El hombre que se convirtió
en espejo
Por Eliezer Budasoff
El mesón de Jeremías es un
restaurante que no existe, ubicado en un punto preciso de la costanera de
Gualeguaychú, una pequeña ciudad turística del noreste argentino, en la
provincia de Entre Ríos, conocida por sus carnavales. Lo inventó Nahuel Maciel,
que no se llama Nahuel Maciel, para escribir sobre cocina en el diario El
Argentino -el más antiguo de Gualeguaychú- en algunas ediciones de 2010: los
clientes de Jeremías nacían al llegar al lugar y morían un párrafo después del
proceso de cocción, una vez agotadas sus historias de pasiones cotidianas, la
receta y el espacio disponible para el texto.
—Hubo lectores que llamaron al diario para saber
cómo podían llegar al restaurante -dice Nahuel Maciel, mirando hacia el río.
Es de noche, la
costanera de Gualeguaychú está iluminada.
—En un momento llegó
a haber como diez o quince personas que aseguraban que habían comido en el
mesón de Jeremías. Era una ficción, ¡un recurso!
Maciel abandona una sonrisa a mitad de camino y
apura el cigarrillo. Lo tira. Lo pisa.
—Pero claro, algunos ya preguntaban: “¿Volviste a
las andanzas, Nahuel?”.
***
A principios de los
noventa, Nahuel Maciel se convirtió en leyenda por plagiar e inventar con
eficacia, sin vacilación, largas entrevistas a personalidades como Gabriel
García Márquez, Carl Sagan, Umberto Eco, Mario Vargas Llosa y Juan Carlos
Onetti, que fueron publicadas entre 1991 y 1992 por el suplemento de cultura de
El Cronista Comercial, un diario de la capital argentina. Los hechos ocurrieron
hace dos décadas en Buenos Aires, y tuvieron su continuación durante algunos
años en Paraná, capital de Entre Ríos, donde Maciel fue a vivir después del
hito más conocido de su pasado, lo que se considera el punto más elevado al que
lo llevó el ciclo ascendente de la mitomanía: en 1992, ante una sala repleta
con más de quinientas personas, el joven Nahuel Maciel presentó en la Feria del
Libro de Buenos Aires Elogio de la utopía, una recopilación de conversaciones
con García Márquez que no eran reales, prologada por un texto del escritor
uruguayo Eduardo Galeano que Galeano nunca escribió, con un prefacio a cada
capítulo plagiado, palabra por palabra, de un libro del sacerdote argentino
Mamerto Menapace, a cuyos textos sólo les había cambiado la palabra “Dios” por
“Utopía”.
Mamerto
Menapace es un cura célebre del monasterio benedictino Santa María de los
Toldos, en la provincia de Buenos Aires, que ha encarnado una figura folclórica
-el cura de campo- como autor de cuentos y poemas en los que predominan las
moralejas de la vida rural y las parábolas religiosas. Fue el primero en
denunciar el plagio, a pocos meses de la presentación: Elogio de la utopía era
un collage de distintas fuentes, y su publicación supuso el final de la carrera
meteórica de Nahuel Maciel en la capital del país.
En
la contratapa del libro se puede ver un retrato suyo de aquellos años: un joven
de camisa que sonríe apenas a la cámara; el pelo negro, abundante, se une con
la barba, negra y abundante, de tal modo que dibujan el contorno de un rostro
delgado, anguloso, donde sobresalen -levemente- los pómulos y las cejas
pobladas. Debajo de la foto, un texto breve en primera persona, “Palabras de un
autorretrato”, sin más información de origen que la siguiente: “Esto era así
allá en la cordillera, en Neuquén, el lugar donde crecí. Pero aquí en Buenos
Aires, las cosas son algo diferentes”.
Aquí
en Gualeguaychú, ahora, las cosas también: son diferentes.
Nahuel
Maciel tiene cuarenta y siete o cuarenta y ocho años y un pelo abundante,
irisado de canas, que se une con la barba, abundante e irisada de canas, de tal
modo que dibujan el contorno de un rostro robusto, en el que sobresalen las
cejas pobladas y los ojos grandes, marrones y acuosos. Hace más de diez años
que vive en Gualeguaychú, donde trabaja como periodista y editor del diario El
Argentino.
Una
tarde de agosto de 2011 le pregunté si había nacido en Entre Ríos. Estábamos en
su oficina, en la redacción de El Argentino, sin grabadores. “No -me dijo-, no
sé, no sé”, y su mirada se tornó esquiva.
El
pasado de Maciel, como personaje, tiene distintas versiones. La persona real,
la que corresponde a su nombre real, está resguardada debajo de un Nahuel
Maciel que nació hace veinte años. Nahuel Maciel no se cambió el nombre cuando
se fue de Buenos Aires, después de que su firma pasara, en menos de un año, de
la exposición máxima en las páginas de El Cronista Cultural a la desaparición
total.
