Mujica, el
presidente imposible
Por Josefina Licitra. Publicado
en la revista Orsai, en mayo de 2011.
Acá.
José
Mujica, presidente de la República Oriental del Uruguay, vive acá.
En
la entrada del rancho hay una cuerda donde cuelgan las ropas de un niño
–pobre-; una casucha de ladrillo gris a medio hacer –pobre-; un desmadre de
plantas –juncos, pastos crecidos, yuyos-; una hectárea de tierra recién
surcada; y perros, muchos perros. Chuchos que circulan con el paso lerdo de los
animales viejos y que cada tanto buscan esquinas de sombra allá en el fondo,
pasando unos arbustos, en la casa de José Mujica.
Allá.
José Mujica, presidente de la República Oriental del Uruguay, descansa allá: en
cuatro ambientes de paredes desconchadas donde hay una cocina, un sillón rojo,
una perra de tres patas –la mascota de Mujica es tullida- y una estufa a leña.
Desde ese bajofondo austero, casi marcial, este hombre emergió infinitas veces
–primero como legislador nacional, luego como candidato presidencial- a recibir
a la prensa.
Y
“recibir”, en el planeta de Mujica, es un verbo imperfecto.
Mujica
ha recibido periodistas recién bajado del tractor, sin la dentadura puesta, con
el pantalón arremangado hasta las rodillas y con una gota de sudor colgando de
la nariz.
Mujica
ha recibido periodistas con un afectuoso cachetazo y con esta frase:
—Cortala con el bla
bla y andá a laburar, que es lo que necesita el país.
Mujica ha recibido periodistas en días preelectorales,
con alpargatas pero sin dientes –bueno, ha dado conferencias de prensa enteras
sin dientes-, jugando con su perra manca y haciéndose cortar el pelo por un
desconocido que había ido a pedirle trabajo.
Mujica ha recibido
periodistas la mañana misma de los comicios presidenciales y los ha recibido en
pijama, con la barba crecida y con las encías rumiando esta única frase:
—A pesar del ruido, el mundo hoy no va a cambiar.
Era, ese entonces, la
mañana del 29 de noviembre de 2009. Y aunque el mundo no cambió, ese día el
Uruguay torció su propio rumbo: con el 52% de los votos –ganados a Luis Alberto
Lacalle en un ballotage-, Mujica se convirtió en el presidente más impensado
del Uruguay y probablemente de la tierra. No sólo por su austeridad llevada
hasta el paroxismo sino por su pasado, que no es otra cosa que el origen de
todo lo demás.
Mujica
militó en el Movimiento de Liberación Nacional–Tupamaros (MLN-T, una guerrilla
que nació y se fortaleció al calor de la revolución cubana); estuvo dos veces
preso en una cárcel que hoy –maravillas de la globalización- es un shopping;
huyó de ese penal en uno de los escapes más espectaculares que tiene la
historia carcelaria universal; vio demasiados amigos morir y esperó demasiadas
veces la muerte propia; estuvo diez años aislado en un pozo –durante la
dictadura militar de 1973-, donde sobrevivió a la posibilidad de la locura; y
llegada la democracia festejó esa sobrevida del único modo posible: arando y
militando. Esta vez, desde un marco legal.
En
1995, Mujica devino el primer tupamaro en ocupar un puesto como diputado
nacional. Luego fue senador. Después fue ministro. Y a fines de 2009 se
transformó en el primer “ex guerrillero” en llegar a la presidencia del Uruguay
y en completarle el sentido a una lucha ideológica por la que se inmoló buena
parte de América Latina.
—El Pepe llegó,
primero, porque sobrevivió –dirá días después José López Mercao, compañero de
Mujica en la cárcel de Punta Carretas–. Segundo, porque el movimiento armado
salió muy honrado frente a la población: siempre estuvo esa idea de que los
tupamaros eran buena gente. Y por último, porque Pepe siempre fue un tipo muy
humano, muy enamorado, muy zorro y muy austero.
Hoy, Mujica se traslada en un Chevrolet Corsa más
bien viejo. No usa corbata. No tiene celular. No tiene tarjeta de crédito.
Prohíbe a los empleados de gobierno usar Facebook o Twitter o cualquier cosa
parecida. Tiene una esposa –la senadora Lucía Topolansky- tan asceta como él. Y
no vive en la residencia presidencial sino en esta chacra de huesos flacos en
Rincón del Cerro: un páramo rural -a veinte minutos de Montevideo- donde el
campo es más un esfuerzo que un vergel.
Mujica pasa aquí sus días
desde mediados de la década de 1980, cuando salió del pozo carcelario con la
certeza de que –todo junto- volvería a la política y se compraría una granja.
Lo acompañan Lucía Topolansky –también tupamara, y tercera en la cadena de
mando de Uruguay-; Manuela –su perra de tres patas-; dos familias que, por no
tener lugar mejor donde caerse muertas, fueron a hablar con Mujica y recibieron
a cambio un pedazo de tierra dentro de esta misma estancia (por eso la
construcción gris a medio hacer; por eso las ropas de niño colgando de una
cuerda); y dos hombres uniformados que ahora se interponen en la entrada y
dicen, amablemente, lo que vinieron a decir:
—Pida una entrevista en la torre presidencial.
Desde que asumió su
cargo, Mujica –famoso hasta entonces por su disponibilidad mediática- dio sólo
tres entrevistas y todas fueron a un único medio. La razón: sus jefes de prensa
saben que Mujica habla del mismo modo en que vive -sin cortesías y con la casa
en construcción- y, ahora que es un mandatario, quieren cuidarlo. Para eso
ponen infinitos filtros y para eso, entre otras cosas, está esta guardia: dos
tipos de pecho hundido, acompañados por un perro labrador que se tira panza
arriba y recibe mis caricias.
—Esta es la casa del
presidente –dice uno de ellos.
—Además el presidente no está –dice el otro.
—Ah –digo yo.
—Además el presidente no está –dice el otro.
—Ah –digo yo.
Nos miramos en silencio.
Atrás de estos dos hombres se
ve la ropa gastada pendiendo de una soga, la casa a medio hacer, los juguetes
de niño entre los pastizales. Pero lo que no se ve es lo otro: el inmenso
cúmulo de duda que se yergue sobre este escenario de insólita simpleza.
Porque José Mujica vive acá,
eso está claro.
La pregunta es cómo eso es
posible. La pregunta es por qué.
***
—Yo no quería que Pepe fuera presidente.
Julio Marenales es
uno de los líderes históricos del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros
(MLN-T) y es visto por Mujica como “un hermano”. Militaron juntos, juntos
cayeron en el penal de Punta Carretas, juntos también se fugaron, y juntos
–aunque separados en distintos establecimientos- padecieron diez años de
encierro en los pozos cuartelarios. La distancia entre Marenales y Mujica llegó
recién en este último tiempo: Mujica fue avanzando en el terreno político,
mientras que Marenales –si bien respalda a Mujica- se quedó en la organización.
Hoy representa el ala radical y se ha transformado en una suerte de guardián de
la pureza ideológica del Movimiento.
