golpe. Si contaba la carrera de principio a fin, estaba compitiendo con un centenar de reporteros que desde hace 20 años van a todas las carreras y repiten siempre la misma historia. Reporteros que ya pueden escribir sus artículos casi durmiendo, como dice Kapuscinski. Entonces, decidí centrar mi historia en seguir al peor piloto de la carrera. De esa manera, pensaba, podía llegar a lo más valioso del circuito. Porque, ¿cuál es la esencia de la Fórmula Uno? Es el triunfo, la competitividad al máximo, la glorificación de la rivalidad. El rendimiento medido en milésimas de segundo. Los auspiciadores pagando fortunas por poner el logo de su empresa en pilotos y autos triunfadores, que están siendo vistos en directo por más de mil millones de personas.
Para escribir de triunfos, se puede partir por la derrota.

Fabiana, la encargada de prensa del equipo Minardi, queda muda unos segundos. Cuando sale de la sorpresa me devuelve la pregunta: -¿Quieres entrevistar a Robert Doornbos? Aunque en realidad, por su forma de preguntarlo, la traducción más exacta sería: ¿De verdad quieres entrevistar al perdedor de Robert Doornbos? Hoy es viernes en los suburbios de São Paulo. Dentro del Autódromo José Carlos Pace, en honor del ex piloto brasileño y conocido popularmente con su antiguo nombre de Interlagos, es el día de pruebas para la carrera del domingo. Por la zona de paddock, donde se pasean mecánicos y periodistas y modelos y gerentes de las empresas auspiciantes, hay tensión. Fernando Alonso pasa corriendo, arrancando de los micrófonos que lo esperan a la salida del baño. Juan Pablo Montoya camina infl ando el pecho y negándose a dar entrevistas. Michael Schumacher, pese a la mala campaña, recibe una lluvia de fl ashes cada vez que se le ocurre caminar desde el garage de Ferrari a su camarín. Kimi Raikkonen habla de la puesta a punto mientras su má- nager le cuelga la gorra de la McLaren. Niki Lauda despacha sus comentarios en directo para Alemania. En ese entorno, triunfalista y competitivo como pocos, hay corredores que se mueven sin recibir casi ninguna atención. Y hay un piloto, el holandés Robert Doornbos, el peor corredor de la temporada, al que le hacen tan pocas entrevistas que su propia encargada de prensa te pregunta si es cierto que quieres hablar con él.

Cuando logras entrar a una historia por un lado sorpresivo, las posibilidades para el relato aumentan sin medida. Seguramente, siguiendo a Alonso, habría logrado ver mucho menos de lo que terminé teniendo enfrente por estar con el peor. Un gran golpe, por lo general, se logra gracias a dar con una entrada sorpresiva. Así traspasas esquivando las barreras de contención que te frenarán el reporteo: Alonso vive rodeado de un equipo de prensa, de asesores y de guardaespaldas. El peor de la Fórmula Uno está agradecido que lo entrevistes. Uno no existe sin el otro.
Las puertas anchas y oficiales de la entrada principal suelen ser un adorno. Pasa con los castillos, con las cárceles, con las universidades. Con las historias también. Cuando llega la hora de enfrentarse a una historia, es fundamental olvidarse de la entrada con adornos.
El desafío de buscar esa otra entrada, además, hace que vayamos renovando el interés en el trabajo. En la medida que tenemos más información, más posibilidades habrá de encontrar entradas diferentes. Muchas veces, en talleres anteriores, me he topado con periodistas que dicen: pero a mí no se me ocurre una entrada diferente…
Hay que tener claro que el cronista no es un ser venido desde Marte, por mucho que Bradbury haya popularizado sus “Crónicas marcianas”. Desde siempre, y tal como ya lo dijo Tom Wolfe, el periodismo es un oficio. Y se aprende ejercitándolo.
Ya se sabe que la base de la creatividad es la información. Y si el cronista es valorado por su trabajo creativo, entonces debe estar constantemente informándose. Esa es otra herramienta que facilitará las cosas para buscar una buena forma de entrar.

 ¿Qué sacar?

 Cuando ya tenemos lo necesario para hacer el trabajo, y hemos podido entrar a la historia por una puerta lateral, es la hora de decidir qué llevarse. Qué sacar. Los asaltantes de bancos suelen medir su botín según el dinero que entra en sus bolsas: cuando están llenas, es hora de huir. ¿Cuándo un cronista decide que debe partir?
La mexicana Alma Guillermoprieto tiene la teoría que uno debe reportear y entrevistar hasta el punto que todos los testimonios se comiencen a repetir. Ahí estaría la señal de que es hora de partir. Los reporteros de diarios, en cambio, lo miden en base al reloj: todo lo que alcance a conseguir antes de la hora del cierre me viene bien.
Hay veces que hacer una entrevista sirve, básicamente, para darnos cuenta de que nada de lo que nos dijo esa persona nos aportará en el relato. Una vez dentro de la historia, es muy importante ir separando lo que nos puede servir o no. Es fácil enviciarse.
Una vez, en Ciudad del Este, la ciudad que está en la Triple Frontera entre Paraguay, Brasil y Argentina, famosa porque allí ocurre el mayor tráfico de productos ilegales del cono sur, y zona que alguna vez Estados Unidos pensó bombardear en busca de Bin Laden (es una zona dominada por comerciantes musulmanes y la leyenda dice que ahí descansan muchas células dormidas de Al Qaeda), fui haciendo una lista de cada cosa que me llamaba la atención. A los pocos días tenía hojas y hojas llenas de datos que, si bien me parecían importantes, luego me di cuenta que no aportaban mucho y resultaban más bien redundantes. Todo lo anotaba y lo grababa. Una noche, de vuelta a mi hotel, en un momento el taxista se detiene y me pregunta qué ando buscando. Ciudad del Este es chica, y poca gente se queda más de una semana en un hotel. No le contesté. Entonces apagó la radio del auto, se giró, y me dijo: “¿Andas buscando un pasaporte? Yo te puedo vender un pasaporte falso”.
Inmediatamente la mayoría de las cosas que había anotado perdieron valor. Ya no eran necesarias. Las dejé tiradas, y me quedé con el ofrecimiento del que sería un pasaporte uruguayo y llevaría mi foto, pero con otro nombre. Finalmente había decidido rescatar menos cosas, pero más contundentes.
Si llenamos las bolsas con todo lo que encontramos en el camino, después no las podremos levantar.

¿Cómo salir?

 Un trabajo limpio es cuando no se nota que hubo trabajo. Una máxima que se puede usar para los actores, pero que es fundamental en el trabajo de la crónica. Muchos nuevos cronistas se queman los dedos coleccionando citas célebres para pegar en sus textos, frases inteligentes que van separando en cuadernos de apoyo, y preguntas astutas para lucirse frente a los entrevistados. La inseguridad cubierta con la estridencia del falso erudito. Todo ese ruido, termina dejando la obra con terminaciones gruesas: el trabajo de un cronista será valorado por el botín que se ha conseguido, y no por el trabajo en sí.
A nadie, salvo a los ingenieros, les interesará un puente construido laboriosamente y con metales nobles, pero que no conduce a ninguna parte. Con la crónica es igual. En la medida que siga siendo pensada como un género para periodistas, que sólo consumen periodistas, publicado en revistas distribuidas entre periodistas, seguirá importando más la calidad del puente antes de que comunique con algo.
Por lo mismo, el mejor premio para un cronista (más allá de los premios en dólares que regalan las grandes corporaciones a los trabajos más correctos), es un premio íntimo. De haber logrado dar con esa esencia, sin que el resto se diera cuenta. De haber tocado una fibra nueva, en el cuerpo que muchos pasaron antes.
Nunca es fácil salir de una historia. Ni en las relaciones de parejas, ni en el reporteo de una crónica. Cuando uno se involucra, nunca deja completamente un tema. Y el cronista, a diferencia del reportero o del novelista, debe involucrarse: meter los pies en el barro, las manos en la masa, y la cabeza en la boca del león. No cómo un superhéroe, traje que suele encandilar a los cronistas nuevos y que destuyó la obra de los cronistas viejos, sino como un minero que busca carbón picando bajo el mar. O como el médico forense, que besa a sus hijos en la puerta del colegio antes de ir a su trabajo.
Desde que escribí de los atletas de Kenia, nunca más dejé de involucrarme con esos deportistas que corren con nada, sigo sus carreras, y cada vez que uno gana lo celebro. Desde que estoy escribiendo de mi vaca argentina, cada vez que veo una ternera en televisión me recuerdo de esa historia. Es un recuerdo íntimo, mezcla de satisfacción y nostalgia. Porque hay algo que el cronista debe saber de antemano: en el lugar que dará el gran golpe hay un buen botín, pero ahí también quedará parte de su vida. Para siempre.

Geografía crónica

El comienzo de Kenia S e suele decir que una crónica muestra todas sus cartas en el primer párrafo. Que una buena entrada no sólo debe tener un gancho llamativo, sino que debe ser la promesa de una buena historia. Personalmente, creo que la crónica se juega la vida desde la primera frase. No hay fórmulas para que una primera frase dispare toda una historia. Se sabe que el cronista maneja más información de la historia que el lector, entonces, una buena manera puede ser jugar con eso.
Cuando viajé a Kenia a escribir de los corredores africanos, estuve varias semanas reporteando. Sin embargo, un hecho ocurrido los últimos días, me sirvió para comenzar la crónica. Nuevamente: la noticia como anécdota, y la anécdota como noticia.
El comienzo de esa historia, que se llama “Las piernas de Kenia”, y que aparece en mi libro Equipaje de mano, es el siguiente: Al final de esta historia alguien muere. Es una muerte inesperada. Pero eso sucede al final de esta historia, porque ahora estoy arriba de un Boeing de SouthAfrican Airways sobrevolando Nairobi. La pista se ve cerca, ridículamente delgada y gris en medio de un mar de tierra tan seca como una cucharada de arena. Mi vecino de asiento es John Hesler, un keniano blanco que casi vomitó cuando el piloto, en una maniobra de relaciones públicas, giró dos veces alrededor 28 del Kilimanjaro para que los gringos pudieran fotografiar el monte más famoso del este de África.
Hesler subió al avión en Johannesburgo, adonde había ido a cerrar un negocio de importación de televisores. Estudió en Europa, reparte su vida entre Londres y Nairobi, completa la papeleta de inmigraciones orgulloso de su Mont Blanc y dice que la mejor empresa de su vida sería la representación de maratonistas de Kenia. «Es un gran negocio llevarlos a los circuitos internacionales. Pero hay demasiadas empresas europeas en el tema y estos atletas no son muy disciplinados». Por ahora, prefiere seguir importando televisores.
El viaje, se lo oí a Enrique Vila-Matas, tiene la estructura narrativa clásica. Es decir, inicio-desarrollo- final. Hay veces que uno sigue ese mismo sentido: la historia de viaje parte cuando nos subimos al avión, y termina cuando regresamos a casa. Pero, obviamente, eso es seguir el camino más fácil. Desfigurar ese orden inicial suele darle beneficios al relato, en la medida que esa nueva estructura genere un gancho y una tensión necesarias para seguir mejor la historia.
El inicio lo pueden escribir al final, aunque suene a paradoja. A veces uno se puede quedar en un lugar esperando sólo el inicio, porque es el gran gancho. Hay veces que uno logra tener cinco muy buenos inicios para una historia, en esos casos, estamos frente a una crónica jugosa que se escribirá casi sola. Una forma didáctica de entender la fuerza que debe tener el inicio, es pensarlo como el momento en 29 que agarramos a un tipo por la solapa y le decimos: “mira, te voy a contar una historia que nunca nadie te ha contado, y de acá tú no te vas porque esta historia te va a cambiar la vida…”.

Actor porno en Nueva York

Nunca imaginé que sería parte de una película porno en Nueva York. Pero me sucedió. Así parte mi historia sobre Ron Jeremy, uno de los últimos y más grandes mitos del porno mundial, y así fue exactamente que me sucedió.
Los personajes son la esencia de una crónica. Teniendo un buen protagonista hemos conseguido más de la mitad del relato. Para escribir de la archi conocida Nueva York, la entrada escogida fue el porno que se graba en la ciudad. Y dentro de la industria, uno de sus personajes emblemas: Ron Jeremy.
Ron Jeremy había nacido en Long Island, y hasta que fue descubierto era un inofensivo licenciado en Educación Especial: un tranquilo profesor de niños con problemas hasta que su novia envió una foto suya a Playgirl y su historia cambió para siempre.
Más de mil películas como actor, cientos de fi lmes XXX dirigidos por él y un buen puñado de series bajo su producción, lo llevaron a ser elegido por Playboy como una de las 20 personalidades más importantes de la contracultura americana. Pero cuando llegué a 30 Nueva York no sabía que él terminaría siendo el protagonista de mi historia. Mucho menos, que yo aparecería en uno de sus filmes.
El cronista que viaja con todo armado desde casa, con cada entrevista pautada de antemano y la agenda copada con una cita tras otra, seguramente volverá con una historia correcta. Pero el azar no es propiedad exclusiva de la literatura, por mucho que Paul Auster quiera convencernos de lo contrario. No dejar espacio para el azar, en el equipaje de un cronista, es más grave que no llevar dinero. Todo lo planificado puede cambiar en una esquina, y el que no tenga cintura para las eventualidades, debe comenzar a ejercitarse hoy mismo.
Precisamente fue en una esquina donde me encontré con Ron Jeremy. No personalmente, claro. Caminaba por la zona de Times Square, un hervidero de turistas de medio planeta y de neoyorkinos paranoicos, cuando alguien me pasó un folleto de un club nocturno. En el anuncio se decía que esa noche, en el club Legz Diamond’s, estaría Ron Jeremy. Me habían pasado un papel publicitario pero, quizás sin saberlo, el chico de pelo rojo también me habían pasado al protagonista de mi historia.
El fin de la época romántica de la industria porno ha convertido a Ron Jeremy en un sobreviviente, en la estrella que mejor se ha adaptado a estos tiempos de tecnología digital y a todo su negocio de páginas web, sex shops y empresas de pago por visión (pay per 31 view). Sólo en este último, dice la revista Forbes, hay doscientos cincuenta millones de televidentes al año acostados en habitaciones de hoteles del mundo entero. Esa noche en Nueva York yo no estuve en un hotel. Estuve en un club nocturno, con el mismísimo Ron Jeremy, ofreciéndome casi toda su mercadería.
El azar me había llevado al personaje, pero había más. Cuando entré al club nocturno, tras pagar en una boletería con vidrios antibalas y cruzar una puerta blindada, aparecí en un gran salón alfombrado, con sillones de felpa, un bar repleto de espejos y un escenario muy cerca de los sillones. Estaba oscuro, pero se alcanzaban a ver las cámaras de filmación. Ron Jeremy estaba en Nueva York filmando una película.
Cuando finalmente pude hablar con él, sorpresivamente Ron Jeremy abrió su maletín y comenzó a venderme camisetas con su foto, calendarios con su foto, y llaveros con su foto. Además de productor de películas, era un vendedor ambulante de Ron Jeremy. De alguna manera, además de actor y director y productor, parecía que había encontrado el resumen perfecto de todo lo que significa el mundo del porno.
Después de la charla, y de presentarme algunas de sus bailarinas-actrices, comenzaron a rodar. En un momento, la cámara apuntó al público. Cuando el lente filmaba el sector donde estaba sentado, me sentí formando parte de una de las industrias más millonarias de la entretención mundial. Estaba saliendo en una película porno, y eso lo iba a contar.