—El pasado te alcanza
siempre -me dijo esa tarde.
Nahuel Maciel no quiere que escriba sobre él.
—Estoy cansado, flaco.
Suspira.
—Me han matado.
***
La primera vez que Maciel apareció en la redacción
de El Cronista, relata Mario Diament, entonces director del diario, fue a
finales de 1991, una tarde en que a la editora de El Cronista -la periodista
Silvia Hopenhayn-, se le había caído su nota principal: “Se presentó como un
indio mapuche que había escrito artículos para Le Monde de París y el National
Geographic, algunas de cuyas fotocopias traía consigo para probarlo. Venía a
ofrecer -dijo- una entrevista con Mario Vargas Llosa que había realizado vía
fax, lo cual, para una editora que ve pulverizarse la nota principal del
suplemento, caía como maná del cielo”, escribió Diament en una versión de la
historia que publicó en 1996 la revista Noticias.
—Su apariencia era benévola. ¿Viste esos personajes
misteriosos? Pero de un misterio con cierta candidez. No era el misterio oscuro
y maloliente. Todo lo contrario. Venía con una carga mística— dice la escritora
Silvia Hopenhayn.
Hopenhayn recuerda a
Nahuel Maciel como “una especie de fantasma ambiguo”. Un personaje -”flaquito,
medio moreno, hirsuto”- que exhibía, al mismo tiempo, un apego a raíces
ancestrales, y desamparo. Recuerda que tenía “como un andar medio alado”.
Recuerda
un gesto: “Con los dedos se cubría un poco la boca”.
En
1991, cuando Maciel se presentó en la redacción para ofrecer sus notas,
Hopenhayn tenía menos de veinticinco años y dirigía El Cronista Cultural: su
tarea periodística era “importante y hermosa”, dice, pero “todavía no sabía
distinguir que las palabras pueden tener doblez”.
—Atraía, quizá, su
estirpe, original y originario. Y eran importantes las notas que él traía. Pero
lo que más me terminaba de convencer a mí era su lenguaje. Su forma de
inscribirse en el mundo. No era solamente porque tenía la cartita de García
Márquez o la cartita de Vargas Llosa, ni porque “ay, mirá, un indígena
escribiendo, que original para tener como pluma colaboradora”. Había algo
convincente en su propia forma de dirigirse y hablar.
El Cronista Cultural se publicó semanalmente con El
Cronista Comercial durante unos seis años, hasta mediados de los años noventa,
y fue el producto emblemático de un periodo de cambios en el matutino
-especializado desde su origen en economía y negocios-, que intentaba ganar un
público más amplio. Esos años el diario pasó a llamarse El Cronista -una
mutilación temporaria- y sumó firmas, secciones, suplementos.
—Fue un momento de creatividad pero de mucho caos.
Yo pasé casi por cinco directores en cinco años -recuerda Hopenhayn.
Mario Diament fue
director desde finales de 1991 hasta finales de 1992, y apostó a darle al
diario un perfil más progresista, a sumar producción en Política, en Cultura.
El Cronista Cultural llegó a tener dieciséis páginas, convocaba a figuras
literarias consagradas y a otras en surgimiento, e incorporó a académicos e
intelectuales que solían tener cierta reticencia por el lenguaje periodístico.
—No había trabas, no
había condicionamientos -dice Hopenhayn.
Los periodistas culturales compraban el diario los
domingos por el suplemento que ella dirigía.
El domingo 22 de diciembre de
1991, El Cronista Cultural publicó la primera nota de Nahuel Maciel: “La
indulgencia del poder”, una entrevista exclusiva con Mario Vargas Llosa
realizada vía fax. (Escribe Maciel: “Es casi inevitable preguntarle por Cuba y
por Fidel. ¿Cuál es su opinión?”. Responde Vargas Llosa: “Sí. Es cierto. Yo
esperaba desde el principio esta pregunta suya. Yo creo que Fidel es un
caudillo, un caudillo al que el poder ha ido convirtiendo en una especie de todopoderoso.
Lo inevitable con todos los todopoderosos, las personas tremendamente
megalómanas, es que se llegan a creer un semidiós encarnado. Creo que no se
puede tener un poder absoluto, por tanto tiempo, sin convertirse en algo
completamente distanciado de la experiencia común…”.