—El Pepe no puede
hacer una presidencia con las ideas que tenía como tupamaro. Ha tenido que
adaptarse. Se amoldó al pensamiento general del Frente Amplio, que es una
fuerza donde hay trabajadores pero también empresarios, y a los empresarios les
gusta el sistema capitalista. Por tanto las ideas que sustentó el compañero
Mujica años atrás las tiene, supongo, en el congelador. Es decir: el Pepe no va
a hacer la revolución. Lo que no quita que este sea, por lejos, el mejor
gobierno que tuvo este país.
Marenales sonríe: tampoco tiene demasiados dientes.
Algo pasa con los tupamaros y sus dientes. Quizás sea el paso del tiempo, pero
tampoco: el tiempo se ha vuelto una forma cortés de explicar las cosas. A
Marenales, en cualquier caso, siempre le dijeron El Viejo. Ahora tiene ochenta
y un años pero arrastra ese apodo desde que tenía treinta y tantos. En ese
entonces, junto a Raúl Sendic (máximo líder de la organización, ya muerto y hoy
mítico) fundó el Movimiento que luego albergó a Mujica y a buena parte de la
cúpula que hoy gobierna el Uruguay.
Una historia muy breve
–puerilmente breve- del MLN-T sería, más o menos, así: los tupamaros surgieron
públicamente en el año 1966, en apoyo a una revuelta de cañeros de azúcar –los
asalariados más pobres del Uruguay- y en un contexto de presión social fuerte:
el fin de la posguerra europea había traído aparejado una mayor producción
industrial en el Primer Mundo, y eso significaba que América Latina había
empezado a llenarse de productos importados y a ver la debacle de su industria
nacional. Hacia 1968, Uruguay dejó de ser “la Suiza de América” y se metió de
lleno en el fango latinoamericano: empezó a tener despidos, problemas
gremiales, militarización de los espacios de trabajo y un endurecimento del
Estado que hacía flamear el fantasma de un golpe militar.
En ese contexto surgió el
MLN-T: una organización armada que –alentada por el triunfo de Fidel Castro en
Cuba- creía que la revolución era un destino posible y cercano, y que en
cuestión de meses logró crear su propia mística. Cada vez más gente simpatizaba
con el MLN-T. Esto se debe a que los tupamaros no tenían el gatillo fácil y a
que empezaron a emprender maniobras delictivas que muchas veces favorecían a
las clases bajas. Además de los procedimientos estándar (robo de armas, de
bancos, vaciamiento de financieras, secuestro de algún embajador, etcétera)
cada tanto detenían un camión de mercadería y la repartían entre los
asentamientos de la zona.
Esa propaganda hizo que la
organización creciera de un modo exponencial. Hacia 1971, el Movimiento –que
había nacido con 200 miembros- llegó a tener 5000 integrantes activos, con un
radio de influencia de 30 mil personas, y eso lo transformó en el fenómeno de
más rápida acumulación de fuerzas en la historia de cualquier asociación
política.
Fue ese crecimiento –y lo
dicen ellos mismos- lo que los arruinó. A más gente, empezó a haber también más
errores. Para el momento en que llegó la dictadura militar –que en Uruguay
sucedió entre 1973 y 1985, con el golpe de estado de Juan María Bordaberry- el
Movimiento estaba débil, con demasiadas muertes a cuestas –propias y ajenas- y
con muchos miembros en la cárcel. La cúpula militar aprovechó esa flaqueza y le
asestó el mayor golpe a la organización: identificó a los nueve cabecillas del
MLN-T y los confinó durante diez años en calabozos subterráneos ubicados ya no
en cárceles, sino en cuarteles. A esos hombres se los llamó “los nueve
rehenes”; eran el recurso que tenían los estrategas de la dictadura para
asegurarse de que el MLN-T no siguiera accionando: cualquier movimiento en
falso y les mataban un líder.
Los nueve rehenes fueron
Mauricio Rosencof (escritor, actual director de la división de Cultura de la Intendencia
Municipal de Montevideo), Eleuterio Fernández Huidobro (hoy senador), Raúl
Sendic (muerto en París en 1989), Henry Engler (experto en neurociencias),
Adolfo Wassen (muerto de un cáncer de columna meses antes de que pudiera salir
en libertad), Jorge Zabalza (hoy distanciado del Movimiento), Jorge Manera
(también distanciado), Julio Marenales y José Mujica.
De todos ellos, se dice que
Henry Engler y José Mujica fueron quienes salieron más perturbados. Engler, hoy
establecido en Suecia, fue candidato al Nóbel de Medicina y protagonizó un
documental –El Círculo- que cuenta su proceso de locura en el encierro. Y
Mujica, bueno, él dice que llegó a hablar con ranas y hormigas.
Marenales tiene una explicación para esto:
Marenales tiene una explicación para esto:
—Si pasás doce años en un espacio de un metro
cuadrado, las experiencias son tan limitadas que tenés que hacer un gran
esfuerzo por distinguir si las cosas las pensaste, las viviste o las soñaste.
Todo el movimiento se hace con la mente y eso es peligroso. Todo, en un punto,
puede volverse ficción.
Marenales jadea
cuando habla: es apenas una aspiración de más, el comienzo de una asfixia que
luego se apaga. Sus manos son grandes –ha sido carpintero- pero el resto de su
cuerpo se ve pequeño, delgado, incluso joven. Los años de confinamiento deben
significar algo en el aspecto de este hombre: hay un tiempo muerto en el rostro
de Marenales; un velo invulnerable.
La
última vez que lo detuvieron –en 1972- Marenales arrojó sobre su captor una
granada que no explotó. En respuesta recibió catorce tiros de metralla.
—Sobreviví de milagro
–dice.
Todos, agrega, han sobrevivido de milagro.
A unos metros de distancia,
un ventilador echa aire sobre una bandera de los tupamaros. La casa huele a
papeles viejos. Todo acá parece más viejo que sus años. Este lugar existe desde
1986, cuando terminó la dictadura. Y ya en 1989 se decidió que el MLN-T
seguiría funcionando y mantendría este local, pero se integraría al sistema
político con otro nombre, el Movimiento de Participación Popular (MPP), al que
Mujica pertenece. El MPP, a su vez, pasó a integrar el Frente Amplio: la
coalición de partidos de izquierda que desde hace dos períodos –primero con
Tabaré Vázquez y ahora con Mujica- gobierna el Uruguay.
En un rincón de la sala
principal hay un cesto de basura forrado con un afiche de Mujica. Se lo ve
peinado, limpio: presidenciable.
—Al Pepe lo bañaron para esa foto –bromeará después
Eleuterio Fernández Huidobro.
—Al Pepe lo pusimos nosotros –dice ahora Marenales-. Siempre trabajamos como colectivo. Más allá de las características personales de cada compañero, nosotros no creemos que la historia avance sobre la base de hombres brillantes.
—¿Pero por qué eligieron a Mujica y no a otro?
Marenales se acomoda la montura de los lentes –dorados- sobre los huesos –finos-, se reclina hacia delante, habla:
—Porque el Pepe tenía una ventaja. A nosotros en el Frente Amplio no nos querían mucho. Decían que éramos unos palurdos. Pero Pepe tenía tres apoyos: el de nuestras espaldas, porque en el Movimiento lo hemos sostenido como hemos podido. El de su propia historia, porque Pepe viene de trabajar la tierra y nunca sintió la bota del patrón arriba, siempre trabajó más o menos por cuenta propia. Y el de los de abajo. Fueron ellos los que lo llevaron a la presidencia. Por eso el Pepe tiene un gran compromiso con la gente humilde. Y tenemos que ayudarlo a que lo cumpla. Porque no lo está cumpliendo.
