miércoles, 26 de septiembre de 2012


Mujica, el presidente imposible


Por Josefina Licitra. Publicado en la revista Orsai, en mayo de 2011.

Acá.
José Mujica, presidente de la República Oriental del Uruguay, vive acá.
En la entrada del rancho hay una cuerda donde cuelgan las ropas de un niño –pobre-; una casucha de ladrillo gris a medio hacer –pobre-; un desmadre de plantas –juncos, pastos crecidos, yuyos-; una hectárea de tierra recién surcada; y perros, muchos perros. Chuchos que circulan con el paso lerdo de los animales viejos y que cada tanto buscan esquinas de sombra allá en el fondo, pasando unos arbustos, en la casa de José Mujica.
Allá. José Mujica, presidente de la República Oriental del Uruguay, descansa allá: en cuatro ambientes de paredes desconchadas donde hay una cocina, un sillón rojo, una perra de tres patas –la mascota de Mujica es tullida- y una estufa a leña. Desde ese bajofondo austero, casi marcial, este hombre emergió infinitas veces –primero como legislador nacional, luego como candidato presidencial- a recibir a la prensa.
Y “recibir”, en el planeta de Mujica, es un verbo imperfecto.
Mujica ha recibido periodistas recién bajado del tractor, sin la dentadura puesta, con el pantalón arremangado hasta las rodillas y con una gota de sudor colgando de la nariz.
Mujica ha recibido periodistas con un afectuoso cachetazo y con esta frase:
—Cortala con el bla bla y andá a laburar, que es lo que necesita el país.
Mujica ha recibido periodistas en días preelectorales, con alpargatas pero sin dientes –bueno, ha dado conferencias de prensa enteras sin dientes-, jugando con su perra manca y haciéndose cortar el pelo por un desconocido que había ido a pedirle trabajo.
Mujica ha recibido periodistas la mañana misma de los comicios presidenciales y los ha recibido en pijama, con la barba crecida y con las encías rumiando esta única frase:
—A pesar del ruido, el mundo hoy no va a cambiar.
Era, ese entonces, la mañana del 29 de noviembre de 2009. Y aunque el mundo no cambió, ese día el Uruguay torció su propio rumbo: con el 52% de los votos –ganados a Luis Alberto Lacalle en un ballotage-, Mujica se convirtió en el presidente más impensado del Uruguay y probablemente de la tierra. No sólo por su austeridad llevada hasta el paroxismo sino por su pasado, que no es otra cosa que el origen de todo lo demás.
Mujica militó en el Movimiento de Liberación Nacional–Tupamaros (MLN-T, una guerrilla que nació y se fortaleció al calor de la revolución cubana); estuvo dos veces preso en una cárcel que hoy –maravillas de la globalización- es un shopping; huyó de ese penal en uno de los escapes más espectaculares que tiene la historia carcelaria universal; vio demasiados amigos morir y esperó demasiadas veces la muerte propia; estuvo diez años aislado en un pozo –durante la dictadura militar de 1973-, donde sobrevivió a la posibilidad de la locura; y llegada la democracia festejó esa sobrevida del único modo posible: arando y militando. Esta vez, desde un marco legal.
En 1995, Mujica devino el primer tupamaro en ocupar un puesto como diputado nacional. Luego fue senador. Después fue ministro. Y a fines de 2009 se transformó en el primer “ex guerrillero” en llegar a la presidencia del Uruguay y en completarle el sentido a una lucha ideológica por la que se inmoló buena parte de América Latina.
—El Pepe llegó, primero, porque sobrevivió –dirá días después José López Mercao, compañero de Mujica en la cárcel de Punta Carretas–. Segundo, porque el movimiento armado salió muy honrado frente a la población: siempre estuvo esa idea de que los tupamaros eran buena gente. Y por último, porque Pepe siempre fue un tipo muy humano, muy enamorado, muy zorro y muy austero.
Hoy, Mujica se traslada en un Chevrolet Corsa más bien viejo. No usa corbata. No tiene celular. No tiene tarjeta de crédito. Prohíbe a los empleados de gobierno usar Facebook o Twitter o cualquier cosa parecida. Tiene una esposa –la senadora Lucía Topolansky- tan asceta como él. Y no vive en la residencia presidencial sino en esta chacra de huesos flacos en Rincón del Cerro: un páramo rural -a veinte minutos de Montevideo- donde el campo es más un esfuerzo que un vergel.
Mujica pasa aquí sus días desde mediados de la década de 1980, cuando salió del pozo carcelario con la certeza de que –todo junto- volvería a la política y se compraría una granja. Lo acompañan Lucía Topolansky –también tupamara, y tercera en la cadena de mando de Uruguay-; Manuela –su perra de tres patas-; dos familias que, por no tener lugar mejor donde caerse muertas, fueron a hablar con Mujica y recibieron a cambio un pedazo de tierra dentro de esta misma estancia (por eso la construcción gris a medio hacer; por eso las ropas de niño colgando de una cuerda); y dos hombres uniformados que ahora se interponen en la entrada y dicen, amablemente, lo que vinieron a decir:
—Pida una entrevista en la torre presidencial.
Desde que asumió su cargo, Mujica –famoso hasta entonces por su disponibilidad mediática- dio sólo tres entrevistas y todas fueron a un único medio. La razón: sus jefes de prensa saben que Mujica habla del mismo modo en que vive -sin cortesías y con la casa en construcción- y, ahora que es un mandatario, quieren cuidarlo. Para eso ponen infinitos filtros y para eso, entre otras cosas, está esta guardia: dos tipos de pecho hundido, acompañados por un perro labrador que se tira panza arriba y recibe mis caricias.
—Esta es la casa del presidente –dice uno de ellos.
—Además el presidente no está –dice el otro.
—Ah –digo yo.
Nos miramos en silencio.
Atrás de estos dos hombres se ve la ropa gastada pendiendo de una soga, la casa a medio hacer, los juguetes de niño entre los pastizales. Pero lo que no se ve es lo otro: el inmenso cúmulo de duda que se yergue sobre este escenario de insólita simpleza.
Porque José Mujica vive acá, eso está claro.
La pregunta es cómo eso es posible. La pregunta es por qué.
***
—Yo no quería que Pepe fuera presidente.
Julio Marenales es uno de los líderes históricos del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T) y es visto por Mujica como “un hermano”. Militaron juntos, juntos cayeron en el penal de Punta Carretas, juntos también se fugaron, y juntos –aunque separados en distintos establecimientos- padecieron diez años de encierro en los pozos cuartelarios. La distancia entre Marenales y Mujica llegó recién en este último tiempo: Mujica fue avanzando en el terreno político, mientras que Marenales –si bien respalda a Mujica- se quedó en la organización. Hoy representa el ala radical y se ha transformado en una suerte de guardián de la pureza ideológica del Movimiento.
—El Pepe no puede hacer una presidencia con las ideas que tenía como tupamaro. Ha tenido que adaptarse. Se amoldó al pensamiento general del Frente Amplio, que es una fuerza donde hay trabajadores pero también empresarios, y a los empresarios les gusta el sistema capitalista. Por tanto las ideas que sustentó el compañero Mujica años atrás las tiene, supongo, en el congelador. Es decir: el Pepe no va a hacer la revolución. Lo que no quita que este sea, por lejos, el mejor gobierno que tuvo este país.
Marenales sonríe: tampoco tiene demasiados dientes. Algo pasa con los tupamaros y sus dientes. Quizás sea el paso del tiempo, pero tampoco: el tiempo se ha vuelto una forma cortés de explicar las cosas. A Marenales, en cualquier caso, siempre le dijeron El Viejo. Ahora tiene ochenta y un años pero arrastra ese apodo desde que tenía treinta y tantos. En ese entonces, junto a Raúl Sendic (máximo líder de la organización, ya muerto y hoy mítico) fundó el Movimiento que luego albergó a Mujica y a buena parte de la cúpula que hoy gobierna el Uruguay.
Una historia muy breve –puerilmente breve- del MLN-T sería, más o menos, así: los tupamaros surgieron públicamente en el año 1966, en apoyo a una revuelta de cañeros de azúcar –los asalariados más pobres del Uruguay- y en un contexto de presión social fuerte: el fin de la posguerra europea había traído aparejado una mayor producción industrial en el Primer Mundo, y eso significaba que América Latina había empezado a llenarse de productos importados y a ver la debacle de su industria nacional. Hacia 1968, Uruguay dejó de ser “la Suiza de América” y se metió de lleno en el fango latinoamericano: empezó a tener despidos, problemas gremiales, militarización de los espacios de trabajo y un endurecimento del Estado que hacía flamear el fantasma de un golpe militar.
En ese contexto surgió el MLN-T: una organización armada que –alentada por el triunfo de Fidel Castro en Cuba- creía que la revolución era un destino posible y cercano, y que en cuestión de meses logró crear su propia mística. Cada vez más gente simpatizaba con el MLN-T. Esto se debe a que los tupamaros no tenían el gatillo fácil y a que empezaron a emprender maniobras delictivas que muchas veces favorecían a las clases bajas. Además de los procedimientos estándar (robo de armas, de bancos, vaciamiento de financieras, secuestro de algún embajador, etcétera) cada tanto detenían un camión de mercadería y la repartían entre los asentamientos de la zona.
Esa propaganda hizo que la organización creciera de un modo exponencial. Hacia 1971, el Movimiento –que había nacido con 200 miembros- llegó a tener 5000 integrantes activos, con un radio de influencia de 30 mil personas, y eso lo transformó en el fenómeno de más rápida acumulación de fuerzas en la historia de cualquier asociación política.
Fue ese crecimiento –y lo dicen ellos mismos- lo que los arruinó. A más gente, empezó a haber también más errores. Para el momento en que llegó la dictadura militar –que en Uruguay sucedió entre 1973 y 1985, con el golpe de estado de Juan María Bordaberry- el Movimiento estaba débil, con demasiadas muertes a cuestas –propias y ajenas- y con muchos miembros en la cárcel. La cúpula militar aprovechó esa flaqueza y le asestó el mayor golpe a la organización: identificó a los nueve cabecillas del MLN-T y los confinó durante diez años en calabozos subterráneos ubicados ya no en cárceles, sino en cuarteles. A esos hombres se los llamó “los nueve rehenes”; eran el recurso que tenían los estrategas de la dictadura para asegurarse de que el MLN-T no siguiera accionando: cualquier movimiento en falso y les mataban un líder.
Los nueve rehenes fueron Mauricio Rosencof (escritor, actual director de la división de Cultura de la Intendencia Municipal de Montevideo), Eleuterio Fernández Huidobro (hoy senador), Raúl Sendic (muerto en París en 1989), Henry Engler (experto en neurociencias), Adolfo Wassen (muerto de un cáncer de columna meses antes de que pudiera salir en libertad), Jorge Zabalza (hoy distanciado del Movimiento), Jorge Manera (también distanciado), Julio Marenales y José Mujica.