El 12 de enero de 1992, el
suplemento publicó en la tapa “El enigma del tiempo”, reportaje exclusivo de
Carl Sagan. (Pregunta Nahuel Maciel: “¿Entonces es imposible realizar un viaje
al pasado?”. Responde Carl Sagan: “La teoría de la relatividad no excluye
expresamente el viaje al pasado, pero lo disparatado de semejante idea no se
puede rebatir ni siquiera con las más atrevidas teorías. [...] Supongamos que
un viajero por el tiempo encuentra a su propio yo más joven, y lo mata.
¿Estaría entonces muerto el viajero? ¿Cómo habría podido emprender este viaje
si ya estaba muerto antes de comenzarlo?”).
El 29 de enero, El Cronista
Cultural publicó en la tapa “El vivero de García Márquez”, un reportaje de
cinco páginas con el Nobel colombiano, centrado en la “función y necesidad de
la Utopía”, que se convertiría en la base del libro Elogio de la utopía. En la
última página salía un recuadro, “Historia de un periodista”, donde se señalaba
que Nahuel Maciel era colaborador de “Le Monde (Francia), El Día (México) y El
Cronista Cultural”, que había nacido en Neuquén en 1964, y que había traducido
“El Principito, El cerro de los siete colores y Las venas abiertas de América
Latina al mapuche”
El 9 de febrero se publicó
“La leyenda de la llorona y la locura”, un texto de dos páginas en el que
Maciel analizaba una historia clásica de fantasmas, basado en una investigación
que había presentado en “el Tercer Congreso de Antropología y Mitología
Americana -México DF, septiembre de 1990- organizado por el Museo Antropológico
de México”. (Primera hipótesis sobre la leyenda de “la llorona” que aparece en
el texto: “Un pueblo se apropia de una locura individual y la llena de
contenidos sociales, transformándola en una locura étnica. Pero esos contenidos
sociales no son explícitos. A través de la leyenda se canalizan elementos
tecnoecológicos y socioculturales que de llegar a manifestarse per se,
plantearían -creemos- la necesidad de cambios estructurales”).
El 16 de febrero se publicó
“América podría ser una fiesta”, una especie de ensayo de dos páginas sobre la
conquista del continente, firmado por “Eduardo Galeano y Nahuel Maciel”. (Final
de la primera parte: “Nuestra identidad está en la historia, no en la biología,
y la hacen las culturas, no las razas: pero está en la historia viva. El tiempo
presente no repite el pasado, lo contiene”).
El domingo 23 de febrero de
1992, El Cronista Cultural publicó “Paraguay en llamas”, una crónica sobre el
régimen de Andrés Rodríguez y el proceso político de Paraguay, firmada así:
“Nahuel Maciel (Asunción)”.
Eso, sólo en los
primeros dos meses.
Maciel
no tenía treinta años.
***
—Yo sabía como era la
dinámica de un suplemento cultural, sobre todo cuando intenta posicionarse.
Necesita buena mercadería. Y esa situación, a veces, es desesperante: saber que
la única posibilidad que tenés de competir con los suplementos ya asentados o
tradicionales como el de La Nación, e inclusive el de Página/12, es hacer algo
que sea realmente bueno o diferente. Si no, no tenés chance. Creo que por eso
ellos caen un poquito así en los embustes de Nahuel. Porque tenían una gran
necesidad de que existiera esa posibilidad de reportaje maravilloso…
El periodista Oscar Taffetani (58) se detiene para
buscar una expresión precisa. Es un lunes de enero en Buenos Aires. Son las
16:30.
Taffetani conoció a Nahuel
Maciel en 1991, cuando dirigía un semanario de cultura y política llamado Las
palabras y las cosas; un desprendimiento del diario Sur que trataba de
sobrevivir de forma independiente. Le presentaron a Maciel como “alguien que
había sido educador, que había sido criado por los mapuches”: “Lo tomé como un
chico que quería hacer sus primeras armas”, dice. Le propuso hacer una crónica
sobre la proyección de Danza con lobos: una perspectiva mapuche sobre un filme
que hablaba de la relación entre un blanco y los indios pieles rojas.
—Y lo hizo bien -dice Taffetani.
Pero sus
colaboraciones en el semanario fueron escasas. Un día, cerca de fin de año,
Maciel le contó que se había presentado en El Cronista.
—Ellos lo convierten
a él en estrella, sin pensar mucho qué hay en el fondo, qué hay debajo de esto.
Está bien: uno puede comprender, porque nadie está libre de cometer errores,
qué se yo, pero no podés analizar el fenómeno de Nahuel Maciel tomándolo a él
como un bicho raro, sin entender en qué sistema funcionó la mitomanía de
Nahuel. Es un sistema que está ávido por comprar ese tipo de cosas…
***
El 24 de julio de 2004, la revista argentina
Noticias publicó una nota del periodista Emilio Fernández Cicco sobre Nahuel
Maciel titulada “El gran simulador”: “Habla el más exquisito embaucador del
periodismo, tras años de anonimato. La increíble historia del hombre que
inventó hasta un libro con García Márquez”, decía la presentación. Su nota
sobre Maciel era una entrevista telefónica grabada desde Buenos Aires. El
diálogo comenzaba en el segundo párrafo:
“Noticias: Necesitábamos hablar con Nahuel Maciel.