—Al Pepe lo pusimos nosotros –dice ahora Marenales-. Siempre trabajamos como colectivo. Más allá de las características personales de cada compañero, nosotros no creemos que la historia avance sobre la base de hombres brillantes.
—¿Pero por qué eligieron a Mujica y no a otro?
Marenales se acomoda la montura de los lentes –dorados- sobre los huesos –finos-, se reclina hacia delante, habla:
—Porque el Pepe tenía una ventaja. A nosotros en el Frente Amplio no nos querían mucho. Decían que éramos unos palurdos. Pero Pepe tenía tres apoyos: el de nuestras espaldas, porque en el Movimiento lo hemos sostenido como hemos podido. El de su propia historia, porque Pepe viene de trabajar la tierra y nunca sintió la bota del patrón arriba, siempre trabajó más o menos por cuenta propia. Y el de los de abajo. Fueron ellos los que lo llevaron a la presidencia. Por eso el Pepe tiene un gran compromiso con la gente humilde. Y tenemos que ayudarlo a que lo cumpla. Porque no lo está cumpliendo.
Marenales no ha
querido ocupar cargos en el gobierno. Hay quienes dicen que esta negativa
responde a que está clínicamente loco -un oportuno sinónimo de “inadaptado”-
pero quizás exista otra forma de verlo: para que haya un Mujica dirigiendo el
país, debe haber un Marenales diciéndole al oído: no olvides.
—No olvides lo que
alguna vez fuimos. No olvides el objetivo. Eso le digo. Lo que pasa es que lo
veo cada vez menos.
En las casi inexistentes fotos de esa época, hay
una imagen que lo tiene a Marenales de perfil. Es el año 1968, lo están
llevando preso a Punta Carretas, y lo que se ve es un hombre de nariz recta,
pelo renegrido, ceño fruncido y rostro hermético. El hombre sólido que
Marenales fue y sigue siendo.
Un hombre planeando, en ese
mismo instante, su fuga.
***
“Shopping Punta Carretas”: eso se lee en la
entrada. El nombre está tallado sobre el ingreso al centro comercial, en un
frontis de principios de siglo XX, en el mismo lugar donde antes decía “Cárcel
de Punta Carretas”. Antes todo esto era gris, pero ahora tiene el color que la
imaginación neoliberal reserva para estos casos: beige. Todas estas mierdas
siempre son beige.
A la izquierda del
ingreso hay un Mc Café, a la derecha un restaurante que dice Johnny Walker, y
al fondo está el shopping, que es igual a todos los shopping de la tierra:
pisos relucientes, bolsas con moño y el vapor de una música que no llega a ser
fea: es fría.
Cuesta
imaginar en qué parte de este lugar habrá estado Mujica; en qué parte estos
tipos habrán tramado su fuga. ¿En el local de Lacoste? ¿En el de medias
Sylvana? Ahora hay un techo de vidrio y se puede ver el cielo, ¿pero antes?
¿Qué tamaño tenía el cielo de antes? En la sede del MLN-T, a espaldas de Julio
Marenales, había una maqueta de la cárcel: se veía –en corte transversal- un
penal de casi cuatrocientas celdas divididas en dos planchadas de cuatro pisos
cada una, separadas por un patio central.
Allí
–aquí-, en 1970, llegó Mujica con el cuerpo cosido a balazos, luego de haber
pasado tres meses en el Hospital Militar. El derrotero había empezado tiempo
atrás en el bar La Vía, el lugar al que había acudido Mujica –junto a otros
tupamaros- para planificar el robo a una familia millonaria de apellido
Mailhos. Esa noche un policía reconoció a Mujica acodado en la barra y llamó
para pedir refuerzos. Cuando llegaron, Mujica ayudó a escapar a sus compañeros
pero no pudo zafar. Un policía lo encañonó; estaba nervioso.
—Ojo, que se te puede
escapar un tiro –le dijo Mujica.
Y el tiro se escapó.
Mujica llegó al Hospital
Militar con seis balas en el cuerpo. Pero vivo. Y tres meses después fue
enviado a Punta Carretas: un lugar que -en comparación con lo que vendría
después- se parecía bastante a una escuela de adolescentes pupilos.
Allí -¿aquí? ¿se puede seguir
diciendo “aquí”?- los militantes formaban nuevos compañeros (delincuentes
comunes que terminaron sumándose al Movimiento) y entrenaban su costado estoico
para hacer la revolución: sus celdas estaban limpias, sus cuerpos eran
atléticos, y sus cabezas, en fin, a esta altura se entiende cómo trabajaban las
cabezas de estos tipos.
—Yo daba cursos de táctica y enseñaba a hacer explosivos
–contó Marenales en la sede del MLN-T-. El nivel de exactitud de los dibujos
era muy alto. Si en una parte había que hacer un tornillo y el compañero
dibujaba un redondel, entonces yo le decía: esto no es un tornillo. Es un
clavo. El tornillo tiene una ranura para el destornillador. A ese nivel de
detalle. Había que ser prolijos. Con los explosivos te equivocás y es la única
vez que te equivocás.
Cada vez más presos
comunes empezaron a ver en los tupamaros un grupo admirable, y algunos ladrones
sumaron su conocimiento a la causa: enseñaron, por caso, a hacer un boquete en
la pared en apenas un minuto, trabajando ya no sobre los ladrillos sino sobre
la mezcla que los une. Gracias a eso, todos los muros del penal –e incluso
algunos techos- tenían su agujero y todas las celdas estaban secretamente
conectadas entre sí. Esa ingeniería permitió la histórica huída del 6 de
septiembre de 1971.
—Queríamos armar un
plan de fuga que no sólo significara volver a la libertad, sino que fuera un
duro golpe para el gobierno –dijo Marenales-. Queríamos abochornarlos.
El 13 de agosto de 1971, a las siete de la mañana,
tras el primer control de presos en las celdas, los internos empezaron a cavar
debajo de una cama. Metían la tierra en bolsas confeccionadas previamente con
las sábanas del penal, y esas bolsas iban debajo de la cucheta. Cuando esa
superficie se llenaba, se abría el boquete que conectaba las celdas y se pasaba
las nuevas bolsas a la cama del cuarto de al lado. Así, en absoluto silencio,
dos pisos del penal se saturaron de escombros. La requisa de pisos sucedía cada
23 días, y es por eso que los tupamaros tenían poco más de tres semanas para
hacer 40 metros de túnel.
José López Mercao, celda
contigua a la de Mujica, luego recordará esta anécdota:
—Una vez el Pepe agarra y dice: “¡Rápido! Tapen
todo que el penado de arriba que es terrible ortiva está golpeando y dice que
hay ruido acá abajo, ¡tapen que se nos cae todo!!!”. Nos pusimos locos. Metimos
escombros, encajamos yeso, lo pintamos arriba, le pusimos secante y después nos
quedamos esperando; nunca en mi vida hice algo tan rápido. Y cuando terminamos
ese viejo hijo de puta nos dijo: “No, era pa’ver qué tiempo llevaba tapar todo
nomás”.