De todos ellos, se dice que Henry Engler y José Mujica fueron quienes salieron más perturbados. Engler, hoy establecido en Suecia, fue candidato al Nóbel de Medicina y protagonizó un documental –El Círculo- que cuenta su proceso de locura en el encierro. Y Mujica, bueno, él dice que llegó a hablar con ranas y hormigas.
Marenales tiene una explicación para esto:
—Si pasás doce años en un espacio de un metro cuadrado, las experiencias son tan limitadas que tenés que hacer un gran esfuerzo por distinguir si las cosas las pensaste, las viviste o las soñaste. Todo el movimiento se hace con la mente y eso es peligroso. Todo, en un punto, puede volverse ficción.
Marenales jadea cuando habla: es apenas una aspiración de más, el comienzo de una asfixia que luego se apaga. Sus manos son grandes –ha sido carpintero- pero el resto de su cuerpo se ve pequeño, delgado, incluso joven. Los años de confinamiento deben significar algo en el aspecto de este hombre: hay un tiempo muerto en el rostro de Marenales; un velo invulnerable.
La última vez que lo detuvieron –en 1972- Marenales arrojó sobre su captor una granada que no explotó. En respuesta recibió catorce tiros de metralla.
—Sobreviví de milagro –dice.
Todos, agrega, han sobrevivido de milagro.
A unos metros de distancia, un ventilador echa aire sobre una bandera de los tupamaros. La casa huele a papeles viejos. Todo acá parece más viejo que sus años. Este lugar existe desde 1986, cuando terminó la dictadura. Y ya en 1989 se decidió que el MLN-T seguiría funcionando y mantendría este local, pero se integraría al sistema político con otro nombre, el Movimiento de Participación Popular (MPP), al que Mujica pertenece. El MPP, a su vez, pasó a integrar el Frente Amplio: la coalición de partidos de izquierda que desde hace dos períodos –primero con Tabaré Vázquez y ahora con Mujica- gobierna el Uruguay.
En un rincón de la sala principal hay un cesto de basura forrado con un afiche de Mujica. Se lo ve peinado, limpio: presidenciable.
—Al Pepe lo bañaron para esa foto –bromeará después Eleuterio Fernández Huidobro.
—Al Pepe lo pusimos nosotros –dice ahora Marenales-. Siempre trabajamos como colectivo. Más allá de las características personales de cada compañero, nosotros no creemos que la historia avance sobre la base de hombres brillantes.
—¿Pero por qué eligieron a Mujica y no a otro?
Marenales se acomoda la montura de los lentes –dorados- sobre los huesos –finos-, se reclina hacia delante, habla:
—Porque el Pepe tenía una ventaja. A nosotros en el Frente Amplio no nos querían mucho. Decían que éramos unos palurdos. Pero Pepe tenía tres apoyos: el de nuestras espaldas, porque en el Movimiento lo hemos sostenido como hemos podido. El de su propia historia, porque Pepe viene de trabajar la tierra y nunca sintió la bota del patrón arriba, siempre trabajó más o menos por cuenta propia. Y el de los de abajo. Fueron ellos los que lo llevaron a la presidencia. Por eso el Pepe tiene un gran compromiso con la gente humilde. Y tenemos que ayudarlo a que lo cumpla. Porque no lo está cumpliendo.
Marenales no ha querido ocupar cargos en el gobierno. Hay quienes dicen que esta negativa responde a que está clínicamente loco -un oportuno sinónimo de “inadaptado”- pero quizás exista otra forma de verlo: para que haya un Mujica dirigiendo el país, debe haber un Marenales diciéndole al oído: no olvides.
—No olvides lo que alguna vez fuimos. No olvides el objetivo. Eso le digo. Lo que pasa es que lo veo cada vez menos.
En las casi inexistentes fotos de esa época, hay una imagen que lo tiene a Marenales de perfil. Es el año 1968, lo están llevando preso a Punta Carretas, y lo que se ve es un hombre de nariz recta, pelo renegrido, ceño fruncido y rostro hermético. El hombre sólido que Marenales fue y sigue siendo.
Un hombre planeando, en ese mismo instante, su fuga.
***
“Shopping Punta Carretas”: eso se lee en la entrada. El nombre está tallado sobre el ingreso al centro comercial, en un frontis de principios de siglo XX, en el mismo lugar donde antes decía “Cárcel de Punta Carretas”. Antes todo esto era gris, pero ahora tiene el color que la imaginación neoliberal reserva para estos casos: beige. Todas estas mierdas siempre son beige.
A la izquierda del ingreso hay un Mc Café, a la derecha un restaurante que dice Johnny Walker, y al fondo está el shopping, que es igual a todos los shopping de la tierra: pisos relucientes, bolsas con moño y el vapor de una música que no llega a ser fea: es fría.
Cuesta imaginar en qué parte de este lugar habrá estado Mujica; en qué parte estos tipos habrán tramado su fuga. ¿En el local de Lacoste? ¿En el de medias Sylvana? Ahora hay un techo de vidrio y se puede ver el cielo, ¿pero antes? ¿Qué tamaño tenía el cielo de antes? En la sede del MLN-T, a espaldas de Julio Marenales, había una maqueta de la cárcel: se veía –en corte transversal- un penal de casi cuatrocientas celdas divididas en dos planchadas de cuatro pisos cada una, separadas por un patio central.
Allí –aquí-, en 1970, llegó Mujica con el cuerpo cosido a balazos, luego de haber pasado tres meses en el Hospital Militar. El derrotero había empezado tiempo atrás en el bar La Vía, el lugar al que había acudido Mujica –junto a otros tupamaros- para planificar el robo a una familia millonaria de apellido Mailhos. Esa noche un policía reconoció a Mujica acodado en la barra y llamó para pedir refuerzos. Cuando llegaron, Mujica ayudó a escapar a sus compañeros pero no pudo zafar. Un policía lo encañonó; estaba nervioso.
—Ojo, que se te puede escapar un tiro –le dijo Mujica.
Y el tiro se escapó.
Mujica llegó al Hospital Militar con seis balas en el cuerpo. Pero vivo. Y tres meses después fue enviado a Punta Carretas: un lugar que -en comparación con lo que vendría después- se parecía bastante a una escuela de adolescentes pupilos.
Allí -¿aquí? ¿se puede seguir diciendo “aquí”?- los militantes formaban nuevos compañeros (delincuentes comunes que terminaron sumándose al Movimiento) y entrenaban su costado estoico para hacer la revolución: sus celdas estaban limpias, sus cuerpos eran atléticos, y sus cabezas, en fin, a esta altura se entiende cómo trabajaban las cabezas de estos tipos.
—Yo daba cursos de táctica y enseñaba a hacer explosivos –contó Marenales en la sede del MLN-T-. El nivel de exactitud de los dibujos era muy alto. Si en una parte había que hacer un tornillo y el compañero dibujaba un redondel, entonces yo le decía: esto no es un tornillo. Es un clavo. El tornillo tiene una ranura para el destornillador. A ese nivel de detalle. Había que ser prolijos. Con los explosivos te equivocás y es la única vez que te equivocás.
Cada vez más presos comunes empezaron a ver en los tupamaros un grupo admirable, y algunos ladrones sumaron su conocimiento a la causa: enseñaron, por caso, a hacer un boquete en la pared en apenas un minuto, trabajando ya no sobre los ladrillos sino sobre la mezcla que los une. Gracias a eso, todos los muros del penal –e incluso algunos techos- tenían su agujero y todas las celdas estaban secretamente conectadas entre sí. Esa ingeniería permitió la histórica huída del 6 de septiembre de 1971.
—Queríamos armar un plan de fuga que no sólo significara volver a la libertad, sino que fuera un duro golpe para el gobierno –dijo Marenales-. Queríamos abochornarlos.
El 13 de agosto de 1971, a las siete de la mañana, tras el primer control de presos en las celdas, los internos empezaron a cavar debajo de una cama. Metían la tierra en bolsas confeccionadas previamente con las sábanas del penal, y esas bolsas iban debajo de la cucheta. Cuando esa superficie se llenaba, se abría el boquete que conectaba las celdas y se pasaba las nuevas bolsas a la cama del cuarto de al lado. Así, en absoluto silencio, dos pisos del penal se saturaron de escombros. La requisa de pisos sucedía cada 23 días, y es por eso que los tupamaros tenían poco más de tres semanas para hacer 40 metros de túnel.
José López Mercao, celda contigua a la de Mujica, luego recordará esta anécdota:
—Una vez el Pepe agarra y dice: “¡Rápido! Tapen todo que el penado de arriba que es terrible ortiva está golpeando y dice que hay ruido acá abajo, ¡tapen que se nos cae todo!!!”. Nos pusimos locos. Metimos escombros, encajamos yeso, lo pintamos arriba, le pusimos secante y después nos quedamos esperando; nunca en mi vida hice algo tan rápido. Y cuando terminamos ese viejo hijo de puta nos dijo: “No, era pa’ver qué tiempo llevaba tapar todo nomás”.
Luego de trabajar más de quinientas horas sin parar –y de atrasarse un día-, en la noche del 6 de septiembre de 1971, 111 hombres (106 guerrilleros y 5 presos comunes) se dieron a la fuga en un operativo que ellos mismos denominaron “el abuso”.
—El abuso –dirá López Mercao- porque lo que hicimos fue un abuso.
Los uruguayos tienen ese humor.
***
—El abuso se le ocurrió a Mujica. Había varios planes de fuga, pero la más famosa nació en una idea de Pepe. Él tuvo la idea de perforar todas las paredes. Y luego esa idea era como la invención de la rueda: abría varios planes de fuga; servía para muchas cosas más.
Eleuterio Fernández Huidobro es, aparte de senador nacional, el otro tupamaro al que Mujica denomina “hermano”.
—Pepe siempre fue pragmático. Estaban los teóricos, que para hacer una cosa la complican, y estaba Pepe, que venía de trabajar la tierra. Como dice el aforismo, el Pepe piensa como Aristóteles pero habla como Juan Pueblo.
Huidobro está acodado sobre una mesa de bar. Su forma de mirar –esquiva- sumada a la gordura y el cansancio de su rostro –flojo- hacen pensar que este hombre alguna vez estuvo más entero. Hay años que duran para siempre: tal vez sea eso.
Hay años que no terminan nunca.
Al igual que Mujica, Huidobro estuvo en Punta Carretas, salió con “el abuso”, pasó por la Cárcel de Libertad (insólitamente ubicada en un pueblo llamado Libertad) y terminó en los cuarteles: sótanos con celdas de 1,80 x 0,60 donde los nueve rehenes debieron pasar diez años de su vida. Esa última etapa fue brutalmente distinta de las anteriores: los rehenes eran separados en grupos de tres –cada terna iba a un cuartel distinto-; los presos estaban completamente aislados entre sí; prácticamente no percibían comida ni bebida; no los dejaban ir al baño; y menos aún recibían cartas o visitas.