Maciel: Él habla.
Noticias:
Ah, mire, somos de la revista Noticias. Queríamos hacerle una nota contando su
historia.
Se
produce un largo silencio en la línea, la pausa que se toma una mosca antes de
ser aplastada por un zapato. Es lógico que esto ocurra.”
—¿A vos te costó
encontrarme? -pregunta Maciel apenas se sienta en la mesa del bar.
A través de las ventanas se puede ver: la costanera
vacía, el cielo espeso, el río picado.
Es lunes, 8 de agosto de
2011. Es la primera vez que nos vemos. La pregunta es retórica.
—¿Viste? Después sale que estoy escondido. Que
estoy en el anonimato: todas las semanas firmo mis notas con el mismo nombre.
Trabajo en una empresa que cumplió cien años. Cada vez que quise contar que
estoy agradecido (porque ahora ya no, pero había que tener huevos para tomarme
entonces, cuando me tomaron en El Argentino), sale que estoy escondido. Qué sé
yo lo que sale.
—Pero yo no pondría esas cosas.
—Sí, todos dicen lo mismo. Yo te puedo hablar de la mala praxis con nombre y apellido. Yo te puedo hablar de la confianza, porque la perdí en mí mismo. Yo escribía algo y decía: “Pero, ¿esto es mío, o creo que es mío y lo leí?”. Yo tuve que laburar mucho la confianza en mí. Y después tenés que bancarte que cualquier boludo venga a cobrarte una factura, y vos ni lo conocés. ¿Y vos quién sos?
—Pero yo no pondría esas cosas.
—Sí, todos dicen lo mismo. Yo te puedo hablar de la mala praxis con nombre y apellido. Yo te puedo hablar de la confianza, porque la perdí en mí mismo. Yo escribía algo y decía: “Pero, ¿esto es mío, o creo que es mío y lo leí?”. Yo tuve que laburar mucho la confianza en mí. Y después tenés que bancarte que cualquier boludo venga a cobrarte una factura, y vos ni lo conocés. ¿Y vos quién sos?
En enero de 2007, en
pleno conflicto argentino-uruguayo por la instalación de una inmensa fábrica de
celulosa en Fray Bentos, frente a Gualeguaychú -del otro lado del río Uruguay-,
el polemista argentino Eduardo Montes-Bradley estrenó en Punta del Este un
“documental-ensayo” llamado El gran simulador, que fue promocionado en Uruguay
como “No a los papelones”. Montes-Bradley, un cordobés -”porteño por adopción”-
que hace películas, había leído la nota de Cicco en la revista Noticias y
decidió viajar a Gualeguaychú en busca de Maciel: “Subí al auto y, sin muchos
preludios, viajé a esa ciudad. Apenas llegué, encontré al mapuche trucho en la
primera línea de fuego del asambleísmo de esa ciudad. No lo podía creer. El
ahora periodista de El Argentino, uno de los diarios de Gualeguaychú, luchando
contra las papeleras de la orilla vecina…”, dijo en una entrevista que le
hicieron en 2008. Así nació El gran simulador, una película en la que
Montes-Bradley se vale del pasado de Nahuel Maciel para ofrecer su mirada sobre
los ambientalistas de Gualeguaychú y su reclamo contra la instalación de una
papelera en Fray Bentos, causa que contaba con el apoyo explícito de los
periodistas locales, entre ellos Nahuel Maciel.
En
el minuto 12’49″, Nahuel Maciel habla de su pasado: “Si algo, entre comillas,
me justifica estar acá, es porque en el año noventa y dos fui responsable de
una situación disvaliosa para el oficio del periodista como la de haber
realizado plagios y material apócrifo en la prensa”.
En
el minuto 13’38″ Montes-Bradley dice: “Estábamos convencidos de que Nahuel
había instrumentado una brillante operación para desenmascarar la fragilidad
del sistema. Su arrepentimiento fue una desilusión, una de tantas”.