Tren al sur de Chile

De un día para otro, el sur de Chile se quedó sin tren. Un par de cifras económicas en rojo fueron suficiente argumento para que el gobierno chileno, a fi nes de los 90, decidiera terminar con el paso del tren de pasajeros. La historia “El tren del presidente Kennedy” es un recorrido en camioneta por una veintena de pueblos ferroviarios que, una mañana cualquiera, despertaron incomunicados del resto del país. Muchos tramos de esa línea ferroviaria chilena fueron financiados por Estados Unidos.
Comenzaba la década del 60, la revolución había triunfado en Cuba y la izquierda crecía en América Latina. Como una manera de contrarrestar el avance, John Kennedy creó la “Alianza para el progreso”: un programa que repartía toneladas de dólares en busca del progreso de América Latina.
En Chile el dinero se usó para el desarrollo ferroviario hacia el sur. Casi cuarenta años más tarde, todas las estaciones estaban arruinadas y el paso del tren se había suspendido para siempre. Más de un entrevistado en estos pueblos abandonados me dijo, en serio y fastidiado, que las cosas ya no eran como en la época del “presidente Kennedy”. Parte fundamental del trabajo en terreno de un cronista es hablar con la gente del lugar.
No me refiero solamente a la entrevista pautada, ni a la gran puesta en escena de preguntas y respuestas. Hablo de la conversación informal. Ahora bien, si en la charla informal con los habitantes del lugar se repite una y otra y otra vez la misma opinión, evidentemente estamos frente a algo que nos va a servir para la historia. En el caso del viaje al sur de Chile, la frase me la repetían en diferentes ciudades, en pueblos perdidos, en caserones abandonados.
Me la decían hombres mayores y niños, mujeres embarazadas y chicas adolescentes. Todos los habitantes de esos pueblos que se quedaron sin el paso del tren, me lo repetían en alguna parte de la conversación: “Dicen que el tren va a volver”.
En Lastarria hay una pandilla de niños que corre detrás de una pelota de fútbol, usando los rieles como línea demarcatoria de una cancha imaginaria. “Mi mami dice que antes pasaba el tren y se llenaba de gente. Ahora no hay nadie, pero mi mami dice que acá venían muchas personas. Eso es todo lo que le puedo decir”, comenta Alex, uno de los pequeños futbolistas. “Ahora lo único que corre por aquí es una locomotora azul, llena de troncos, y cuando pasa tenemos que parar de jugar. Pero dicen que va a volver...”.
-¿Quién dice?
-Mi mami siempre dice. Siempre...
En Afquintue no se veía nadie. Con el fin del tren, el poblado quedó a merced de la nada. El asfalto más cercano estaba a 12 kilómetros y en invierno los caminos de tierra se inundan por meses. En ese lugar sólo vive una familia, habitando los restos de la antigua estación. Son dos abuelos y un nieto. 
La madre del niño hace varios años que no regresa. Y abuela también me lo dijo: “Con el fin del tren esto cambió mucho. Cerraron la escuela básica y la mayoría de las casas ahora están vacías... Pero dicen que va a volver, eh.”
 -¿Quién dice?
 -Eh... usted sabe, poh. Siempre se andan hablando esas cuestiones, claro que nunca se cumplen.
Cada vez que escuchaba el “dicen que el tren va a volver”, inmediatamente les preguntaba: ¿Quién dice? Y en sus respuestas, por simple que parecieran, se escondía una verdad que no es fácil conseguir en libros de historia, ni en manuales de ferrocarriles, ni en entrevistas a especialistas. Claudio Pereira, dirigente sindical de ferrocarriles, me dio más datos:
“Se dijo que terminaba porque no era rentable, pero el transporte público es un servicio y no un negocio. Eso es lo que todavía no entienden los ejecutivos de Santiago, más preocupados de los números que de las personas. Las empresas públicas, como ésta, deben estar al servicio de la gente. El tren debe volver. Sí o sí. Ojalá algún día se cumpla lo que dicen.”
-¿Quién dice?
 Claudio sonríe.
-O sea... eso se dice. Siempre se está comentando. Para las últimas elecciones los dos candidatos lo dijeron. 

Vietnam está cerca 

El cronista tiene una historia personal que, quiérase o no, se verá reflejada en su trabajo. Escribir un texto borrando tus huellas es como ir a lavarte las manos cada vez que saludas a alguien. Toda esa información que traemos, forma parte de nuestro sello y es la base del estilo propio. Desde que tengo memoria que escucho hablar de Vietnam. Y no sólo en las películas americanas, o en los libros de historia. Es más, cuando aterricé en el aeropuerto de Ho Chi Minh City sabía que había algo más que la famosa “historia universal” de la guerra con Estados Unidos.
En Latinoamericana nos solemos quejar de la manera sesgada, lejana y caricaturesca con que nos describen los cronistas europeos y estadounidenses. Una visión que preferimos emparentar con la asepsia y donde nos reconocemos bastante poco, salvo por el nombre de nuestras ciudades.
La crónica de viajes latinoamericana es un género igual de joven que nuestro continente y, por lo mismo, debe velar por su identidad con más ímpetu que el habitual. El viaje a Vietnam era un ejemplo 36 ¿Qué podía hablar un chileno que vive en Argentina y que escribe en revistas de México y Colombia de la guerra de Vietnam sin caer en el lado pintoresco de ser alguien que no está involucrado? O mejor dicho, ¿Realmente no estaba involucrado?
Leyendo las miles de notas y artículos escritos por cronistas del “primer mundo” sobre el confl icto, podría decirse que no lo estaba. Pero, no era cierto. La guerra de Vietnam sí tenía que ver con mi historia.
Vietnam, además de ser una conflicto emblema de la guerra fría, y de tener el honor de ser la primera guerra televisada, fue el primer combate donde abiertamente los soldados latinoamericanos (la mayoría inmigrantes ilegales mexicanos y dominicanos enrolados a cambio de papeles) jugaron un rol importante en las tropas de Estados Unidos. Tanto así que aquel 30 de abril de 1975, el último soldado en dejar la embajada y pasar a la historia como el último americano en retirarse de Vietnam fue el sargento mayor Juan J. Valdéz. 
Además de los miles de latinoamericanos en la guerra, Vietnam se transformó en un emblema para quienes en los ‘70 combatían las dictaduras en América Latina. Para la generación anterior a la mía, Ho Chi Minh era mucho más que un cuerpo embalsamado en el mausoleo de Hanoi. Muchas de las herramientas caseras con que los vietcong atacaban sorpresivamente a las tropas estadounidenses, como los clavos pincha-neumáticos que en Chile se llamaban “miguelitos”, yo los vi de cerca en las protestas contra Pinochet los años de dictadura. Y así en todo América Latina, que veía en las tropas de este país del sudeste asiático un ejemplo de resistencia. Vietnam estaba cerca. Pese a estar al otro lado del mundo, tener otra dieta y hablar un idioma tan extraño. Y eso era bueno contarlo.

La espera en España

Las historias no llegan cuando uno quiere, pero siempre aparecen si uno espera. Supe de Aguaviva viendo los noticieros en Chile. A los pocos meses me compré un notebook, metí todo en la maleta, y me fui de mi país para hacer periodismo portátil. El primer destino fue Aguaviva, en Aragón, en el centro de España.
Llegué a comienzos del verano. El calor apenas se aguantaba. En Aguaviva había un solo hotel, el Altabella, donde me hospedé el tiempo que duró mi viaje ¿Por qué Aguaviva? Simple: la noticia decía que ahí se estaba desarrollando un exitoso plan de inmigración selectiva. El alcalde del pueblo, formado en su mayoría por viejos, había viajado a Argentina para importar familias compuestas por matrimonios jóvenes que tuvieran varios hijos y fueran descendientes directos de españoles. El argumento me parecía interesante, e ideal para tocar un tema mayor: definitivamente la inmigración es un tema de cronistas. Pero había otro asunto que me atraía de la historia: lo exitoso del plan ¿Puede haber un plan selectivo y a la vez exitoso?
La experiencia de Aguaviva se había contado muchas veces en la prensa, pero casi siempre en artículos o notas televisivas realizadas en un día: no parecía un lugar para pasar más tiempo. Pero algo más debía haber, por eso me instalé en el lugar. Las historias siempre aparecen si uno espera.
Los días pasaban y la monotonía del lugar ya era parte del relato. Basta muy poco tiempo en un sitio así, perdido, lejano, de poca gente, para que todos ellos te conozcan y tú repitas su rutina. Mientras esperaba que algo importante sucediera en la letanía del Bajo Aragón, entrevistaba ancianos, a matrimonios argentinos, me sumaba al día a día del lugar.
“Y mientras sigo pegado al televisor del hotel Altabella y las horas pasan y los días pasan por esa ventana con vista a las sábanas, descubro que la ansiedad por encontrar una historia me está consumiendo la garganta, que lleno con un cigarrillo tras otro durante toda la madrugada, en espera de que algo pase”.
La historia fi nalmente se llamó “La patria madrastra”, y en el pequeño pueblo terminé encontrando un tesoro: no sólo no hay un plan selectivo exitoso, sino que no hay plan de inmigración exitoso. Menos en la España de hoy. Para llegar a eso, claro, tuve que 39 enfrentarme con argentinos que estaban realmente desesperados y con camioneros españoles que a cada momento me preguntaban en el bar del hotel si yo era otro de los extranjeros que andaba buscando trabajo. “Porque en España estamos muy bien tio, por eso vienen todos ustedes a currar aquí”.

Síndrome Colombia

Sucedió en Colombia. Había aterrizado en Barranquilla y de ahí en taxi hasta Santa Marta. La idea era escribir un artículo sobre la otra Colombia: la de los buenos hoteles, los paisajes de novela, las mujeres costeñas y las playas. Los días pasaban entre viajes en lancha saltando olas transparentes, bar abierto en un hotel todo incluido, clases de salsa en el club Candela, cuba libres en el bar del cantante Carlos Vives.
Rápidamente me había acostumbrado a los controles militares de la carretera y la narco-leyenda colombiana se reducía a pintorescas mansiones abandonadas donde, decían todos, alguna vez descansaron los capos de temibles carteles de la droga. Fue ahí cuando conocí el parque Tayrona, con palmeras saliendo del mar tibio y mochileros de todo el mundo que un día llegaron y no se fueron más. La canción de moda era de un joven cantante llamado Juanes, que acababa de sacar su primer disco. A pocos kilómetros estaba Aracataca, el pueblo de García Márquez que se hizo conocido por su nombre falso: Macondo.
Bastaba estirar la mano para recibir un jugo de mango, o de guayaba. La piscina del hotel era ideal para nadar al atardecer, pensando en el titulo de la nota o en la foto pendiente para el siguiente día de trabajo. Me había olvidado de los cientos de cuestionarios aduaneros, donde te preguntaban si algún desconocido te había dado un paquete para llevar. Ni siquiera me inmutaban los guardias armados con metralletas, que aparecían tras los matorrales del hotel.
Me importaba más que la temperatura del mar era perfecta, que los precios eran baratos y que el lugar estaba ideal para pasar ahí una semana. Los pescados fritos pasaban por la garganta como miel y las arepas acompañaban el desayuno de buffet libre. No era necesario tumbarse en la playa para quedar con la nariz superbronceada. Colombia se mostraba como un país formidable, con todo lo necesario para un buen vivir. Me lo decían los propios colombianos, amables como pocos, mientras posaban risueños para las fotos. Margarita, la encargada de prensa del hotel, sonreía con las bromas torpes que le lanzábamos con el fotógrafo. Ella nos contaba muchas historias divertidas y un par de anécdotas tristes. Y nos advirtió –acertadamente– que terminaríamos volviendo a Colombia. Justo antes de despedirnos, nos dijo:
-El dueño del hotel quiere despedirse de ustedes. 40 La ofi cina del dueño del hotel tenía galardones, posters de Colombia y fotos aéreas de Santa Marta. El dueño del hotel usaba corbata de seda, tenía anillos dorados y bigote. El protocolo de despedida duró poco, y finalizó cuando desde su boca, desde esa boca escondida bajo el bigote, se escuchó:
- ¿Me pueden llevar un paquete?
Y ahí estaba. Un pequeño paquete sellado con gruesa cinta adhesiva. No tenía escrito nada y pesaba poco más de un kilo. Según el dueño del hotel, eran folletos para agencias de turismo. Ese tipo de paquetes yo los había visto antes, pero en la tele: en las noticias policiales o en los documentales de dinero fácil. Nunca como envoltorio de folletos turísticos.
Seguramente por las miles de advertencias de no recibir paquetes de extraños, es que nos quedamos mudos mientras aceptábamos el encargo. Durante el viaje en taxi desde Santa Marta hasta Barranquilla el fotógrafo me decía que el encargo lo pasara yo por la aduana, y yo le decía que lo pasara él. El paquete nos quemaba las manos, mientras en la carretera los controles militares habían dejado de ser anécdota y hacían sudar.
Cuando llegamos al aeropuerto de Barranquilla nos recibió un control sorpresa de equipaje. Había perros y escopetas y quisimos dejar tirado “los folletos” en el baño. El fotógrafo había cambiado el bronceado por una palidez de autopsia.
Finalmente, sin dejar de sentir miedo un segundo, decidí hacerme cargo del encargo y despacharlo junto a mi mochila. El argumento que me llevó a la decisión fi nal, mirada en el tiempo, me parece insólito y no tiene que ver con algún acto heroico. Fumando un nervioso cigarro me convencí que si pasaba algo malo, que si los perros descubrían que eso no eran folletos y saltaban las alarmas y de atrás la policía y de ahí a un calabozo colombiano, cerca de Aracataca. Pues bien, si pasaba por todo eso terrible, me significaba que tendría una colosal historia para escribir. Y con una sonrisa en la cara entregué el encargo a la chica del counter.
Finalmente, el paquete en cuestión eran, efectivamente, folletos de un estupendo hotel de Santa Marta. De vuelta a casa había aprendido dos cosas. Primero, que en esa época estaba dispuesto a pasar una temporada en una perdida cárcel colombiana con tal de tener una buena historia que contar o, visto de otra manera, la escritura me había salvado –una vez más– de una situación incómoda. Lo segundo, y que desde entonces llamo el Síndrome Colombia, es lo difícil que se nos hace despojarnos de los prejuicios a la hora de viajar. Y como, ante cualquier situación un poco incómoda, no podemos evitar que nos aplasten las miles de malas noticias e imágenes preconcebidas de un determinado lugar.
El cronista, casi por obligación, debe luchar contra los prejuicios que cubren el lugar hacia donde se va a 42 43 hacer un trabajo. Es difícil, por cierto, pero es fundamental pelearle a eso. No hay otra manera para que tu historia no sea un resumen de clichés de determinado lugar.
Después de aquella vez he vuelto varias veces a Colombia. Tengo buenos amigos, escribo para revistas de ahí y creo, absolutamente, que es un destino formidable. Tiempo después, un policía de la aduana de Barajas, en Madrid, revisando mi pasaporte se detuvo en los timbres de Colombia y me preguntó: ¿por qué viajó tanto a Colombia? Respiré aliviado. No era que sospechara de mi. Sólo había aparecido, una vez más, el abominable Síndrome Colombia.