Luego de trabajar más
de quinientas horas sin parar –y de atrasarse un día-, en la noche del 6 de
septiembre de 1971, 111 hombres (106 guerrilleros y 5 presos comunes) se dieron
a la fuga en un operativo que ellos mismos denominaron “el abuso”.
—El abuso –dirá López
Mercao- porque lo que hicimos fue un abuso.
Los uruguayos tienen ese humor.
***
—El abuso se le ocurrió a Mujica. Había varios
planes de fuga, pero la más famosa nació en una idea de Pepe. Él tuvo la idea
de perforar todas las paredes. Y luego esa idea era como la invención de la
rueda: abría varios planes de fuga; servía para muchas cosas más.
Eleuterio Fernández
Huidobro es, aparte de senador nacional, el otro tupamaro al que Mujica
denomina “hermano”.
—Pepe siempre fue
pragmático. Estaban los teóricos, que para hacer una cosa la complican, y
estaba Pepe, que venía de trabajar la tierra. Como dice el aforismo, el Pepe
piensa como Aristóteles pero habla como Juan Pueblo.
Huidobro está acodado sobre una mesa de bar. Su
forma de mirar –esquiva- sumada a la gordura y el cansancio de su rostro
–flojo- hacen pensar que este hombre alguna vez estuvo más entero. Hay años que
duran para siempre: tal vez sea eso.
Hay años que no terminan
nunca.
Al igual que Mujica, Huidobro
estuvo en Punta Carretas, salió con “el abuso”, pasó por la Cárcel de Libertad
(insólitamente ubicada en un pueblo llamado Libertad) y terminó en los
cuarteles: sótanos con celdas de 1,80 x 0,60 donde los nueve rehenes debieron
pasar diez años de su vida. Esa última etapa fue brutalmente distinta de las
anteriores: los rehenes eran separados en grupos de tres –cada terna iba a un
cuartel distinto-; los presos estaban completamente aislados entre sí;
prácticamente no percibían comida ni bebida; no los dejaban ir al baño; y menos
aún recibían cartas o visitas.
Huidobro compartió cuartel
con Mauricio Rosencof y Mujica. Apenas podían comunicarse, pero a lo largo de
los años lograron ponerse de acuerdo en un punto: no había que enloquecer.
Rosencof empezó a escribir
mentalmente: eran poemas de versos cortos, a veces de una única palabra, para
que fueran más fáciles de memorizar.
Yo
no
estoy
loco,
digo.
¿Por qué
me miras?
Yo
no
estoy
loco,
digo.
Ronda
el cuervo,
dice.
Miro
su nido.
no
estoy
loco,
digo.
¿Por qué
me miras?
Yo
no
estoy
loco,
digo.
Ronda
el cuervo,
dice.
Miro
su nido.
Cosas así escribía Rosencof,
quien consiguió entablar largos diálogos con su calzado y al salir del penal
publicó su bello, inolvidable libro de poemas Conversaciones con la alpargata.
Huidobro, por su parte, pasó años enteros imaginando que corría por la playa y
meaba en cualquier lado. Y Mujica se hizo amigo de nueve ranas y comprobó que
las hormigas, si se las oye de cerca, se comunican a gritos.
En Mujica, la completa biografía escrita por Miguel Ángel Campodónico, Mujica sintetiza de este modo su paso por los cuarteles:
En Mujica, la completa biografía escrita por Miguel Ángel Campodónico, Mujica sintetiza de este modo su paso por los cuarteles:
—Yo no soy afecto a hablar de la tortura y de lo
mal que lo pasé. Incluso, me da un poco de bronca porque he visto que a veces
ha habido una especie de carrera medida con un torturómetro. Gente que se
complace en repetir “ah, qué mal la pasé”. Y lo que yo digo es que la pasé mal
por falta de velocidad, por eso me agarraron. En definitiva, la vida biológica
está llena de trampas tan inconmensurables, tan trágicas, tan dolorosas, que lo
que me pasó a mí fue una pavada.
Y lo dice: una
pavada.
A
partir del tercer año de encierro, los nueve rehenes empezaron a recibir
material de lectura. No había permiso para ciencias sociales o novelas, pero
daba igual: todas las palabras a esa altura eran ficción. Mujica se dedicó a
las matemáticas y a la revista Chacra.
—Después, el Pepe me
ponía al tanto de sus lecturas y me hablaba de la Pampa húmeda –dice Huidobro.
Pero cuando dice “hablar” en realidad se refiere a otra cosa: con el paso del
tiempo, Rosencof, Huidobro y Mujica idearon un sistema de diálogo mediante
golpes en la pared. De acuerdo con este modelo, las letras del abecedario
estaban divididas en grupos de cinco. El primer golpe identificaba el grupo, y
el segundo golpe daba el orden de la letra dentro de ese grupo.
—Cuando le tomábamos la mano, hablábamos hasta por los codos. De eso no te olvidás más. Es como un segundo lenguaje que te queda para siempre.
—¿De qué hablaban con Mujica?
—Él generalmente me hablaba de agro, de cómo mejorar la productividad del campo. Igual, cuando tenés mucha hambre, hambre por años, no hay comunicación que no empiece o termine en comida.
—Cuando le tomábamos la mano, hablábamos hasta por los codos. De eso no te olvidás más. Es como un segundo lenguaje que te queda para siempre.
—¿De qué hablaban con Mujica?
—Él generalmente me hablaba de agro, de cómo mejorar la productividad del campo. Igual, cuando tenés mucha hambre, hambre por años, no hay comunicación que no empiece o termine en comida.
Con Pepe hablábamos de boñatos, chanchos, vacas,
pero en realidad estábamos hablando de chuletas.
Por falta de bebida y
alimento, Mujica se enfermó gravemente de la vejiga y los riñones. No queda
claro qué tenía, pero sí se sabe que necesitaba ir seguido al baño, que no lo
dejaban salir de su celda y que hoy tiene un solo riñón. Para curarse debía
tomar dos litros de agua por día. Pero en las buenas rachas los militares
apenas le daban una taza. Con esa taza Mujica terminó haciendo lo único
posible: recicló sus propias existencias. Bebió su pis. Todos allí bebieron su
pis.
Años después, cuando en los
cuarteles advirtieron que la situación de Mujica era clínicamente grave, los
carceleros empezaron a hidratarlo con una cuchara de té y permitieron que su
madre, Lucy Cordano, le llevara una pelela.
Era una pelela rosa.
Desde ese momento, Mujica
llevó su pelela bajo el brazo cada vez que lo cambiaron de cuartel –eso sucedía
cada seis meses-, y también lo hizo en 1983, cuando las presiones de organismos
internacionales lograron que los nueve rehenes fueran trasladados al Penal de
Libertad.
—Cuando después de diez años nos devolvieron a
Libertad, asunto por el cual peleábamos, para nosotros fue un paraíso –dice
Huidobro-. Nosotros éramos felices, a los más altos niveles de felicidad que tú
te puedas imaginar, porque teníamos medio paquete de cigarros y un lugar donde
ir a mear.
En Libertad había
media hora de recreo por día, los reos discutían de política y hasta se jugaban
partidos de fútbol. Pero Mujica no mejoraba. Nada lo sacaba de su propio
encierro. Finalmente lo vio un médico y se tomó la decisión: Mujica trabajaría
en el cantero floral del penal.
Algo
volvió a Mujica, cuando Mujica volvió a la tierra.