Los
casi sesenta minutos restantes, Montes-Bradley expone sus intentos frustrados
por hacer una película, y va alternando el foco entre Nahuel Maciel y la
protesta ambiental, siempre con el mismo tono. Dice, por ejemplo:
“Definitivamente teníamos una película entre manos, o bien, estábamos en las
manos de un psicópata” (22’11″); “Ese Nahuel, el que alguna vez sedujo con sus
invenciones, resultaba más interesante que el periodista mentiroso. Nahuel, el
indio Nahuel podía liberarnos de Gualeguaychú. Después de todo, él nos había
traído” (43’33″); “Nube roja se hizo humo” (44’45″); “Qué sentido tenía seguir
con una película imposible. El testimonio de Nahuel estaba empañado por la
vergüenza y el arrepentimiento, mientras que la asamblea ambientalista me
recordaba la idea de un pogrom” (54’12″); “Pobre Nahuel: él, que vendía con
relativo éxito espejitos de colores, terminó comprando los que vendían en
Gualeguaychú, a orillas del río”(1:10’27″).
***
—Buscá “prestigio”
-dice Maciel, y me pasa uno de los libros marrones que forman una pila en su
escritorio, al lado de la computadora que usa en El Argentino.
Es una edición vieja, en tomos, del diccionario de
la Real Academia, con tapas semiduras y ribetes descoloridos por el uso, por el
paso del tiempo.
—”Prestigio: del latín preaestigium… Engaño,
ilusión o apariencia con que los prestigiadores emboban y embaucan a la
gente…”. ¿Viste? Cuando te dicen que alguien es “un prestigioso periodista”,
hay que tener cuidado con lo que están diciendo.
Me mira de reojo.
—Y éste no es un
diccionario que escribió Nahuel Maciel, eh.
***
—Las universidades tenían un encantamiento
extraordinario con este personaje -cuenta Orlando Barone (70), un periodista
veterano que trabajó en algunos de los principales medios gráficos del país,
hoy identificado con el oficialismo-. En la de La Plata, por ejemplo, donde
fuimos a presentar los libros, todas las preguntas iban dirigidas a Nahuel.
Había una atracción desde la izquierda porque era mapuche, porque… bueno,
porque el hechizo era fantástico. Y casi sin hablar, porque ni siquiera hablaba
demasiado. Era como ese personaje, el de la película Desde el jardín. Algo
parecido.
Para Barone, Nahuel
Maciel “es un héroe anticipado a la nueva época, pero él no sabía que era un
héroe: él lo hizo como un bandido”.
En
abril de 1992, Barone presentó su novela La locomotora de fuego junto con
Elogio de la utopía, de Nahuel Maciel, en la Feria del Libro de Buenos Aires.
Las dos publicaciones eran las primeras criaturas de Ediciones El Cronista, un
proyecto editorial que formó parte, fugazmente, de la etapa de expansión y
cambios que vivió El Cronista Comercial esos años. El proyecto prácticamente
comenzó y terminó con los libros de Barone y Maciel.
—Cuando él presentó
su libro junto con el mío, yo acepté sin dudar porque, bueno, porque soy
democrático, primero porque todavía no se sabía el desenlace. Él tenía una
carta que le había enviado García Márquez por el libro. Cuando el locutor iba
leyendo en el escenario la carta de García Márquez, me di cuenta, creo que
todos nos dimos cuenta, por lo menos los que conocemos algo de literatura, de
que no podría haberla escrito nunca García Márquez.
El eje central de la Feria del Libro de Buenos
Aires de ese año, la edición número 18, era “El libro en los medios de
comunicación”.
***
Elogio de la utopía surgió como una extensión del
reportaje que El Cronista Cultural había publicado originalmente el 29 de
enero: en pocos meses, “El vivero de García Márquez” se convirtió en un
larguísimo diálogo erudito -y por momentos incomprensible- sobre la utopía, que
ahora ocupaba más de doscientas páginas. Todo el libro, a excepción de los
textos cándidos de Menapace usados como prefacio, el prólogo apócrifo de
Galeano y algunos fragmentos dispersos, está compuesto por intercambios de este
tipo:
“NM: —Con el paso de los siglos, el buen rey Utopos
de la obra de Moro se ha convertido en su contra-imagen -el Big Brother
(Orwell) o el ‘Benefactor’ (Zamiatin). Desconfianza de la autoridad y negación
del providencialismo que se puede rastrear en las Utopías Satíricas de Johnatan
Swift, especialmente en la serie de viajes de ‘Gulliver’ y en el Cándido de
Voltaire, tradición irónica que se remonta a Aristófanes.
“GGM:
—En efecto, en las comedias de Aristófanes se anuncian las que serán
características de la anti-Utopía satírica de los siglos ulteriores. En la
Asamblea de Mujeres, a la pregunta formulada de ‘¿quién cultivará la tierra?’
en la sociedad igualitaria que se propugna revolucionariamente, Proxógoras
contesta, en forma ingenua pero significativa: ‘Los esclavos’. Todo régimen
utópico tiene, en definitiva, sus esclavos…”
(Fragmento del subtítulo “La ironía como arma”,
perteneciente al segundo capítulo de la primera parte de Elogio de la utopía,
página 68).