Una cámara en Kuala Lumpur

Hace diez años y para incentivar la inversión extranjera, al gobierno de Malasia se le ocurrió construir el Multimedia Super Corridor (MSC), un clon de Silicon Valley en las afueras de Kuala Lumpur. En los meses siguientes se invirtieron millones y millones de dólares en construcción, se removió tierra días enteros y se atrajeron aviones de medio planeta. Las retroexcavadoras comenzaron a importarse con la urgencia que se pide una droga escasa. Las ensambladoras-robot empezaron a escupir sin cesar nuevas máquinas de fotos, computadoras, filmadoras. El dinero se transformaba en fibra óptica 44 y la economía se movía más rápido que una mala noticia. La cosa era avanzar. De la Asia milenaria a la Asia futurista, sin escalas.
 Para un periodista de la sección económica o de tecnología, escribir de un lugar como Kuala Lumpur puede resultar una tarea sencilla. Mal que mal, las estadísticas económicas están al alcance de cualquier mano y son cifras jugosas para un reportaje. Vale explicar que si tienes una empresa tecnológica debieras ir a invertir al Multimedia Super Corridor de Kuala Lumpur. Para motivarte el gobierno ofrece todo tipo de incentivos: infraestructura física y tecnológica de primer nivel, cero impuesto a las ganancias hasta por 10 años, exención del pago de aranceles de importación de equipos, bajas tarifas en telecomunicaciones, y una gigantesca legislación para cautelar la propiedad intelectual.
Para el cronista, sin embargo, esas noticias no son más que una anécdota. Y lo que se busca son otras cosas. Entre ellas, hacer que el relato lo lean no sólo los entendidos en la materia. Una manera de acercar el ultramoderno tema de Kuala Lumpur a un público más amplio, haciéndolo parte del relato, fue contar mi experiencia de comprarme una cámara digital en ese lugar. Antes de viajar todos me decían que debía hacerlo. Ahí entendí dos cosas fundamentales. Primero, que ahora todo el mundo tiene una cámara digital. Segundo, que en las cámaras digitales está nuestro mayor acercamiento cotidiano a lo tecnológico.
En Malasia se construyen más de 3 millones de cámaras digitales a la semana, entre oficiales y falsificadas. Un mar de aparatos fotográficos donde había uno que me estaba esperando.
-¿Qué cámara anda buscando?- me pregunta un malayo con corbata de la Sony y una sonrisa que parece controlada por microchips.
-No sé.. qué me puedes ofrecer... 
Decirle eso a un vendedor de electrónica en una ciudad como está es como pedirle radios de auto a un reducidor latinoamericano. Sin darme tregua, el tipo comienza a desplegar una batería de frases y nombres y códigos, donde apenas se distinguen, 4 megapíxeles, 5 megapíxeles, 7 megapíxeles, 10 megapíxeles.
Hace mucho rato que la tecnología se transformó en un formidable tema del cual escribir. Con el avance tecnológico, llegó la enceguecida carrera por tener la última novedad en un planeta que se acelera sin pausa. Los propios cronistas, cada vez contamos con más elementos digitales para nuestro trabajo. Grabadoras de audio, filmadoras, cámaras de fotos. Todos elementos que podemos subir a nuestros blogs, mandar por emails, o archivar en nuestras laptops. Escribir de la revolución tecnológica es seguir los pasos de quienes el siglo pasado escribieron de las revoluciones latinoamericanas o las revoluciones estudiantiles europeas. En diez años la tecnología es capaz de cambiar varias veces nuestra vida. Visto de esa manera, la cámara de 5 megapixeles que me terminé comprando en Kuala Lumpur quedó obsoleta cuando me tomé el avión de regreso. Ante semejante carrera tecnológica, sólo queda sacar fotos y contarlo.

 Todos crecimos en Nairobi

La intimidad con el lector es otro de los ingredientes literarios que se acomodan perfecto (si no mejor) a la crónica. Pero no sólo se puede lograr esa identificación con una cámara de fotos. Que un lector se sienta involucrado con un conflicto, por muy lejano que sea, es algo que el cronista debe buscar. Son los llamados, tantas veces llamados, temas universales.
La historia de “Las piernas de Kenia” es un relato que podría ser absolutamente lejano. Sin embargo, en la historia cuento que la mayoría de los atletas se dividen en dos. Los que se dejan vender para clubes europeos y se van a correr a las grandes capitales del primer mundo. El más famoso es Kipketer, que pasó de vivir en Nairobi a manejar un convertible en Dinamarca, con una novia danesa, con un departamento de cuatro ambientes, a estudiar ingeniería electrónica (le inscribieron en la Universidad para poder correr), con un sueldo millonario y un agente que le conseguía distintas carreras. Y en contrapartida está Kipchoge Keino, que es otro atleta y que prefirió quedarse en Nairobi, renunciar a venderse a estos clubes, correr sólo por el país y dedicarse a ayudar a los niños de Nairobi.
A todos los atletas que voy conociendo durante el reporteo les pregunto: ¿cuál de los atletas te gustaría ser? ¿El atleta de Kenia que se va a Europa a triunfar, a ganar medallas para los clubes de Dinamarca? ¿o quiere ser de los que se quedan acá en Nairobi luchando por su país?, con una situación económica más precaria. Aunque se lo pregunto a ellos, la idea es que el lector, ustedes como lectores pero también ustedes cuando escriban, se vayan haciendo esa misma pregunta. ¿Qué harían ustedes en ese caso? Ahí terminamos llevando la historia de los atletas de Kenia, que podría ser una historia muy lejana, a preguntarse: y yo, ¿qué camino estoy tomando? ¿qué estoy haciendo?
Uno de estos chicos se llamaba Edwin. Edwin era uno de los que no sabía cuál de los dos caminos elegir. No sabía si seguir el camino de Kipketer o Kipchoge Keino.
Le hablo a Edwin de una carrera internacional y de contratos millonarios, como sueñan muchos, y me devuelve una sonrisa de duda, incómoda y después levanta sus hombros huesudos, como si le costara más que al resto decidirse entre seguir los pasos de Kipketer o Kipchoge Keino. No está seguro de lo que quiere, aunque en el atletismo los plazos son cortos y sabe que en poco tiempo deberá tomar uno de los dos 48 caminos. Así pasa con todos, hasta para los que no corremos. Y así pasa con todos, hasta para los que no corremos.
A mí me gustaría que pusieran en práctica que la historia aunque sea lo más lejana traten de poner siempre un ingrediente que sea universal y que haga al lector hacerse preguntas. Porque el lector se lo va a agradecer siempre y le va a parecer interesante. A eso algunos le llaman emoción. Yo puedo contar la historia más exótica e increíble del planeta, pero si el lector no se hace preguntas, va a ser una anécdota que el tipo la olvidará a la semana.

El destape de Santiago

Los contrastes son fundamentales en una crónica. Alimentan por si solos el relato. Santiago había estado sacudido por una serie de escándalos sexuales cuando viajé a Chile para escribir el libro “Sexo y Poder”. Casi cinco meses estuve reporteando en la capital de un país con fama de ser uno de los más conservadores del mundo. Para cualquier extranjero, Chile es una nación que mezcla dos virtudes poco frecuentes en Latinoamérica: economía ejemplar y tranquilidad política. Sin embargo, los últimos doce meses habían sido sexualmente agitados. Una gran red de abuso de menores fue el detonante para que se destaparan una serie de escándalos que sal- 49 picaron a personeros de la iglesia, del poder judicial y de la política. Durante el acercamiento al país del que me había ido unos cinco años antes, investigué la industria de porno chileno, conocí los diferentes clubes nocturnos, hablé con proxenetas menores de edad, estuve en una misa con el Obispo de Santiago, me crucé con el Presidente de Chile, estuve en galas oficiales y en hoteles para llevar menores.
Uno de los capítulos del libro, que fue publicado en España por la revista Lateral, mostraba el contraste entre uno de los cabaret más pobres de la ciudad y el más lujoso club nocturno de Sudamérica. “Mundos subterráneos” mostraba, a partir de ese contraste, la diferencia abismante que pueden suceder en un país orgulloso de su economía ejemplar.
Son las tres de la tarde de un lunes y todo sucede en un subterráneo del centro de Santiago. Exactamente, en la galería Capri, un conjunto de pequeños almacenes atendidos por señoras desganadas y donde se puede encontrar menaje, lencerías, prótesis, manteles y peluquerías. Todo esto a tres cuadras de la Catedral y a dos cuadras de las oficinas de Joaquín Lavín, alcalde de Santiago y candidato presidencial de la derecha chilena, militante de la UDI y miembro del Opus Dei, quien en este mismo momento está recibiendo en su despacho, de techos altos y escritorio de madera fi na, a una delegación de microempresarios a quien felicita por su iniciativa y pone como ejemplo de un Chile líder en materia económica (...)Desde la calle parece un simple cabaret. La entrada cuesta mil quinientos pesos, y te da derecho a un pequeño vaso de plástico que puede venir con Fanta, Sprite o Coca-Cola. El pasillo de entrada está iluminado por unos tubos fluorescentes que le dan al lugar un aire a carnicería de barrio. Tras bajar la escalera apareces en un cabaret mal iluminado, donde una mujer bastante gruesa se mueve de manera amateur sobre un escenario de espejos trizados.
Como un actor de reparto, idealmente el cronista tiene que saber sumarse a historias que suceden en distintos ámbitos. Entre más campos se abordan, mayor es el espectro de trabajos que podremos realizar, y más interesante la perspectiva que logrará nuestro trabajo.
La noche promete el sexo más lujoso de la ciudad en el mejor club nocturno de Latinoamérica. El Club Platinum también está en un subterráneo pero, comparado con los suelos del Orianis, este subsuelo debe valer cien veces más caro. El Platinum queda en plena comuna de Vitacura, una de las zonas con mejores ingresos del país. A diferencia del Orianis, donde en la puerta te atiende un gordito sentado en un banquito de madera, en la puerta del club Platinum hay una lustrosa limusina negra. Una Lincon 97, para ser más exactos, pero que tiene un detalle especial: en las puertas lleva pintada la palabra Platinum, con una caligrafía inglesa color plateado. El club se vende a sí mismo como el mejor de nuestro continente, y entre sus ofertas está precisamente ésa, la de la limusina negra de la puerta. 

Rarezas americanas 

Suele pensarse que lo raro, lo fuera de lo normal, es un elemento que el cronista debe buscar para darle interés a sus relatos. Personalmente, desde que partí escribiendo, he tenido cierta debilidad por encontrar la normalidad en escenarios raros. Creo que la naturalidad en situaciones fuera de lo común puede cumplir un efecto mayor que la simple anécdota bizarra de un relato sensacionalista.
Recuerdo dos crónicas, en dos viajes diferentes a Estados Unidos, que pueden ejemplificar lo que digo. Una de ellas sucedió en Gibsonton, un pequeño pueblo cerca de Tampa, en Florida. A Gibsonton van a jubilar los freaks de los circos de Estados Unidos. Un lugar donde conocí a la mujer barbuda, donde vivieron siameses, donde se paseaba un enano en silla de ruedas. Comenzó a ser refugio de gente del circo gracias a Al Tomaini, un gigantón de más de dos metros casado con una mujer que no llegaba a los 90 centímetros. Por mucho tiempo nadie conocía este refugio de gente rara, hasta que a fines de los años 80, apareció muerto en su trailer el hombre manos de langosta. Lo había mandado a matar su hijastro, el niño cabeza de bloque.
En el relato, que sucede en un Estados Unidos muy diferente a las películas, la idea es mostrar la normalidad que puede llevar un grupo de personas que durante 10 meses al año recorre el país para que 52 los espectadores se rían de sus defectos. Judy Rock, la hija del fallecido Al Tomaini, fue la encargada de mostrar algunos de los secretos del lugar:
Judy Rock es pelirroja, simpática y devastadoramente obesa como casi todos en Gibsonton. Tiene cerca de cincuenta años, carga anteojos para miopes, pulseras de oro y un collar cuyos falsos brillantes forman la palabra Queen.
 «Quizá yo sea la reina, puede ser», reconoce, con falsa modestia. «Lo que pasa es que mis padres fueron muy importantes acá», me dice Judy Rock. Su papá llegó a Gibsonton a fi nes de los años treinta del siglo XX, y era un gigante de más de dos metros.
La otra historia transcurre en el estado de Kentucky, famoso mundialmente por su derby de caballos. Pleno centro de Estados Unidos, donde los inmigrantes ilegales apenas se ven, y es frecuente que los autos lleven más de una bandera americana a la vista. Todo ocurre en la ciudad de Lexignton, donde los remates de caballos mueven al mes más millones de dólares que la deuda externa de media América Latina. Un lugar que trata de mantener la burbuja del sueño americano y donde los caballos, que tan buena fama le han dado al estado, gozan de los privilegios propios de una estrella de hollywood.
Los studs más famosos y visitados por los turistas son los de la zona del Bluegrass. Aquí el lujo derrochado en los caballos haría llorar de emoción a un miembro de la sociedad protectora de animales: sauna, ma- 53 sajes diarios, jacuzzi, sábanas limpias con sus iniciales bordadas en seda, visitas al oculista, procreación controlada, cementerios con flores siempre frescas. Los tratamientos de belleza de los caballos pueden durar hasta doce horas, y una vez por semana se les aceita todo el cuerpo para mantenerlos brillantes. Cada dos semanas les hacen masajes al pelo del cuello y de la cola, y mientras duermen los examinan con electrocardiogramas para evitar riesgos vasculares. 
En la medida que le damos normalidad a lo excéntrico, vamos limpiando la historia de amarillismos y despejamos el polvo de las emociones. De alguna manera, en todas las historias el lector puede sentirse involucrado: hasta en la de una ciudad que cuida a los caballos como esas reliquias que en otros países lo hacen con las estatuas de sus caudillos.

Selva peruana Da lo mismo todo lo que uno publicó, leyó, escuchó o vio antes: cuando uno llega a un lugar desconocido, parte de cero. Estar frente a un nuevo destino de viaje es, en gran medida, volver a comenzar. El cronista que se ufana de ser un conocedor del mundo, antes de salir de casa, es mejor que se quede ahí.
 Cuando llegué por primera vez al Amazonas sabía, de antemano, muchas historias y leyendas. Había leído libros, visto películas y escuchado anécdotas de gente que viajó antes. Me habían pedido que escribiera algo del Amazonas, pero no la historia típica sobre un “río salvaje”.
Estaba navegando en un viejo barco que hace cruceros por el rio, cuando uno de los tripulantes me comentó en una charla nocturna que varias “gringas” le habían pedido matrimonio. Su confesión informal me volvió a la cabeza cuando, al día siguiente, un viejo guía del barco me contó muy orgulloso que sus dos hijos peruanos se habían casado con americanas y vivían en Estados Unidos, “en el primer mundo”. A los dos días, entre los peruanos del barco, había acumulado media docena de esas historias. Como la de Ricky, un peruano que estaba buscando a la turista que le ofreciera mejores oportunidades en algún país desarrollado.
Ricky se define como un Amazon boy. Él es un veinteañero criado en la selva de Perú y lleva algunos años en la industria del turismo. Su nombre es Ricardo Hurraga Guerra, pero todos le dicen Ricky. Ahora se queja de que su español está cada día peor porque todo el tiempo habla en inglés con los turistas. Ricky es la estrella de la nueva camada de guías. Usa perfume, cinturón de cuero, linterna, repelente alemán en sus brazos oscuros y está aprendiendo a pasarse bloqueador solar por los labios.
La historia terminó llamándose Amazon Boy y en ella hablan peruanos en busca de novias, y turistas gringas en busca de noviazgos selváticos. Y aunque no es una historia de amor, sí tiene mucho que ver con matrimonios.