—He dicho por ahí que
soy casi panteísta –dijo en la biografía de Miguel Ángel Campodónico-. Y cuando
digo que hablo con las plantas, por supuesto que no estoy diciendo que
realmente hable con ellas, sino que trato de interpretarlas. Hay una multitud
de lenguajes, de señales, que naturalmente a partir del momento que los conozco
me despiertan admiración. Son todas formas organizadas por la naturaleza para
mantener la lucha por la vida. Un terrón debe ser un laboratorio entero, tan
complicado que el hombre no está ni en condiciones de remedarlo. Se puede ser
religioso por analfabeto. Pero también se puede tener una actitud religiosa
cuando se empieza a saber y se comprende que no se sabe nada.
El 14 de marzo de 1985, cuando cayó la dictadura y
Luis María Sanguineti asumió la presidencia de Uruguay, los nueve rehenes
fueron amnistiados y puestos en libertad.
Mujica salió del penal con la
pelela en la mano, florecida de caléndulas.
***
Un hombre llega en moto Vespa al Parlamento. Tiene
el pelo alborotado por el viento, un pantalón de jean, campera negra, bigote.
Deja la moto estacionada en la entrada.
—¿Cuánto piensa quedarse? –le dice el guardia.
—Si no me rajan antes, cinco años –contesta el hombre.
—Si no me rajan antes, cinco años –contesta el hombre.
Esto –dice una
leyenda que nadie niega con mucho énfasis- habría sucedido el primer día en que
José Mujica, primer tupamaro diputado, llegó al Parlamento. Era 1995 y en esa
misma jornada –transmitida por cadena nacional- tomaba juramento como
presidente por segunda vez Julio María Sanguinetti, por lo que el prescinto
estaba lleno de embajadores, mandatarios invitados, jerarquías de la iglesia y
solemnidades varias.
Pero
Mujica entró así: pelos revueltos, jeans, ninguna corbata.
—Yo pensé: van a
creer que es una maniobra publicitaria –dijo Huidobro en el bar, días atrás-.
Ellos no saben, como yo sé, que la campera es nueva. Que el vaquero es nuevo.
Que se peinó. Y que nunca más volverá a estar tan arreglado. Como le decía
Sancho al Quijote: cada quien es como dios lo hizo, y aún peor muchas veces.
Aún peor.
La llegada de Mujica al Congreso significó un
cambio para la política uruguaya. Primero, porque se modificaron los usos y
costumbres de la cámara –por ejemplo, llegó el mate a las sesiones
legislativas-, y en segundo lugar porque esa formalidad arrastraba una
modificación de fondo: Mujica usó su banca para recorrer el país e incorporar a
sus discursos lo que ya tenía, desde chico, incorporado a su vida: la presencia
de los sectores rurales.
Mujica -hijo de una
floricultora y de un padre ganadero que se fundió y se murió pronto- dio su
primera disertación en el Palacio Legislativo sobre el tema del pasto.
Y del pasto pasó a la vaca
que se comía al pasto.
Y de la vaca pasó al país
ganadero.
—Los que creían que el Pepe era un problema de
comunicación pasajero, un producto efímero, erraron –dijo Huidobro-. Pepe fue
uno de los mejores diputados de esa legislatura, un brillante orador. Él le ha
dado voz a todo el interior uruguayo y ha tenido una especie de noviazgo
entrañable con el público.
La llegada a
Diputados fue sólo el comienzo. Cinco años después, Mujica fue electo senador.
Y en 2004 su figura resultó clave para que la izquierda, comandada por el
moderado Tabaré Vázquez, llegara por primera vez al poder. Mujica participó del
gobierno de Vázquez como ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, y emergió
airoso de ese cargo. Tanto que en el 2009 ganó por paliza las internas del
Frente Amplio para ser candidato presidencial, y encaró las elecciones
nacionales con propuestas impensables para cualquier candidato del siglo XXI.
Mujica
propuso discutir la propiedad privada de las grandes extensiones de tierra,
levantar el secreto bancario, “importar” campesinos de Perú, Bolivia, Paraguay
y Ecuador para que trabajen las zonas rurales “porque los montevideanos pobres
acá no lo hacen” y resolver el tema de la drogadicción “agarrando a los adictos
del forro del culo y metiéndolos p’adentro de una chacra”.
Propuso,
en fin, tomar el toro por las astas. Lo que traía dudas operativas -¿cómo se
haría?- y dilemas coyunturales. Conforme Mujica empezó a hablar, se entendió
que el mayor contrincante no estaba en otro partido, ni siquiera en otro
cuerpo: el mayor peligro de Mujica era, en parte, su mayor capital político: su
desusada franqueza. La honestidad de Mujica llegó a su punto cúlmine en octubre
-a días del ballotage que definiría la presidencia a favor suyo o del liberal
Luis Alberto Lacalle- cuando salió a la venta el libro Pepe Coloquios: una
extensa entrevista donde Mujica –sólo por dar un puñado de ejemplos- dice que
la Argentina “no es un país de cuarta, no es una república bananera”, pero
tiene “reacciones de histérico, de loco, de paranoico”; que “en Argentina tenés
que ir a hablar con los delincuentes peronistas, que son los reyes”; que “los
porteños tienen la manía de venir a bañarse acá y les gusta, porque es un
paisito parecido al de ellos, pero más suave, más decente”; y que “los
radicales son tipos muy buenos, pero son unos nabos”.
Es
decir: Mujica no dijo nada que nadie piense. Pero el mundo de la política
impone sus cortesías y así fue que Mujica relativizó la mayor parte de sus
dichos, salió a pedir disculpas de inmediato, bajó drásticamente sus encuentros
con la prensa –una medida que aún se mantiene- y logró ganar el ballotage con
un 52,53% de los votos.
—Este mundo es puro
maquillaje: que esto no se puede decir, aquello tampoco… ¡La libertad está
hipotecada! Una de las ventajas que tiene ser viejo es decir lo que uno piensa.
Pero eso parece armar un revuelo de la puta madre que lo parió.
Eso dijo Mujica días antes de la primera vuelta
electoral, en una entrevista con la revista mexicana Gatopardo, cuando ya se
estaba hablando del desastre del Pepe Coloquios.
Serán, entonces, las ventajas
de ser viejo.
El próximo 20 de mayo, Mujica
cumplirá 76 años.
***
—Cómo le va, Rosencof, estoy en Montevideo. ¿Se
acuerda que habíamos quedado en vernos?
—Nena…
—…
—Vos sabés que estoy en el hospital. Se me desacomodó el marcapasos, no sé qué lío de cables hicieron estos tipos…
—…
—…
—¿Está internado entonces?
—Sí, nena, esto… estamos en la era de la ortopedia. Me estoy desintegrando.
—Nena…
—…
—Vos sabés que estoy en el hospital. Se me desacomodó el marcapasos, no sé qué lío de cables hicieron estos tipos…
—…
—…
—¿Está internado entonces?
—Sí, nena, esto… estamos en la era de la ortopedia. Me estoy desintegrando.
***
Renguea. Caminando
por el pasillo del Palacio Legislativo, Lucía Topolansky, sesenta y seis años,
la senadora más votada del Parlamento, tercera en la línea de sucesión a la
Presidencia, tupamara, compañera –ella no dice “esposa”, no dice “mujer”, dice
“compañera”- de José Mujica, avanza con un moderado desacomodo en la cadera. El
Parlamento está desierto; es febrero. Los pasos resuenan de otro modo.