Huidobro compartió cuartel con Mauricio Rosencof y Mujica. Apenas podían comunicarse, pero a lo largo de los años lograron ponerse de acuerdo en un punto: no había que enloquecer.
Rosencof empezó a escribir mentalmente: eran poemas de versos cortos, a veces de una única palabra, para que fueran más fáciles de memorizar.
Yo
no
estoy
loco,
digo.
¿Por qué
me miras?
Yo
no
estoy
loco,
digo.
Ronda
el cuervo,
dice.
Miro
su nido.
Cosas así escribía Rosencof, quien consiguió entablar largos diálogos con su calzado y al salir del penal publicó su bello, inolvidable libro de poemas Conversaciones con la alpargata. Huidobro, por su parte, pasó años enteros imaginando que corría por la playa y meaba en cualquier lado. Y Mujica se hizo amigo de nueve ranas y comprobó que las hormigas, si se las oye de cerca, se comunican a gritos.
En Mujica, la completa biografía escrita por Miguel Ángel Campodónico, Mujica sintetiza de este modo su paso por los cuarteles:
—Yo no soy afecto a hablar de la tortura y de lo mal que lo pasé. Incluso, me da un poco de bronca porque he visto que a veces ha habido una especie de carrera medida con un torturómetro. Gente que se complace en repetir “ah, qué mal la pasé”. Y lo que yo digo es que la pasé mal por falta de velocidad, por eso me agarraron. En definitiva, la vida biológica está llena de trampas tan inconmensurables, tan trágicas, tan dolorosas, que lo que me pasó a mí fue una pavada.
Y lo dice: una pavada.
A partir del tercer año de encierro, los nueve rehenes empezaron a recibir material de lectura. No había permiso para ciencias sociales o novelas, pero daba igual: todas las palabras a esa altura eran ficción. Mujica se dedicó a las matemáticas y a la revista Chacra.
—Después, el Pepe me ponía al tanto de sus lecturas y me hablaba de la Pampa húmeda –dice Huidobro. Pero cuando dice “hablar” en realidad se refiere a otra cosa: con el paso del tiempo, Rosencof, Huidobro y Mujica idearon un sistema de diálogo mediante golpes en la pared. De acuerdo con este modelo, las letras del abecedario estaban divididas en grupos de cinco. El primer golpe identificaba el grupo, y el segundo golpe daba el orden de la letra dentro de ese grupo.
—Cuando le tomábamos la mano, hablábamos hasta por los codos. De eso no te olvidás más. Es como un segundo lenguaje que te queda para siempre.
—¿De qué hablaban con Mujica?
—Él generalmente me hablaba de agro, de cómo mejorar la productividad del campo. Igual, cuando tenés mucha hambre, hambre por años, no hay comunicación que no empiece o termine en comida.
Con Pepe hablábamos de boñatos, chanchos, vacas, pero en realidad estábamos hablando de chuletas.
Por falta de bebida y alimento, Mujica se enfermó gravemente de la vejiga y los riñones. No queda claro qué tenía, pero sí se sabe que necesitaba ir seguido al baño, que no lo dejaban salir de su celda y que hoy tiene un solo riñón. Para curarse debía tomar dos litros de agua por día. Pero en las buenas rachas los militares apenas le daban una taza. Con esa taza Mujica terminó haciendo lo único posible: recicló sus propias existencias. Bebió su pis. Todos allí bebieron su pis.
Años después, cuando en los cuarteles advirtieron que la situación de Mujica era clínicamente grave, los carceleros empezaron a hidratarlo con una cuchara de té y permitieron que su madre, Lucy Cordano, le llevara una pelela.
Era una pelela rosa.
Desde ese momento, Mujica llevó su pelela bajo el brazo cada vez que lo cambiaron de cuartel –eso sucedía cada seis meses-, y también lo hizo en 1983, cuando las presiones de organismos internacionales lograron que los nueve rehenes fueran trasladados al Penal de Libertad.
—Cuando después de diez años nos devolvieron a Libertad, asunto por el cual peleábamos, para nosotros fue un paraíso –dice Huidobro-. Nosotros éramos felices, a los más altos niveles de felicidad que tú te puedas imaginar, porque teníamos medio paquete de cigarros y un lugar donde ir a mear.
En Libertad había media hora de recreo por día, los reos discutían de política y hasta se jugaban partidos de fútbol. Pero Mujica no mejoraba. Nada lo sacaba de su propio encierro. Finalmente lo vio un médico y se tomó la decisión: Mujica trabajaría en el cantero floral del penal.
Algo volvió a Mujica, cuando Mujica volvió a la tierra.
—He dicho por ahí que soy casi panteísta –dijo en la biografía de Miguel Ángel Campodónico-. Y cuando digo que hablo con las plantas, por supuesto que no estoy diciendo que realmente hable con ellas, sino que trato de interpretarlas. Hay una multitud de lenguajes, de señales, que naturalmente a partir del momento que los conozco me despiertan admiración. Son todas formas organizadas por la naturaleza para mantener la lucha por la vida. Un terrón debe ser un laboratorio entero, tan complicado que el hombre no está ni en condiciones de remedarlo. Se puede ser religioso por analfabeto. Pero también se puede tener una actitud religiosa cuando se empieza a saber y se comprende que no se sabe nada.
El 14 de marzo de 1985, cuando cayó la dictadura y Luis María Sanguineti asumió la presidencia de Uruguay, los nueve rehenes fueron amnistiados y puestos en libertad.
Mujica salió del penal con la pelela en la mano, florecida de caléndulas.
***
Un hombre llega en moto Vespa al Parlamento. Tiene el pelo alborotado por el viento, un pantalón de jean, campera negra, bigote. Deja la moto estacionada en la entrada.
—¿Cuánto piensa quedarse? –le dice el guardia.
—Si no me rajan antes, cinco años –contesta el hombre.
Esto –dice una leyenda que nadie niega con mucho énfasis- habría sucedido el primer día en que José Mujica, primer tupamaro diputado, llegó al Parlamento. Era 1995 y en esa misma jornada –transmitida por cadena nacional- tomaba juramento como presidente por segunda vez Julio María Sanguinetti, por lo que el prescinto estaba lleno de embajadores, mandatarios invitados, jerarquías de la iglesia y solemnidades varias.
Pero Mujica entró así: pelos revueltos, jeans, ninguna corbata.
—Yo pensé: van a creer que es una maniobra publicitaria –dijo Huidobro en el bar, días atrás-. Ellos no saben, como yo sé, que la campera es nueva. Que el vaquero es nuevo. Que se peinó. Y que nunca más volverá a estar tan arreglado. Como le decía Sancho al Quijote: cada quien es como dios lo hizo, y aún peor muchas veces. Aún peor.
La llegada de Mujica al Congreso significó un cambio para la política uruguaya. Primero, porque se modificaron los usos y costumbres de la cámara –por ejemplo, llegó el mate a las sesiones legislativas-, y en segundo lugar porque esa formalidad arrastraba una modificación de fondo: Mujica usó su banca para recorrer el país e incorporar a sus discursos lo que ya tenía, desde chico, incorporado a su vida: la presencia de los sectores rurales.
Mujica -hijo de una floricultora y de un padre ganadero que se fundió y se murió pronto- dio su primera disertación en el Palacio Legislativo sobre el tema del pasto.
Y del pasto pasó a la vaca que se comía al pasto.
Y de la vaca pasó al país ganadero.
—Los que creían que el Pepe era un problema de comunicación pasajero, un producto efímero, erraron –dijo Huidobro-. Pepe fue uno de los mejores diputados de esa legislatura, un brillante orador. Él le ha dado voz a todo el interior uruguayo y ha tenido una especie de noviazgo entrañable con el público.
La llegada a Diputados fue sólo el comienzo. Cinco años después, Mujica fue electo senador. Y en 2004 su figura resultó clave para que la izquierda, comandada por el moderado Tabaré Vázquez, llegara por primera vez al poder. Mujica participó del gobierno de Vázquez como ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, y emergió airoso de ese cargo. Tanto que en el 2009 ganó por paliza las internas del Frente Amplio para ser candidato presidencial, y encaró las elecciones nacionales con propuestas impensables para cualquier candidato del siglo XXI.
Mujica propuso discutir la propiedad privada de las grandes extensiones de tierra, levantar el secreto bancario, “importar” campesinos de Perú, Bolivia, Paraguay y Ecuador para que trabajen las zonas rurales “porque los montevideanos pobres acá no lo hacen” y resolver el tema de la drogadicción “agarrando a los adictos del forro del culo y metiéndolos p’adentro de una chacra”.
Propuso, en fin, tomar el toro por las astas. Lo que traía dudas operativas -¿cómo se haría?- y dilemas coyunturales. Conforme Mujica empezó a hablar, se entendió que el mayor contrincante no estaba en otro partido, ni siquiera en otro cuerpo: el mayor peligro de Mujica era, en parte, su mayor capital político: su desusada franqueza. La honestidad de Mujica llegó a su punto cúlmine en octubre -a días del ballotage que definiría la presidencia a favor suyo o del liberal Luis Alberto Lacalle- cuando salió a la venta el libro Pepe Coloquios: una extensa entrevista donde Mujica –sólo por dar un puñado de ejemplos- dice que la Argentina “no es un país de cuarta, no es una república bananera”, pero tiene “reacciones de histérico, de loco, de paranoico”; que “en Argentina tenés que ir a hablar con los delincuentes peronistas, que son los reyes”; que “los porteños tienen la manía de venir a bañarse acá y les gusta, porque es un paisito parecido al de ellos, pero más suave, más decente”; y que “los radicales son tipos muy buenos, pero son unos nabos”.
Es decir: Mujica no dijo nada que nadie piense. Pero el mundo de la política impone sus cortesías y así fue que Mujica relativizó la mayor parte de sus dichos, salió a pedir disculpas de inmediato, bajó drásticamente sus encuentros con la prensa –una medida que aún se mantiene- y logró ganar el ballotage con un 52,53% de los votos.
—Este mundo es puro maquillaje: que esto no se puede decir, aquello tampoco… ¡La libertad está hipotecada! Una de las ventajas que tiene ser viejo es decir lo que uno piensa. Pero eso parece armar un revuelo de la puta madre que lo parió.
Eso dijo Mujica días antes de la primera vuelta electoral, en una entrevista con la revista mexicana Gatopardo, cuando ya se estaba hablando del desastre del Pepe Coloquios.
Serán, entonces, las ventajas de ser viejo.
El próximo 20 de mayo, Mujica cumplirá 76 años.
***
—Cómo le va, Rosencof, estoy en Montevideo. ¿Se acuerda que habíamos quedado en vernos?