***
El supuesto vínculo con el Nobel colombiano, que ya
había dado como frutos una entrevista exclusiva, un libro y una carta personal
leída en la Feria del Libro, incluyó también la publicación exclusiva de “un
relato totalmente inédito” de García Márquez que fue anunciado en la portada de
El Cronista el domingo 3 de mayo de 1992. El relato se llamaba Cuentos de una
noche sin luna, y era presentado como “una suerte de regalo de García Márquez
con motivo de la presentación de Elogio de la utopía”.
Un fragmento:
“—Es tan grande mi prestigio aquí, amigos míos
-decía- que cualquiera de nosotros puede cometer el más cobarde de los crímenes
sin temor a ser castigado por él. Os juro que podéis dirigiros a un hombre y
castrarlo, pues si sabe que sois un esclavo de Eufrínides os agradecerá el
haberle hecho el honor de haberos apoderado de su más querida pertenencia en
nombre mío”.
***
—Lo mío fue un error,
pero fue involuntario. ¿Cuál fue el error? No separar el agua entre la fantasía
y la realidad. Yo tuve mil oportunidades de zafar en el noventa y dos. Podría
haber dicho: “Quería demostrar la debilidad del sistema”. Y quedaba como un
capo: “Con esto demostré la mediocridad, primero, del mercado cultural
argentino, y segundo la debilidad del sistema, que cualquier cosa se publica”.
Era una buena defensa, pero era mentiroso. Yo me lo plantee, cuando estalla el
quilombo: “Bueno, zafo con esto. Me harán papilla nacional, pero termino siendo
un héroe: el caso va a la universidad y se estudia”. Y después me dije: “En
realidad yo sé que no es así, y después no voy a poder zafar conmigo mismo”.
“Error involuntario”, dice
Maciel, es una expresión redundante.
***
Tres años después de
la presentación de Elogio de la utopía, en diciembre de 1995, Eduardo Galeano
publicó una nota en el semanario uruguayo Brecha -llamada “Resignación”-, en la
que narraba el hallazgo del prólogo que supuestamente había escrito para el
libro de Maciel: se había topado con Elogio de la utopía por casualidad, en una
biblioteca de Estados Unidos. Galeano, que no escribe prólogos, advertía al
comienzo de éste: “Es tarea y es propio de los maestros prologar las obras de
sus discípulos, pero no seguiremos esta añeja y acertada tradición. Tal vez
porque Nahuel Maciel lleva el orgullo de su generación, o quizá por una fecunda
amistad que nos une [...], pero lo cierto es que no considero a este joven
periodista como un discípulo, puesto que casi siempre es él quien me enseña”.
En
Argentina, poco tiempo después de la presentación en la feria, los libros
fueron recuperados y se quitaron de circulación cuando el cura Mamerto Menapace
envió a los editores las pruebas del plagio.
En
junio de 1996, seis meses después de la publicación de la nota de Galeano,
Mario Diament publicaba en Noticias aquella primera versión del paso de Maciel
por la redacción de El Cronista. Allí, en su texto -llamado “Inventando a
Gabo”-, decía lo siguiente sobre el libro que había derivado en la ruptura
definitiva del idilio con Maciel: “No pude asistir a la presentación, pero
pregunté al día siguiente cómo había salido todo, y si Galeano había estado
presente, y todo el mundo me aseguró que sí”.
Los
finales de las relaciones también tienen un mito de origen. Para Diament, por
ejemplo, la relación con Maciel comenzó a derrumbarse con un muerto: Shmuel
Yosef Agnón, escritor israelí que recibió el Nobel de Literatura en 1966,
fallecido en 1970. Una tarde de 1992, cuando Maciel ya se había convertido en
colaborador permanente de El Cronista, cuenta Diament, Nahuel se le acercó en
la redacción para preguntarle si le interesaba “una nota con el Premio Nobel israelí
I. S. Agnón”:
“‘¿Él quiere
hacerla?’, le pregunté.
‘Bueno, se puede intentar’,
me respondió, masticando su bigote como solía hacerlo.
‘Tengo
buenos contactos’.
‘Tienen que ser muy buenos
-le dije-, porque resulta que Agnón está muerto’.
Se quedó cortado un
momento, y luego murmuró: ‘No lo sabía’”.
Después
de ese episodio, Maciel todavía publicó en El Cronista Cultural una entrevista
a Juan Carlos Onetti -que era conocido por su aversión a las entrevistas- y un
reportaje exclusivo sobre Umberto Eco que salió en el suplemento del 28 de
junio de 1992, antes que se impusiera “una veda a la publicación de sus notas”.