—Entrá –dice
Topolansky. La sigo. Su despacho es pequeño: nueve metros cuadrados donde hay
algunas carpetas, una ventana, un escritorio. Sobre la mesa de trabajo hay
papeles, una caja con té de uña de gato y una pequeña tortuga de madera verde
que mueve la cabeza como diciendo “sí”. Topolansky –cabello corto, blanco,
discreto- acaricia suavemente la tortuga.
—Decime –dice. Y le digo. Le
hablo de la revista. De nuestras buenas intenciones. Topolansky escucha con una
sonrisa que viene acompañada de algo más: de una amable escenificación de la
distancia. Todo el mundo dice que esta mujer es dura. En tiempos de
militancia clandestina la apodaban “la tronca” por lo macizo de su cuerpo, y
probablemente no sólo del cuerpo.
Entre los años 1970 y
1985, Topolansky estuvo presa casi todo el tiempo. Cree que ese encierro fue
necesario.
—El pueblo apreció
mucho que los dirigentes del MLN no se exilaran, se quedaran en Uruguay jugando
la suerte de su pueblo. Toda nuestra dirigencia estuvo presa y eso a la gente
le cayó bien. Esos hechos generaron prestigio. Puede parecer muy sujetivo, pero
son esas razones del alma que quedan grabadas en la gente.
Topolansky es hija de una familia de clase media
acomodada del barrio Pocitos y estudió en el Sacre Coeur, una escuela de monjas
que se hizo conocida –entre otras cosas- por su insigne caligrafía conocida
como “letra Sacre Coeur”. De ahí que no quede claro por qué dice “sujetivo”. Ni
por qué más adelante dirá “produto” o “adatarse”. Hay quienes dicen que podría
tratarse de una pose, pero esa hipótesis anula –o deja en un segundo plano- la
posibilidad de la culpa.
Lo cierto es que Topolansky
-pantalón color crema, camisa de gasa blanca- dice “sujetivo” y después, a
diferencia de cualquier sindicalista argentino, se aguanta vivir del modo en el
que habla. Y eso sucede desde hace mucho.
Y eso, quizás, deba ser
suficiente.
Topolansky se alistó en el
MLN-T a los veinte años, y desde el comienzo dio muestras de un carácter. Era
1969 y en ese entonces trabajaba en Monty: una financiera que, descubrió
Topolansky, llevaba la contabilidad en negro de prácticamente todo el gabinete
de ministros y de los capitostes de la oligarquía uruguaya. Cuando supo la
verdad, Topolansky se preguntó qué grado de complicidad tenía con eso y qué
debía hacer: si irse o denunciarlos.
Tomó las dos opciones. Se
enroló en el MLN-T con su información privilegiada y junto con el Movimiento
logró que todas las fotocopias de los libros contables terminaran en la puerta
de la casa de un juez y desataran un escándalo político que se llevó puesto a
un ministro de Hacienda. Además, claro, se fue de su trabajo.
—Cuando sos una gurisa pensás las cosas con otra
cabeza. De repente, a la edad que tengo ahora le hubiera puesto más reflexión
al asunto. Pero pertenezco a la generación sobre la que impactó la revolución
cubana y las cosas hay que verlas en ese contexto. Estábamos convencidos de que
podíamos hacer la revolución. Convencidos. Y cuando tú estás motivado,
obviamente el riesgo se ve de otra manera.
En esos tiempos, en
alguna de las tantas reuniones clandestinas, Topolansky -dicen que era hermosa-
conoció a José Mujica. Estuvieron juntos unos meses, pero luego ambos
terminaron en la cárcel: ella en Punta Rieles (desde donde se fugó, aunque
luego volvió a caer presa) y él en Libertad y luego en los cuarteles. Más allá
de alguna carta en los primeros tiempos, el resto del noviazgo estuvo marcado
por un largo, interminable silencio.
También
a eso sobrevivieron.
Cuando
habla de su compañera –en el libro de Campodónico- Mujica lo hace de esta
forma:
—Como los dos andábamos solos terminamos juntándonos. En la formación de nuestra pareja hubo un factor de necesidad, fue una especie de mutuo refugio. Nos reencontrmaos en una época bastante particular, bien diferente a la que habíamos dejado atrás. Creo que alguna vez se lo dije en una carta: cuando uno se aproxima a los 50 años piensa que una compañera debe ser una buena cocinera. El amor tiene entonces mucho de amistad, de cosas que faciliten la convivencia. Y creo que todo eso es lo que nos ha mantenido juntos, encajamos fenómeno.
—Como los dos andábamos solos terminamos juntándonos. En la formación de nuestra pareja hubo un factor de necesidad, fue una especie de mutuo refugio. Nos reencontrmaos en una época bastante particular, bien diferente a la que habíamos dejado atrás. Creo que alguna vez se lo dije en una carta: cuando uno se aproxima a los 50 años piensa que una compañera debe ser una buena cocinera. El amor tiene entonces mucho de amistad, de cosas que faciliten la convivencia. Y creo que todo eso es lo que nos ha mantenido juntos, encajamos fenómeno.
Una
necesidad, un refugio: el amor para ellos era esto.
—En aquellos años en
que andábamos las corridas todo era “ya” –dice Topolansky-. Era muy difícil el
después. Todo era hoy, ya, porque mañana no sé si voy a estar, y toda relación
humana quedaba atravesada por esa urgencia.
—¿Pero no había flechazo?
—¿Pero no había flechazo?
Algo se ablanda –se aclara- en el rostro de
Topolansky.
—Por supuesto que existe la afinidad, el amor, el
flechazo, la química o ponele el nombre que quieras.
—O sea que podía existir, entre militantes, un pensamiento como “qué lindos ojos tiene”.
—Claro. Eso es lo único que te sostiene. Te aferrás a esas cosas. La relación con Pepe pasó por tres etapas: la de los ojos lindos, luego una larga etapa de separación donde el recuerdo de eso te sirve como un oxígeno, y después una etapa que es ésta, en la que logramos reencontrarnos y reconstruir todo.
—O sea que podía existir, entre militantes, un pensamiento como “qué lindos ojos tiene”.
—Claro. Eso es lo único que te sostiene. Te aferrás a esas cosas. La relación con Pepe pasó por tres etapas: la de los ojos lindos, luego una larga etapa de separación donde el recuerdo de eso te sirve como un oxígeno, y después una etapa que es ésta, en la que logramos reencontrarnos y reconstruir todo.
En el año 2005,
Topolansky y Mujica se casaron en la cocina de su chacra. Los testigos fueron
los vecinos –unos que viven en el mismo terreno, y otros que tienen un quincho
en la esquina- y el evento duró poco más de una hora. Esa misma noche, el 8 de
octubre, Pepe fue a un acto del MPP y mostró la libreta.
—Sí. Un día a Pepe se
le ocurrió casarse y nos casamos.
—¿Pero te gustó la idea?
—Ehh… psé… en realidad en concreto no me varió en nada, ¿no? Yo siempre fui medio anarquista desde chica, veía cómo mis tías y mis primas se complicaban la vida para casarse, así que siempre tomé opciones de andar media libre. Sin ninguna atadura. Y bueno, yo no tuve ataduras de ningún tipo.