Mi vaca es argentina

No hay un elemento determinado a partir del cual contar una historia. Desde hace un tiempo, casi dos años, estoy tratando de contar la historia de un país, de Argentina, donde vivo hace cuatro años. Y lo estoy haciendo a partir de una vaca. Muy probablemente, ese sea mi próximo libro.
En Argentina el tema de la vacas y los frigoríficos y las carnicería está en los titulares de los diarios, en los debates televisivos, en las encuestas radiales. El gobierno hace decretos para mantener fijo el precio de los cortes vacunos, y el valor de la carne hace rato que parece el principal valor nacional. La carne como el gran conflicto de la Argentina. Sin ir más lejos, hace unos días, un vegetariano holandés que fue de vacaciones a Buenos Aires me decía: “Vuelvo a Ámsterdam intoxicado de tanto bife”, y eso que en las dos semanas de viaje, el flaco de anteojos no probó ni una gota de vaca.
Mi llegada al tema de la carne viene de mayo de 2004, cuando me compré una ternera recién nacida. Mi propia vaca: La Negra.
La idea es simple. Compré una vaca argentina, para engordarla y mandarla al matadero. Contar el desarrollo de una ternera recién nacida hasta verla fileteada en los supermercados. Una trama nada de original, si se piensa que es el mismo proceso productivo que le espera a los 50 millones de vacunos que pastan en la Argentina. No hay cifras exactas (el mercado negro nunca ingresa a los censos ofi ciales), pero de ser ciertos los 50 millones, mi participación es del 0,000002 del mercado local de la carne.
A medida que La Negra ha ido creciendo, su historia fue publicándose en medios de países como México, Colombia y España. He mostrado videos de ella en mi blog en Clarín.com y he tenido que hablar de ella en radios de Chile y Perú. Con sus primeras apariciones públicas, hasta hoy, me llegan mensajes y correos para que no mate a la vaca. Me conmueven esas personas que mientras se comen un bife de 900 gramos me dicen lo malo que soy por criar una ternera para matarla. Pese a ellos, y hasta ahora, sigo creyendo que lo mejor para contar esta historia es que mi vaca termine donde llegan casi todas: al plato.
La vaca crece en el campo San Lorenzo, un predio de 400 hectáreas que está camino a Magdalena, unos 40 kilómetros al sur de La Plata. Me la vendió Juan Jorajuría y el pacto lo sellamos con un apretón de manos: “En el campo todavía se hacen negocios pensando en la buena fe de la gente”, me dijo con orgullo la mañana del trato. Casi dos hora en autobús, 57 desde Buenos Aires, demora el recorrido para ver a la vaca. Apenas dos horas bastan para llegar donde las vacas hacen su propio trabajo de ofi cinistas: rumiar tardes enteras, transformando el pasto en futuros bifes.
Ajena a la estridencia mediática, La Negra sigue engordando. Diariamente. Pastando en su ofi cina en espera de la muerte. Como si ella lo tuviera más claro que todos: es sólo una vaca más en el país de la carne. Veremos en qué termina su historia. En este caso, lo importante es lo que se pueda escribir a partir de ella.
Instrucciones para escribir una crónica

Por Héctor Abad Faciolince*

Un escritor crónico acaba siendo un grafómano y por ese camino termina practicando muchos géneros.

Como el que mucho abarca poco aprieta, termina por no ser ni novelista ni cuentista ni cronista ni poeta, por haber querido ser todas esas cosas a la vez. El escritor compulsivo se levanta y se sienta, mira la hoja o la pantalla en blanco y espera alguna señal del más allá. El sismógrafo está quieto; nada parece estar vivo en su interior. Al fin una vocecita le dice: “empieza así: como quieres hablar de la crónica usa una palabra que tenga que ver con lo cronológico, con el tiempo, por ejemplo: un escritor crónico”. Y así, el escribidor empieza: Un escritor crónico… Y sigue. Lo que importa es empezar, después una frase lleva a otra y se termina el primer párrafo.
Cuando uno tiene por oficio escribir, se sienta y siente su estado de ánimo. El ánimo le dice que ese día está novelista (y empieza un capítulo), o está cuentista (e imagina una historia), o está poeta (y un primer verso nace de la nada), o está articulista (y el artículo sale, frase por frase). La novela, el cuento, la poesía, el artículo, son géneros literarios sentados. Nunca he sido poeta, pero a veces estoy poeta. Sin embargo nunca se puede estar cronista; para ser cronista hay que salir, pues uno no puede sentarse a escribir una crónica de la nada. La crónica exige pasar mucho tiempo de pie, o en el camino, en la calle, mirando, averiguando, apuntando. Para quienes practican los géneros literarios sentados el genio está en las nalgas: en la capacidad de aguantar ahí quietos, en el asiento, sin levantarse, y pulir, cambiar, mejorar, consultar diccionarios. Pero para practicar la crónica el genio está en los zapatos.
Quien quiera ser buen cronista tiene que andar a pie, y tener buenos ojos, buenas orejas, y desarrollar ese otro órgano que los buenos cronistas comparten con algunos insectos y con la televisión: las antenas. El cronista debe tener antenas para ver —como ve el bastón del ciego— lo que se nota sin verse, y antenas para detectar y sentir donde están las historias. El cronista tiene un lema que en español puede decirse con siete monosílabos: si no se va no se ve. El cronista tiene que ir a ver para empezar a apuntar. El cronista tiene que ir porque el cronista es testigo y lo que escribe consiste en dejar un testimonio. El cronista testifica que tal cosa ha sucedido, efectivamente, porque la vio con sus ojos, o porque estuvo hablando con quienes la vieron y recorrió los mismos sitios donde aquello ocurrió.
Solo después de haber ido a ver, a pie y con ojos y con orejas y con antenas, el cronista también necesita —como el poeta, el novelista— sentarse en el asiento y tener buenas nalgas. Comprimir en palabras el relato de lo sucedido, en un orden no necesariamente cronológico, pero sí que resulte ordenado en su cabeza y en la cabeza del lector. El cronista se sienta a traducir su experiencia mental, a las palabras bien escogidas de su lengua, en nuestro caso, del idioma español. Y en ese momento usa los recursos de los géneros sentados —novela, cuento, artículo, poema— de tal manera que lo que vio en la calle, lo que averiguó oyendo y preguntando, se transcriba en palabras con gracia, con recursos aprendidos de la lectura y del ejercicio insistente de la escritura.
El cronista, después de mucho caminar, de mucho ver y oír y preguntar, se sienta a escribir. Y ahí no debe oír una voz interior, como el novelista, ni atender a una música secreta, como el poeta, sino seguir los límites de la crónica, que no son otros que los de la verdad (jamás mentir) y los de la canallada (nunca contar lo que no puede ser contado, porque viola la intimidad o la dignidad de las personas). Y nada más; eso es todo; así de fácil. Así de difícil.

* Publicado el 30/11/2006. Diario El Espectador.




sábado, 11 de abril de 2015

Collage sobre la crónica latinoamericana

 

Por Darío Jaramillo Agudelo*


       Una advertencia

        La crónica periodística es la prosa narrativa de más apasionante lectura y mejor escrita hoy en día en Latinoamérica. Sin negar que se escriben buenas novelas, sin hacer el réquiem de la ficción, un lector que busque materiales que lo entretengan, lo asombren, le hablen de mundos extraños que están enfrente de sus narices, un lector que busque textos escritos por gente que le da importancia a que ese lector no se aburra, ese lector va sobre seguro si lee la crónica latinoamericana actual.
     A Mario Jursich, el director de El Malpensante, le oí decir que, después del boom de la narrativa latinoamericana de los años sesenta y setenta del siglo pasado, se dieron intentos de fabricar un fenómeno parecido a ese boom de Onetti y Cortázar, García Márquez y Vargas Llosa, etcétera y etcétera. Para ese reencauche, se utilizaron las clonaciones («el nuevo Julio Cortázar»), se utilizaron los números (los 39 menores de 39), se apeló a las parodias (mac-ondo). Y, a pesar de que existen materiales interesantes y autores valiosos que figuran en esos momentos, el intento de reciclar el boom no pasó de la etapa de plan de mercadeo a la de auténtico boom.
      Acaso para que ese nuevo auge se produjera de nuevo, lo que se necesitaba era que no se pareciera en nada al fenómeno de hace cincuenta años: que cambiara el modelo de lector, que cambiara el arquetipo de la escritura y, por lo tanto, que las técnicas de los escritores fueran diferentes. Tal cosa parece estar ocurriendo con la crónica en nuestro continente. Los cronistas latinoamericanos de hoy encontraron la manera de hacer arte sin necesidad de inventar nada, simplemente contando en primera persona las realidades en las que se sumergen sin la urgencia de producir noticias.
     Entrados en el siglo veintiuno, la crónica latinoamericana ha creado su propio universo, una extensa red de revistas que circulan masivamente y que se editan en diferentes ciudades del continente. Hay una abundante producción de crónicas en forma de libros que pasan rápidamente a figurar en las listas de los más vendidos. Hay autores reconocidos en el mundo de la crónica, hay encuentros de cronistas, hay premios de crónica.
      Este libro reúne a los autores más notables y algunos de sus trabajos más atractivos, más asombrosos. Si el lector busca entretenerse, informarse o contagiarse de ritmos narrativos diversos, de hechos y personajes extraños, bien puede saltarse este prólogo de presentación del tema, de su historia y de sus características.

Un género con historia


       Carlos Monsiváis define la crónica como la «reconstrucción literaria de sucesos o figuras, género donde el empeño formal domina sobre las urgencias informativas». Me gusta comenzar con el nombre de Monsiváis. Es empezar con la invocación de uno de los padres fundadores del periodismo narrativo latinoamericano del siglo veintiuno. De encima, es él uno de los historiadores de un cuento que comienza con las crónicas de los conquistadores españoles, un cuento que tiene sus alzas y sus caídas.
     Después de las crónicas de los conquistadores, la siguiente cima de esta historia se encuentra en los cuadros de costumbres que pueblan buena parte del siglo diecinueve. Y enseguida están las crónicas de los modernistas. Anota Daniel Samper Pizano que «la crónica modernista es muy, pero muy distinta a la crónica narrativa. Aquélla está representada por notas de corte poético-filosófico-humorístico-literario, rara vez más extensas que una cuartilla o una cuartilla y media, y ésta corresponde al relato tipo reportaje. La diferencia es la misma que separa a Luis Tejada y Alberto Salcedo, o a Amado Nervo y Villoro».
      Después del auge modernista, la crónica permanece casi a escondidas durante una época en que la noticia escueta y la prisa informativa se convierten en dogma excluyente del periodismo. Ni siquiera en los tiempos en que los modernistas escribían, la crónica alcanzó a ocupar el centro de la escena. Y llegaron a ser cuestionados: «El periodismo y las letras parece que van de acuerdo como el diablo y el agua bendita», decía un comentarista de La Nación en 1889. Es necesario precisar que este comentario iba contra las crónicas anteriores al modernismo, pues el auge de la crónica modernista, que sí logró mezclar periodismo y letras, fue posterior. Hasta decenios después cuando, eso sí, forzada a encontrar su propio territorio, la crónica, que permanecía larvada, renace a través de libros y de la publicación fragmentada en varias entregas en periódicos y revistas que no consideran posible la publicación de un texto largo de una sola vez.
      Es en ese momento cuando aparecen los clásicos modernos de la narrativa periodística latinoamericana de hoy. García Márquez, Tomás Eloy Martínez, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis forman parte de ese parnaso de padres (¡y madres!) fundadores reconocidos en todo el continente, para no hablar de pequeños dioses locales que escribieron excelsas crónicas durante la segunda mitad del siglo veinte, como Homero Alsina Thevenet y Enrique Raab en el Río de la Plata o Germán Castro Caycedo, Daniel Samper Pizano y Alfredo Molano Bravo en Colombia o los simpares Ana Lydia Vega y Luis Rafael Sánchez en Puerto Rico. Esos dioses locales han sido importantes siempre: cada país tiene sus propios autores de cuadros de costumbres durante el siglo diecinueve y sus celebridades locales durante el modernismo.
     En algunos países, como Argentina, la crónica es la columna vertebral de toda su historia literaria: así lo plantea Tomás Eloy Martínez en su nota introductoria a Larga distancia, un libro de narraciones periodísticas de Martín Caparrós: «La crónica es, tal vez, el género central de la literatura argentina. La tradición literaria parte de una crónica magistral, el Facundo. Otros libros capitales como Una excursión a los indios ranqueles, de Mansilla; Martín Fierro, de Hernández; En viaje, de Cané; La Australia argentina, de Payró; los Aguafuertes de Arlt; Historia universal de la infamia y Otras inquisiciones de Borges; los dos volúmenes misceláneos de Cortázar (La vuelta al día... y Último round); y los documentos de Rodolfo Walsh son variaciones de un género que, como el país, es híbrido y fronterizo».
     La fundación también ocurre desde fuera del idioma, con los nombres santos del nuevo periodismo norteamericano, como Capote, Mailer, Talese, Thomas Wolfe, desde antes, el padre reconocido de la crónica narrativa en Estados Unidos, John Hersey, con su Hiroshima, que aparece en agosto de 1946 en The New Yorker; con algunos ejemplares cronistas europeos, como Oriana Fallaci, Günther Walraff y Ryszard Kapuchinski; con una latinoamericana que escribe en inglés, Alma Guillermoprieto. Y, desde siglos antes, la presencia del Daniel Defoe de Diario del año de la peste.
     No cabe duda que con semejantes antecedentes, de García Márquez a Truman Capote, de Monsiváis a Wolfe, de Elena Poniatowska a Oriana Fallaci, estaba dado el caldo de cultivo para que el periodismo narrativo latinoamericano creara sus territorios para desarrollarse y para adquirir sus propias características. Esos territorios son las revistas. Perogrullo: hoy en día hay muy excelentes cronistas en nuestro continente porque hay muy buenas revistas de crónicas que recogen sus trabajos: Etiqueta negra (Perú), Gatopardo (que comenzó en Colombia y ahora existe en Argentina y México), El Malpensante y Soho (Colombia), lamujerdemivida y Orsái (Argentina), Pie izquierdo (Bolivia), Marcapasos (Venezuela), Letras Libres (México), The Clinic y Paula (Chile). Y, como sucedió durante el auge editorial de México y Argentina con la notoriedad de los escritores, aquí la localización de las revistas determina la mayor concentración de temas y de autores.
     El repaso del índice de las revistas que menciono recoge, con escasísimas excepciones, el universo de los más destacados autores de la crónica latinoamericana actual. Esto significa que ya ese Parnaso tiene una identidad propia y un propio santoral en el que destaco a los argentinos Leila Guerriero y Martín Caparrós, al chileno Pedro Lemebel, al colombiano Alberto Salcedo, al mexicano Juan Villoro y al peruano Julio Villanueva Chang.

¿De qué estoy hablando cuando digo «crónica»?

      El debate sobre el nombre de este ornitorrinco —así lo llama Villoro— parece ineludible y es, también, inútil. Mathew Arnold pedía que no le preguntaran qué es la poesía; pero aclaraba que él podía saber cuáles son los buenos poemas. Aquí es más o menos lo mismo. El tema lo debaten los profesores y es bueno que los profesores hagan esto, pues así no tienen tiempo de meterse en más cosas.
      Dice Villoro que la crónica es un ornitorrinco porque..., bueno, mejor que parafrasearlo es citarlo:         Si Alfonso Reyes juzgó que el ensayo era el centauro de los géneros, la crónica reclama un símbolo más complejo: el ornitorrinco de la prosa. De la novela extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatro grecolatino, la polifonía de testigos, los parlamentos entendidos como debate: la «voz de proscenio», como la llama Wolfe, versión narrativa de la opinión pública cuyo antecedente fue el coro griego; del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona. El catálogo de influencias puede extenderse y precisarse hasta competir con el infinito. Usado en exceso, cualquiera de esos recursos resulta letal. La crónica es un animal cuyo equilibrio bioló- gico depende de no ser como los siete animales distintos que podría ser. 