—Nena…
—…
—Vos sabés que estoy en el hospital. Se me desacomodó el marcapasos, no sé qué lío de cables hicieron estos tipos…
—…
—…
—¿Está internado entonces?
—Sí, nena, esto… estamos en la era de la ortopedia. Me estoy desintegrando.
***
Renguea. Caminando por el pasillo del Palacio Legislativo, Lucía Topolansky, sesenta y seis años, la senadora más votada del Parlamento, tercera en la línea de sucesión a la Presidencia, tupamara, compañera –ella no dice “esposa”, no dice “mujer”, dice “compañera”- de José Mujica, avanza con un moderado desacomodo en la cadera. El Parlamento está desierto; es febrero. Los pasos resuenan de otro modo.
—Entrá –dice Topolansky. La sigo. Su despacho es pequeño: nueve metros cuadrados donde hay algunas carpetas, una ventana, un escritorio. Sobre la mesa de trabajo hay papeles, una caja con té de uña de gato y una pequeña tortuga de madera verde que mueve la cabeza como diciendo “sí”. Topolansky –cabello corto, blanco, discreto- acaricia suavemente la tortuga.
—Decime –dice. Y le digo. Le hablo de la revista. De nuestras buenas intenciones. Topolansky escucha con una sonrisa que viene acompañada de algo más: de una amable escenificación de la distancia. Todo el mundo dice que esta mujer es dura. En tiempos de militancia clandestina la apodaban “la tronca” por lo macizo de su cuerpo, y probablemente no sólo del cuerpo.
Entre los años 1970 y 1985, Topolansky estuvo presa casi todo el tiempo. Cree que ese encierro fue necesario.
—El pueblo apreció mucho que los dirigentes del MLN no se exilaran, se quedaran en Uruguay jugando la suerte de su pueblo. Toda nuestra dirigencia estuvo presa y eso a la gente le cayó bien. Esos hechos generaron prestigio. Puede parecer muy sujetivo, pero son esas razones del alma que quedan grabadas en la gente.
Topolansky es hija de una familia de clase media acomodada del barrio Pocitos y estudió en el Sacre Coeur, una escuela de monjas que se hizo conocida –entre otras cosas- por su insigne caligrafía conocida como “letra Sacre Coeur”. De ahí que no quede claro por qué dice “sujetivo”. Ni por qué más adelante dirá “produto” o “adatarse”. Hay quienes dicen que podría tratarse de una pose, pero esa hipótesis anula –o deja en un segundo plano- la posibilidad de la culpa.
Lo cierto es que Topolansky -pantalón color crema, camisa de gasa blanca- dice “sujetivo” y después, a diferencia de cualquier sindicalista argentino, se aguanta vivir del modo en el que habla. Y eso sucede desde hace mucho.
Y eso, quizás, deba ser suficiente.
Topolansky se alistó en el MLN-T a los veinte años, y desde el comienzo dio muestras de un carácter. Era 1969 y en ese entonces trabajaba en Monty: una financiera que, descubrió Topolansky, llevaba la contabilidad en negro de prácticamente todo el gabinete de ministros y de los capitostes de la oligarquía uruguaya. Cuando supo la verdad, Topolansky se preguntó qué grado de complicidad tenía con eso y qué debía hacer: si irse o denunciarlos.
Tomó las dos opciones. Se enroló en el MLN-T con su información privilegiada y junto con el Movimiento logró que todas las fotocopias de los libros contables terminaran en la puerta de la casa de un juez y desataran un escándalo político que se llevó puesto a un ministro de Hacienda. Además, claro, se fue de su trabajo.
—Cuando sos una gurisa pensás las cosas con otra cabeza. De repente, a la edad que tengo ahora le hubiera puesto más reflexión al asunto. Pero pertenezco a la generación sobre la que impactó la revolución cubana y las cosas hay que verlas en ese contexto. Estábamos convencidos de que podíamos hacer la revolución. Convencidos. Y cuando tú estás motivado, obviamente el riesgo se ve de otra manera.
En esos tiempos, en alguna de las tantas reuniones clandestinas, Topolansky -dicen que era hermosa- conoció a José Mujica. Estuvieron juntos unos meses, pero luego ambos terminaron en la cárcel: ella en Punta Rieles (desde donde se fugó, aunque luego volvió a caer presa) y él en Libertad y luego en los cuarteles. Más allá de alguna carta en los primeros tiempos, el resto del noviazgo estuvo marcado por un largo, interminable silencio.
También a eso sobrevivieron.
Cuando habla de su compañera –en el libro de Campodónico- Mujica lo hace de esta forma:
—Como los dos andábamos solos terminamos juntándonos. En la formación de nuestra pareja hubo un factor de necesidad, fue una especie de mutuo refugio. Nos reencontrmaos en una época bastante particular, bien diferente a la que habíamos dejado atrás. Creo que alguna vez se lo dije en una carta: cuando uno se aproxima a los 50 años piensa que una compañera debe ser una buena cocinera. El amor tiene entonces mucho de amistad, de cosas que faciliten la convivencia. Y creo que todo eso es lo que nos ha mantenido juntos, encajamos fenómeno.
Una necesidad, un refugio: el amor para ellos era esto.
—En aquellos años en que andábamos las corridas todo era “ya” –dice Topolansky-. Era muy difícil el después. Todo era hoy, ya, porque mañana no sé si voy a estar, y toda relación humana quedaba atravesada por esa urgencia.
—¿Pero no había flechazo?
Algo se ablanda –se aclara- en el rostro de Topolansky.
—Por supuesto que existe la afinidad, el amor, el flechazo, la química o ponele el nombre que quieras.
—O sea que podía existir, entre militantes, un pensamiento como “qué lindos ojos tiene”.
—Claro. Eso es lo único que te sostiene. Te aferrás a esas cosas. La relación con Pepe pasó por tres etapas: la de los ojos lindos, luego una larga etapa de separación donde el recuerdo de eso te sirve como un oxígeno, y después una etapa que es ésta, en la que logramos reencontrarnos y reconstruir todo.
En el año 2005, Topolansky y Mujica se casaron en la cocina de su chacra. Los testigos fueron los vecinos –unos que viven en el mismo terreno, y otros que tienen un quincho en la esquina- y el evento duró poco más de una hora. Esa misma noche, el 8 de octubre, Pepe fue a un acto del MPP y mostró la libreta.
—Sí. Un día a Pepe se le ocurrió casarse y nos casamos.
—¿Pero te gustó la idea?
—Ehh… psé… en realidad en concreto no me varió en nada, ¿no? Yo siempre fui medio anarquista desde chica, veía cómo mis tías y mis primas se complicaban la vida para casarse, así que siempre tomé opciones de andar media libre. Sin ninguna atadura. Y bueno, yo no tuve ataduras de ningún tipo.
Silencio.
—No sé qué habría pasado si hubiera tenido un hijo en esa época. Pero no tuvimos.
Ni en esa época ni en ninguna otra.
Mujica y Topolansky no han tenido hijos.
Les duele.
***
Este es el quincho de la esquina. Acá celebró José Mujica cuando ganó las elecciones. Acá reunió a su gabinete de ministros. Acá trajo al venezolano Hugo Chávez cuando quiso agasajarlo, en el año 2007. Y acá, en tiempos preelectorales, montó su despacho. El lugar se llama “El quincho de Varela”, queda a cien metros de la chacra de Mujica y consiste en una construcción rectangular, con techo de paja y paredes de ladrillo, ubicada frente a un campo recién arado.
El lugar pertenece a Sergio El Gordo Varela, también apodado “el mugriento”: un comerciante mayorista de alimentos que no da declaraciones a la prensa y que durante la campaña se encargó de comunicarse con distintas empresas del Centro de Almaceneros para pedirles fondos que financiaran el acto de cambio de mando.
El interior del quincho de Varela luce así: hay un piso de layota desgastado, un techo del que cuelgan dos banderas –una del Frente Amplio, otra del Uruguay-; varias imágenes del Che, Neruda, Allende y Chávez, mesas hechas con tablones donde alguien pintó “Pepe presidente”, un puñado de perros astrosos, y juguetes de niño tirados por el suelo.
Una mujer gruesa y de ropas desteñidas se acerca, espanta los perros, se limpia el sudor de la frente y dice:
—Bueno, esto se arregla un poquito más cuando vienen ellos.
***
Los funcionarios del gobierno que pertenecen al Movimiento de Participación Popular (MPP) tienen tope salarial. Lo máximo que pueden ganar son 37 mil pesos (1900 dólares), y eso significa que la mayoría –entre ellos Huidobro, Mujica, Topolansky y el ministro Eduardo Bonomi- cobra en mano apenas el 35 por ciento de su sueldo. Los excedentes van al Fondo Raul Sendic (donde se otorgan microcréditos a proyectos –en su mayoría cooperativos-, sin tasas de interés, sin papeles firmados y sin la exigencia de pertenecer al Movimiento) y a un Fondo Solidario con el que se auxilia a los militantes del MPP que estén pasando por una urgencia económica.
En su despacho, Eduardo Bonomi, ministro del Interior, considerado la mano derecha de Mujica en el gobierno, explica el tope salarial de esta manera:
—Es muy fácil dar lo que te sobra. La cuestión es dar lo que no te sobra.
—¿Pero nunca te da ganas de comprarte un plasma?
Bonomi se masajea el labio inferior.
—Eh… Yo vivo en una cooperativa de viviendas. A esta altura terminamos de pagar la cuota entonces sólo pagamos los gastos comunes. Tenemos un auto del 94… A ver: la austeridad de Pepe es única, pero que Pepe haya llegado no es casual.
—¿Nada cambió en Mujica?
—Operativamente Pepe tiene más responsabilidad. Pero es la misma persona. Sigue levantándose y haciéndose el mate y escuchando los pajaritos. Pero casi todos somos así. Yo me levanto a las 6, escucho las noticias…
—¿Pero no hay ninguna pose por parte de Mujica?
—No, es así. Es así. Él es así. Qué pose. La vida del Pepe es muy sencilla y pasa por la tierra. Cuando uno sale de licencia y se va al monte o a la playa, Pepe se va a trabajar la tierra. Y los domingos, mientras todos descansamos, él madruga para trabajar la tierra. Si no hace eso, no descansa. La tierra es el lugar donde Pepe ordena sus ideas. Cada cual es como es.
Otra vez se toca: su labio inferior es –se ve- mullido.
—El problema es que Pepe tiene una cultura mucho más alta y grande de lo que representa su forma de hablar.
El despacho de Bonomi es ministerial pero austero: hay maderas lustrosas, muebles fuertes, sillones y cortinas de pana. Si cruzara la puerta de su oficina, Bonomi saldría a la galería del ministerio y vería un edificio igualmente fuerte y medido: apenas cuatro pisos balconeando sobre un patio central, y en el medio un obelisco con la inscripción “Homenaje a los caídos”. Dispuestas sobre el monumento, distintas placas de bronce recuerdan el nombre de los agentes policiales muertos en servicio.