Silencio.
—No sé qué habría pasado si hubiera tenido un hijo en esa época. Pero no tuvimos.
—¿Pero te gustó la idea?
—Ehh… psé… en realidad en concreto no me varió en nada, ¿no? Yo siempre fui medio anarquista desde chica, veía cómo mis tías y mis primas se complicaban la vida para casarse, así que siempre tomé opciones de andar media libre. Sin ninguna atadura. Y bueno, yo no tuve ataduras de ningún tipo.
Silencio.
—No sé qué habría pasado si hubiera tenido un hijo en esa época. Pero no tuvimos.
Ni en esa época ni en ninguna otra.
Mujica y Topolansky no han
tenido hijos.
Les duele.
***
Este es el quincho de la esquina. Acá celebró José
Mujica cuando ganó las elecciones. Acá reunió a su gabinete de ministros. Acá
trajo al venezolano Hugo Chávez cuando quiso agasajarlo, en el año 2007. Y acá,
en tiempos preelectorales, montó su despacho. El lugar se llama “El quincho de
Varela”, queda a cien metros de la chacra de Mujica y consiste en una
construcción rectangular, con techo de paja y paredes de ladrillo, ubicada
frente a un campo recién arado.
El lugar pertenece a Sergio
El Gordo Varela, también apodado “el mugriento”: un comerciante mayorista de
alimentos que no da declaraciones a la prensa y que durante la campaña se
encargó de comunicarse con distintas empresas del Centro de Almaceneros para
pedirles fondos que financiaran el acto de cambio de mando.
El interior del quincho de
Varela luce así: hay un piso de layota desgastado, un techo del que cuelgan dos
banderas –una del Frente Amplio, otra del Uruguay-; varias imágenes del Che,
Neruda, Allende y Chávez, mesas hechas con tablones donde alguien pintó “Pepe
presidente”, un puñado de perros astrosos, y juguetes de niño tirados por el
suelo.
Una mujer gruesa y de ropas
desteñidas se acerca, espanta los perros, se limpia el sudor de la frente y
dice:
—Bueno, esto se arregla un poquito más cuando
vienen ellos.
***
Los funcionarios del
gobierno que pertenecen al Movimiento de Participación Popular (MPP) tienen
tope salarial. Lo máximo que pueden ganar son 37 mil pesos (1900 dólares), y
eso significa que la mayoría –entre ellos Huidobro, Mujica, Topolansky y el
ministro Eduardo Bonomi- cobra en mano apenas el 35 por ciento de su sueldo.
Los excedentes van al Fondo Raul Sendic (donde se otorgan microcréditos a
proyectos –en su mayoría cooperativos-, sin tasas de interés, sin papeles
firmados y sin la exigencia de pertenecer al Movimiento) y a un Fondo Solidario
con el que se auxilia a los militantes del MPP que estén pasando por una
urgencia económica.
En
su despacho, Eduardo Bonomi, ministro del Interior, considerado la mano derecha
de Mujica en el gobierno, explica el tope salarial de esta manera:
—Es muy fácil dar lo
que te sobra. La cuestión es dar lo que no te sobra.
—¿Pero nunca te da ganas de comprarte un plasma?
—¿Pero nunca te da ganas de comprarte un plasma?
Bonomi se masajea el labio inferior.
—Eh… Yo vivo en una cooperativa de viviendas. A
esta altura terminamos de pagar la cuota entonces sólo pagamos los gastos
comunes. Tenemos un auto del 94… A ver: la austeridad de Pepe es única, pero
que Pepe haya llegado no es casual.
—¿Nada cambió en Mujica?
—Operativamente Pepe tiene más responsabilidad. Pero es la misma persona. Sigue levantándose y haciéndose el mate y escuchando los pajaritos. Pero casi todos somos así. Yo me levanto a las 6, escucho las noticias…
—¿Pero no hay ninguna pose por parte de Mujica?
—No, es así. Es así. Él es así. Qué pose. La vida del Pepe es muy sencilla y pasa por la tierra. Cuando uno sale de licencia y se va al monte o a la playa, Pepe se va a trabajar la tierra. Y los domingos, mientras todos descansamos, él madruga para trabajar la tierra. Si no hace eso, no descansa. La tierra es el lugar donde Pepe ordena sus ideas. Cada cual es como es.
—¿Nada cambió en Mujica?
—Operativamente Pepe tiene más responsabilidad. Pero es la misma persona. Sigue levantándose y haciéndose el mate y escuchando los pajaritos. Pero casi todos somos así. Yo me levanto a las 6, escucho las noticias…
—¿Pero no hay ninguna pose por parte de Mujica?
—No, es así. Es así. Él es así. Qué pose. La vida del Pepe es muy sencilla y pasa por la tierra. Cuando uno sale de licencia y se va al monte o a la playa, Pepe se va a trabajar la tierra. Y los domingos, mientras todos descansamos, él madruga para trabajar la tierra. Si no hace eso, no descansa. La tierra es el lugar donde Pepe ordena sus ideas. Cada cual es como es.
Otra vez se toca: su
labio inferior es –se ve- mullido.
—El problema es que
Pepe tiene una cultura mucho más alta y grande de lo que representa su forma de
hablar.
El despacho de Bonomi es ministerial pero austero:
hay maderas lustrosas, muebles fuertes, sillones y cortinas de pana. Si cruzara
la puerta de su oficina, Bonomi saldría a la galería del ministerio y vería un
edificio igualmente fuerte y medido: apenas cuatro pisos balconeando sobre un
patio central, y en el medio un obelisco con la inscripción “Homenaje a los
caídos”. Dispuestas sobre el monumento, distintas placas de bronce recuerdan el
nombre de los agentes policiales muertos en servicio.
Alguien tiene que haberse
reído de todo esto.
Bonomi fue acusado hace
veinte años de matar a un policía. El 27 de enero de 1972, el Inspector Rodolfo
Leoncino, jefe de seguridad del penal de Punta Carretas, esperaba el colectivo
cuando recibió un fogonazo de disparos. La orden, dicen las acusaciones, la
habrían ejecutado cuatro tupamaros, entre ellos Bonomi. Pero la habrían dado,
desde la cárcel, tres militantes entre los que estaba José Mujica.
—Cuando salí en libertad, amnistiado, fui a parar
con unos jueces y lo primero que me preguntaron fue si tal día a tal hora había
hecho tal cosa, y respondí: “Me siento políticamente responsable de todos los
hechos realizados por el MLN”. “Pero no le estamos preguntando eso, sino si tal
día a tal hora…” “Bueno: yo le estoy respondiendo que me siento políticamente
responsable de todos los hechos realizados por el MLN”. Cinco veces preguntaron
y dije lo mismo.
El labio. Vuelve a
tocarse el labio.
—Y cada vez que me
preguntan respondo: me siento políticamente responsable de todos los hechos
realizados por el MLN.
Bonomi –saco azul, pantalón gris, corbata- tiene lentes, una barba espesa y una voz profunda: todos estos tipos tienen la voz honda, encallada en algo que debe ser el pasado y su aspereza.