        Novela, reportaje, cuento, entrevista, teatro —moderno y clásico—, ensayo, autobiografía, catálogo: Villoro tiene razón; y se queda corto si se advierte que le faltó el poema y aún más, le faltaron géneros que añade Mark Kramer: «El periodismo literario ha establecido su campamento rodeado de géneros emparentados que se traslapan entre sí, como la literatura de viajes, las memorias, el ensayo histórico y etnográfico, la literatura de ficción que se deriva de sucesos reales, junto con la ambigua literatura de semificción. Todos estos son campos tentadores delimitados por cercas endebles». En fin, el ornitorrinco es mucho más ornitorrinco que lo que le vio Villoro de ornitorrinco.
      Además de la impecable definición de Monsiváis arriba citada —«reconstrucción literaria de sucesos o figuras, género donde el empeño formal domina sobre las urgencias informativas»—, existen otras propuestas en la vitrina heterogénea de las definiciones. Gloria Ethel recuerda dos, una de García Márquez: «Una crónica es un cuento que es verdad». La otra se debe al peruano Toño Angulo Danieri: «Esa hija incestuosa de la historia y la literatura, que existe desde mucho antes que el periodismo». Y Villanueva Chang recuerda la de Antonio Cándido: «Literatura a ras del suelo».
      Por su parte, Martín Caparrós intercala una definición —que pongo en cursivas— entre su declaración de amor al género y el hallazgo de las ventajas del fracaso. «Me gusta la palabra crónica. Me gusta, para empezar, que en la palabra crónica aceche cronos, el tiempo. Siempre que alguien escribe, escribe sobre el tiempo, pero la crónica (muy en particular) es un intento siempre fracasado de atrapar el tiempo en que uno vive. Su fracaso es una garantía: permite intentarlo una y otra vez, y fracasar e intentarlo de nuevo, y otra vez.»
      Mario Jursich, el editor de El Malpensante que presentó «Reglas quebrantables para los periodistas literarios», la traducción al castellano del prólogo de Literary Journalism de Mark Kramer, acertó con la perla que compuso como definición de periodismo literario: «Género que tiene un pie en la ficción y otro en la notaría».
     En su completísimo Literatura y periodismo, Albert Chillón termina, no, comienza por incluir éste en aquélla. Afirma que «el confinamiento de la literatura al ámbito exclusivo de la ficción es insostenible»; por lo tanto, la literatura «no debe ser restringida a las obras presuntamente alejadas de toda referencialidad». Hasta que llega a una definición de la literatura que abarca la crónica: «La literatura es un modo de conocimiento de naturaleza estética que busca aprehender y expresar lingüísticamente la calidad de la experiencia».
      Voy a definir «crónica» y termino transcribiendo una noción de periodismo narrativo y, más allá, una definición de literatura. No es descuido. Creo que estoy definiendo lo mismo. Los límites entre unas y otras distinciones y subdistinciones lexicales son demasiado borrosos. Crónica, reportaje, perfil, periodismo literario, periodismo narrativo, ornitorrinco, el caso es que sí puedo identificar algunas características de lo que aquí se trata. Y puedo contar una historia y una prehistoria. Si de definiciones se trata, la crónica es el material que publican las revistas de crónicas. En cuanto a las maneras de reconocerla, la crónica suele ser una narración extensa de un hecho verídico, escrita en primera persona o con una visible participación del yo narrativo, sobre acontecimientos o personas o grupos insólitos, inesperados, marginales, disidentes, o sobre espectáculos y ritos sociales. Ensayo mi propia definición no para casarme con ella, o para usarla como una armadura. Sólo lo hago para seguir el juego, para contribuir a la confusión general.

      Características de la crónica:  Wolf, Sims y otros 

     La crónica ha sido caracterizada desde cuando se llamaba con el viejo nombre de «nuevo periodismo». Albert Chillón —el autor del excelente libro Literatura y periodismo, una tradición de relaciones promiscuas— resume así los «cuatro procedimientos de escritura» que los nuevos periodistas norteamericanos descubrieron en la novela realista —Fielding, Smollet, Balzac, Dickens y Gogol:
     El principal, según Wolf, era la construcción escena por escena, que consistía en relatar la historia a base de escenas sucesivas —cada una compuesta sobre todo por descripciones y diálogos— y reduciendo al mínimo posible el uso de sumarios narrativos (...). La segunda técnica, estrechamente relacionada con la anterior, consistía en registrar totalmente el diálogo, recurso que permitía caracterizar a personajes y situaciones de forma inmediata, plástica y elocuente. Este procedimiento sustituía la simple cita de declaraciones usada en el periodismo convencional por una recreación fehaciente de diálogos enteros en  la que importaba tanto lo que se decía como la manera de hablar de los interlocutores. (...) La tercera técnica era el llamado punto de vista en tercera persona: cada escena era presentada al lector a través de los ojos de un personaje concreto. (...) Al delegar la facultad de relatar en los personajes, este recurso permitía abandonar el recurso único al punto de vista omnisciente (...) o al punto de vista en primera persona. (...) La cuarta técnica que los nuevos periodistas tomaron de la novela realista es el retrato global y detallado de personajes, situaciones y ambientes. (...). La descripción pormenorizada y exhaustiva permitía a los nuevos periodistas elaborar cuadros vivos en tres dimensiones, esto es proporcionar a los reportajes una capacidad de sugestión y de evocación inéditas. 

    Lo que es interesante, aquí, consiste en que esos cuatro procedimientos, enunciados en 1973, son usados por los cronistas latinoamericanos hoy en día. Igual cabe decir de los ocho puntos con que Mark Kramer caracterizaba al periodista literario en sus «Reglas quebrantables para los periodistas literarios», el prólogo de Literary Journalism:
      1. Los periodistas literarios se internan en el mundo de sus personajes y en la investigación sobre su contexto; 2. Los periodistas literarios desarrollan compromisos implícitos de fidelidad y franqueza con sus lectores y sus fuentes; 3. Los periodistas literarios escriben principalmente sobre hechos comunes y corrientes; 4. Los periodistas literarios escriben con una «voz intimista», que resulta informal, franca, humana e irónica; 5. El estilo cuenta muchísimo, y tiende a ser sencillo y libre; 6. Los periodistas literarios escriben desde una posición móvil, desde la cual pueden relatar historias y dirigirse a los lectores; 7. La estructura cuenta, como una mezcla de narración primaria con historias y digresiones que amplifican y encuadran los sucesos. Y 8. Los periodistas literarios desarrollan el significado al construir sobre las reacciones del lector.

      En el prólogo de Los periodistas literarios (o el arte del reportaje personal), Norman Sims dice que las fuerzas esenciales del periodismo literario residen en la inmersión, la voz, la exactitud y el simbolismo.
      Dice Sims:
      En su forma más simple; la inmersión significa el tiempo dedicado al trabajo. (...) Los periodistas literarios apuestan con su tiempo. Su impulso de escribir los lleva a la inmersión, a tratar de aprender todo lo que hay que saber sobre un tema. (...) La mayor parte de los periodistas literarios piensan que la inmersión es un lujo que no podría existir sin el apoyo financiero y editorial de una revista. Tracy Kidder pasó ocho meses en una compañía de computadores antes de escribir The Soul of a New Machine. Aunque había escrito muchos artículos para The Atlantic, como escritor independiente no podía contar con un cheque regular. Un adelanto por el libro lo libró de la constante necesidad de producir artículos durante los dos años que le llevó investigar y escribir. Cuando lo visité por primera vez, la casa de Kidder estaba de fiesta. Tres días antes, el comité del premio Pulitzer había anunciado los ganadores de 1982. 

     Cuenta Mark Kramer que «poco después de recibir el Premio Pulitzer por The Soul of a New Machine, Tracy Kidder enfureció a varios periodistas jóvenes con un comentario hecho al azar. Dijo que los periodistas literarios en general son más fidedignos que los periodistas de noticias. Recuerda que les dijo: “Tiene que ser cierto, pues nuestros informes toman meses, y ustedes tienen tres horas para conseguir una historia y escribirla, y deben hacer dos más antes de terminar el día”».
      A la hora del medir el conocimiento del tema, la inmersión de los escritores en los mundos que van a croniquear es determinante para reconocer la comprensión que tienen de su tema. Poseen la información y aspiran, y muchas veces logran, la comprensión más hondamente humana de situaciones, de conductas que tienen una lógica distinta e inesperada. Muchas veces inmiscuidos en mundos marginales, el de un delincuente joven, el de un traficante de mujeres, el de un político, el de una estrella del espectáculo.
      Para los periodistas literarios latinoamericanos la inmersión es necesaria y tiene sus obstáculos. Leila Guerriero cita —y acoge— una entrevista en la que Alberto Salcedo Ramos declaró: «Hay que estar en el lugar de nuestra historia tanto tiempo como sea posible para conocer mejor la realidad que vamos a narrar. La realidad es como una dama esquiva que se resiste a entregarse en los primeros encuentros. Por eso suele esconderse ante los ojos de los impacientes. Hay que seducirla, darle argumentos para que nos haga un guiño».
       Leila Guerriero describe muy bien la inmersión con su propio testimonio: «Escribir un artículo me lleva de veinte días a un mes y medio, con jornadas de doce, quince o dieciséis horas. Eso, sin contar la etapa de investigación previa. Conozco a otros cronistas que trabajan como yo. Que después de meses de reporteo, bajan las persianas, desconectan el teléfono y se entumecen sobre el teclado de un computador para salir tres días después a comprar pan, sabiendo que el asunto recién comienza».
     El tema de los tiempos lleva al de la economía de la crónica, que vista del lado de los lectores significa lo principal del mercado, a saber, que existe demanda. Hay unas revistas que publican crónica y que reconocen los estipendios correspondientes al tiempo de dedicación que requiere una crónica. Y cada vez son más los libros de crónicas, no sólo compilaciones como ésta, sino también libros que han sido planificados como libros, como cró- nica extensa. Por estos días, cuando corre el final del 2010, las vitrinas y las secciones de novedades de las librerías mexicanas, por ejemplo, están repletas de libros de crónica.
     La economía de la crónica se extiende, cada vez más, a secciones o suplementos de los grandes diarios y, como todo territorio en expansión, cada vez son más frecuentes los seminarios, los talleres, las reuniones sobre y de crónica literaria. Existen, además, premios con buenas recompensas y prestigio, como el que otorga la Fundación Nuevo Periodismo con el patrocinio de Cemex; y no es el único.
     El segundo signo distintivo del periodismo literario es, en palabras de Sims, la voz. Según Mark Kramer, «la voz que admite el yo puede ser un gran don para los lectores. Permite la calidez, la preocupación, la compasión, la adulación, la imperfección compartida: todas las cosas reales que, al estar ausentes, vuelven frágil y exagerada la escritura. (...). El escritor puede asumir una postura, decir cosas que no se propone decir, implicar cosas no dichas. Cuando encuentro la voz apropiada de un escrito, ésta me permite jugar, y eso es un alivio, un antídoto contra el hecho de que las propias palabras lo vapuleen a uno».
      También los cronistas latinoamericanos han reflexionado con lucidez sobre esta extraña dicotomía entre lo objetivo y lo subjetivo, superpuesta a su vez a la disyuntiva de usar la primera persona o fingirse Dios; dice Juan Villoro: «La vida depara misterios insondables: el aguacate ya rebanado que entra con todo y hueso al refrigerador dura más. Algo parecido ocurre con la ética del cronista. Cuando pretende ofrecer los hechos con incontrovertible pureza, es decir, sin el hueso incomible que suele acompañarlos (las sospechas, las vacilaciones, los informes contradictorios), es menos convincente que cuando explicita las limitaciones de su punto de vista narrativo».
      La participación del yo es frecuente y variada en intensidad, en todo caso revela lo que es, a la vez, la mayor fortaleza y la mayor debilidad de la crónica como periodismo: el cuento es, en todo caso, subjetivo. Subjetivo en cuanto al punto de vista, subjetivo en cuanto a la participación en el cuento que cuenta —como protagonista o como testigo—. Subjetivo, también, desde un punto de vista filosófico: hay aquí un implícito reconocimiento de la imposibilidad de lo objetivo, de lo neutro. Y, con el color personal, con la primera persona, hay también un intento de entender el mundo, con todo lo insólito, lo paradójico, lo aberrante que sea. Sólo que, como decía Carlos Monsiváis, «o ya no entiendo lo que está pasando o ya no pasa lo que estaba entendiendo».
      La pelea del periodismo convencional versus nuevo periodismo se ha convertido, equivocadamente, en la pelea entre la verdad y la irresponsabilidad con la verdad, en una pelea entre la utilidad y la inutilidad... Y creo que las diferencias no pasan por ahí. Se puede ser un reportero seco, objetivo, imparcial, sinté- tico y, encima de todo, embustero. Y se puede ser el más literario, el más imaginativo, el más impresionista escritor y, además, ser fiel a la verdad de los hechos y de las descripciones y de los diálogos.
      En cuanto al periodismo convencional, oigamos las críticas de Caparrós:
     El lenguaje periodístico habitual está anclado en la simulación de esa famosa «objetividad» que algunos, ahora, para ser menos brutos, empiezan a llamar neutralidad. La prosa informativa (despojada, distante, impersonal) es un intento de eliminar cualquier presencia de la prosa, de crear la ilusión de una mirada sin intermediación: una forma de simular que aquí no hay nadie que te cuenta, que «ésta es la realidad». 
     El truco ha sido equiparar objetividad con honestidad y subjetividad con manejo, con trampa. Pero la subjetividad es ineludible, siempre está. 
     Es casi obvio: todo texto (aunque no lo muestre) está en primera persona. Todo texto, digo, está escrito por alguien, es necesariamente una versión subjetiva de un objeto narrado: un enredo, una conversación, un drama. No por elección; por fatalidad: es imposible que un sujeto dé cuenta de una situación sin que su subjetividad juegue en ese relato, sin que elija qué importa o no contar, sin que decida con qué medios contarlo. (...)
     Los diarios impusieron esa escritura «transparente» para que no se viera la escritura: para que no se viera su subjetividad y sus subjetividades en esa escritura: para disimular que detrás de la máquina hay decisiones y personas. La máquina necesita convencer a sus lectores de que lo que cuenta es la verdad y no una de las infinitas miradas posibles. Reponer una escritura entre lo relatado y el lector es (en ese contexto) casi una obligación moral: la forma de decir aquí hay, señoras y señores, señoras y señores: sujetos que te cuentan, una mirada y una mente y una mano. 
     Nos convencieron de que la primera persona es un modo de aminorar lo que se escribe, de quitarle autoridad. Y es lo contrario: frente al truco de la prosa informativa (que pretende que no hay nadie contando, que lo que cuenta es «la verdad»), la primera persona se hace cargo, dice: esto es lo que yo vi, yo supe, yo pensé; y hay muchas otras posibilidades, por supuesto. 
     Digo: si hay una justificación teórica (y hasta moral) para el hecho de usar todos los recursos que la narrativa ofrece,  sería ésa: que con esos recursos se pone en evidencia que no hay máquina, que siempre hay un sujeto que mira y que cuenta. Que hace literatura. Que literaturiza.

     Algunos cronistas vienen de la prensa convencional y la ven como una cárcel. José Alejandro Castaño la recuerda como un doctorado sobre el tedio: «Los diarios son nueces duras con casi nada por dentro. Yo viví ese drama de la prisa inútil, del esfuerzo perdido, del vértigo simulado, en fin, del cansancio sin gozo en las salas de redacción de El Colombiano, de El País, de El Tiempo, de El Heraldo. Fue como hacer un doctorado sobre el tedio, y casi me gradué con honores». El peruano Marco Avilés escribe:

     Trabajé en El Comercio durante tres años, al cabo de los cuales me retiré del periodismo diario con las mismas excusas del vegetariano ante la carne: hace daño. Un periódico tiene las exigencias del tiempo que se va y toda demora es un descuento al tiempo personal. Claro que se puede encontrar cierto vértigo delicioso cuando el sonido de las teclas se suma al del reloj. Cuando el editor grita desde una esquina el tama- ño del texto que uno debe escribir. Mil palabras. Lanzada la condena, el periodista transpira al coger el teléfono para hacer esa llamada inevitable: Hoy también saldré tarde. La página en blanco asoma entonces como una invitación a la locura. Se ha dicho poco de la manera en que la creatividad aparece en tales circunstancias, cuando el cuchillo del cierre pende sobre la cabeza del cronista. Cualquier cosa que se diga en las universidades sobre la prisa con la que se debe escribir en un diario no tiene comparación con lo que ocurre en la realidad. No se habla tampoco de la incomprensión de los editores que asumen que una crónica es un texto cualquiera pero más extenso. Un ladrillo más dentro de la página a llenar. Porque muchas veces son esos mismos editores los que tienen a su cargo los cursos de crónicas en las escuelas de periodismo. En verdad creo que además de los amigos —hechos en la práctica, por cierto—, los libros suelen ser el mejor antídoto contra la pedagogía establecida. Monsiváis entiende, por ejemplo, que en una crónica la obligación informativa cede el paso a la  ambición estética. Al yo del cronista. Orwell lo decía sin más reparos al enumerar las razones que lo llevaban a escribir. La primera de ellas, decía, es el egoísmo agudo, la ambición individual, el deseo de gritar lo que se piensa y de que ese grito sea tan fuerte que pueda matar las ideas que preceden a las nuestras. Para Antonio Cisneros, la poesía es la lucha permanente contra el lugar común. La crónica no tiene otro terreno de batalla. El cronista es un escritor que se enfrenta a un mundo —el periodístico, como primera órbita— donde la palabra ha sido desprestigiada por la ociosidad. Y donde la realidad es usualmente reducida a fórmulas miserables. 