Alguien tiene que haberse reído de todo esto.
Bonomi fue acusado hace veinte años de matar a un policía. El 27 de enero de 1972, el Inspector Rodolfo Leoncino, jefe de seguridad del penal de Punta Carretas, esperaba el colectivo cuando recibió un fogonazo de disparos. La orden, dicen las acusaciones, la habrían ejecutado cuatro tupamaros, entre ellos Bonomi. Pero la habrían dado, desde la cárcel, tres militantes entre los que estaba José Mujica.
—Cuando salí en libertad, amnistiado, fui a parar con unos jueces y lo primero que me preguntaron fue si tal día a tal hora había hecho tal cosa, y respondí: “Me siento políticamente responsable de todos los hechos realizados por el MLN”. “Pero no le estamos preguntando eso, sino si tal día a tal hora…” “Bueno: yo le estoy respondiendo que me siento políticamente responsable de todos los hechos realizados por el MLN”. Cinco veces preguntaron y dije lo mismo.
El labio. Vuelve a tocarse el labio.
—Y cada vez que me preguntan respondo: me siento políticamente responsable de todos los hechos realizados por el MLN.
Bonomi –saco azul, pantalón gris, corbata- tiene lentes, una barba espesa y una voz profunda: todos estos tipos tienen la voz honda, encallada en algo que debe ser el pasado y su aspereza.
—Cuando durante la campaña de Mujica se rumoreaba que, de ganar, yo sería Ministro del Interior, por acá circulaban mails acusándome de esto y de cosas nuevas también. Así que cuando asumí, en la Escuela de Policía, me tocó hablar y dije que yo sabía que habían circulado mails y que no me quería hacer el bobo y que entendía que los votos que había tenido el Frente Amplio no eran un apoyo a eso que se acusaba sino mirando el futuro con un modelo de Nación con participación de los trabajadores, los productores y los intelectuales. Y les cayó bárbaro.
Bonomi vuelve a masajearse el labio.
Treinta años atrás, un tiro le partió la mandíbula y hoy no puede abrirla demasiado.
***
Costumbres de la época: cuando José López Mercao se resistió a un arresto, los militares le metieron cinco tiros y lo remataron en el suelo con un sexto balazo que le atravesó la boca. Lo creyeron muerto pero no murió: los médicos navales lo encontraron y lo llevaron al Hospital Militar. Allí recibió cuatro litros de sangre y se enteró de la presencia de Mujica: el cuadro político del que sólo conocía el nombre.
Era mayo de 1970.
—Me acuerdo que un día vino un médico con el uniforme militar puesto y me dijo: “Qué huevos que tiene Mujica, se afirmaba en la camilla y decía ‘no me dejen morir, yo soy un combatiente’. Le dimos trece litros de sangre, que huevos tiene”.
López Mercao recuerda y sonríe: tiene un rostro macizo, oliváceo, y una sonrisa por la que asoman dos dientes levemente recortados en su vértice interno: López Mercao sonríe –cuando sonríe- como un niño. A su lado está Isabel Fernández, su compañera, y por la casa rondan sus dos hijas. Todos viven en un departamento muy austero de El Cilindro, un barrio de clase trabajadora de Montevideo. En las paredes hay reproducciones de Modigliani y Van Gogh. En los rincones hay grandes ceniceros que acunan los cigarros fumados. En el living hay muebles de caña y una computadora culona. En los aparadores hay fotos recientes tomadas con una sencilla cámara de rollo: hasta las fotos nuevas parecen viejas.
López Mercao, quien alguna vez se pensó que sería el jefe de prensa de Mujica –finalmente no fue- hace el relato de toda la historia que se cuenta en estas páginas: habla de Punta Carretas, del abuso, del Penal de Libertad, de la incertidumbre de los nueve rehenes, de la llegada al poder como un baño de sentido. Y lo cuenta con un hablar grave y pausado: el Negro –le dicen “el Negro”- tiene la voz endurecida por el humo.
—¿Y vos has soñado con todo esto? ¿Te han llegado estos recuerdos en sueños?
—No –dice-. Yo no sueño.
Afuera está oscuro y llueve; suenan los grillos. Una de las hijas se acerca y busca música en la computadora del living.
—Bueno –dice Isabel-, cada vez que él da alguna nota o se reúne con compañeros en un asado y recuerdan cosas, yo después lo noto distinto. Con los años la cosa se fue apaciguando pero yo noto que te quedás mal, Negro. Yo noto que te quedás como triste. Noto que soñás.
La hija –Evelina- pone un tema de la banda uruguaya Cuarteto de Nos. El tema se llama “El día que Artigas se emborrachó”, hace alusión al primer libertador uruguayo -mítico héroe nacional que murió exiliado en Paraguay- y termina con esta estrofa: “Se emborrachó, porque la guerra perdió / y se emborrachó, porque alguien lo traicionó / se emborrachó, y la patria se lo agradeció / ¡Whisky para los vencidos!”
En términos generales la letra es graciosa y encima aquí hay cerveza, así que todos reímos. Pero el Negro, a través de sus lentes de montura fina, con el codo en la rodilla, cavila.
—La historia uruguaya es rarísima, los héroes históricos son todos derrotados con honor –dice-. Para la historia ser un triunfador no trae réditos. Miralos a Artigas, Aparicio Saravia, Leandro Gómez, Battle Ordóñez. En general, vos vencés acá y cagaste. Pero te transformás en ídolo. Miralo al Pepe sinó. Poné la otra que me gusta a mí.
Evelina obedece y pone otra. Afuera la lluvia sigue y en algún momento el Negro se levanta, tira una colilla por la ventana y se va a buscar el auto para llevarme al hotel.
—Yo te quiero contar algo, porque él nunca lo cuenta –murmura Isabel cuando su marido se va. Y luego dice esto: que al Negro le llegó una indemnización por veinte mil dólares. A los muy heridos parece que les llega, y el Negro y su mandíbula tienen puntaje suficiente para entrar en ese club. Pensando en el futuro –en sus hijas, en las operaciones maxilares- el hombre mandó los datos. Y desde que los envió empezó a dormir mal.
Una noche, Isabel encontró a su marido diciendo “no puedo”.
—No puede aceptar ese dinero. Me dijo: si lo aceptara, si buscara una compensación, sería como arrepentirme. Y yo le dije Negro, es tu cuerpo, son tus huesos, la mandíbula rota es tuya. Yo no puedo meterme en eso. No aceptes la plata si no querés aceptar la plata. Y ahí se habrá sentido liberado, porque se puso a llorar.
Isabel tiene cuarenta y seis años, ojos celestes, cabello rubio: si cada edad iluminara con una luz propia, podría decirse que a esta mujer la alumbra una luz de veinte años. En eso pienso –en la nobleza de su rostro- cuando el Negro toca el timbre para avisar que está en la entrada, esperando en el auto.
El regreso al hotel es en silencio.
La avenida 18 de julio, el asfalto mojado, el ritmo menguante de las calles céntricas: la ciudad parece una película muda; sólo se oyen los neumáticos.
—Bueno –el Negro detiene el coche-. Lo último que puedo decir es que fueron los años más lindos de la vida nuestra. No especulamos con nada. Lo dimos todo. Y ahora vivimos en un ejercicio de interpelación periódica con aquel gurís que fuimos a los veinte años. Yo no quiero hacer a los sesenta cosas que me hubieran avergonzado a los veinte. Quiero irme de la vida sin amputar partes de mí. Quizás a los otros compañeros le pase lo mismo.
Eso es lo último que dice el Negro antes de despedirse con un ademán seco –apenas una palmada- y de dejar abierta una pregunta: si esta historia debía ser sobre José Mujica, o sobre la maravilla colectiva que permitió que exista, con sencillez absoluta, José Mujica. Este texto es, de algún modo, una larga respuesta.


El hombre que se convirtió en espejo



El mesón de Jeremías es un restaurante que no existe, ubicado en un punto preciso de la costanera de Gualeguaychú, una pequeña ciudad turística del noreste argentino, en la provincia de Entre Ríos, conocida por sus carnavales. Lo inventó Nahuel Maciel, que no se llama Nahuel Maciel, para escribir sobre cocina en el diario El Argentino -el más antiguo de Gualeguaychú- en algunas ediciones de 2010: los clientes de Jeremías nacían al llegar al lugar y morían un párrafo después del proceso de cocción, una vez agotadas sus historias de pasiones cotidianas, la receta y el espacio disponible para el texto.
—Hubo lectores que llamaron al diario para saber cómo podían llegar al restaurante -dice Nahuel Maciel, mirando hacia el río.
Es de noche, la costanera de Gualeguaychú está iluminada.
—En un momento llegó a haber como diez o quince personas que aseguraban que habían comido en el mesón de Jeremías. Era una ficción, ¡un recurso!
Maciel abandona una sonrisa a mitad de camino y apura el cigarrillo. Lo tira. Lo pisa.
—Pero claro, algunos ya preguntaban: “¿Volviste a las andanzas, Nahuel?”.
***
A principios de los noventa, Nahuel Maciel se convirtió en leyenda por plagiar e inventar con eficacia, sin vacilación, largas entrevistas a personalidades como Gabriel García Márquez, Carl Sagan, Umberto Eco, Mario Vargas Llosa y Juan Carlos Onetti, que fueron publicadas entre 1991 y 1992 por el suplemento de cultura de El Cronista Comercial, un diario de la capital argentina. Los hechos ocurrieron hace dos décadas en Buenos Aires, y tuvieron su continuación durante algunos años en Paraná, capital de Entre Ríos, donde Maciel fue a vivir después del hito más conocido de su pasado, lo que se considera el punto más elevado al que lo llevó el ciclo ascendente de la mitomanía: en 1992, ante una sala repleta con más de quinientas personas, el joven Nahuel Maciel presentó en la Feria del Libro de Buenos Aires Elogio de la utopía, una recopilación de conversaciones con García Márquez que no eran reales, prologada por un texto del escritor uruguayo Eduardo Galeano que Galeano nunca escribió, con un prefacio a cada capítulo plagiado, palabra por palabra, de un libro del sacerdote argentino Mamerto Menapace, a cuyos textos sólo les había cambiado la palabra “Dios” por “Utopía”.
Mamerto Menapace es un cura célebre del monasterio benedictino Santa María de los Toldos, en la provincia de Buenos Aires, que ha encarnado una figura folclórica -el cura de campo- como autor de cuentos y poemas en los que predominan las moralejas de la vida rural y las parábolas religiosas. Fue el primero en denunciar el plagio, a pocos meses de la presentación: Elogio de la utopía era un collage de distintas fuentes, y su publicación supuso el final de la carrera meteórica de Nahuel Maciel en la capital del país.