***
Fragmento de una
entrevista al cacique mapuche Kafulkeo, publicada el 9 de octubre de 1988 por
el diario Página/12, firmada por Nahuel Maciel: “Yo no tengo miedo al tiempo,
ni al pasado, por eso puedo conocer la historia. La historia es uno con otro.
La historia es importante porque habla del uno, de lo bueno y lo malo de uno. Y
así uno va arreglando el fondo de los errores y ya no se vuelve a equivocar en
el mismo lugar o con la misma cosa”.
***
—A Paraná cayó a
principios de 1993. Nosotros hacíamos el semanario, pero ya estábamos con el
proyecto del diario. Cayó con las cosas que había publicado en El Cronista.
Vino a preguntar qué podía hacer. Y yo lo puse a capacitar gente -dice Daniel
Enz, director del semanario Análisis de Paraná y ex director de Hora Cero, el
primer diario donde Maciel empezó a trabajar cuando se fue de Buenos Aires-.
Justo me faltaba alguien que me ayudara a preparar gente para la redacción del
Hora Cero. ¿Entendés? Entonces lo puse a hacer una especie de taller intensivo
para varios, que fue lo que hizo durante tres o cuatro meses. Y lo hizo bien.
Al loco le gusta enseñar. Además, Nahuel es bueno en eso: tiene mucha parla.
—Me presentan un tipo
morocho, de barba, flaquísimo, muy locuaz pero a la vez muy tímido, de gestos
muy suaves, de palabras muy suaves y cuidadosas, muy caballero. Muy seductor:
no sólo con las mujeres sino con todo el mundo, inclusive con los niños. Y de
veras que tenía una impronta muy diferente a todos nosotros. Pero todo esto lo
puedo ver ahora, lo puedo leer ahora, después del paso del tiempo -dice Marcela
Canalis, y en realidad logra que su descripción tenga el destello de un trance,
que es como recuerda esos años: con la consistencia de una atmósfera cálida, un
poco alucinada, que no se diluye a pesar de los ruidos de la esquina más
transitada de Paraná un lunes a mediodía.
En 1993, Marcela
Canalis regresó a vivir al litoral argentino después de pasar ocho años en
Buenos Aires, y Enz la convenció para que se sumara al proyecto de Hora Cero,
donde terminó al frente de las producciones especiales. Canalis tenía
experiencia en gestión cultural y en televisión, pero nunca había hecho
gráfica. Esos primeros días le pidieron que ayudara a organizar los talleres
que iba a dar Nahuel Maciel, un periodista recién llegado de Buenos Aires, que
venía con credenciales de Le Monde.
—Él mantenía una
distancia con nosotros. Era un profesor, y realmente lo era. Asumió ese rol
entonces, como luego asumió un montón de otros roles. En ese momento, cuando
estaba en la cresta de la ola, él era el personaje que vos querías que él
fuera.
***
—Las invenciones de Nahuel, en realidad, son un
pasaporte que él consigue para entrar al mundo del periodismo, un medio donde
él era un extraño, donde de otra manera era difícil que hubiera hecho carrera
-dice Oscar Taffetani-. Bah, difícil: porque tendría que haber hecho un poco
como hacen todos. Ser un cronista común o un movilero, o esto, o lo otro, e ir
acercándose, hasta que después terminás editando. Él hizo una especie de
trámite exprés llevado por toda esa capacidad que tenía para forjarse un yo
ideal, o una especie de figura inexistente pero que se la vendió a todo el mundo.
Por eso él lo ve como un momento en el que estaba fuera de sí, como algo que no
controlaba, que era más fuerte que él.
***
Para mayo de 1994,
cuando comenzó a salir a la calle Hora Cero, el rango de Maciel en la
estructura de la redacción había entrado en transición.
—Lo puse al frente de
un suplemento de la zona de La Paz (interior de Entre Ríos). Él coordinaba todo
eso y hacía una contratapa. Ahí encontramos que su contratapa tenía similitudes
con algunas notas de Soriano. Entonces yo empiezo a averiguar: ahí me entero
-dice Enz.
Un llamado a un colega en Francia confirmó que
Maciel no trabajaba para Le Monde, y tendió una soga de pólvora hasta Buenos
Aires, donde estaba anudada a una bomba con su pasado reciente. Enz se asesoró,
confrontó a Maciel con las pruebas, le ofreció ayuda profesional, y lo puso a
producir en segundo plano, para que pudiera seguir escribiendo.