     Las diferencias entre este periodismo subjetivo y el periodismo de los periódicos de hoy —impersonal, frío, en apariencia objetivo y omnisciente— son explícitas y han sido expuestas por varios cronistas, así como también por los académicos del género, y vuelvo a Albert Chillón, que lee el asunto desde la filosofía y trae a cuento a José María Valverde:
    ... toda nuestra actividad mental es lenguaje, es decir, ha de estar en palabras o en busca de palabras. Dicho de otro modo: el lenguaje es la realidad y la realización de nuestra vida mental, a la cual estructura según sus formas —sus sustantivos, adjetivos, verbos, etc.; su sintaxis, tan diversa en cada lengua; sus melodías, su fraseo... la realidad, entonces, no es que —como se suele suponer entre muchas personas cultas— haya primero un mundo de conceptos fijos, claros, universales, unívocos, y luego tomemos algunos de ellos para comunicarlos encajándolos en sus correspondientes nombres; por el contrario, obtenemos nuestros conceptos a partir del uso del lenguaje. Ciertamente, casi nadie suele ocuparse de ello, porque solemos dar el lenguaje por supuesto, como si fuera natural, lo mismo que respirar.

      Chillón cuenta que la primera intuición de este fenómeno se la debemos a Wilhem von Humbolt, ahondada después por Nietzsche, «quien añadió a la anterior una nueva intuición fundamental: que, además de inseparable del pensamiento, el lenguaje posee una naturaleza esencialmente retórica; que todas y cada una de las palabras, en vez de coincidir con las “cosas” que pretenden designar, son tropos, es decir, alusiones figuradas, saltos de sentido que traducen en enunciados tangibles las experiencias sensibles de los sujetos». Y, enseguida, para un deleite del que no voy a privarme, cita a Nietzsche:
     Lo que se llama «retórico» como medio de arte consciente estaba activo como medio de arte inconsciente en el lenguaje y su devenir, más aún, que la retórica es una continuación de los medios artísticos situados en el lenguaje, a la clara luz del entendimiento. No hay ninguna naturalidad no-retórica en el lenguaje, a que se pudiera apelar: el propio lenguaje es el resultado de artes retóricas. (...) El hombre, al formar el lenguaje, no capta cosas o procesos, sino excitaciones: no transmite percepciones sino copias de percepciones. (...) No son las cosas las que entran en la conciencia, sino la manera como nos relacionamos con ellas, el phitanón. La plena esencia de las cosas no se capta nunca. (...) Como medio artístico más importante de la Retórica valen los tropos, las indicaciones impropias. Todas las palabras, sin embargo, son tropos, en sí y desde el comienzo, en referencia a su significado. (...) ¿Qué es, pues, la verdad? Un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos; en resumen, una suma de relaciones humanas, poética y retóricamente elevadas, traspuestas u adornadas, y que, tras largo uso, a un pueblo se le antojan firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han desgastado y han quedado sin fuerza sensorial; monedas que han perdido su imagen y ahora se toman en cuenta como metal, ya no como monedas. 

     Concluye Chillón que «la palabra humana, radicalmente y sin remisión, es a la vez logos y mythos: aúna concepto abstracto   e imagen sensorial, razón y representación, denotación precisa y connotación sensible, referencia analítica y alusión sintética, efectividad y afectividad».
     Que la verdad sea un concepto tan deleznable no significa la inexistencia de la mentira. Es cierto que, como decía Octavio Paz, «la palabra es un símbolo que emite símbolos», pero esto no traduce que nos hayamos librado de los embustes.
     Lo anterior me lleva a la tercera fuerza esencial del periodismo literario, que es la exactitud. Según Sims, «al contrario de los novelistas, los periodistas literarios deben ser exactos. A los personajes del periodismo literario se les debe dar vida en el papel, exactamente como en las novelas, pero sus sensaciones y momentos dramáticos tienen un poder especial porque sabemos que sus historias son verdaderas. La calidad literaria de estas obras proviene del choque de mundos, de una confrontación con los símbolos de otra cultura real».
      La exactitud termina por ser una lista de noes que enunció Mark Kramer:
    Las convenciones que los periodistas literarios dicen seguir para mantener las cosas claras frente a los lectores incluyen: no fabricar escenas; no distorsionar la cronología; no inventar citas; no atribuir ideas a las fuentes, a menos que éstas hayan dicho que tuvieron esas ideas; y no hacer tratos encubiertos que impliquen pagos o control editorial. Los escritores de vez en cuando se comprometen a no usar los nombres reales de sus fuentes o detalles que permitan identificarlas, a cambio del acceso directo, y notifican a los lectores que así lo hicieron. Estas convenciones ayudan a mantener la fe. El género no tendría tanto sentido si no fuera así. Acogerse a estas convenciones lleva a la franqueza. 

     El cuarto elemento, la cuarta fuerza esencial que predica Sims del periodismo literario es el simbolismo del texto. ¿Qué hay más allá de los hechos?, ¿qué subyace, qué significa la historia que su observación le narra? Al respecto Richard Rhodes, que se pasó dos años investigando las armas atómicas para su libro Ultimate Powers, le dijo lo siguiente a Norman Sims:
    Para mí eso ha sido de una importancia tremenda. La revelación de los asuntos trascendentales del universo, el sentido de que detrás de la información hay estructuras profundas, ha sido central en todo lo que he escrito. Ciertamente es algo central cuando se escribe sobre las armas atómicas, y estoy empezando a desenterrar algunas de esas estructuras profundas. No hablamos tanto sobre 1as armas nucleares como sobre el hecho de que el siglo veinte ha perfeccionado una máquina total de muerte. Producir cadáveres es nuestra mayor tecnología. 

    Y Sims comenta:
     Eso es lo que quería decir en el prefacio de Looking for America cuando escribí que buscaba algo distinto, la bestia en la jungla, las máscaras de los hombres. Quería decir que todo se muestra, que se muestra para todo el mundo. Eso es lo que persigo. No es hacer metáforas fáciles. (...) Es mirar a través, escudriñar la información con la esperanza de ver lo que hay detrás. Más que cualquier otro escritor que haya conocido, Rhodes tiene razón en buscar mediante la prosa las realidades simbólicas que «hay más allá». Las «realidades simbólicas» tienen dos lados: el significado interno que la escritura tiene para el escritor, y las «estructuras profundas» mencionadas por Rhodes y que se encuentran tras el contenido de un escrito. 

     A la hora de hablar de motivaciones, y sin pretender uniformarlas para todos los casos, valiosos, muy valiosos son los testimonios de Martín Caparrós y de Juan Villoro. Dice Caparrós que
      la información (tal como existe) consiste en decirle a muchísima gente qué le pasa a muy poca: la que tiene poder. Decirle, entonces, a muchísima gente que lo que debe importarle es lo que les pasa a ésos. La información postula (impone) una idea del mundo: un modelo de mundo en el que importan esos pocos. Una política del mundo. 
     La crónica se rebela contra eso cuando intenta mostrar, en sus historias, las vidas de todos, de cualquiera: lo que les pasa a los que también podrían ser sus lectores. La crónica es una forma de pararse frente a la información y su política del mundo: una manera de decir que el mundo también puede ser otro. La crónica es política.

       Por su parte, anota Juan Villoro:
      El intento de darles voz a los demás —estímulo cardinal de la crónica— es un ejercicio de aproximaciones. Imposible suplantar sin pérdida a quien vivió la experiencia. En Lo que queda de Auschwitz, Giorgio Agamben indaga un caso lí- mite del testimonio: ¿quién puede hablar del holocausto? En sentido estricto, los que mejor conocieron el horror fueron los muertos o los musulmanes, como se les decía en los campos de concentración a los sobrevivientes que enmudecían, dejaban de gesticular, perdían el brillo de la mirada, se limitaban a vegetar en una condición prehumana. Sólo los sujetos física o moralmente aniquilados llegaron al fondo del espanto. Ellos tocaron el suelo del que no hay retorno; se convirtieron en cartuchos quemados, únicos «testigos integrales».
     La empatía con los informantes es un cuchillo de doble filo. ¿Se está por encima o por debajo de ellos? En muchos casos, el sobreviviente o el testigo padecen o incluso detestan hallarse al otro lado de la desgracia: «Ésta es precisamente la aporía ética de Auschwitz», comenta Agamben: «El lugar en que no es decente seguir siendo decentes, en el que los que creyeron conservar la dignidad y la autoestima sienten vergüenza respecto a quienes las habían perdido de inmediato». 
     ¿Qué espacio puede tener la palabra llegada desde fuera para narrar el horror que sólo se conoce desde dentro? De acuerdo con Agamben, el testimonio que asume estas contradicciones depende de la noción de «resto». La crónica se arriesga a ocupar una frontera, un interregno: «Los testigos no son ni los muertos ni los supervivientes, ni los hundidos ni los salvados, sino lo que queda entre ellos». 

      Oigamos a Monsiváis:
     En lo tocante a la dimensión moral de la crónica la idea fija que se impone por un tiempo largo le adjudica al género el darle voz a los que no la tienen: los pobres, los indígenas, las mujeres discriminadas, los jóvenes desempleados, los trabajadores migratorios, los presos, los burócratas menores, los campesinos. Esto propicia denuncias con resultados de consideración, y se presta también al proteccionismo ideológico y el chantaje sentimental a nombre de los que no están allí para desmentir, precisar, o explicar su voluntad de verse representados. 
 
     Aparte de las intenciones, el otro aspecto de los simbolismos consiste en las posibles interpretaciones que se desprenden de los hechos, y aquí hay que poner una alerta en contra de la moralina y de las predicaciones. Ay del cronista que pretenda derivar una moraleja de su historia. Leila Guerriero escribió: «Hay muchas cosas que pueden matar un perfil, pero su peor ponzoña es el lugar común. Cualquier historia sucumbe si se la salpica con polvos como la superación humana, el ejemplo de vida o la tragedia inmarcesible. Decir eso es fácil. Más difícil es entender que el lugar común anida, también, en nuestros corazones biempensantes, políticamente correctos». Más bien cabe cierto honrado y transparente escepticismo: «Si hay algo que el ejercicio de la profesión me ha enseñado es que un periodista debe cuidarse muy bien de buscar una respuesta única y tranquilizadora a la pregunta del por qué», anota la misma Leila Guerriero. Con respecto al trasfondo de la narración, oigamos a Alberto Salcedo Ramos: «Mi Nirvana no empieza donde hay una noticia sino una historia que me conmueve o me asombra. Una historia que, por ejemplo, me permite narrar lo particular para interpretar lo universal. O que me sirve para mostrar los conflictos del ser humano».

Intermedio 


                                                          De una situación sólo veo la apariencia, de ésta sólo un destello,
                                                                                                              y aun de ello un mero contorno.
                                                                                                                             KARL KRAUSS


           13 de octubre de 2010. En esta fecha estoy inmerso en la preparación de esta antología de la crónica latinoamericana del siglo veintiuno. Son las cuatro de la tarde y faltan seis horas para que se inicie el rescate de los 33 mineros de la mina San José, en Chile, sepultados desde hace 69 días. CNN transmite en directo. En este mismo instante no se sabe si volverán todos vivos, pero el optimismo es universal. Entrevistan a la tía de uno de los «33 héroes» y dice que lo primero que hará al verlo será abrazarlo, y después confiesa que nunca lo ha abrazado. Cambio a estudios en Atlanta y Daniel Viotto cuenta que Fénix, la cápsula donde vendrán los mineros a la superficie, fue construida teniendo en cuenta el tamaño del más grande de los mineros sepultados. Vuelta a la transmisión desde la mina: habla el presidente Piñera, luego hay una toma en la ceremonia religiosa multicultos que se está celebrando; contrapunto con un periodista que cuenta que los mineros pactaron que cada uno hablará a los periodistas de sí mismo, no de los demás, no de los otros 32. Se respira una atmósfera de acontecimiento histórico. Todos hacemos fuerza porque este milagro de volver vivos desde casi setecientos metros dentro de la Tierra se cumpla a plenitud...
         ... y me miro en el espejo de este texto, CNN al fondo, y descubro algo que está más allá de que el medio sea el mensaje: la realidad comienza a funcionar a manera de crónica. Una escena acá, una entrevista más acá, allá lejos el suspenso, que estoy viviendo en tiempo real, y que en la crónica escrita se convertirá en las expectativas que el texto genere: ¿cuántas crónicas, en forma de libro, de texto periodístico, de documental, de blog, nacerán de este drama que ha transcurrido, por semanas, en tiempo real, de la misma manera que transcurre una narración periodística? Una forma brutal de la vieja ley que enunció Wilde —la naturaleza imita al arte—: la fatalidad, oscura o luminosa, se anticipa a la literatura. 


La crónica como arte 


      Hoy en día, la crónica latinoamericana es un género autónomo, con su propio territorio que tiene tratados de límites —o de ilímites—, por un lado, con la información neutra del periodismo establecido y, por otro lado, con la literatura.
      Julio Villanueva Chang se da —y nos da— gusto citando al casi infalible, al siempre agudo Walter Benjamin, que acertó señalando nuestra patética, progresiva e irremediable pérdida de memoria: «Nos hemos hecho pobres. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeño por cien veces menos de su valor para que nos adelanten la pequeña moneda de lo “actual”». Continúa Villanueva Chang: «Una de las mayores pobrezas de la prensa diaria —sumada a su prosa de boletín, a su retórica de eufemismos y a su frecuente conversión en escándalo y publicidad— continúa pareciendo un asunto metafísico: el tiempo. Lo actual es la moneda corriente, pero tener tiempo sigue siendo la gran fortuna». Tres líneas más abajo dirá:
      El trabajo de un reportero de diario suele ser un tour sin tiempo para el azar ni la reflexión: páginas programadas, entrevistados programados, escenarios programados, respuestas programadas, tiempo programado. Se suele ver a un entrevistado en los lugares de siempre: la oficina, un restaurante, la sala de su casa. No hay noticias, sólo comunicados. Y descubrir se ha vuelto escandalizar. Reportear se ha convertido sobre todo en entrevistar. Pero la entrevista como género suele ser un acto teatral, y en la mayoría de ocasiones no llega a ser una situación de conocimiento, mucho menos una experiencia: tan sólo una colección de declaraciones más o menos oficiales, y, en el mejor de los casos, la grandilocuencia del verbo confesar. La prensa quiere imitar a la televisión. Desde hace un tiempo los periodistas se empeñan en parecerse cada vez más a los fiscales y a los curas. Si es una virtud consagrada publicar una noticia a tiempo, el problema es que el tiempo justo para publicarla no lo dicta la incontestable autoridad de un reportaje, sino la desesperación de ganar a los telediarios y periódicos de la competencia. «El presente es siempre invisible», recordaba Marshall McLuhan. Sólo queda tiempo para actuar en apresuradas entrevistas de un sólo acto. Pero no queda tiempo para entender en verdad el drama completo. Menos para traducir, por medio de una historia, su significado.