En la contratapa del libro se puede ver un retrato suyo de aquellos años: un joven de camisa que sonríe apenas a la cámara; el pelo negro, abundante, se une con la barba, negra y abundante, de tal modo que dibujan el contorno de un rostro delgado, anguloso, donde sobresalen -levemente- los pómulos y las cejas pobladas. Debajo de la foto, un texto breve en primera persona, “Palabras de un autorretrato”, sin más información de origen que la siguiente: “Esto era así allá en la cordillera, en Neuquén, el lugar donde crecí. Pero aquí en Buenos Aires, las cosas son algo diferentes”.
Aquí en Gualeguaychú, ahora, las cosas también: son diferentes.
Nahuel Maciel tiene cuarenta y siete o cuarenta y ocho años y un pelo abundante, irisado de canas, que se une con la barba, abundante e irisada de canas, de tal modo que dibujan el contorno de un rostro robusto, en el que sobresalen las cejas pobladas y los ojos grandes, marrones y acuosos. Hace más de diez años que vive en Gualeguaychú, donde trabaja como periodista y editor del diario El Argentino.
Una tarde de agosto de 2011 le pregunté si había nacido en Entre Ríos. Estábamos en su oficina, en la redacción de El Argentino, sin grabadores. “No -me dijo-, no sé, no sé”, y su mirada se tornó esquiva.
El pasado de Maciel, como personaje, tiene distintas versiones. La persona real, la que corresponde a su nombre real, está resguardada debajo de un Nahuel Maciel que nació hace veinte años. Nahuel Maciel no se cambió el nombre cuando se fue de Buenos Aires, después de que su firma pasara, en menos de un año, de la exposición máxima en las páginas de El Cronista Cultural a la desaparición total.
—El pasado te alcanza siempre -me dijo esa tarde.
Nahuel Maciel no quiere que escriba sobre él.
—Estoy cansado, flaco.
Suspira.
—Me han matado.
***
La primera vez que Maciel apareció en la redacción de El Cronista, relata Mario Diament, entonces director del diario, fue a finales de 1991, una tarde en que a la editora de El Cronista -la periodista Silvia Hopenhayn-, se le había caído su nota principal: “Se presentó como un indio mapuche que había escrito artículos para Le Monde de París y el National Geographic, algunas de cuyas fotocopias traía consigo para probarlo. Venía a ofrecer -dijo- una entrevista con Mario Vargas Llosa que había realizado vía fax, lo cual, para una editora que ve pulverizarse la nota principal del suplemento, caía como maná del cielo”, escribió Diament en una versión de la historia que publicó en 1996 la revista Noticias.
—Su apariencia era benévola. ¿Viste esos personajes misteriosos? Pero de un misterio con cierta candidez. No era el misterio oscuro y maloliente. Todo lo contrario. Venía con una carga mística— dice la escritora Silvia Hopenhayn.
Hopenhayn recuerda a Nahuel Maciel como “una especie de fantasma ambiguo”. Un personaje -”flaquito, medio moreno, hirsuto”- que exhibía, al mismo tiempo, un apego a raíces ancestrales, y desamparo. Recuerda que tenía “como un andar medio alado”.
Recuerda un gesto: “Con los dedos se cubría un poco la boca”.
En 1991, cuando Maciel se presentó en la redacción para ofrecer sus notas, Hopenhayn tenía menos de veinticinco años y dirigía El Cronista Cultural: su tarea periodística era “importante y hermosa”, dice, pero “todavía no sabía distinguir que las palabras pueden tener doblez”.
—Atraía, quizá, su estirpe, original y originario. Y eran importantes las notas que él traía. Pero lo que más me terminaba de convencer a mí era su lenguaje. Su forma de inscribirse en el mundo. No era solamente porque tenía la cartita de García Márquez o la cartita de Vargas Llosa, ni porque “ay, mirá, un indígena escribiendo, que original para tener como pluma colaboradora”. Había algo convincente en su propia forma de dirigirse y hablar.
El Cronista Cultural se publicó semanalmente con El Cronista Comercial durante unos seis años, hasta mediados de los años noventa, y fue el producto emblemático de un periodo de cambios en el matutino -especializado desde su origen en economía y negocios-, que intentaba ganar un público más amplio. Esos años el diario pasó a llamarse El Cronista -una mutilación temporaria- y sumó firmas, secciones, suplementos.
—Fue un momento de creatividad pero de mucho caos. Yo pasé casi por cinco directores en cinco años -recuerda Hopenhayn.
Mario Diament fue director desde finales de 1991 hasta finales de 1992, y apostó a darle al diario un perfil más progresista, a sumar producción en Política, en Cultura. El Cronista Cultural llegó a tener dieciséis páginas, convocaba a figuras literarias consagradas y a otras en surgimiento, e incorporó a académicos e intelectuales que solían tener cierta reticencia por el lenguaje periodístico.
—No había trabas, no había condicionamientos -dice Hopenhayn.
Los periodistas culturales compraban el diario los domingos por el suplemento que ella dirigía.
El domingo 22 de diciembre de 1991, El Cronista Cultural publicó la primera nota de Nahuel Maciel: “La indulgencia del poder”, una entrevista exclusiva con Mario Vargas Llosa realizada vía fax. (Escribe Maciel: “Es casi inevitable preguntarle por Cuba y por Fidel. ¿Cuál es su opinión?”. Responde Vargas Llosa: “Sí. Es cierto. Yo esperaba desde el principio esta pregunta suya. Yo creo que Fidel es un caudillo, un caudillo al que el poder ha ido convirtiendo en una especie de todopoderoso. Lo inevitable con todos los todopoderosos, las personas tremendamente megalómanas, es que se llegan a creer un semidiós encarnado. Creo que no se puede tener un poder absoluto, por tanto tiempo, sin convertirse en algo completamente distanciado de la experiencia común…”.
El 12 de enero de 1992, el suplemento publicó en la tapa “El enigma del tiempo”, reportaje exclusivo de Carl Sagan. (Pregunta Nahuel Maciel: “¿Entonces es imposible realizar un viaje al pasado?”. Responde Carl Sagan: “La teoría de la relatividad no excluye expresamente el viaje al pasado, pero lo disparatado de semejante idea no se puede rebatir ni siquiera con las más atrevidas teorías. [...] Supongamos que un viajero por el tiempo encuentra a su propio yo más joven, y lo mata. ¿Estaría entonces muerto el viajero? ¿Cómo habría podido emprender este viaje si ya estaba muerto antes de comenzarlo?”).
El 29 de enero, El Cronista Cultural publicó en la tapa “El vivero de García Márquez”, un reportaje de cinco páginas con el Nobel colombiano, centrado en la “función y necesidad de la Utopía”, que se convertiría en la base del libro Elogio de la utopía. En la última página salía un recuadro, “Historia de un periodista”, donde se señalaba que Nahuel Maciel era colaborador de “Le Monde (Francia), El Día (México) y El Cronista Cultural”, que había nacido en Neuquén en 1964, y que había traducido “El Principito, El cerro de los siete colores y Las venas abiertas de América Latina al mapuche”
El 9 de febrero se publicó “La leyenda de la llorona y la locura”, un texto de dos páginas en el que Maciel analizaba una historia clásica de fantasmas, basado en una investigación que había presentado en “el Tercer Congreso de Antropología y Mitología Americana -México DF, septiembre de 1990- organizado por el Museo Antropológico de México”. (Primera hipótesis sobre la leyenda de “la llorona” que aparece en el texto: “Un pueblo se apropia de una locura individual y la llena de contenidos sociales, transformándola en una locura étnica. Pero esos contenidos sociales no son explícitos. A través de la leyenda se canalizan elementos tecnoecológicos y socioculturales que de llegar a manifestarse per se, plantearían -creemos- la necesidad de cambios estructurales”).
El 16 de febrero se publicó “América podría ser una fiesta”, una especie de ensayo de dos páginas sobre la conquista del continente, firmado por “Eduardo Galeano y Nahuel Maciel”. (Final de la primera parte: “Nuestra identidad está en la historia, no en la biología, y la hacen las culturas, no las razas: pero está en la historia viva. El tiempo presente no repite el pasado, lo contiene”).
El domingo 23 de febrero de 1992, El Cronista Cultural publicó “Paraguay en llamas”, una crónica sobre el régimen de Andrés Rodríguez y el proceso político de Paraguay, firmada así:
“Nahuel Maciel (Asunción)”.
Eso, sólo en los primeros dos meses.
Maciel no tenía treinta años.
***
—Yo sabía como era la dinámica de un suplemento cultural, sobre todo cuando intenta posicionarse. Necesita buena mercadería. Y esa situación, a veces, es desesperante: saber que la única posibilidad que tenés de competir con los suplementos ya asentados o tradicionales como el de La Nación, e inclusive el de Página/12, es hacer algo que sea realmente bueno o diferente. Si no, no tenés chance. Creo que por eso ellos caen un poquito así en los embustes de Nahuel. Porque tenían una gran necesidad de que existiera esa posibilidad de reportaje maravilloso…
El periodista Oscar Taffetani (58) se detiene para buscar una expresión precisa. Es un lunes de enero en Buenos Aires. Son las 16:30.
Taffetani conoció a Nahuel Maciel en 1991, cuando dirigía un semanario de cultura y política llamado Las palabras y las cosas; un desprendimiento del diario Sur que trataba de sobrevivir de forma independiente. Le presentaron a Maciel como “alguien que había sido educador, que había sido criado por los mapuches”: “Lo tomé como un chico que quería hacer sus primeras armas”, dice. Le propuso hacer una crónica sobre la proyección de Danza con lobos: una perspectiva mapuche sobre un filme que hablaba de la relación entre un blanco y los indios pieles rojas.
—Y lo hizo bien -dice Taffetani.
Pero sus colaboraciones en el semanario fueron escasas. Un día, cerca de fin de año, Maciel le contó que se había presentado en El Cronista.
—Ellos lo convierten a él en estrella, sin pensar mucho qué hay en el fondo, qué hay debajo de esto. Está bien: uno puede comprender, porque nadie está libre de cometer errores, qué se yo, pero no podés analizar el fenómeno de Nahuel Maciel tomándolo a él como un bicho raro, sin entender en qué sistema funcionó la mitomanía de Nahuel. Es un sistema que está ávido por comprar ese tipo de cosas…
***
El 24 de julio de 2004, la revista argentina Noticias publicó una nota del periodista Emilio Fernández Cicco sobre Nahuel Maciel titulada “El gran simulador”: “Habla el más exquisito embaucador del periodismo, tras años de anonimato. La increíble historia del hombre que inventó hasta un libro con García Márquez”, decía la presentación. Su nota sobre Maciel era una entrevista telefónica grabada desde Buenos Aires. El diálogo comenzaba en el segundo párrafo:
“Noticias: Necesitábamos hablar con Nahuel Maciel.