—Cuando durante la campaña de Mujica se rumoreaba que, de ganar, yo sería Ministro del Interior, por acá circulaban mails acusándome de esto y de cosas nuevas también. Así que cuando asumí, en la Escuela de Policía, me tocó hablar y dije que yo sabía que habían circulado mails y que no me quería hacer el bobo y que entendía que los votos que había tenido el Frente Amplio no eran un apoyo a eso que se acusaba sino mirando el futuro con un modelo de Nación con participación de los trabajadores, los productores y los intelectuales. Y les cayó bárbaro.
Bonomi –saco azul, pantalón gris, corbata- tiene lentes, una barba espesa y una voz profunda: todos estos tipos tienen la voz honda, encallada en algo que debe ser el pasado y su aspereza.
—Cuando durante la campaña de Mujica se rumoreaba que, de ganar, yo sería Ministro del Interior, por acá circulaban mails acusándome de esto y de cosas nuevas también. Así que cuando asumí, en la Escuela de Policía, me tocó hablar y dije que yo sabía que habían circulado mails y que no me quería hacer el bobo y que entendía que los votos que había tenido el Frente Amplio no eran un apoyo a eso que se acusaba sino mirando el futuro con un modelo de Nación con participación de los trabajadores, los productores y los intelectuales. Y les cayó bárbaro.
Bonomi vuelve a masajearse el labio.
Treinta años atrás, un tiro
le partió la mandíbula y hoy no puede abrirla demasiado.
***
Costumbres de la época: cuando José López Mercao se
resistió a un arresto, los militares le metieron cinco tiros y lo remataron en
el suelo con un sexto balazo que le atravesó la boca. Lo creyeron muerto pero
no murió: los médicos navales lo encontraron y lo llevaron al Hospital Militar.
Allí recibió cuatro litros de sangre y se enteró de la presencia de Mujica: el
cuadro político del que sólo conocía el nombre.
Era mayo de 1970.
—Me acuerdo que un día vino un médico con el
uniforme militar puesto y me dijo: “Qué huevos que tiene Mujica, se afirmaba en
la camilla y decía ‘no me dejen morir, yo soy un combatiente’. Le dimos trece
litros de sangre, que huevos tiene”.
López Mercao recuerda
y sonríe: tiene un rostro macizo, oliváceo, y una sonrisa por la que asoman dos
dientes levemente recortados en su vértice interno: López Mercao sonríe –cuando
sonríe- como un niño. A su lado está Isabel Fernández, su compañera, y por la
casa rondan sus dos hijas. Todos viven en un departamento muy austero de El
Cilindro, un barrio de clase trabajadora de Montevideo. En las paredes hay
reproducciones de Modigliani y Van Gogh. En los rincones hay grandes ceniceros
que acunan los cigarros fumados. En el living hay muebles de caña y una
computadora culona. En los aparadores hay fotos recientes tomadas con una
sencilla cámara de rollo: hasta las fotos nuevas parecen viejas.
López
Mercao, quien alguna vez se pensó que sería el jefe de prensa de Mujica –finalmente
no fue- hace el relato de toda la historia que se cuenta en estas páginas:
habla de Punta Carretas, del abuso, del Penal de Libertad, de la incertidumbre
de los nueve rehenes, de la llegada al poder como un baño de sentido. Y lo
cuenta con un hablar grave y pausado: el Negro –le dicen “el Negro”- tiene la
voz endurecida por el humo.
—¿Y vos has soñado
con todo esto? ¿Te han llegado estos recuerdos en sueños?
—No –dice-. Yo no sueño.
—No –dice-. Yo no sueño.
Afuera está oscuro y llueve; suenan los grillos.
Una de las hijas se acerca y busca música en la computadora del living.
—Bueno –dice Isabel-, cada vez que él da alguna
nota o se reúne con compañeros en un asado y recuerdan cosas, yo después lo
noto distinto. Con los años la cosa se fue apaciguando pero yo noto que te quedás
mal, Negro. Yo noto que te quedás como triste. Noto que soñás.
La hija –Evelina-
pone un tema de la banda uruguaya Cuarteto de Nos. El tema se llama “El día que
Artigas se emborrachó”, hace alusión al primer libertador uruguayo -mítico
héroe nacional que murió exiliado en Paraguay- y termina con esta estrofa: “Se
emborrachó, porque la guerra perdió / y se emborrachó, porque alguien lo
traicionó / se emborrachó, y la patria se lo agradeció / ¡Whisky para los
vencidos!”
En
términos generales la letra es graciosa y encima aquí hay cerveza, así que
todos reímos. Pero el Negro, a través de sus lentes de montura fina, con el
codo en la rodilla, cavila.
—La historia uruguaya
es rarísima, los héroes históricos son todos derrotados con honor –dice-. Para
la historia ser un triunfador no trae réditos. Miralos a Artigas, Aparicio
Saravia, Leandro Gómez, Battle Ordóñez. En general, vos vencés acá y cagaste.
Pero te transformás en ídolo. Miralo al Pepe sinó. Poné la otra que me gusta a
mí.
Evelina obedece y pone otra. Afuera la lluvia sigue
y en algún momento el Negro se levanta, tira una colilla por la ventana y se va
a buscar el auto para llevarme al hotel.
—Yo te quiero contar algo, porque él nunca lo
cuenta –murmura Isabel cuando su marido se va. Y luego dice esto: que al Negro
le llegó una indemnización por veinte mil dólares. A los muy heridos parece que
les llega, y el Negro y su mandíbula tienen puntaje suficiente para entrar en
ese club. Pensando en el futuro –en sus hijas, en las operaciones maxilares- el
hombre mandó los datos. Y desde que los envió empezó a dormir mal.
Una noche, Isabel
encontró a su marido diciendo “no puedo”.
—No puede aceptar ese
dinero. Me dijo: si lo aceptara, si buscara una compensación, sería como
arrepentirme. Y yo le dije Negro, es tu cuerpo, son tus huesos, la mandíbula
rota es tuya. Yo no puedo meterme en eso. No aceptes la plata si no querés
aceptar la plata. Y ahí se habrá sentido liberado, porque se puso a llorar.
Isabel tiene cuarenta y seis años, ojos celestes,
cabello rubio: si cada edad iluminara con una luz propia, podría decirse que a
esta mujer la alumbra una luz de veinte años. En eso pienso –en la nobleza de
su rostro- cuando el Negro toca el timbre para avisar que está en la entrada,
esperando en el auto.
El regreso al hotel es en
silencio.
La avenida 18 de julio, el
asfalto mojado, el ritmo menguante de las calles céntricas: la ciudad parece
una película muda; sólo se oyen los neumáticos.
—Bueno –el Negro detiene el coche-. Lo último que
puedo decir es que fueron los años más lindos de la vida nuestra. No
especulamos con nada. Lo dimos todo. Y ahora vivimos en un ejercicio de
interpelación periódica con aquel gurís que fuimos a los veinte años. Yo no
quiero hacer a los sesenta cosas que me hubieran avergonzado a los veinte.
Quiero irme de la vida sin amputar partes de mí. Quizás a los otros
compañeros le pase lo mismo.
Eso es lo último que
dice el Negro antes de despedirse con un ademán seco –apenas una palmada- y de
dejar abierta una pregunta: si esta historia debía ser sobre José Mujica, o
sobre la maravilla colectiva que permitió que exista, con sencillez absoluta,
José Mujica. Este texto es, de algún modo, una larga respuesta.
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