—Él había caído en desgracia y yo necesitaba gente
que escribiera -recuerda Canalis-. No podía escribir un suplemento por día los
siete días de la semana: ni me interesaba ni era mi rol. Entonces me dieron a
Nahuel. Hacíamos un suplemento que se llamaba Chau chau cocina, y a lo mejor,
ponele, paralelamente, nos tocaba hacer uno sobre Evita. O sobre Perón. Y él
escribía, desde textos sobre los funerales de Evita hasta unas notas
espectaculares sobre vinos. Vos pensá que no se podía googlear. No era que él
entraba a una computadora y se ponía a cortar y pegar. Él se sentaba en una
máquina, te hacía la nota y te la traía, escrita magistralmente.
—Cuando
llegaron detalles de la situación de él, hubo gente que hizo causa común. Gente
que decía: “Nos estafó a todos”. Y yo decía: “¿Pero desde qué lado…?” Yo vi un
veneno terrible -recuerda Alfredo Ibarrola una mañana de septiembre de 2011, tres
meses antes de ser nombrado secretario de Cultura de Paraná.
Ahora, en la vieja estación de trenes donde
funciona su oficina, Ibarrola regresa a esa época, hace diecisiete años, en la
que lidiaba con su separación, con la muerte de su padre, y con la distribución
del diario Hora Cero. Durante algunos meses, Ibarrola alojó a Maciel en una
casita que había alquilado en calle Misiones, en Paraná. Ambos compartieron,
simultáneamente, el hogar y la intemperie: los dos asistían entonces al
derrumbe de lo que habían sido sus vidas hasta hace muy poco. Ibarrola
disfrutaba de estar con Maciel, dice, de su humor ácido y de su conversación, y
no hacía demasiadas preguntas.
—Yo estaba tratando de no caer en la depresión, mis
hijos me daban mucha mano y Nahuel fue uno de los tipos que estuvo ahí. Después
en un momento tomó su rumbo. Cuando termina el Hora Cero, él se va a Concepción
del Uruguay. Ahí conoce a su actual mujer, tuvo un hijo, tuvo una hijita.
Después se va a Gualeguaychú. Cuando retomé el contacto, ya estaba en
Gualeguaychú hace varios años. Lo vi estabilizado en una persona, ya fuera del
personaje. Lo que pasa es que yo también veía que había cosas que lo perseguían
y que lo van a seguir persiguiendo de por vida.
—Nahuel
nos marcó a todos, porque interactuó con todos -dice Marcela Canalis-. Los
varones grandes, por ejemplo, lo tenían allá, a la distancia… Esto es una
apreciación mía, pero creo que les puso un espejo a todos. El espejo de la
propia invención que uno hace de uno mismo, ¿no? Porque los roles en la
redacción se dan en la medida del personaje. Si vos escribís de economía, tenés
que funcionar como alguien que escribe de economía. Y si sos el que sabe de
política, tenés que funcionar y mostrar aquello que los demás quieren ver.
Entonces, vos tenés un loco que viene diciendo que trabajaba en Le Monde, y
después termina escribiendo de cocina, para ellos era el ser más deleznable de
todos. A los machos alfa de la redacción, sobre todo, les provocaba un pánico,
un terror.
Canalis tantea su atado de cigarrillos de arriba de
la mesa. Saca uno. Lo enciende. Exhala. Alrededor hay menos ruido. En Paraná,
la agitación de mediodía cede lugar a la siesta.
—Me parece que lo que pasó fue eso: que fue un
espejo para todos. Y los que estábamos más o menos bien de la cabeza, o peor,
pudimos no asustarnos con ese espejo…
***
—No sé que dice él al
respecto -dice Hopenhayn del otro lado de la línea, casi al final del diálogo,
y lo dice casi como si hablara consigo misma-.¿Es un fallido inconsciente, es
una estrategia para encontrar laburo? Evidentemente, a él, algo le gustan las
letras, ¿o no? Eso se notaba. Entonces, ese entusiasmo también te contagia, lo
compartís; o sea: sentís una empatía porque tenés un objeto común.
“Hay cosas que son tan
lindas, que uno daría la vida por haber escrito eso”, me dice Nahuel Maciel
otro lunes, frente al mismo río: Gualeguaychú.
Es la segunda vez que
nos vemos. Maciel no ha cambiado su opinión respecto de la entrevista. No le
interesa hablar del pasado. “No es una película -dice-, yo al principio pensé
que era una película, pero esto no tiene final feliz”.
Le
digo que su presente parece contradecirlo. Que se le ve entero. Que parece
feliz.
—Claro, yo soy muy
feliz. ¿Para qué tener una charla, entonces?, ¿para qué pelearme con un sentimiento,
si después sale publicada cualquier cosa? Yo tengo una actitud que es
reparadora: hacer lo que tengo que hacer, de la mejor manera posible, sabiendo
que no tengo margen para el más puto error. Vos podés escribir una crónica y
olvidarte de una cita, y no pasa nada. Yo no puedo. ¿Entendés?
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