Maciel: Él habla.
Noticias: Ah, mire, somos de la revista Noticias. Queríamos hacerle una nota contando su historia.
Se produce un largo silencio en la línea, la pausa que se toma una mosca antes de ser aplastada por un zapato. Es lógico que esto ocurra.”
—¿A vos te costó encontrarme? -pregunta Maciel apenas se sienta en la mesa del bar.
A través de las ventanas se puede ver: la costanera vacía, el cielo espeso, el río picado.
Es lunes, 8 de agosto de 2011. Es la primera vez que nos vemos. La pregunta es retórica.
—¿Viste? Después sale que estoy escondido. Que estoy en el anonimato: todas las semanas firmo mis notas con el mismo nombre. Trabajo en una empresa que cumplió cien años. Cada vez que quise contar que estoy agradecido (porque ahora ya no, pero había que tener huevos para tomarme entonces, cuando me tomaron en El Argentino), sale que estoy escondido. Qué sé yo lo que sale.
—Pero yo no pondría esas cosas.
—Sí, todos dicen lo mismo. Yo te puedo hablar de la mala praxis con nombre y apellido. Yo te puedo hablar de la confianza, porque la perdí en mí mismo. Yo escribía algo y decía: “Pero, ¿esto es mío, o creo que es mío y lo leí?”. Yo tuve que laburar mucho la confianza en mí. Y después tenés que bancarte que cualquier boludo venga a cobrarte una factura, y vos ni lo conocés. ¿Y vos quién sos?
En enero de 2007, en pleno conflicto argentino-uruguayo por la instalación de una inmensa fábrica de celulosa en Fray Bentos, frente a Gualeguaychú -del otro lado del río Uruguay-, el polemista argentino Eduardo Montes-Bradley estrenó en Punta del Este un “documental-ensayo” llamado El gran simulador, que fue promocionado en Uruguay como “No a los papelones”. Montes-Bradley, un cordobés -”porteño por adopción”- que hace películas, había leído la nota de Cicco en la revista Noticias y decidió viajar a Gualeguaychú en busca de Maciel: “Subí al auto y, sin muchos preludios, viajé a esa ciudad. Apenas llegué, encontré al mapuche trucho en la primera línea de fuego del asambleísmo de esa ciudad. No lo podía creer. El ahora periodista de El Argentino, uno de los diarios de Gualeguaychú, luchando contra las papeleras de la orilla vecina…”, dijo en una entrevista que le hicieron en 2008. Así nació El gran simulador, una película en la que Montes-Bradley se vale del pasado de Nahuel Maciel para ofrecer su mirada sobre los ambientalistas de Gualeguaychú y su reclamo contra la instalación de una papelera en Fray Bentos, causa que contaba con el apoyo explícito de los periodistas locales, entre ellos Nahuel Maciel.
En el minuto 12’49″, Nahuel Maciel habla de su pasado: “Si algo, entre comillas, me justifica estar acá, es porque en el año noventa y dos fui responsable de una situación disvaliosa para el oficio del periodista como la de haber realizado plagios y material apócrifo en la prensa”.
En el minuto 13’38″ Montes-Bradley dice: “Estábamos convencidos de que Nahuel había instrumentado una brillante operación para desenmascarar la fragilidad del sistema. Su arrepentimiento fue una desilusión, una de tantas”.
Los casi sesenta minutos restantes, Montes-Bradley expone sus intentos frustrados por hacer una película, y va alternando el foco entre Nahuel Maciel y la protesta ambiental, siempre con el mismo tono. Dice, por ejemplo: “Definitivamente teníamos una película entre manos, o bien, estábamos en las manos de un psicópata” (22’11″); “Ese Nahuel, el que alguna vez sedujo con sus invenciones, resultaba más interesante que el periodista mentiroso. Nahuel, el indio Nahuel podía liberarnos de Gualeguaychú. Después de todo, él nos había traído” (43’33″); “Nube roja se hizo humo” (44’45″); “Qué sentido tenía seguir con una película imposible. El testimonio de Nahuel estaba empañado por la vergüenza y el arrepentimiento, mientras que la asamblea ambientalista me recordaba la idea de un pogrom” (54’12″); “Pobre Nahuel: él, que vendía con relativo éxito espejitos de colores, terminó comprando los que vendían en Gualeguaychú, a orillas del río”(1:10’27″).
***
—Buscá “prestigio” -dice Maciel, y me pasa uno de los libros marrones que forman una pila en su escritorio, al lado de la computadora que usa en El Argentino.
Es una edición vieja, en tomos, del diccionario de la Real Academia, con tapas semiduras y ribetes descoloridos por el uso, por el paso del tiempo.
—”Prestigio: del latín preaestigium… Engaño, ilusión o apariencia con que los prestigiadores emboban y embaucan a la gente…”. ¿Viste? Cuando te dicen que alguien es “un prestigioso periodista”, hay que tener cuidado con lo que están diciendo.
Me mira de reojo.
—Y éste no es un diccionario que escribió Nahuel Maciel, eh.
***
—Las universidades tenían un encantamiento extraordinario con este personaje -cuenta Orlando Barone (70), un periodista veterano que trabajó en algunos de los principales medios gráficos del país, hoy identificado con el oficialismo-. En la de La Plata, por ejemplo, donde fuimos a presentar los libros, todas las preguntas iban dirigidas a Nahuel. Había una atracción desde la izquierda porque era mapuche, porque… bueno, porque el hechizo era fantástico. Y casi sin hablar, porque ni siquiera hablaba demasiado. Era como ese personaje, el de la película Desde el jardín. Algo parecido.
Para Barone, Nahuel Maciel “es un héroe anticipado a la nueva época, pero él no sabía que era un héroe: él lo hizo como un bandido”.
En abril de 1992, Barone presentó su novela La locomotora de fuego junto con Elogio de la utopía, de Nahuel Maciel, en la Feria del Libro de Buenos Aires. Las dos publicaciones eran las primeras criaturas de Ediciones El Cronista, un proyecto editorial que formó parte, fugazmente, de la etapa de expansión y cambios que vivió El Cronista Comercial esos años. El proyecto prácticamente comenzó y terminó con los libros de Barone y Maciel.
—Cuando él presentó su libro junto con el mío, yo acepté sin dudar porque, bueno, porque soy democrático, primero porque todavía no se sabía el desenlace. Él tenía una carta que le había enviado García Márquez por el libro. Cuando el locutor iba leyendo en el escenario la carta de García Márquez, me di cuenta, creo que todos nos dimos cuenta, por lo menos los que conocemos algo de literatura, de que no podría haberla escrito nunca García Márquez.
El eje central de la Feria del Libro de Buenos Aires de ese año, la edición número 18, era “El libro en los medios de comunicación”.
***
Elogio de la utopía surgió como una extensión del reportaje que El Cronista Cultural había publicado originalmente el 29 de enero: en pocos meses, “El vivero de García Márquez” se convirtió en un larguísimo diálogo erudito -y por momentos incomprensible- sobre la utopía, que ahora ocupaba más de doscientas páginas. Todo el libro, a excepción de los textos cándidos de Menapace usados como prefacio, el prólogo apócrifo de Galeano y algunos fragmentos dispersos, está compuesto por intercambios de este tipo:
“NM: —Con el paso de los siglos, el buen rey Utopos de la obra de Moro se ha convertido en su contra-imagen -el Big Brother (Orwell) o el ‘Benefactor’ (Zamiatin). Desconfianza de la autoridad y negación del providencialismo que se puede rastrear en las Utopías Satíricas de Johnatan Swift, especialmente en la serie de viajes de ‘Gulliver’ y en el Cándido de Voltaire, tradición irónica que se remonta a Aristófanes.
“GGM: —En efecto, en las comedias de Aristófanes se anuncian las que serán características de la anti-Utopía satírica de los siglos ulteriores. En la Asamblea de Mujeres, a la pregunta formulada de ‘¿quién cultivará la tierra?’ en la sociedad igualitaria que se propugna revolucionariamente, Proxógoras contesta, en forma ingenua pero significativa: ‘Los esclavos’. Todo régimen utópico tiene, en definitiva, sus esclavos…”
(Fragmento del subtítulo “La ironía como arma”, perteneciente al segundo capítulo de la primera parte de Elogio de la utopía, página 68).
***
El supuesto vínculo con el Nobel colombiano, que ya había dado como frutos una entrevista exclusiva, un libro y una carta personal leída en la Feria del Libro, incluyó también la publicación exclusiva de “un relato totalmente inédito” de García Márquez que fue anunciado en la portada de El Cronista el domingo 3 de mayo de 1992. El relato se llamaba Cuentos de una noche sin luna, y era presentado como “una suerte de regalo de García Márquez con motivo de la presentación de Elogio de la utopía”.
Un fragmento:
“—Es tan grande mi prestigio aquí, amigos míos -decía- que cualquiera de nosotros puede cometer el más cobarde de los crímenes sin temor a ser castigado por él. Os juro que podéis dirigiros a un hombre y castrarlo, pues si sabe que sois un esclavo de Eufrínides os agradecerá el haberle hecho el honor de haberos apoderado de su más querida pertenencia en nombre mío”.
***
—Lo mío fue un error, pero fue involuntario. ¿Cuál fue el error? No separar el agua entre la fantasía y la realidad. Yo tuve mil oportunidades de zafar en el noventa y dos. Podría haber dicho: “Quería demostrar la debilidad del sistema”. Y quedaba como un capo: “Con esto demostré la mediocridad, primero, del mercado cultural argentino, y segundo la debilidad del sistema, que cualquier cosa se publica”. Era una buena defensa, pero era mentiroso. Yo me lo plantee, cuando estalla el quilombo: “Bueno, zafo con esto. Me harán papilla nacional, pero termino siendo un héroe: el caso va a la universidad y se estudia”. Y después me dije: “En realidad yo sé que no es así, y después no voy a poder zafar conmigo mismo”.
“Error involuntario”, dice Maciel, es una expresión redundante.
***
Tres años después de la presentación de Elogio de la utopía, en diciembre de 1995, Eduardo Galeano publicó una nota en el semanario uruguayo Brecha -llamada “Resignación”-, en la que narraba el hallazgo del prólogo que supuestamente había escrito para el libro de Maciel: se había topado con Elogio de la utopía por casualidad, en una biblioteca de Estados Unidos. Galeano, que no escribe prólogos, advertía al comienzo de éste: “Es tarea y es propio de los maestros prologar las obras de sus discípulos, pero no seguiremos esta añeja y acertada tradición. Tal vez porque Nahuel Maciel lleva el orgullo de su generación, o quizá por una fecunda amistad que nos une [...], pero lo cierto es que no considero a este joven periodista como un discípulo, puesto que casi siempre es él quien me enseña”.