      Las diferencias entre este periodismo subjetivo y el de los periódicos de hoy —impersonal, frío, en apariencia objetivo y omnisciente— son explícitas y han sido expuestas por casi todos los cronistas con un punto de vista en el que son unánimes: el periodismo literario, que, como hemos visto, no es ni más ni menos objetivo que el seco periodismo omnisciente, que posiblemente trasmita mejor el mundo que narra gracias a la inmersión, a la voz personal, a la exactitud y a la dimensión simbólica, el periodismo literario, en tanto que literario, en tanto que personal, forma parte del arte.
     Que forma parte del arte no lo dudan sus más próximos vecinos, los autores de ficción. Dice Juan Villoro: «El siglo veinte volvió específico el oficio del cronista que no es un narrador arrepentido. Aunque ocasionalmente hayan practicado otros géneros, Egon Erwin Kisch, Bruce Chatwin, Álvaro Cunqueiro, Ryszard Kapuscinski, Josep Pla y Carlos Monsiváis son heraldos que, como los grandes del jazz, improvisan la eternidad». Y añade: «Algo ha cambiado con tantos trajines. El prejuicio que veía al escritor como artista y al periodista como artesano resulta obsoleto. Una crónica lograda es literatura bajo presión».
     Tomás Eloy Martínez dice lo mismo con una paradoja: «Antes, los periodistas de alma soñaban con escribir aunque sólo fuera una novela en la vida; ahora, los novelistas de alma sueñan con escribir un reportaje o una crónica tan inolvidables como una bella novela». Leila Guerriero lo dice así: «No creo en crónicas que no tengan fe en lo que son: una forma del arte».
     Que sea un arte tan vivo y en plena expansión conjeturo que se debe a dos factores: el primero es el respeto por el lector y el segundo es el papel de lo insólito, mejor, del asombro como ingrediente central de la crónica latinoamericana actual.
      En cuanto al respeto por el lector, éste se manifiesta con el horror a ser aburridos que tienen estos escritores. Benditos sean. Ese pánico de ser aburridos permite armar un menú antológico de apasionante lectura, variada y cruel, voraz y veraz, entretenida y entrometida. «La magia de una buena crónica consiste en conseguir que un lector se interese en una cuestión que, en principio, no le interesa en lo más mínimo», ha dicho Martín Caparrós y su enunciado me ha sido muy útil como criterio rector para escoger las crónicas de esta antología de la nueva crónica en español de nuestro continente.
      La prevención contra el aburrimiento viene de todos lados (¿y cuál mayor respeto por el lector que evitarle el bostezo?). Kramer es tajante:
     A los lectores que se involucran en un texto les suele importar el camino por el cual una situación llegó a un punto determinado, y qué les va a suceder a los personajes más adelante. Los buenos periodistas literarios nunca se olvidan de ser entretenidos. Mientras más serias sean las intenciones del escritor, y más franco y crucial sea el mensaje o el análisis que hay detrás de la historia, es más importante mantener cautivos a los lectores. El estilo y la estructura entretejen la historia y la idea de forma atractiva. 

     Al enunciar las reglas de oro de la crónica, Alberto Salcedo Ramos dice:
     La regla de oro número uno es por cortesía de Woody Allen: «Todos los estilos son buenos, menos el aburrido». Tú puedes hablar de lo que quieras, desde el Teorema de Pitágoras hasta la caspa del mico que acompaña a Tarzán; puedes escribir sobre lo triste, sobre lo folclórico, sobre lo trágico, sobre el frío, sobre el calor, sobre la levadura del pan francés o sobre la máquina de afeitar de Einstein. El lector te permite lo que sea, incluso que le mientes la madre, incluso que seas soberbio, pero no que lo aburras. A mí me parece que un buen prosista es, en esencia, un seductor, una persona que te atrapa irremediablemente con lo que escribe.

     Leila Guerriero señala que el aburrimiento es el peor de los pecados: «En todo caso, una cosa sí sé, y es que la universidad no salva a ningún periodista del peor de los pecados: cometer textos aburridos, monótonos, sin climas ni matices, limitarse a ser un periodista preciso y serio, alguien que encuentra respuestas perfectas a todos los porqués, y que jamás se permite la gloriosa lujuria de la duda».
     El remedio contra el aburrimiento que la crónica latinoamericana ha aplicado, con éxito, es la búsqueda de lo inesperado, de lo excepcional, de lo sorprendente. Para Salcedo Ramos, «el reto que tenemos no es inventar lo sorprendente sino descubrirlo. Mi nirvana no empieza donde hay una noticia sino donde avisto una historia que me conmueve o me asombra».
    Lo dicho por Salcedo Ramos tiene un significado trascendental. Un cambio de esencias. Se ha transformado el arquetipo. El arquetipo ya no es la noticia sino lo asombroso.
    Ya no es la noticia sino lo asombroso. No son frases. Ni es sólo una frase la de Tite Curet Alonso, «Tu amor es un periódico de ayer»: así como rápidamente se agota la lectura de una revista de noticias (Time, por ejemplo, tres meses después de aparecida es sólo arqueología hecha a fragmentos), por contraste, un ejemplar de El Malpensante de hace cinco años, uno de Etiqueta negra añejo —como su nombre lo indica— o uno de Gatopardo o de Soho de hace tiempos se dejan leer deliciosamente de pasta a pasta, de rabo a cabo, de pe a pa. Me consta.
     Martín Caparrós identifica con una palabra la base de este fenómeno afortunado: «Así escribieron América los primeros: narraciones que partían de lo que esperaban encontrar y chocaban con lo que se encontraban. Lo mismo que nos sucede cada vez que vamos a un lugar, a una historia, a tratar de contarlos. Ese choque, esa extrañeza, sigue siendo la base de una crónica».
     En suma, la crónica como obra de arte es alérgica al aburrimiento, es fruto de la inmersión en el mundo de cronistas con una voluntad de estilo, es una artesanía de la palabra, posee un sentido de la eficacia de las técnicas, de los ritmos, del orden que se le confiere a los hechos. En ella hay una voluntad de estilo.
     Esa identidad propia —que aparece en el universo autó- nomo de excelentes cronistas que hay hoy en América Latina y que se puede fijar mirando las revistas mencionadas— también tiene sus propios comunes denominadores. Dije «excelentes cronistas» y me gusta la expresión porque, sin necesidad de redundancias políticamente correctas, abarca todos los sexos. Excelente cronista puede ser una mujer, y un hombre también puede ser, sin cambiarle ni una letra, excelente cronista. Y en el caso que nos ocupa, vale destacar que, en el periodismo narrativo latinoamericano de hoy, existen cronistas excelentes entra ellas y ellos.
 

Un género en expansión 


     La nueva narrativa periodística latinoamericana, con todo y que mantiene su núcleo alrededor de las revistas de crónicas, se ha desbordado en varias direcciones: una, la más obvia, hacia la prensa que no publicaba crónicas, algunos diarios, algunos suplementos semanales de grandes periódicos.
     Otra, los libros monotemáticos, frutos de larga investigación que ahora pueblan los estantes de las librerías.
     Otra dirección más es el cambio de estilo que el periodismo narrativo está imponiendo en la prensa diaria. Tomás Eloy se refiere así al New York Times del 2 de noviembre de 2001:
     Tres de los seis artículos de la primera página compartían un rasgo llamativo: cuando daban una noticia, la contaban a través de la experiencia de un individuo en particular, un personaje paradigmático que reflejaba, por sí solo, todas las facetas de esa noticia, o que era él mismo la noticia. Sucedía lo mismo en tres de los cuatro artículos de portada de la sección A Nation Challenged, que se está publicando a diario desde los ataques del 11 de septiembre. Eso no significa que haya menos información: hay más. Sucede que la información no viene digerida para un lector cuya inteligencia se subestima, como en los periódicos convencionales, sino que se establece un diálogo con la inteligencia del lector, se admite de antemano que ha visto la televisión, ha leído acaso algunos sites de Internet y, sobre todo, que tiene una manera personal de ver el mundo, una opinión sobre lo que pasa. La gente ya no compra diarios para informarse. Los compra para entender, para confrontar, para analizar, para revisar el revés y el derecho de la realidad. 

     Y otra dirección más, la más extensa, acaso la más profunda, casi con seguridad la que tiene más futuro: la red virtual, la nube informática. Algunas revistas que circulan en Internet, algunos blogs, son terreno en donde la crónica comienza a prosperar. Además de un grupo grande de la cofradía de croniqueros  de revistas de crónicas, ya hay en este universo creciente una apreciable narrativa periodística; en la presente antología vienen muestras como la del mexicano Carlos López-Aguirre, procedente de su blog —un recuerdo de la infancia localizado en el terremoto de 1986—, y del dominicano Frank Báez, codirector de la revista virtual de poesía Ping-pong, el relato de un concierto de Bob Dylan.
     La mención de Báez permite conectar con las relaciones entre crónica y poesía. Lo primero: es alta la carga poética de muchos de los textos de la nueva narrativa periodística. Así también los procedimientos de la poesía narrativa y de la crónica, que pueden ser análogos, como el frecuente uso de la enumeración. En fin, hay poemas que son crónicas, como el que sigue, del mismo Frank Báez:

      Quita Sueño

      Perder una pierna trabajando 
      De operario en una zona franca 
      Duele menos que cuando los gringos
      Te donan una prótesis de plástico 
      Que te pondrás para emborracharte en los colmados 
      Y que apoyarás con fuerza en la acera 
      Al retornar a casa 
      Temeroso de que los perros del barrio 
      Puedan morderla y arrancártela 

     Con respecto al matrimonio o, mejor, unión libre entre crónica y poesía, el cuento es viejo y hay momentos en la historia del periodismo narrativo durante los cuales la mejor producción ha provenido de los poetas. Baste recordar nombres como Rubén Darío, José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera, Julián del Casal, Amado Nervo, Herrera y Ressig y tantos otros poetas modernistas.
     Sin embargo, mientras las crónicas de los modernistas alcanzaron a ver su propia declinación sin llegar al cenit, la cró- nica del siglo veintiuno, en plena expansión, no teme incorporar el instinto poético en sus ingredientes como en Rock Down, de Leila Guerriero sobre un grupo de rock dirigido por un chico, un poeta con síndrome de Down, Miguel Tomasín: «Miguel dice que Dios es una cámara oculta. O un pájaro mixto. Y le preguntamos cómo es el pájaro mixto, y Miguel dice que es el Dios de Dios. Y cómo es, Miguel, le preguntamos. “Mitad camuflado y mitad láser”, te contesta. O le preguntás qué hay en la Luna. Respuesta de Miguel: un tornillo y un casete de chamamé».
      Poesía como lo que ocurre en Casa blanca, la prisión mixta de Villavicencio, Colombia: «Allí viven 1.268 hombres y 82 mujeres separados por un muro reforzado con varillas de acero sin resquicios para mirarse, excepto en un tramo de doce metros donde la pared se interrumpe y da paso a una reja metálica de cinco metros de alto. A ese corredor al aire libre, por donde pasan las internas cuando son llevadas a otros sitios de la cárcel, se le conoce como el paso del amor. Decenas de presos han logrado conseguir novia en ese breve momento, cuando las mujeres caminan sin permiso para detenerse». Esas visiones bastan para encender el amor entre varias parejas que se han encontrado allí. Lo cuenta José Alejandro Castaño en La cárcel del amor, dejando que la poesía brote por sí sola de la historia.
     A principios del siglo veinte, Gutiérrez Nájera hacía el réquiem del género: «La crónica, señores y señoritas, es, en los días que corren, un anacronismo. (...) ha muerto a manos del reporter (...). La pobre crónica, de tracción animal, no puede competir con esos trenes-relámpago». No obstante, todavía disponiendo de precarios medios de comunicación, autores como Martí o Rubén Darío alcanzaron a publicar sus crónicas en periódicos de ambas orillas del Atlántico y en varias capitales de esta orilla, de Nueva York a Buenos Aires.
     Hay ocasiones, también, en que el poema hace suyo un tema típico de la crónica, los terremotos, los desastres naturales. Escribió Frank Báez:
      Sábado 23 de enero de 2010, Haití
     Vi en la tele un hombre que buscaba
      A su familia entre los escombros de un edificio. 
      Llevaba más de una semana cavando. 
      (Había perdido las uñas)
      Movía de un lado a otro los desechos en vano. 
      Los vecinos repetían que descansara,
      Que comiera, que bebiera agua. 
      Pero el hombre seguía cavando boca abajo
      En la oscuridad como un topo. 
     Alguien me dijo en un bar que escribiera 
     Un poema sobre el terremoto en Haití. 
     ¿Para qué? La historia lo ha probado: 
     La poesía no puede arrebatarle bebés a la muerte. 
     Ni un hueso. Ni siquiera un zapato. 

Periodismo en primera persona 

    El testimonio resulta, al final, una verdad marcada por una manera de ver o no ver lo que se le presenta. Este relativismo legitima estilos de periodismo que ya tienen un nombre y una historia. Entonces se convierte en periodismo —periodismo gonzo, lo llaman— el testimonio de quien ha vivido situaciones gracias a roles que se impone. Así el cronista cuenta el día en que fue mesero o torero o cuentachistes o minero o policía o vendedor ambulante o etcétera, largo etcétera. Si vamos a ser estrictos, en ese nuevo rol del cronista hay algo que no es rigurosamente cierto. No lo es ¿y qué? La fidelidad con la verdad nace a partir de ahí.
     A veces, en su fase investigativa, la crónica impone que el hallazgo de la verdad sea posible gracias a una mentira. Para escribir su libro Esclavas del poder, 318 páginas de crónica devastadora sobre «la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo», Lydia Cacho cuenta: «En mi viaje desde México hasta el Asia central me disfracé y asumí personalidades falsas. Gracias a ello pude sentarme a beber café con una tratante filipina en Camboya; bailé en un centro nocturno al lado de bailarinas cubanas, brasileñas y colombianas en México; entré en un prostíbulo de jóvenes en Tokio donde todos parecían personajes salidos de un manga; y caminé vestida de novicia por La Merced, uno de los barrios más peligrosos de México, controlado por poderosos tratantes».
    Un ejemplo —extremo, como corresponde a la crónica de nuestro tiempo— es el repertorio de yoes de Gabriela Wiener, que le alcanzó para reunir un conjunto de crónicas gonzas con el tema Antologia_cronica_latinoame.indd 38 16/01/12 17:12 39 exacto de su título, Sexografías, que sus editores presentan así por Internet: «Un viaje kamikaze lleva a la cronista Gabriela Wiener a infiltrarse en cárceles limeñas, exponerse a intercambios sexuales en clubs de swingers, transitar los oscuros senderos del Bois de Boulogne parisino para convivir con travestis y putas, someterse a un complicado proceso de donación de óvulos, participar en un ritual de ingestión de ayahuasca en la selva amazónica o a colarse en las alcobas de superestrellas del porno como Nacho Vidal. Todo con una única finalidad: conseguir la exclusiva más ególatra, el titular más sabroso y la noticia más delirante. Afortunadamente, esta joven heroína del gonzo más extremo sale indemne y puede contarlo, y lo hace con una mordacidad y una clarividencia digna de los mejores maestros de los años dorados del Nuevo Periodismo. Un recorrido temerario y trepidante por el lado más salvaje del periodismo narrativo».
      La exposición «a intercambios sexuales en clubes de swingers» es el tema de la crónica de Wiener —«Dame el tuyo, toma el mío»— incluida en la presente antología, texto que tiene un interés adicional: tiempo después de su testimonio gonzo, la autora escribió una crónica de su crónica —«Swingers, el detrás de escena»—, también seleccionada en este libro. Estas inmanencias fueron provocadas por los editores de Etiqueta negra y en ellas se nota, precisamente, la manera tan determinante como han influido las grandes revistas de crónica en la conformación del estilo y del universo mental de la narrativa periodística latinoamericana de hoy.
     Acerca de los editores o directores de las revistas de crónicas, es evidente que lo han hecho bien; el género ha crecido, ha penetrado, se ha comercializado debidamente, incluyendo los subproductos respectivos: talleres, congresos, cursos, premios, blogs, y ha logrado esto sin perder el nivel, todo lo contrario, creciendo, gracias al surgimiento de nuevos talentos y, más recientemente, de nuevas fuentes de circulación que multiplican la cantidad de excelentes cronistas, como los blogs y las revistas virtuales. Esos editores y directores, además, son buenos cronistas: el capataz sabe pegar ladrillos y esto facilita que logren buenas cosas de los cronistas, los pegaladrillos de mi metáfora. Esta antología incluye crónicas de Toño Angulo Danieri, Marco Avilés, Daniel Titinger (miembros,  todos ellos, del equipo de Etiqueta negra) y Julio Villanueva Chang (fundador de ésta), de Mario Jursich (El Malpensante) y de Liza López (Marcapasos).
     El párrafo sobre Gabriela Wiener es pertinente para señalar otra característica, menos metafísica, del periodismo narrativo de principios del siglo veintiuno: quiere contar las situaciones extremas, los guetos, las más extravagantes o inesperadas tribus urbanas, los ritos sociales —espectáculos, deportes, ceremonias religiosas—, las guerras, las cárceles, las putas, los más aberrantes delitos, las más fulgurantes estrellas. En el fondo de esto hay algo que parece necesario: hacer explícitas las más inesperadas formas de ser distinto dentro de una sociedad; ser un mago sin un brazo, ser el hombre más pequeño del mundo, ser un travesti viejo y pobre, un excarcelado que sigue diciendo que es inocente, un cantante famoso, un asesino a sueldo, una puta, un puto, las más inimaginables maneras de ser, y —casi siempre— contarlo con la naturalidad de quien supone que todos tienen derecho de ser lo que son.