En Argentina, poco tiempo después de la presentación en la feria, los libros fueron recuperados y se quitaron de circulación cuando el cura Mamerto Menapace envió a los editores las pruebas del plagio.
En junio de 1996, seis meses después de la publicación de la nota de Galeano, Mario Diament publicaba en Noticias aquella primera versión del paso de Maciel por la redacción de El Cronista. Allí, en su texto -llamado “Inventando a Gabo”-, decía lo siguiente sobre el libro que había derivado en la ruptura definitiva del idilio con Maciel: “No pude asistir a la presentación, pero pregunté al día siguiente cómo había salido todo, y si Galeano había estado presente, y todo el mundo me aseguró que sí”.
Los finales de las relaciones también tienen un mito de origen. Para Diament, por ejemplo, la relación con Maciel comenzó a derrumbarse con un muerto: Shmuel Yosef Agnón, escritor israelí que recibió el Nobel de Literatura en 1966, fallecido en 1970. Una tarde de 1992, cuando Maciel ya se había convertido en colaborador permanente de El Cronista, cuenta Diament, Nahuel se le acercó en la redacción para preguntarle si le interesaba “una nota con el Premio Nobel israelí I. S. Agnón”:
“‘¿Él quiere hacerla?’, le pregunté.
‘Bueno, se puede intentar’, me respondió, masticando su bigote como solía hacerlo.
‘Tengo buenos contactos’.
‘Tienen que ser muy buenos -le dije-, porque resulta que Agnón está muerto’.
Se quedó cortado un momento, y luego murmuró: ‘No lo sabía’”.
Después de ese episodio, Maciel todavía publicó en El Cronista Cultural una entrevista a Juan Carlos Onetti -que era conocido por su aversión a las entrevistas- y un reportaje exclusivo sobre Umberto Eco que salió en el suplemento del 28 de junio de 1992, antes que se impusiera “una veda a la publicación de sus notas”.
***
Fragmento de una entrevista al cacique mapuche Kafulkeo, publicada el 9 de octubre de 1988 por el diario Página/12, firmada por Nahuel Maciel: “Yo no tengo miedo al tiempo, ni al pasado, por eso puedo conocer la historia. La historia es uno con otro. La historia es importante porque habla del uno, de lo bueno y lo malo de uno. Y así uno va arreglando el fondo de los errores y ya no se vuelve a equivocar en el mismo lugar o con la misma cosa”.
***
—A Paraná cayó a principios de 1993. Nosotros hacíamos el semanario, pero ya estábamos con el proyecto del diario. Cayó con las cosas que había publicado en El Cronista. Vino a preguntar qué podía hacer. Y yo lo puse a capacitar gente -dice Daniel Enz, director del semanario Análisis de Paraná y ex director de Hora Cero, el primer diario donde Maciel empezó a trabajar cuando se fue de Buenos Aires-. Justo me faltaba alguien que me ayudara a preparar gente para la redacción del Hora Cero. ¿Entendés? Entonces lo puse a hacer una especie de taller intensivo para varios, que fue lo que hizo durante tres o cuatro meses. Y lo hizo bien. Al loco le gusta enseñar. Además, Nahuel es bueno en eso: tiene mucha parla.
—Me presentan un tipo morocho, de barba, flaquísimo, muy locuaz pero a la vez muy tímido, de gestos muy suaves, de palabras muy suaves y cuidadosas, muy caballero. Muy seductor: no sólo con las mujeres sino con todo el mundo, inclusive con los niños. Y de veras que tenía una impronta muy diferente a todos nosotros. Pero todo esto lo puedo ver ahora, lo puedo leer ahora, después del paso del tiempo -dice Marcela Canalis, y en realidad logra que su descripción tenga el destello de un trance, que es como recuerda esos años: con la consistencia de una atmósfera cálida, un poco alucinada, que no se diluye a pesar de los ruidos de la esquina más transitada de Paraná un lunes a mediodía.
En 1993, Marcela Canalis regresó a vivir al litoral argentino después de pasar ocho años en Buenos Aires, y Enz la convenció para que se sumara al proyecto de Hora Cero, donde terminó al frente de las producciones especiales. Canalis tenía experiencia en gestión cultural y en televisión, pero nunca había hecho gráfica. Esos primeros días le pidieron que ayudara a organizar los talleres que iba a dar Nahuel Maciel, un periodista recién llegado de Buenos Aires, que venía con credenciales de Le Monde.
—Él mantenía una distancia con nosotros. Era un profesor, y realmente lo era. Asumió ese rol entonces, como luego asumió un montón de otros roles. En ese momento, cuando estaba en la cresta de la ola, él era el personaje que vos querías que él fuera.
***
—Las invenciones de Nahuel, en realidad, son un pasaporte que él consigue para entrar al mundo del periodismo, un medio donde él era un extraño, donde de otra manera era difícil que hubiera hecho carrera -dice Oscar Taffetani-. Bah, difícil: porque tendría que haber hecho un poco como hacen todos. Ser un cronista común o un movilero, o esto, o lo otro, e ir acercándose, hasta que después terminás editando. Él hizo una especie de trámite exprés llevado por toda esa capacidad que tenía para forjarse un yo ideal, o una especie de figura inexistente pero que se la vendió a todo el mundo. Por eso él lo ve como un momento en el que estaba fuera de sí, como algo que no controlaba, que era más fuerte que él.
***
Para mayo de 1994, cuando comenzó a salir a la calle Hora Cero, el rango de Maciel en la estructura de la redacción había entrado en transición.
—Lo puse al frente de un suplemento de la zona de La Paz (interior de Entre Ríos). Él coordinaba todo eso y hacía una contratapa. Ahí encontramos que su contratapa tenía similitudes con algunas notas de Soriano. Entonces yo empiezo a averiguar: ahí me entero -dice Enz.
Un llamado a un colega en Francia confirmó que Maciel no trabajaba para Le Monde, y tendió una soga de pólvora hasta Buenos Aires, donde estaba anudada a una bomba con su pasado reciente. Enz se asesoró, confrontó a Maciel con las pruebas, le ofreció ayuda profesional, y lo puso a producir en segundo plano, para que pudiera seguir escribiendo.
—Él había caído en desgracia y yo necesitaba gente que escribiera -recuerda Canalis-. No podía escribir un suplemento por día los siete días de la semana: ni me interesaba ni era mi rol. Entonces me dieron a Nahuel. Hacíamos un suplemento que se llamaba Chau chau cocina, y a lo mejor, ponele, paralelamente, nos tocaba hacer uno sobre Evita. O sobre Perón. Y él escribía, desde textos sobre los funerales de Evita hasta unas notas espectaculares sobre vinos. Vos pensá que no se podía googlear. No era que él entraba a una computadora y se ponía a cortar y pegar. Él se sentaba en una máquina, te hacía la nota y te la traía, escrita magistralmente.
—Cuando llegaron detalles de la situación de él, hubo gente que hizo causa común. Gente que decía: “Nos estafó a todos”. Y yo decía: “¿Pero desde qué lado…?” Yo vi un veneno terrible -recuerda Alfredo Ibarrola una mañana de septiembre de 2011, tres meses antes de ser nombrado secretario de Cultura de Paraná.
Ahora, en la vieja estación de trenes donde funciona su oficina, Ibarrola regresa a esa época, hace diecisiete años, en la que lidiaba con su separación, con la muerte de su padre, y con la distribución del diario Hora Cero. Durante algunos meses, Ibarrola alojó a Maciel en una casita que había alquilado en calle Misiones, en Paraná. Ambos compartieron, simultáneamente, el hogar y la intemperie: los dos asistían entonces al derrumbe de lo que habían sido sus vidas hasta hace muy poco. Ibarrola disfrutaba de estar con Maciel, dice, de su humor ácido y de su conversación, y no hacía demasiadas preguntas.
—Yo estaba tratando de no caer en la depresión, mis hijos me daban mucha mano y Nahuel fue uno de los tipos que estuvo ahí. Después en un momento tomó su rumbo. Cuando termina el Hora Cero, él se va a Concepción del Uruguay. Ahí conoce a su actual mujer, tuvo un hijo, tuvo una hijita. Después se va a Gualeguaychú. Cuando retomé el contacto, ya estaba en Gualeguaychú hace varios años. Lo vi estabilizado en una persona, ya fuera del personaje. Lo que pasa es que yo también veía que había cosas que lo perseguían y que lo van a seguir persiguiendo de por vida.
—Nahuel nos marcó a todos, porque interactuó con todos -dice Marcela Canalis-. Los varones grandes, por ejemplo, lo tenían allá, a la distancia… Esto es una apreciación mía, pero creo que les puso un espejo a todos. El espejo de la propia invención que uno hace de uno mismo, ¿no? Porque los roles en la redacción se dan en la medida del personaje. Si vos escribís de economía, tenés que funcionar como alguien que escribe de economía. Y si sos el que sabe de política, tenés que funcionar y mostrar aquello que los demás quieren ver. Entonces, vos tenés un loco que viene diciendo que trabajaba en Le Monde, y después termina escribiendo de cocina, para ellos era el ser más deleznable de todos. A los machos alfa de la redacción, sobre todo, les provocaba un pánico, un terror.
Canalis tantea su atado de cigarrillos de arriba de la mesa. Saca uno. Lo enciende. Exhala. Alrededor hay menos ruido. En Paraná, la agitación de mediodía cede lugar a la siesta.
—Me parece que lo que pasó fue eso: que fue un espejo para todos. Y los que estábamos más o menos bien de la cabeza, o peor, pudimos no asustarnos con ese espejo…
***
—No sé que dice él al respecto -dice Hopenhayn del otro lado de la línea, casi al final del diálogo, y lo dice casi como si hablara consigo misma-.¿Es un fallido inconsciente, es una estrategia para encontrar laburo? Evidentemente, a él, algo le gustan las letras, ¿o no? Eso se notaba. Entonces, ese entusiasmo también te contagia, lo compartís; o sea: sentís una empatía porque tenés un objeto común.
“Hay cosas que son tan lindas, que uno daría la vida por haber escrito eso”, me dice Nahuel Maciel otro lunes, frente al mismo río: Gualeguaychú.
Es la segunda vez que nos vemos. Maciel no ha cambiado su opinión respecto de la entrevista. No le interesa hablar del pasado. “No es una película -dice-, yo al principio pensé que era una película, pero esto no tiene final feliz”.
Le digo que su presente parece contradecirlo. Que se le ve entero. Que parece feliz.
—Claro, yo soy muy feliz. ¿Para qué tener una charla, entonces?, ¿para qué pelearme con un sentimiento, si después sale publicada cualquier cosa? Yo tengo una actitud que es reparadora: hacer lo que tengo que hacer, de la mejor manera posible, sabiendo que no tengo margen para el más puto error. Vos podés escribir una crónica y olvidarte de una cita, y no pasa nada. Yo no puedo. ¿Entendés?