Trabajo para valientes 

    Es natural que la posición del cronista se endurezca. Óscar Martínez, el valientísimo autor del libro Los migrantes que no importan, dedicado al tráfico humano del sur al norte de México por la franja oriental del país, ha visto y oído de todo: chantajes, secuestros, asesinatos, violaciones, trata de blancas y un repertorio difí- cilmente alcanzable de atrocidades de variado tipo. Al fin, con la matanza de 72 personas en Tamaulipas a fines de agosto de 2010, la opinión pública y las autoridades parecían darse cuenta de esos migrantes que no importan. Sin embargo, el 26 de agosto del mismo año, Martínez escribió su columna de opinión en El Faro, el diario salvadoreño donde colabora con el título de «Nos vemos en la próxima masacre de migrantes»:
     No comprendo la algarabía que se ha desatado por los 72 migrantes asesinados en México por Los Zetas. Supongo que se debe a la cantidad de cuerpos apiñados, a lo explícito de la imagen del rancho en el municipio de San Fernando, TamauAntologia_cronica_latinoame.indd 40 16/01/12 17:12 41 lipas, casi en la frontera con Brownsville, Texas. Es un gusano de cadáveres que se enrolla recostado en la pared del galerón descascarado de ese monte en medio de la nada, allá por donde llega el caminito de tierra. Algunos cadáveres estaban atados de manos por la espalda. Otros yacen apiñados, unos sobre otros, en las partes donde el gusano se engorda. No comprendo la algarabía que se ha desatado por la masacre de tantos migrantes.
     Los grandes medios de comunicación mexicanos, los salvadoreños, los hondureños, los guatemaltecos, hasta los estadounidenses, españoles y sudamericanos han utilizado sus portadas, sus páginas principales, sus noticiarios estelares para hablar de la masacre de migrantes en México. No comprendo la algarabía de tanto medio tan grande.
     Los políticos, los de México, de Centroamérica, de Brasil, de Ecuador, han salido urgidos a sentarse en sus sillas de conferencia de prensa, ante aquellos medios, para luego salir en portada. Eso sí, no cualquier político. Son jefes de departamentos, de institutos, de organismos. Son, incluso, los mismísimos presidentes de esos países los que han dicho, como dijo el de México, que los autores de la masacre de San Fernando son unas «bestias». No comprendo tanta algarabía de tanto político tan importante.
     No lo comprendo porque las algarabías suelen explotar tras la sorpresa. No lo comprendo, y si me obligaran a intentarlo diría que fingen. Se están inventando esas caras serias, ese gesto seco. Están haciendo ostento de su tinta, de su tecnología, de su capacidad de contratar un servicio de noticias por cable.
      La masacre de San Fernando, Tamaulipas, cerca, muy, muy cerca de Estados Unidos, allá por donde los indocumentados casi han llegado, no es sorprendente. La masacre de San Fernando, allá a donde un migrante centroamericano llega tras más de 20 días de viaje, es sólo un hecho más, uno impactante, pero nada más. La masacre de San Fernando, allá a donde un centroamericano llega tras haber abordado como polizón más de ocho trenes, era previsible. La masacre de los indocumentados en México empezó a principios de 2007.
      Lo que empezó esta semana una vez más son las conferencias de prensa de los funcionarios compungidos. Lo que empezó esta semana son los grandes titulares de los medios que ni sabían dónde queda Tamaulipas ni qué diablos hace por aquellos lados un indocumentado centroamericano. Lo que empezó esta semana es el circo. Pero ése se acaba pronto. Ése no dura muchos años, ni muchos meses, ni siquiera muchas semanas.
      Es mentira lo que dijo ayer Alejandro Poiré, el secretario del Consejo de Seguridad Nacional de México, el vocero en temas de crimen organizado. Dijo que en los últimos meses han recibido información de que algunas organizaciones de delincuentes participan en secuestros y extorsión de migrantes. Es mentira. Lo sabe hace mucho. Lo dijo el FBI a finales de 2007. Lo dijo la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México a mediados del año pasado. Lo dijo bien claro. Su informe se titulaba «Informe Especial Sobre Secuestro de Migrantes en México». Decía que cerca de diez mil indocumentados, principalmente centroamericanos, habían sido secuestrados sólo en los últimos seis meses. Decía también el nombre y apellido de esa «organización de delincuentes». Se llaman Los Zetas, son una banda organizada que existe desde 1997, que fundó el Cártel del Golfo, que nació con militares de élite reclutados para entrenar sicarios. Decía también que las autoridades de municipios y estados mexicanos participaban en esos secuestros. Decía que ocurrían a la luz del día en municipios y estados que también tienen nombre: Tenosique, Tabasco, Coatzacoalcos, Medias Aguas, Tierra Blanca, Veracruz, Ixtepec, Oaxaca, Saltillo, Coahuila, Reynosa, Nuevo Laredo, Tamaulipas. Tamaulipas. Es mentira que Poiré y aquellos de los que él es vocero lo sepan «hace unos meses». Unos pinches meses, diría un mexicano.
      Es mentira, como dijo ayer Antonio Díaz, el coordinador de asesores del Instituto Nacional de Migración de México, que en lo que va de 2010 han detectado alrededor de siete secuestros de migrantes por parte de organizaciones criminales. Es mentira, porque compartimos mesa el lunes 5 de julio a las 6 de la tarde en la Comisión de Derechos Humanos Antologia_cronica_latinoame.indd 42 16/01/12 17:12 43 de la capital mexicana. En esa mesa dijimos que mientras dá- bamos esa charla había migrantes secuestrados, y no siete, dijimos cientos. CIENTOS. Y él asintió.
      [...]
    Si se embarraran, si salieran de sus conferencias, si dejaran de asentir cuando dicen que creen algo para luego no hacer nada. Si dejaran de mentir. Supieran que desde Tamaulipas Los Zetas controlan todo un sistema de secuestro de centroamericanos. Supieran que Los Zetas infiltran a centroamericanos en el tren para detectar a los migrantes que tienen familia en Estados Unidos, a esos a los que le sacan a tablazos los 500, 800, 1.000 o hasta 5.000 dólares en secuestro exprés. Supieran que en cada estaca (y supieran que estaca se le llama a los comandos de Los Zetas) hay un carnicero (y supieran que los carniceros son esos hombres que cortan en trocitos a los migrantes por los que nadie responde y que después los meten en un barril y los queman). Supieran que ranchos como el rancho de San Fernando hay decenas en México y que en muchos hay cadáveres enterrados. Supieran que en San Fernando no hay periodistas que hablen de Los Zetas (ni en Tenosique, ni en Medias Aguas, ni en Orizaba, ni en Tierra Blanca, ni en Saltillo, y supieran también dónde quedan estos lugares) porque los matan. Supieran que desde 2007 Los Zetas controlan desde Tamaulipas la ruta de los coyotes. Supieran que el que no paga muere y que aunque no se vean los cadáveres ahí están. 
     Ustedes no están sorprendidos, nadie de ustedes. Ustedes han montado esta algarabía para parecer sorprendidos. Ustedes son unos mentirosos. A ustedes ya se les va a volver a olvidar una masacre que empezó en 2007. A ustedes sólo hay una manera de despedirlos: nos vemos en la próxima masacre. 

     Es el momento de señalar una cualidad necesaria de la narración periodística. El cronista requiere no tener demasiada noción del peligro y requiere, además, presencia de ánimo, sangre fría, en fin —el cronista como héroe, la cronista como heroína—, valor para investigar su tema, para exponerlo, para asumir las consecuencias de lo que dice. Óscar Martínez es un ejemplo de ese arrojo.
    A veces el valor no se nota: se necesita entereza moral para que alguien escriba una crónica sobre un asesinato en el que el principal imputado es el tío del cronista. Y que el cronista no aluda a este parentesco y sí mencione el nombre de ese tío como muy posible principal responsable. Estoy hablando de «La tormentosa fuga del juez Atilio», texto que adquiere una formidable dimensión moral y humana —es lo mismo— debido a Carlos Martínez D’Aubuisson, donde «sigue los pasos del juez de su país que tuvo que huir para salvar su vida después de que le asignaran la investigación del célebre asesinato del padre Óscar Arnulfo Romero en 1980. Carlos Martínez D’Aubuisson, sobrino del general al que se le atribuye la autoría intelectual de este crimen, recrea el asesinato y la sucesión de huidas de un juez condenado por querer hacer justicia».
     Otro ejemplo: en el prólogo de la segunda edición del libro Los demonios del Edén, el poder que protege a la pornografía infantil, Lydia Cacho, la excepcional periodista mexicana, dice: «El viernes 16 de diciembre de 2005, siete meses después de que comenzó a circular la primera edición de este libro, fui aprehendida sorpresivamente por una brigada de judiciales... Los judiciales portaban una orden de aprehensión girada por un juez poblano, como resultado de una demanda por calumnia y difamación presentada por Kamel Nacif. Este poderoso empresario, llamado “Rey de la mezclilla”, es mencionado en este libro como uno de los amigos que frecuentaban al pederasta Succar Kuri y que éste solía mencionar como uno de sus protectores...». Éste fue el inicio de un largo viacrucis que incluye persecución armada de cuerpos oficiales y no oficiales, secuestro, atentado a su vida, amenazas, prisión arbitraria y un kafkiano, intrincado y costoso recorrido por cortes, jueces y fiscales de varias ciudades de México en el que resultan implicados hasta un gobernador. El cuento está en la crónica «Có- digo rojo», escrita por Laura Castellanos y muestra bien cómo las zonas más oscuras, más siniestras, más corrompidas, resultan implicadas con los centros de poder, con los más dobles y peligrosos miembros de la sociedad, de la política y del empresariado. Los márgenes más viles se sostienen gracias a los más bienpensantes hijos de puta. De modo que cuando la cronista empieza sus averiguaciones sobre el tráfico de niños y niñas, ignora que se está  metiendo con las fachadas más limpias, más poderosas y más respetables del espectro social.

Los temas 


     Los grandes capítulos de la crónica latinoamericana son la violencia o la extravagancia. Quieres estar por fuera de la moral convencional para poder oír la voz del asesino, de la madama, de la niña utilizada como objeto sexual.
    La crónica es la agente del mito popular, de la nueva estética kisch, de lo cursi, lo extravagante, lo envidiado. Sus protagonistas pueden ser el ídolo de multitudes, la cantante famosa, el futbolista estrella, el que haga alharaca. La crónica lo acepta como mito y ayuda a la mitificación. Pero también es el altavoz de la víctima. A la crónica le fascina la víctima. Y el espacio prohibido, gueto o secta, cárcel o frontera caliente. El momento del despelote, por terremoto o lluvia, por represión o mera y patética violencia para poder sobrevivir. La crónica suspira y desvive por encontrar las razones del asesino, sea el niño asesino o el presidente asesino, el terrorista asesino o la adolescente pistolera.
     Hay, sí, un territorio apacible de la narrativa periodística: las crónicas sobre los padres de la crónica o sobre los héroes literarios. En la presente antología vienen textos sobre Lydia Cacho (por Laura Castellanos), sobre Carlos Monsiváis (debido a Fabrizio Mejía Madrid), sobre Jorge Luis Borges (por Laura Kopouchian), sobre Enrique Raab (escrito por María Moreno), sobre Jaime Sabines (por Alejandro Toledo) y sobre Cesare Pavese (por Alejandro Zambra). Comparadas con las crónicas sobre migración o sobre pandillismo o sobre delincuencia infantil, las crónicas sobre deportes parecen cuentos infantiles —aunque en verdad no lo sean—; las muestras sobre fútbol, lucha libre, ciclismo y boxeo se las debemos a Juan Villoro, a José Navia, a Luis Fernando Afanador, a Alejandro Toledo y a Alberto Salcedo Ramos.
     Hay destacadísimas crónicas sobre héroes de la cultura del espectáculo; aquí hay crónicas sobre Gloria Trevi, Lucho Gatica, Carlos Gardel, los Rolling Stones y Bob Dylan. También la gente de poder está diseñada para el espíritu de la crónica: Pablo Escobar visto por Juan José Hoyos, la madre del presidente venezolano perseguida y no encontrada por Liza López, el universo de Pinochet visto a través de dos crónicas, una de Pedro Lemebel y otra de Cristóbal Peña.
      Historias de vidas, individuos o grupos, como las de Martín Caparrós y las de Alberto Salcedo que figuran en la primera parte de esta antología. Individuos anónimos o insólitos —o que han vivido situaciones— como el Cromwell de Juan Manuel Robles, el secuestrado de Álvaro Sierra, el actor de Fiorillo, el enano de Andrés Sanín, el vendedor de libros de Toño Angulo Danieri, los uruguayos que se llaman Hitler de Leonardo Haberkorn, el mago manco de Leila Guerriero, la casi niña pistolera de Cristian Alarcón, el mundo de la prostitución infantil en Acapulco, según Alejandro Almazán. Sin contar las inmersiones por la vía gonzo de Andrés Solano en la vida de alguien que se gane sólo el salario mínimo, o las de Gabriela Wiener en el oficio de swinger.
     En otras ocasiones, el hilo conductor de la crónica es un lugar, un barrio de San Salvador, tal como lo cuenta Roberto Valencia, La cárcel del amor de José Alejandro Castaño, el mercado limeño de Jaime Bedoya, los pueblos, tan distintos entre sí, como el pueblo de gemelos de Juan Pablo Meneses, o el de la frontera de Óscar Martínez D’Aubuisson. El hilo conductor puede ser un rito o un hábito, como el ron —Mario Jursich—, la cocaína —Eugenia Zicavo—, o la Inca Kola —Daniel Titinger y Marco Avilés—.
     Uno de los elementos que convierten la crónica en algo más que un género, en un territorio, es la conciencia del oficio y de sí mismos que tienen los cronistas. Existen magníficos materiales sobre el periodismo literario de varios de ellos. Decidí, entonces, dividir el libro en una primera parte, Los cronistas escriben crónicas, y una segunda parte, Los cronistas escriben sobre la crónica, dedicada a recoger algunos de esos textos, siempre con la misma dificultad a la hora de escoger los materiales seleccionados, que es la calidad que casi todos ostentan. Por ejemplo, fue una difícil decisión cuál de los estupendos textos sobre crónica de Leila Guerriero escogería finalmente.

 Prólogo del libro "Antología de crónica latinoamericana actual"